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[Entrevista] Escritor Enrique Herrera Ibáñez: «La desidia para acabar con la transfobia no está resuelta en Chile»

El autor nacional remece el circuito editorial local con su debut creativo y la publicación de su primera novela titulada «Grafitis humanos» (Ediciones de la Lumbre, 2021), un texto literario que indaga en la cotidianeidad de las disidencias sexuales, pero en el contexto de la conservadora sociedad porteña y viñamarina de la década de 1990.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 23.11.2021

Pablo Donoso y Mario Marambio (Glenda) son los protagonistas de Grafitis humanos, primera novela de Enrique Herrera Ibáñez (Valparaíso, 1981). Se trata de una historia sobre un paradójico amor platónico, pues a pesar de la panoplia genital que intenta blindar a sus personajes, la profundidad más genuina se halla en el recuerdo de Glenda, un recuento que Pablo hace, con tintes de nostalgia, admiración, extrañamiento y amor.

Pablo reflexiona: “Sabía que tenías razón, pero a veces acompañarte en tu anarquía era como abrazar desnudo la punta de un iceberg que se está derritiendo”. En otro momento: “Por esos días, tu futuro era como una bailarina rota bordeando la orilla de un acantilado”.

Glenda es un depósito de ricos discursos sociales donde convergen las más diversas estéticas discriminatorias; por ejemplo, la interesante mirada sobre la discriminación dentro de las minorías (sexuales). Pablo y Glenda (quien, crucialmente, es coja, todos conocemos el refrán) se lamen sus heridas, se arropan con onderismos pop y comparten un imaginario que va desde Xuxa hasta Pedro Lemebel, en un contexto virtual dominado por Netflix, Twitter, Facebook e Instagram.

La banda sonora que los acompaña es, principalmente, la de Radiohead. Elles intentan proteger sus frágiles estares en su mundo escolar, donde se torna evidente la jerarquización del espacio disciplinar. Frases como las siguientes delatan con rapidez la politización de los espacios: “No hace mucho te habían echado de otro colegio, porque le habías escupido a un inspector que te trató de maricueca delante de tus compañeros”.

El espacio del baño destaca por su tensión: “Ya ni siquiera eras el maricón que cojeaba por el liceo. No. Decidieron etiquetarte como ‘el travesti’ por usar el baño del alumnado que tenía vagina”.

En palabras de Alejandra Costamagna, la primera novela de Herrera, “es euforia y saña, goce y tormento”.

 

«El anuario es la máxima expresión del rechazo y acoso avalado»

—¿Cómo elegiste las escenas de discriminación para tu narración? Hay varias, pero me llamó la atención, en especial, la incursión laboral de Glenda en un almacén (que, irónicamente, lleva su propio apellido): “El trato era cinco lucas diarias y la opción de dormir en una colchoneta que el dueño pondría en la bodega. Sonaba bien para empezar, pero no duraste ni un mes”, explica Pablo. A poco andar, la violencia se manifiesta: “La gente comenzó a preferir el negocio que quedaba a dos cuadras y un día el muro del negocio amaneció rayado con la frase ‘¡Ándate, maricón!’”.

—Lamentablemente, existen muchas formas de discriminación instaladas en nuestra sociedad y que, por años, han sido normalizadas por el rechazo que ‘la mayoría’ tiene frente a lo que no es aceptable para la convención social.

Por lo mismo, ejemplos de segregación cotidiana, por parte de la familia, en el liceo y en los diferentes lugares en los que va transitando la protagonista de Grafitis humanos, surgen con la mera observación, escuchando historias ‘del vecino de la pareja de una amiga’, y viendo algunos documentales que están en ondamedia.cl.

En el caso de Glenda, ella no sólo tiene que soportar burlas e insultos, tal como se muestra ampliamente en la historia, sino que debe lidiar con un entorno esquivo, que la evita como si padeciera una enfermedad contagiosa y visualmente repelente.

Eso precariza su existencia, pues las oportunidades al ser despreciada socialmente tienden a cero, obligándola a acercarse cada vez más a los márgenes, porque el resto no está dispuesto a darle un espacio e interactuar con ella con naturalidad y respeto.

 

«Es necesario que todos asuman el compromiso de censurar y denunciar la fobia que existe hacia las disidencias sexuales»

—El anuario de liceo es otra ventana a la percepción externa, a aquellos ojos a cargo de la condena. En la categoría “Filosofía de vida”, destacan: “Caras vemos, genitales no sabemos”. ¿Qué hay detrás de esta autorización institucional donde, sin ediciones ni censuras, se ofrece al chivo expiatorio?

—El anuario es la máxima expresión del rechazo y acoso avalado, incluso, por quienes dirigen un establecimiento educacional, haciendo vista gorda ante lo que un grupo de jóvenes quiere manifestar sobre su compañero (porque para ellos, Glenda es Mario, aunque ella se empeñe en hacerles entender lo contrario), como si confabularan para dejar registro histórico del ‘chico ultra raro que habitó por algunos años en el liceo.

Sin bien en la novela esta situación ocurre hacia fines de los años 90, el nivel de desinformación sobre las personas transgénero y la desidia de gran parte de la comunidad para acabar con la transfobia, no es algo que esté resuelto en nuestro país.

Porque no basta con no ser un agente de discriminación activo. Es necesario que todos asuman el compromiso de censurar y denunciar la fobia que existe hacia las disidencias sexuales, para así trazar un camino efectivo e inequívoco hacia la igualdad.

Por ejemplo, si en el liceo de los protagonistas de Grafitis humanos hubiera existido una dirección que no hubiese permitido publicar la semblanza que se redactó para Glenda, se habría dado una señal que, tarde o temprano, hubiese decantado en una lección para el resto del curso: denostar pública o privadamente a alguien es un hecho inaceptable.

 

«Como sociedad, debemos avanzar de la tolerancia hacia el respeto»

—La célula familiar, en particular una cierta configuración chilena y “católica”, es un gran tema en Grafitis humanos: “¿Y tu operación? Ese tema quedó prohibido. Ni siquiera postergado. Porque, según tus viejos, Dios no se equivoca y la ciencia no puede corregir lo que la naturaleza manda”. Esta noción de familia resulta palmariamente absurda cuando enfocamos al padre, a quien “le gustaban los hombres”. La familia es sagrada, incuestionada como institución, aun cuando las evidencias resaltan su hipocresía. En la mitad del relato, leemos: “¿Por qué chucha se las dio de padre heterosexual intentando lidiar con su hijo rarito?”. Háblanos de la hipocresía, las máscaras, la cobardía y la banalidad que circulan por las páginas de tu novela.

—Una persona con orientación sexual distinta a la hetero tiene, entre varias posibilidades, tres que son evidentes: Vivir de cara al mundo, o, como una suerte de pantalla social, establecer una vida paralela (sexo ocasional o amantes del mismo sexo en las sombras), o, simplemente, anularse como ser, postergándose por culpa, vergüenza, miedo…

No se trata de juzgar las decisiones de cada persona; simplemente es evidenciar que la homosexualidad suele estar más cerca de lo que algunas familias tradicionales están dispuestas a aceptar.

Por años, la idiosincrasia chilena ha dictado que algunas cosas no se deben hablar; que hay ciertos ‘gustos’ que hay que dejarlos en el plano de lo privado; que mientras menos gente sepa, mejor. Incluso, hay personas que se sienten ‘tolerantes’ por decir cosas del estilo: ‘Yo los tolero, si hasta tengo un amigo gay”; o, peor aún: ‘Que hagan lo que quieran, mientras nadie los vea’.

Estoy convencido de que, como sociedad, debemos avanzar de la tolerancia hacia el respeto, porque las personas disidentes no necesitan ser ‘aguantadas’ por los demás. Esto se trata de dignidad e igualdad de derechos, sin espacio a matices.

 

«El libro está escrito en una clave íntima»

—Hay diversas escenas donde se destaca la genitalidad, ciertos fetiches (por ejemplo, olfativos), el consumo de pornografía, así como determinadas perversiones sexuales. También hay discusiones en torno al tamaño de los penes y la admiración por los penes grandes. ¿Cómo exhibir los deseos de los personajes sin caer en una caricaturización mercantil donde se disuelvan las diferencias, las particularidades?

—Todos hablan de sexo. Todos quieren sexo. Incluso se me viene a la mente la famosa canción de Los Prisioneros… Las páginas porno puede que estén sobrevaloradas, pero deben ser de las más visitadas en la red, y no sólo ahora, sino históricamente.

Los personajes de Grafitis humanos no son ajenos a eso y, con la naturalidad que el protagonista narrador aborda transversalmente todos los elementos que existen en la novela, vive y expresa sus deseos sexuales sin tapujos, sin limitarse al momento de ofrecer detalles y de manifestar sus particularidades, porque el libro está escrito en una clave íntima, en donde se invita al lector a ser cómplice más que espectador de la amistad entre Pablo y Glenda.

Esto último, como autor, fue lo que me hizo correr el riesgo de no conformarme con que mis personajes sugirieran cosas que quedaran flotando en el espacio de la imaginación. Es una novela rápida, que apuesta al choque, al impacto y, para ser fiel a eso, debía ser explícito con algunas situaciones o morir en el intento.

 

«No se crea que la transfobia sólo proviene de la sociedad heteronormada»

—Un subtema digno de destacar es la discriminación dentro de las minorías. En una trifulca, Pablo comenta: “… me dijiste que no eras material de hueveo para colas transfóbicas”. ¿Cómo se configura la ironía a partir de esta segregación dentro de un grupo que lucha por derechos e igualdad?

—Es probable que gran parte de los sobrenombres para denominar a las personas trans provengan desde dentro de la misma comunidad. Apodos ofensivos, que en apariencia pueden parecer graciosos, sobre todo si se considera la gestualidad y el tono de voz con que se dicen.

Sin embargo, al final del día, me temo que ese acto instala un círculo poco virtuoso, en donde reírse a costa de una ‘minoría dentro de la minoría’ alivia la cruz de la discriminación que esas mismas personas sufren de parte de otros.

Pero, por supuesto, no es una actitud generalizada. Dentro de la diversidad hay personas que jamás inventarían o repetirían un ‘chiste’ sobre las y los trans. Si en la novela existe un grupito que lo hace, es sólo para hacer un llamado de atención, para que no se crea que la transfobia sólo proviene de la sociedad heteronormada.

Este elemento de la novela permite reflejar que la transfobia, incluso, la ejercen personas que, por un tema de ‘jerarquía social’ si se quiere, se instalan un peldaño más arriba, como si esto se tratara de una pirámide cuya cúspide está reservada para los matrimonios heterosexuales con hijos, y que va descendiendo hasta relegar a las y los trans al eslabón más bajo de la sociedad.

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, y Dame pan y llámame perro, y los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Grafitis humanos», de Enrique Herrera Ibáñez (Ediciones de La Lumbre, 2021)

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Enrique Herrera Ibáñez.

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