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[Entrevista] Isabel Baboun: «Siempre voy a mencionar a Diamela Eltit»

La actriz y narradora nacional acaba de publicar su primera novela, titulada «La tailandesa», una arriesgada apuesta literaria que al correr de sus intensas páginas se concentra en un único y vertiginoso día ficticio de su protagonista, una atormentada intérprete dramática de nombre Diana.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 25.4.2023

Una joven mujer que supera brevemente los 30 años, emerge del Metro santiaguino envuelta en la fría bruma de sus problemas cotidianos, de sus deudas financieras, de los quiebres en sus relaciones de pareja, atenazada por la soledad en la cual se encuentra, pese a encontrarse visitada por fantasmas e ilusiones que están lejos de cumplirse, más allá de la niebla fantasiosa nacida desde el interior de su propia cabeza.

Lo que más llama la atención de esta ópera prima de largo aliento de Isabel Baboun Garib (Santiago, 1984), quien antes había publicado un libro de cuentos y una plaquette de poesía, es el cuidado y atención que se evidencia en su proceso de escritura como autora: frases cortas, nunca párrafos excesivamente largos, el adjetivo que calza, y el verbo que nunca rimbombante, siempre resulta eficaz.

En efecto, La tailandesa es una innovadora novela en el panorama literario chileno actual, especialmente porque intenta indagar en la sensibilidad femenina de una actriz, y porque promete y logra ingresar en ciertas claves esenciales de la profesión teatral, a través de tópicos que distan de asociarse, convencionalmente por lo menos, con la noción que se tiene de una intérprete escénica, y de su cotidianidad.

Su lectura conmueve por la musicalidad de las oraciones y por el afán poético lejos de la estridencia y de la solución estilística fácil o gratuita de sus fragmentos. El vértigo y la tensión atraen por sí mismos, más allá de que en la construcción argumental de su trama, a veces, lo forzado de algunas respuestas dramáticas, distan de esa naturalidad que se exhibe generosamente, valiéndose de la artesanía de sus pensadas palabras.

Baboun ofrece una novela que entrega una visión de la ciudad de Santiago lejos de esa modernidad asfixiante de Sanhattan, para explorar una visión urbana que los años recientes han despojado de la escena literaria nacional: la Alameda Poniente, el barrio Yungay y los secretos extraviados de una metrópolis de casas y de edificios bajos y de fachada continua.

Esa ciudad de avenidas con bandejones centrales y anchas veredas caminables, que se enlazan con la búsqueda existencial de la protagonista, quien persigue una salida satisfactoria a la cansina coyuntura que parece agobiarla y por instantes derrumbarla, encima de su propia sombra.

Las relaciones entre corporalidad y emocionalidad, y su performance en actos tan simples como salir desde el subterráneo simbólico del tren urbano, son otros de los núcleos por donde subyace y se expresa la intencionalidad estética de una narradora, que en su primera obra de largo aliento, ya adelanta la creación de un mundo artístico y un estilo autoral singulares.

 

Una palabra que viene de la «libertad»

—Más allá de las implicaciones propias presentes en la trama de la novela, ¿por qué el bautizo de tu texto con un gentilicio que requiere de una explicación una tanto más forzada que evidente, en el transcurrir de estas activas páginas?

—En la novela se habla mucho del boxeo tailandés, el Muay Thai, entonces hay un tema con la idea de la sombra, en un momento pensé en otro tipo de título, ahora no me acuerdo exactamente, pero en relación a la misma sombra, al trabajo con la sombra.

La sombra te secunda y te persigue, como su propio reflejo, por lo que luchas con ella. Sin embargo, no quería, precisamente, dirigirme demasiado a los libros o películas que me gustan más a mí, y que ese título no me dijera a mi demasiado, tampoco.

¿Cómo leer esta novela, considerando que tiene dos epígrafes al principio? De la María Luisa Bombal y de la Dolores Pratto, y para mí, eso eran ya dos señales fuertes a fin de direccionar la lectura, con ciertos temas poéticos o no.

Y entonces, la ‘tailandesa’, porque yo entrené boxeo Thai un tiempo largo, y las personas que iban allí usaban mucho sobrenombres, como decía el libro, el Nico, los personajes de aquí no están en la vida real, obviamente, pero usaban mucho eso de los apodos.

Entonces ella, Diana, mi personaje principal, en términos de cómo se piensa a sí misma, yo me hice esa pregunta, y me gustaba pensar que ella se pensara a sí misma con un seudónimo, entonces la ‘tailandesa’ es su doble, es su sombra, no es solamente la ‘tailandesa’ porque ella haga boxeo Thai.

Y la otra cosa es que Tailandia, la raíz de la palabra ‘Thai’ viene de ‘libertad’ y yo me encontré con eso después de mucho tiempo, y me hizo más sentido todavía, porque es lo que ella persigue, también.

Y además Tailandia es uno de los países en el mundo que tiene más libertad en relación a los derechos de género, de identidad sexual, pero con eso me encontré también al final, pero lo que te quiero decir es que también me gusta mucho como suena la palabra, lo exótico y lo misterioso que puede ser al mismo tiempo.

 

Santiago de Chile como un personaje

—La reivindicación de un deporte sancionado socialmente en la actualidad (el boxeo en sus diversas manifestaciones disciplinarias), ¿equivale a la valoración literaria de una ciudad antigua, el Santiago de la Alameda Poniente y el barrio Yungay, poco explorada en la narrativa chilena actual?

—Yo viví muchos años ahí, en esos lugares. Y además es un barrio que tiene una geografía marcada en sus calles, en su arquitectura, marcada en su gente, y claramente hubo, porque me fui de ahí hace muy poco, un antes y un después con el estallido y la pandemia. Es decir, la transformación del barrio durante el último tiempo ha sido brutal.

Entonces, me encantaba pensar que así como una vez Mariana Enríquez, quien lo ha dicho en sus entrevistas, que la ciudad es un personaje y también lo han enunciado cineastas que yo admiro.

Claramente Santiago a mí se me figuraba como una sombra, como un personaje, y también al modo de un espacio de mucha violencia, pero no necesariamente una violencia que esté relacionada con asaltos, no solamente ese tipo de violencia, sino la violencia que significa un lugar desde lo visual, un lugar desde lo auditivo.

Yo camino mucho por la ciudad, por distintos barrios, entonces, todo eso, a mí me parecía que era importantísimo incorporarlo al texto, no solamente como una referencia de mapa, sino también como un paralelo entre esa práctica que se hace con el cuerpo propia del boxeo Thai y donde está ubicado ese lugar en la novela, que no es un super gimnasio cinco estrellas.

El Club México también está en esa zona, pero ahí se practica una disciplina distinta al boxeo tailandés, y lo que me parecía interesante es que esos dos lugares están separados por muy pocos kilómetros, una distancia que es caminable, pero que también está allá, en las proximidades de Yungay.

Y ese club, el México, tiene décadas de tradición, entonces también hay una tradición que tiene que ver con la ciudad, que tiene que ver con la historia de ese lugar, y con quienes practican el boxeo.

 

El vértigo previo a través del «yo»

—Sin ser propiamente una literatura del yo, la estética dramática de La tailandesa incurre en una exploración por el discurrir de la interioridad de un personaje principal, algo relegada en la narrativa contemporánea. En ese sentido, una voz como la de María Luis Bombal, ¿jugó un papel preponderante en la urdiembre estilística de tu ópera prima?

—Es curioso, porque también ópera prima, claro, tiene eso de la novedad de la autora que publica su primera novela, pero a esos autores, como la Bombal, la vengo leyendo hace años, décadas.

A ella en específico la descubrí hace muchísimos años, me deslumbró, igual que Marguerite Duras, Clarice Lispector, igual que la Venturini (Aurora), que la descubrí después, etcétera, entonces, en ese sentido, la María Luis Bombal, en este proyecto, La amortajada y también, bueno, otros textos de ella (hay una compilación muy buena que hizo Lucía Guerra).

Esta idea del amor, también como se la ha representado a Bombal, relacionada con la locura, etcétera, me parecía también como una voz, que habla de un Santiago que ya no está, que habla de una ciudad que ya no está, que para mí también era un recorrido.

Si tú quieres desde lo literario, a partir de una voz femenina, de quien hace una crónica de un Santiago que ya no está, y donde yo tampoco estuve por una cosa de fechas evidente, pero la ciudad arquitectónicamente si está, todavía, y a la cual de una manera sensible o intuitiva uno puede percibir, pero lo que tú percibes al final son retazos, restos, ecos de esa ciudad.

Y entonces a mi me ayudó mucho leerla, también para trabajar con ese Santiago que yo no conocí pero que ella sí, y donde ella ubicó muchas de las historias que escribió, no me gusta decir historias, pero de la literatura que hizo, entonces para mi libro, la Bombal fue muy importante.

Sobre lo de la literatura del ‘yo’, mira, esta no es mi autobiografía ni mucho menos,  pero el ‘yo’ a mí me servía, porque exploré en el proceso de escritura con distintos narradores, y lo que me pasaba con el ‘yo’ es que me ayudaba mucho a ese discurrir delirante que a mí me interesaba trabajar con Diana, la protagonista, sobre todo pensando en que ella se iba a subir a un escenario.

Yo soy actriz, y me subí al escenario muchas veces, sé lo que es ese vértigo previo, y el ‘yo’ me ayudaba a explotar ese vértigo previo, por eso es la decisión del ‘yo’.

 

Las reglas del boxeo y del teatro

—En la percepción convencional en torno de una actriz y de su corporalidad, la práctica del boxeo se aprecia un tanto extraña, ¿qué desafíos y peligros creativos ofreció para ti, insertar a una aproblemada profesora de teatro de un colegio santiaguino, dentro de los códigos cotidianos de un ambiente tan específico y tal vez de nicho como ese, y no elegir otro deporte a fin de expresar el conflicto esencial de la protagonista, por ejemplo?

—Si nos movemos en universos más estereotipados vamos a asociar inmediatamente a la actriz con la danza, a la actriz con el movimiento tipo danza contemporánea. A mi me encanta la danza, en fin, pasé por distintas danzas, bailes, cuando estudiaba teatro. Sin embargo, a mi no me interesaba construir un personaje acorde a…, ¿me entiendes?

De hecho, yo soy actriz, y practiqué boxeo, nunca fui a competir, pero donde yo iba vi a mujeres también, más allá de sus ocupaciones, las había, eran las menos, pero las había, y entonces a mí no me interesaba hacer digamos la construcción de un personaje más ‘coherente’, o rápido de concebir.

Una actriz que toma clases de pilates, o de danza, o de bailes de salón, o de patinaje, sin embargo igual yo quería explorar en lo masculino, en las masculinidades, no solo con Máximo o Moisés, que son las figuras masculinas del libro, hombres, digamos, sino también en ella.

De nuevo, vuelvo a la idea de la sombra, hay una pulsión muy fuerte en este personaje.

Diana, tiene su raíz en la mitología, es la cazadora, pero como mujer, ¿qué tanto tenemos que ir a cazar?, ¿salimos a cazar?, ¿qué cazamos? Con zeta quiero decir.

Y en ese sentido la práctica del cuerpo, el disciplinamiento del cuerpo. Disciplinar el cuerpo tiene que ver con enseñarle técnicas, y el boxeo Thai en eso es un deporte que está repleto de reglas más allá de que sea libre, y esa libertad digamos del uso del cuerpo, para el ataque del otro, entre comillas, está rodeado de reglas igual que el teatro.

Entonces, a mí esa figura del vamos a jugar, pero no te olvides de las reglas me parecía alucinante, pero también por lo que decía el libro, en muchos espacios, porque lo que te entrega el boxeo son armas, lo que pasa es que no son armas como un fúsil o una bomba, pero un puñete, un recto pueden ser armas igual de mortales, y eso me interesaba porque son armas que no se ven.

Si yo te veo a ti, y tú practicas boxeo, no las veo, pero esas armas están ahí, porque tú las aprendiste a usar. Entonces por eso la elección de ese deporte, pero a mí no me parece raro, quizás poco hablado.

 

«Como quien dice su vida desde una emoción»

—Relacionada con la pregunta anterior, ¿qué dificultades técnicas significaron para tu proceso de escritura, evidenciar la intimidad de la personaje principal de La tailandesa, en el fluir de una conciencia temporal que en el transcurso de un día y de sus horas funcionales, pretende configurar la respuesta o puerta de salida existencial a sus problemas más urgentes, de trabajo, de pareja, e inclusive de amistad, como el crispante vínculo que Diana mantiene con Nancy?

—Cuando tomé la decisión de afrontar esto en un día, la dificultad más importante fue mantener el delirio del personaje, lo que tú hablas del vértigo, en la prosa.

Que ocurriera en un día a mi me dio el marco entre comillas perfecto para decir: ‘ok, esto me ayuda a generar presión, expectativas, a generar en el lector la necesidad también de saber cómo Diana se va a desenvolver en el escenario, una vez que ella se suba’.

Entonces, lo de las frases cortas, por ejemplo, es decir la prosa para mí era muy importante trabajarla como quien dice su vida desde una emoción, asumir un estado, asumir a Diana desde este estado previo a la actuación que no quiere decir que ella las veinticuatro horas del día de lunes a domingo sea esa Diana, porque esa Diana es la de ese día previo a la función, entonces leí muchas veces el texto en voz alta.

Para mí era muy importante escucharla a ella en ese vértigo y qué tanto percibía yo en ese oír de ese vértigo, porque como no tengo el cuerpo físico, porque es una novela no es una obra de teatro, ese discurrir mental era súper importante para mí, que mantuviera la atención en la prosa.

Entonces la frase corta para mí era muy efectiva y también me ayuda a representar esas emociones que no es una sola, pero esas emociones eran las que yo quería transitar con el personaje, y entonces a propósito de ese discurrir, a propósito de ese delirio, es que aparece, se va colando la relación conflictiva con su amiga (Nancy), con Moisés (el hijo de aquella), conflictiva porque ahí está la pugna con la madre verdadera de Moisés que es Nancy, y la relación súper conflictiva con Máximo, su pareja, que es un constante entrar y salir en la vida de ella.

Entonces, yo te diría que el desafío mayor fue mantenerme a la par con esta voz sin que se desarmara en este discurso.

 

La poética de Alia Trabucco

—¿Cuál es tu opinión acerca de la literatura chilena actual, producida por las autoras y autores menores de 40 años? ¿Te sientes parte de una generación que comparte motivaciones temáticas y predilecciones estéticas propias de un grupo de artistas que coinciden en algo, más allá de su contemporaneidad? Asimismo, ¿tienes una estima especial por una autora o autor nacional de tu edad o de otra generación, que se encuentre en plena etapa de producción creativa?

—Leo mucha literatura chilena, porque me interesa saber cómo se están configurando las voces, los imaginarios, cómo se está representando este momento desde donde estamos, quiénes somos nosotros, hoy. Y en ese sentido, por supuesto que me siento más afín literariamente con algunos autores que con otros.

Siempre voy a mencionar a Diamela Eltit, porque toda su literatura para mí es troncal, importantísima, yo egresé de teatro con una investigación sobre su escritura, me hizo clase, también a Lina Meruane, también a Nona Fernández, también a Alejandra Costamagna. Ellas son de otra generación, pero igual las quiero mencionar.

En relación a las más actuales, Alia Trabucco, quien presentó La tailandesa, pero no lo comento por esto. Yo a ella la vengo leyendo desde hace años, desde que publicó La resta. Leí Las homicidas, leí Limpia, estoy esperando lo que sea que saque. Me interesa como trabaja poéticamente su escritura, como trabaja ella la representación de la violencia.

A propósito de la Alia, pienso en Fernanda Melchor, a quien no conozco como persona, es mexicana, pero la menciono. Su Temporada de huracanes me parece alucinante, a propósito de delirio, a propósito de vértigo, además la leí mientras escribía La tailandesa, y he seguido leyendo todas las otras cosas que tiene.

Volviendo a Chile, menciono a Ariel Richards, me interesa su tránsito por esa zona híbrida de su literatura, trabaja con las artes visuales. Me interesan mucho las escrituras que están pensando en otros mecanismos artísticos, no solo referidos a lo literario.

También, Voyager de la Nona Fernández me encanta por eso, porque tú no entiendes mucho qué es, y no necesariamente hay que definirlo si es una novela, si es un ensayo, y esa zona híbrida de géneros me interesa mucho en lo que está pasando acá.

Nombré a varias autoras de mi generación, pero hay muchas más, por supuesto. Son las que más tengo en la cabeza ahora mismo, y seguro hay muchas otras que ahora no menciono. La Carmen García Palma me gusta mucho, también, por todo lo que ella genera con el imaginario visual.

 

Lo performático del cuerpo en la escritura 

—¿En qué proyecto creativo trabajas en la actualidad?

—Estoy trabajando en distintas cosas, ahora mismo no estoy escribiendo cuentos, he escrito también poesía, pero está siempre presente en lo que hago, y estoy trabajando en otro proyecto de novela.

Pero sin adelantarte la temática ni nada, ahí también mantengo el interés en el teatro, con todo lo que se refiere a lo performático del cuerpo en la escritura, que es uno de los temas que más articula mi trabajo, y cuál es la relación entre cuerpo y escritura, cuál es la relación entre cuerpo, performance y escritura.

Qué pasa cuando las problemáticas del cuerpo se llevan a la página, qué pasa con el género, si se hibridiza o no, etcétera, etcétera, pero proyectos de largo aliento son los que me interesan en mi vida, hoy.

Al cuento lo admiro mucho como género, pero me gusta más el viaje largo de la novela que ese corto que ofrece un relato más breve en la actualidad.

 

 

 

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«La tailandesa», de Isabel Baboun (Tusquets Editores, 2023)

 

 

 

Crédito de la imagen destacada: David Gómez.

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