[Ensayo] «Solaris»: ¿Es racional lo real?

Varios filósofos como Zizek, Graham Harman o Mark Fisher han analizado el libro y su mejor adaptación al cine, la del director ruso Andrei Tarkovski. Una respuesta, la que sugiere su propio autor, el desaparecido escritor polaco Stanisław Lem, es que la existencia en sí misma resulta incomprensible.

Por Luis Miguel Iruela

Publicado el 26.1.2026

Es sobradamente conocida la equivalencia que hacía el idealismo de Hegel entre la realidad y la razón en un alarde de pensamiento ilustrado, indicando que todo aquello que es, puede conocerse por medio del logos griego. El Geist (El Espíritu) alcanzaba así su plenitud como un proceso dialéctico del pensamiento.

La novela Solaris (1961) de Stanislaw Lem (1921 – 2006) responde taxativamente que no nos es posible, como ya lo hiciera Kant al separar la «cosa en sí», inalcanzable para el ser humano, de los «fenómenos», aquello que podemos observar y que constituye nuestro mundo. Algunos filósofos del existencialismo, entre ellos Karl Jaspers, concluyen que el esfuerzo de la indagación del pensamiento conduce al fracaso y que el ser es inabordable.

Así, la narración citada cuenta en un tono de ciencia ficción los pormenores de una estación espacial terrestre que orbita alrededor de un planeta constituido por un océano inteligente de plasma llamado Solaris. Los científicos, que allí trabajan, tratan de comunicarse con él, conocer su naturaleza e investigar sus características.

Todo en vano. Pronto comienzan a ocurrir incidentes extraños que afectan directa y personalmente a los tripulantes de la nave en forma de la aparición en la estación de «los visitantes», copias de personas conocidas con repercusión emocional por cada uno de ellos en el pasado.

Esto produce un efecto deletéreo en las mentes y el plan de trabajo de los científicos hasta el punto de ser mandado desde la Tierra un psicólogo, Kris Kelvin, protagonista del relato para estudiar los acontecimientos. Pero, pronto él mismo sufrirá los mismos males que sus compañeros.

Solaris es inmune a las acciones de los investigadores para conocerlo, incluso las más agresivas como el bombardeo con rayos X; es indiferente a su presencia y sus propósitos. Sin embargo, parece leer en las mentes y las vidas de estos, sus secretos y sus traumas.

Con todo, Solaris resulta inalcanzable para los terrestres, aunque él si los percibe a fondo. La pregunta, entonces, se plantea: ¿qué es este planeta situado en un sistema de dos soles? ¿Qué, o quizá Quién, ya que se trata de una inteligencia de la materia?

Varios filósofos como Zizek, Graham Harman o Mark Fisher han analizado el libro y su mejor adaptación al cine, la del director ruso Andrei Tarkovski. Una respuesta, la que sugiere Lem, es que la realidad en sí misma resulta incomprensible.

Lo que Karel Appel llamaba lo Otro, un estallido de la materia que se resiste a la forma y el concepto. Y, por lo tanto, a la acción dominadora del «yo». Es decir, una alteridad, lo verdaderamente ajeno. Lem presenta, de esta manera, los límites de la ciencia.

En la novela figura una especialidad con el nombre de «solarística», todo el conjunto de conocimientos y saberes reunidos a lo largo de años de estudio sobre el planeta oceánico. Una biblioteca que no ha conseguido asomarse al misterio.

 

El ansia humana de trascender

La versión de Tarkovski tiene un enfoque diferente, un tono trascendente que estuvo a punto de salirle muy caro en su país, la Unión Soviética, por razones ideológicas. En la película aparece el sentimiento de culpa del protagonista por el suicidio de su mujer al verse poco querida por él, ante la réplica de Hari (la esposa) mandada por Solaris a la nave.

Esto añade un fondo ético a la historia al plantear cual debe ser la conducta buena del ser humano. Aquí, lo Otro adquiere un aspecto moral en el mismo sentido que le da Emmanuel Levinas, lo absoluto distinto que interpela al «yo».

La comprensión de algo llega a través de la interpretación. De ahí la importancia de la hermenéutica. Ahora bien, dicha interpretación también puede ser creación. No otra cosa se aprecia en el verdadero arte y podría decirse lo mismo de la ciencia si se considera a las hipótesis como interpretaciones que han de ser falsadas.

En el caso de Solaris, una orientación complementaria a la visión de Lem y a la de Tarkovski podría ser esta: el planeta es Dios. Apoyan esta idea los hechos de que es invulnerable a toda acción humana; es capaz de penetrar en los investigadores, conocerlos profundamente y a distancia, y actuar sobre ellos; es inalcanzable e incomprensible; es prácticamente omnipotente e indestructible. No los ama ni los odia como señalaría Spinoza de las atribuciones divinas.

Ahora bien, no parece un Dios creador, ni redentor, ni un espíritu. Y aquí viene lo más interesante: es materia. Eso apuntaría hacia una especie de panteísmo: la materia da señales de haberse convertido en Dios. ¿De qué manera lo ha hecho? Uno puede conjeturar que el camino de la evolución, que ha facilitado la presencia de todo el mundo vivo, ha continuado hasta hacer posible un Ser Supremo no antropomorfo como lo esperaría cualquier humano.

En esencia, un Dios surgido del limo originario; no un Dios creador, sino creado por las leyes del azar, de la necesidad y la teleonomía. Un Dios consecuencia del universo y no su causa.

Si como pensaban Leibniz y Zubiri la realidad está constituida por una estructura dinámica, si es dinamismo en sí misma desde lo más simple a lo más elaborado (como la mecánica cuántica confirma), quizá no sea un disparate hablar de una evolución cosmológica en esta interpretación de Solaris.

Un dato seductor es el ansia humana de trascender, de ir más lejos de la personal desaparición. Y quizá también, nada torture más que una muerte inesperada en la que se disuelve velozmente el sentido cuidadoso y trabajado de una trayectoria vital. La historia muestra como la humanidad se rebela contra ello. Si hemos llegado hasta aquí, ¿por qué la evolución no podría llevarnos al infinito?

Con todo y con eso, Solaris muestra que la madre materia ha decidido proseguir hacia la divinidad sin contar con nosotros, que también somos un humilde elemento de la naturaleza.

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

«Solaris», de Stanislaw Lem (Editorial Impedimenta, 2011)

 

 

 

Luis Miguel Iruela

 

 

Imagen destacada: Stanislaw Lem.