En el singular largometraje de ciencia ficción debido al realizador estadounidense Fred M. Wilcox, e inspirado en la obra «La tempestad», de William Shakespeare, se mezclan con inesperada fortuna elementos del género fantástico con el teatro isabelino y el psicoanálisis.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 29.8.2025
Fred McLeod Wilcox (1907 – 1964) fue un director de cine de los llamados artesanos, realizadores a sueldo en alguna de las grandes compañías de Hollywood llamadas majors, especialmente conocido por la serie de aventuras de Lassie que filmó para la Metro Goldwyn Mayer.
Pero también recordado por haber dirigido un singular largometraje de ciencia ficción, Planeta prohibido (1956) en el que se mezclan con inesperada fortuna elementos de cine espacial con el teatro isabelino y el psicoanálisis.
Cuenta la historia de una misión cosmonauta que llega al planeta Altair IV de la estrella Altair en busca de una nave espacial Belerophon (es de notar el origen clásico del nombre ya que Belerofonte era un personaje mitológico griego, jinete del caballo alado Pegasus y matador de la Quimera) que ha desaparecido.
En el planeta encuentran los viajeros solo dos supervivientes: el filólogo Dr. Edward Morbius y su bella hija Altaira.
Advertidos del peligro que corren, tropiezan con la desconfianza y resistencia a su llegada por parte del científico, quien está estudiando la tecnología avanzadísima de una civilización, los krells, que duró unos tres mil años y que desapareció bruscamente en una noche.
Poco después comienzan a suceder una serie de asesinatos producidos por una intensa fuerza misteriosa de poder brutal. Algo más tarde, conoce el espectador que la tal potencia maligna y destructora es el Id (el Ello de la terminología psicoanalítica), el mundo subconsciente del Dr, Morbius que está constituido por todo tipo de malas pasiones: celos, envidia, crueldad, rencor, delectación homicida y furia.
Este contenido letal se manifiesta gracias al gran nivel de inteligencia civilizadora alcanzado por los krells. Y es disparado contra los visitantes por la rabia celosa del profesor ante la posibilidad de que su hija se enamore de uno de ellos y lo abandone, dejándolo solo. No hay que olvidar que el nombre Morbius (morbo) significa: «lo que hace morir».
Tan difícil de decir
Con ese argumento tan propio del cine pulp de entretenimiento, se encuentran algunas sorprendentes cuestiones de gran interés. La primera de las cuales es la que plantea que el Mal está dentro de nosotros y surge de lo primario, es decir, del Id, el subconsciente, a la menor ocasión con un incontenible propósito.
Esta misma idea acerca de nuestro protervo interior puede verse en la novela El señor de las moscas, o sea, una advocación de Belcebú, del Premio Nobel William Golding.
La segunda cuestión es incomparablemente más importante, ya que propone la idea de que cuanto más crezca la inteligencia y la capacidad de razonar de los individuos o, dicho de otra manera, cuanto mayor sea el desarrollo alcanzado por las estructuras de la corteza cerebral de los seres humanos más aumentará paralelamente el mal que estos causen. Lo oscuro absorberá la fuerza del intelecto para realizarse.
De este segundo punto, sorprendentemente coherente a la vista de la historia de la humanidad, se deduce un corolario: por mucho que el homo sapiens evolucione nunca será un dios.
En otro pasaje del filme, se afirma la perentoriedad de la religión y la ley para controlar el Id. Y aunque todo ello suena a moraleja conservadora, la noción de que el mal se alimenta y toma fuerza de la razón no deja de ser perturbadora.
La película advierte, por lo tanto, del peligro de la soberbia, del ansia de ser como dioses. Riesgo que aparece en casi todas las culturas de la Antigüedad, en especial en los pueblos bíblico y griego. Es el caso del pecado original que se describe en el Génesis, o los ejemplos de la hybris helena del teatro de Sófocles o del mito de Prometeo.
En otro orden de cosas, el largometraje viene a ser también una «Anti-Tempestad». Si en la obra dramática de Shakespeare triunfa al final el perdón y el amor con la unión de Miranda con Fernando, el hijo del rey de Nápoles, aquí, la relación de Altaira con el comandante de la nave rescatadora despierta miedo y rencor en Morbius y por tanto la destrucción.
De igual forma que se considera que la capa cortical del cerebro es la sede de lo racional, del pensamiento, de la adaptación social y la educación, se acepta que las estructuras subcorticales del encéfalo acogen el lado salvaje, el Id, de nuestra vida psíquica. El desorden sin freno de nuestros impulsos más primarios e instintivos que dan opción a la veraz crudeza.
Entonces, si la corteza contiene la cortés e interesada mentira de la civilización y lo subcortical, la bestia auténtica sin tapujos ni retórica del Ello, ¿es la verdad, el mal?
Con todo, el actor Peter Ustinov como Hércules Poirot exclamaba, en el celuloide Muerte en el Nilo (1978), contestando a una pasajera que presumía de ser sincera siempre: «¡Ah, la verdad! Tan difícil de decir».
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Luis Miguel Iruela es poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.
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Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Planeta prohibido (1956).