[Ensayo] «Suites de artilugios y pluma en el agua»: Donde la palabra busca siempre trascender

Desde la creación hasta la muerte, desde Bach hasta el haiku y el antipoema, el autor chileno Luis Cruz-Villalobos configura un libro que es, más que una colección de versos, es un acto de fe en la escritura como puente entre lo humano y lo divino.

Por Priscilla Gac-Artigas

Publicado el 21.1.2026

Leer a Luis Cruz-Villalobos (Santiago de Chile, 1976) es adentrarse en un territorio donde la palabra busca siempre trascender su límite inmediato.

En Suites de artilugios y pluma en el agua (Hebel Ediciones, Colección Andes, 2026), el poeta vuelve a desplegar su inconfundible apuesta por una poesía que es, a la vez, meditación, plegaria, juego verbal y canto de resistencia.

De entrada, la dedicatoria, nos entrega un eje esencial para comprender el espíritu del poemario el cual se acentuará en el índice y en algunos paratextos presentes.

Al ofrendar el libro «a mis amigos Hugo Godoy, Marco Sánchez y Víctor Ilich», el poeta declara que este viaje espiritual no nace del aislamiento místico, sino de una comunidad afectiva concreta: una red de amistades que sostienen la sensibilidad y la palabra.

Luego, al añadir: «En memoria de Pedro Prado y su entrañable ‘Alsino'», se inscribe explícitamente en una genealogía literaria chilena donde el vuelo, la metamorfosis y la búsqueda de lo trascendente —temas centrales de esa novela, inherentes a la búsqueda de libertad individual y colectiva del protagonista a través de su sueño de volar— resuenan en su propio impulso poético.

De este modo, la dedicatoria establece un doble linaje: humano y espiritual, íntimo y estético; un puente entre los afectos presentes y la tradición literaria que acompañan su escritura.

Sucesivamente, el poema de Nina Simone que sirve de epígrafe a la obra no es una simple referencia musical: es el umbral simbólico que reafirma el tono espiritual y vital del libro esbozado en la dedicatoria.

«Es un nuevo amanecer, es un nuevo día, es una nueva vida para mí, y me siento bien», anticipa el movimiento de renacimiento que recorre toda la obra de Cruz-Villalobos: la comunión del yo con la naturaleza, la posibilidad de reconciliarse con el mundo y con la palabra.

Si en la canción de Simone, los pájaros, el sol, los ríos y las flores participan del sentir humano, en los poemas de Cruz-Villalobos, el agua, la luz, las aves o el viento son también interlocutores del alma.

Ambos discursos —el jazz espiritual de Simone y la poesía contemplativa del poeta— convergen en una misma estética del renacer: una afirmación luminosa frente al dolor, un canto que une cuerpo, emoción y trascendencia.

 

Formas simbólicas de energía

En el índice, la obra revela su naturaleza de lo que podríamos calificar como poema-cosmos, una partitura que transcurre desde el origen de la vida hasta la plenitud del ser. Resulta relevante que el libro esté dividido en diez secciones, número cargado de simbolismo espiritual, filosófico, matemático, cosmológico y poético.

Con todo, en la tradición bíblica, el diez representa la plenitud de la palabra creadora —las diez «palabras» con las que Dios da origen al mundo, los Diez mandamientos como síntesis ética—, mientras que en la filosofía pitagórica designa la armonía completa del cosmos contenida en la tetraktys.

Estas resonancias no parecen ajenas al espíritu del libro: cada sección funciona como un movimiento de una sinfonía interior, un tramo del recorrido que va del origen a la luz, de la palabra creadora al silencio contemplativo. La estructura en diez partes sugiere una totalidad espiritual, un viaje completo donde la poesía es camino, revelación y renacer.

Así, en la sección Génesis, el poeta dialoga profundamente con el relato cosmogónico del Popol Vuh. Ambos textos nacen de una misma intuición: el universo surge del verbo creador, de la palabra pronunciada en el silencio.

El poeta reescribe el mito de la creación como experiencia interior: el vacío, la luz, las aguas, las aves, el hombre y la mujer emergen no como relato teológico, sino como metáforas de un nacimiento continuo.

La sección se inspira en las xilografías de Paul Nash (1924), obras en las que el artista británico —marcado por la devastación de la guerra— buscó reconstruir el mundo a través de formas simbólicas de energía, agua, piedra y luz.

Cruz-Villalobos traslada esa visualidad y la separación de la luz y las tinieblas de las xilografías a la palabra; sus poemas son traducciones verbales de aquellas imágenes, un diálogo entre arte y poesía donde el paisaje se vuelve génesis espiritual y la creación es, ante todo, un acto de contemplación: «Nada era todo antes que tú quisieras que algo fuese» («El vacío»).

 

Lo cotidiano revela su dimensión luminosa

En Artilugios y luz, la voz poética se hace humana, cercana, introspectiva. La poesía aparece como instrumento de cono-cimiento y salvación: un «artilugio» que permite al sujeto sostenerse frente a lo absurdo del mundo.

Aquí, Cruz-Villalobos conjuga melancolía, humor y lucidez con un tono que recuerda la tradición del antipoema latinoamericano, pero bajo la luz de una espiritualidad íntima y reflexiva. La melancolía se vuelve paradoja cuando el hablante confiesa: «Mi tristeza es prospectiva / es una pérdida dolorosa de algo que nunca he tenido» («Artilugio de mi soledad»).

En «A veces me río», el yo poético salta jugando con el sentido del río que corre «cuesta abajo» y el «me río» cargado de humor filosófico en la lúdica e insólita reflexión sobre la anatomía del alma en los siguientes versos: «aquellos que miden el alma / dicen con exactitud fisiológica / que los músculos que el reír activa / pertenecen al ramaje nervioso asociado al relajo / a la tranquilidad sentida / de que todo está en orden / de que al fin estamos en casa».

La dualidad tristeza meditativa e ironía luminosa y humorística muestran a un poeta que explora su propio mundo interior mientras busca, en la palabra, un modo de habitarlo con claridad, compasión y optimismo.

Con todo, la dimensión contemplativa del libro se acentúa en Pequeños salmos en la noche y en Lluvia nocturna y haiku donde el poema deviene plegaria. Breves, contenidos, pero cargados de resonancia interior, los textos de estas dos secciones expresan una fe despojada, una confianza en lo invisible.

La palabra se vuelve respiración, eco, silencio, armonía totalizadora. Dentro de esta arquitectura poética, los salmos elevan la voz interior hacia una presencia que lo habita todo, como en el verso: «Nada me puede apartar de ti / YHVH / Pues tú lo habitas todo […] / Eres la arquitectura fundante / De todo lo que es / Tal como tu nombre silencioso / Lo proclama» (Poema 4), mientras que los haikus, ocupan un lugar singular como pequeñas lámparas que iluminan lo cotidiano con la luz de lo sagrado.

En los primeros, la oración se vuelve vértice del pensamiento íntimo, una forma de reconocer lo sagrado incluso en la sombra: «Todo te nombra / Amado YHVH / Todo te anuncia / Incluso las sombras». En los segundos, la mirada se detiene en lo minúsculo y en la naturaleza; la lluvia que cae, la flor que se abre, la bruma que respira se convierten en una epifanía mínima: instantes donde lo cotidiano revela su dimensión luminosa y eterna.

Luego, escuchar a Sting en «Al son de Sting»: «más allá de la puerta / junto a los ruidos / del quehacer hogareño», sitúa al yo lírico en un umbral entre dos mundos: el doméstico, donde suena la vida cotidiana, y el interior, donde la música actúa como catalizador de introspección.

En ese sentido, el poema refuerza las ideas presentes en el epígrafe de Simone al comienzo del libro donde la belleza y la libertad representados por el simple vuelo de los pájaros o la claridad del sol son también símbolos de lo sagrado en lo común, aquello que no necesita explicación porque simplemente es.

Ambos poemas actúan de mediadores contemporáneos entre emoción, arte y revelación, voces que acompañan a Cruz-Villalobos en su búsqueda de lo sagrado y lo trascendente en lo simple, en lo cotidiano, en su búsqueda de lo universal en lo íntimo.

 

Interlocutora del alma

Suites francesas da cohesión a la totalidad de la obra como sinfonía verbal inspirada en la música de Bach. Cada allemande, courante, sarabande u otros aires es una danza espiritual donde el ritmo se hace pensamiento y la música se convierte en metáfora del orden invisible del cosmos.

La poesía de Cruz-Villalobos, como la música barroca que inspira estos poemas, es precisa y, al mismo tiempo, desbordante de emoción: un equilibrio entre disciplina y libertad.

En De pluma a muerte, la escritura, representada por la «pluma en el agua», se transforma en símbolo de tránsito y disolución. Es la conciencia de la fragilidad humana, pero también de la persistencia del canto: la pluma flota, como la palabra, sobre las aguas del tiempo, leve pero indestructible, «como la única herencia que queda» («La pluma en el agua»).

Místico haiku viene a complementar a Lluvia nocturna y haiku. Nuevamente la brevedad se convierte en vía de revelación.

Aquí, el haiku deja de ser solo una forma de concisión japonesa para transformarse en un acto espiritual: cada poema es una pequeña epifanía donde la naturaleza —la lluvia, la brisa, la luz, la sombra— se vuelve interlocutora del alma.

Estos haikus no nombran lo divino, lo insinúan; el misterio se revela precisamente en lo mínimo. El instante, elevado a eternidad, actúa como una puerta hacia la contemplación pura: una poética del susurro en la que lo esencial no se explica, se experimenta, en la que la belleza poética se funde perfectamente con la reflexión filosófica: «El sabio sabe / que tu nombre solo cabe / en un poema» (Poema 30).

Luego, en De luz y corazón, la poesía alcanza uno de sus momentos más luminosos y esenciales; es una sección donde la ternura y la claridad espiritual se entrelazan para afirmar la belleza simple del existir. La voz poética se abre al asombro con versos que condensan una revelación íntima: «Luz y más luz / donde el mal no tiene cabida» («Bajo tu manto de estrellas»), formulando una visión esperanzada del mundo.

En cambio, Antipoemas desde el credo de Nicea introduce una torsión irónica y crítica a la tradición doctrinal cristiana; aquí la espiritualidad se vuelve interrogación, humor e inconformidad en un registro que evoca a Nicanor Parra, pero desde una inquietud teológica propia.

Ambas secciones muestran a Cruz-Villalobos oscilando entre la claridad contemplativa y la desobediencia lúdica, explorando la fe como un territorio vivo en consultante revisión.

 

Alsino como linaje espiritual

De Océano a luz, sección décima y final antes del epílogo, actúa como una coda expansiva donde todos los temas caben.

El libro despliega en ella todas sus resonancias finales: el mar como matriz cósmica, la mañana como lectura y revelación, la sombra del cuervo como conciencia interior, los libros como hogar y laberinto, Alsino como linaje espiritual, el otoño como paleta cromática, la plegaria por Gaza, la denuncia política, la ternura doméstica y el retorno al útero primordial.

Con todo, en este espacio libre, casi sin forma fija, la voz poética se mueve entre la contemplación y el grito, entre la luz mística y la crítica terrenal, ofreciendo al lector una última visión del mundo en toda su complejidad: luminosa, vulnerable, ética y profundamente humana.

Resuena en algunos poemas la intertextualidad como en «Pájaro amarillo»: variación del «Pájaro azul» de Bukowski y «Fahrenheit 451»: homenaje a la novela de título homónimo del escritor norteamericano Ray Bradbury, mientras que en otros, como «Postrados», dedicado «A Gaza», y «Hombre de lata», el libro recorre un espectro ideológico amplio.

Desde la solidaridad espiritual y el gesto poético-político nacido de la mística hasta el poema frontal de denuncia donde el poeta abandona la contemplación y entra en la crítica directa, describiendo al «presidente del país entre México y Canadá» como un «hombre de lata sin corazón».

Estas piezas extreman la tensión entre silencio y grito, entre plegaria y protesta, recordando, en su concisión, la huella del antipoema como instrumento ético y estético.

El Epílogo funciona como un retorno luminoso al silencio del que surgió el poemario. No ofrece conclusiones ni síntesis: se recoge en una voz mínima, casi susurrada, sobre el amor.

Después del viaje espiritual que despliega el libro —del génesis inicial a la música, del haiku a la plegaria, de la luz al asombro— el epílogo actúa como una última vibración que invita al lector a permanecer en estado de contemplación frente al afecto fundamental que nos sostiene como seres humanos.

A lo largo del libro, la presencia reiterada de colores, de luces y tinieblas: la luz blanca del amanecer, la negrura de la noche, el azul de las aguas, el verde de la naturaleza en su respiro más íntimo configura un campo semántico cromático que funciona como contrapunto emocional y espiritual.

En Cruz-Villalobos, el color no es simple adorno sensorial: es símbolo, temperatura del alma, modo de percepción del misterio.

Los colores iluminan la escena interior del poeta, marcan transiciones afectivas y acompañan los estados contemplativos del hablante lírico: la claridad para la revelación, la sombra para la introspección, el azul para la plegaria silenciosa y el verde para la esperanza.

Esta paleta poética contribuye a la atmósfera sinfónica del libro, donde cada color es un matiz en la música del espíritu.

Suites de artilugios y pluma en el agua, en su conjunto, puede definirse como una sinfonía espiritual, donde poesía, teología, música y naturaleza se entrelazan en busca de sentido.

Desde la creación hasta la muerte, desde Bach hasta el haiku y el antipoema, Luis Cruz-Villalobos configura un libro que es, más que una colección de poemas, un acto de fe en la palabra como puente entre lo humano y lo divino, y quizás, ningún verso condense mejor ese impulso que la voz alada que resurge en Alsino y que condensa este mundo que a decir de Cruz-Villalobos «es un desastre» («Tristeza por el mundo»):

«Vuela Alsino / Y que nadie te recuerde / Lo perverso que son los hombres / Reptiles y soberbios / Que no soportan / Ver alzarse en libertad / A los pobres y tristes hijos de los pueblos».

 

*Si desea adquirir una copia impresa de esta obra, puede accede al siguiente link.

 

 

 

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Priscilla Gac-Artigas es profesora emérita en Monmouth University, becaria Fulbright.

Miembro numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), también es integrante correspondiente de la Real Academia Española (RAE) y profesora titular de literatura española y latinoamericana en Monmouth University.

Es doctorat d’État o Ph.D. por la Université de Franche-Comté en Besançon, Francia, obtenido con las más altas calificaciones.

Su tesis obtuvo el Premio Elena Ralle por su «contribución al conocimiento y difusión de la cultura latinoamericana en Francia».

 

 

 

 

 

 

Imagen destacada: Hebel Ediciones.