[Entrevista] Ignacio Dávila: «La literatura es una forma de combatir silencios y de enfrentar traumas»

El autor y académico chileno radicado en Brasil acaba de publicar la novela «Ahora que vamos deprisa», su ópera prima en el campo de la ficción escritural, y a raíz de esa presentación dialoga con esta plataforma en torno a la interacción que surge entre el acto de crear valiéndose de las palabras, la memoria, y los miedos tanto privados como colectivos de un país.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 10.9.2023

Ahora que vamos deprisa (Cuarto Propio, 2023) es la primera novela de Ignacio Dávila (1982), doctor en cine (Universidad Toulouse Jean-Jaurès) y especialista en cine latinoamericano. Bajo el nombre Ignacio del Valle–Dávila es autor de los libros Cámaras en trance (2014), Le Nouveau cinéma latino-américain (2015) y coautor de Guzmán: el botón de nácar (2020).

La novela entrecruza tres líneas narrativas, proponiendo saltos que funcionan de manera fragmentaria como la propia memoria de Álvaro. La narración en primera persona se sumerge en un relato de ritmo vertiginoso y va recogiendo las experiencias infantiles de Álvaro cuando era un pequeño inmigrante en la España de la década de los 80, hijo de una familia chilena condenada al exilio económico.

Esos recuerdos se traman con la narración de su juventud como estudiante en Francia y con una tercera etapa que transcurre en Brasil, una zona convulsa en la que acontece la tragedia familiar en la que Álvaro perderá a su hija.

Así, la narración propone diversos dilemas vitales, como la identidad mutante del inmigrante, la posición de viudo y huérfano, el consecuente vacío existencial y las estrategias de las que echamos manos para sobrevivir en un estar doloroso y traumático.

 

«La propia debilidad de las palabras»

—»Por último, nadie en el mundo ha sabido ponerle un nombre al mal que me ha afectado». En la novela se sugiere que la necesidad de nombrar para enfrentar y elaborar es muy importante. Hacia el final, asocias la pérdida más brutal con la figura del oxímoron.

—Sí, creo que es necesario decir las cosas terribles por su nombre para poder enfrentar y elaborar los traumas que puedan producir. Asocio el silencio a la represión, y toda forma de represión, en mi opinión, acaba teniendo efectos contraproducentes, pues agrava el dolor. En mi caso, la literatura es una forma de combatir esos silencios y de enfrentar esos traumas.

Dicho así, suena fácil, pero el problema te lo encuentras cuando no tienes palabras para describir una situación límite. Me refiero a experiencias en las que cualquier cosa que digas al respecto parecería reducir la dimensión del evento, en las que las palabras se vuelven vacías, estériles o contradictorias.

Cuando el lenguaje fracasa, muchos optan por el silencio. Sin embargo, yo creo que hay que seguir relatando, aunque sea asumiendo la propia debilidad de las palabras, porque callar lleva al olvido. Esto se asocia, en el caso de mi novela, a la memoria íntima del personaje, pero puede aplicarse a todo tipo de memorias colectivas y, en Chile, lo sabemos perfectamente.

 

«Reivindico la autoficción como una manera de reelaboración creativa de la propia experiencia»

—»Casi no tenía vecinos negros en un país de mayoría negra. Casi no vi negros en los patios de la Universidad de Sao Paulo…», comenta la voz sobre la educación de elite que vive en Brasil. Háblanos de la autoficción, del uso de la primera persona como estrategia narrativa.

—El racismo estructural es una realidad en Brasil a la que, en mi opinión, los escritores blancos deberíamos prestarle más atención. Acabar con el racismo en la literatura –y en el país– no debería ser solo un anhelo y una lucha de los escritores y escritoras negros, sino de todos los que escribimos en Brasil.

No hablo de hacer obras militantes, como si estuviéramos en los años 60, pero sí de incorporar con más decisión esas cuestiones.

Opté por la autoficción y la primera persona porque me pareció la manera más honesta de abordar la historia que tenía entre manos. Sin embargo, no hay una identidad estricta entre autor, narrador y personaje. Si la hubiera, el protagonista se llamaría Ignacio y, no por casualidad, escogí otro nombre.

Lo mismo hice, por cierto, con todos los personajes. No pretendo que el libro sea un reflejo exacto de la realidad, entre otras cosas porque no creo que la literatura pueda reflejar lo real como si fuera un espejo. Afortunadamente, es mucho más rica y compleja que eso.

Mi libro tampoco es un diario de vida ni una crónica periodística. He utilizado mi memoria de forma muy libre, como la materia prima con la que he construido una novela. Reivindico la autoficción como una manera de reelaboración creativa de la propia experiencia.

 

—La novela está cruzada por muchas referencias bibliográficas, así como de alusiones al cine (Patricio Guzmán, Raúl Ruiz, Solanas, Antonioni). ¿Cómo dialogan estos géneros en tu narrativa?

—Durante los meses en los que escribí la novela me abstuve de leer literatura porque quería evitar que otras voces se colasen, de contrabando, en mi texto. Sin embargo, el protagonista de la novela trabaja analizando películas y es un buen lector de literatura, así que ambos temas aparecen continuamente.

Las referencias a filmes y libros suelen aludir a lo que efectivamente leía en las épocas que describo, pero también hay homenajes, pagos de deudas, guiños y citas intertextuales. Lo mismo sucede con casi todas las referencias musicales. Pero prefiero no detenerme a explicarlas, le dejo la interpretación a los lectores.

 

«Tener hijos es una manera de desafiar al futuro»

—Hay discusiones sobre la posibilidad de tener hijos, un cuestionamiento duro por la depredación y violencia que depara el futuro. Vivir para cuidar la descendencia es un predicamento sombrío.

—Cuando ves la destrucción a la que el modelo económico imperante está sometiendo al planeta, parecería una actitud irresponsable lanzar más hijos al mundo. Y cuando te toca padecer un gobierno que hace apología de la violencia y del negacionismo, como nos sucedió en Brasil y podría llegar a suceder en Argentina o Chile, más sombrío aún se vuelve el ambiente.

Sin embargo, tener hijos es una manera de desafiar al futuro, de apostar por la vida cuando parece triunfar la muerte. Quise mostrar algo de todo eso en Ahora que vamos deprisa, hablando de la experiencia de la paternidad. Pero no pretendo hacer un elogio de esta opción de vida. Que cada quien decida si quiere o no tener descendencia.

 

«Silencios que moldearon a más de una generación de chilenas y chilenos»

—»Pensar en Chile» es una recurrencia en la narración. Está ese niño que ve con miedo la casa de Pinochet en la avenida Presidente Errázuriz; ese silencio, de regreso de su colegio. ¿Cómo piensas ese trauma hoy, a 50 años del golpe?

—En el buen cine —en el buen cine de verdad, ese que no hace constante alarde de efectos digitales—, muchas veces lo que queda fuera del alcance de nuestros ojos es más importante que lo que vemos.

Un elemento queda relegado fuera de campo y, sin embargo, su propia ausencia parece gritarnos. El elemento omitido se cierne sobre la imagen hasta apoderarse de ella. En la novela he tratado de aplicar ese mismo principio a la presencia y ausencia de Chile.

Tomé esa decisión porque creo que es la forma en la que muchos migrantes nos acabamos relacionando con nuestro país de origen, sobre todo cuando hemos crecido lejos. Pero esa presencia y ausencia también es una de las formas del trauma, al igual que el episodio de la casa de Pinochet al que haces alusión.

Esa historia es particularmente traumática por la ausencia de explicaciones, por el miedo que la madre proyecta en sus hijos y por la imposición del silencio. Hay algo especialmente perverso en el Chile de esos años en el que la felicidad oficial de la televisión y la publicidad tenía como contrapartida esos silencios privados.

A 50 años del golpe deberíamos preguntarnos hasta qué punto esos silencios moldearon a más de una generación de chilenas y chilenos.

 

 

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, Dame pan y llámame perro, Subterfugio y Succión, además de los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Ahora que vamos deprisa» (Cuarto Propio, 2023)

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Ignacio Dávila.