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«Escombrario», de Nicolás López-Pérez: El resurgir de una realidad ajena

Publicado a fines del mes de enero de este verano que se extingue, el segundo poemario del autor nacional equivale a un maremágnum de reflexiones estéticas: el significado de una aguda vivencia personal, y la profundidad de un sentimiento literario que se desenvuelve como el mapa de un territorio íntimo, pero que por su valor artístico, puede pasar a representar las huellas emocionales del recorrido de un otro.

Por Zenaida M. Suárez Mayor

Publicado el 3.3.2020

No puedo evitar preguntarme si el Escombrario de Nicolás es el Ave fénix de la mitología. Esa que, única en su especie, necesitaba de la ruina para significar.

Cuando miramos la portada de esta cajita-sobre y leemos este título tan aparentemente apocalíptico, un halo cuasi-indeleble de ideas se cruza por nuestra mente, nos lleva hasta la idea de lo que, contenido en él, debe haberse derrumbado antes de pasar a formar parte del conjunto que adentro espera. Sin embargo, en el despliegue de los libritos (“Escombrario” y “Cuaderno de Berlín”), la polaroid, el mansaje cifrado en braille, la cuartilla del muro de los lamentos, las agudas y precisas reflexiones de Héctor Hernández Montecinos y el textito: “¿Qué es tener una casa?», se nos revela una nueva dimensión de hacia dónde ese título sugerente querría estarnos conduciendo. Y sentimos el resurgir de unos recuerdos, de unas vivencias, de unas realidades ajenas que se nos agolpan, que se nos actualizan (sin haber sido palpadas por nosotros).

Entrar a Escombrario, creo que es entrar a una parte muy íntima y sugerente de la experiencia vital. Parcelaria y fractal y, aun así, visible, como los escombros que componen cualquier ruina, que dejan ver las huellas de lo que fue ese territorio y permiten al lector (al espectador) aventurar una posible recomposición.

Quiero comentar tres piedrecitas de esta montaña de escombros:

1. El librito Escombrario, dividido en diecisiete secciones, es el “centro semiósfero” de la obra. Hacia él apunta el título que corona la cajita-sobre y en él se contienen las temáticas que guían hacia la comprensión de este cúmulo de escombros. La disposición textual es, sin duda, lo primero que llama la atención. Situados en el espacio interpaginal, los textos deben ser leídos como pertenecientes a dos partes espejeadas. Así también, los recuadros en negro que se van disponiendo dentro del volumen invitan (a mí me invitan, por supuesto) a pensar en las oposiciones binarias martineanas, donde lo negro, lo negativo, revela un contenido que no era evidente y se hace visible en la exposición a la luz. Este detalle de luces y sombras, positivos y negativos, encuentra también una importante marca de sentido en otros elementos de la cajita, como en la instantánea polaroid numerada (que representa el colofón de la obra) y en la fotografía doblada en cuatro partes del muro de los lamentos, que el autor tituló: “El tiempo dirá por qué volver a las fotos”.

De los textos que componen el librito Escombrario el responso es clave para entender el volumen. En él, la reflexión estética es clara y se manifiesta así:

«La mayor cantidad de las veces, el texto es un pequeño ecosistema donde nacen las ideas que todavía no he podido abandonar. Una forma de mantenerse auténtico. He visto florecer otras semillas. He cosechado lo que no he vuelto a plantar. He perdido el contacto con mucha gente. La escritura es mutación. Me pongo un poco paranoico hablando de los demás. Desconfío de mis propias formas. En mis cuadernos preparo fugas imaginarias contra el miedo. Dejo rastro de todo lo que hago. Incluso cuando me dicen que no lo haga».

La obra de Nicolás López-Pérez es anfíbica, su generatriz es natural, independiente del sujeto, (si algo así se puede decir de un producto del subconsciente humano) y, sin embargo, materializa, patenta y visibiliza todo aquello que bordea al sujeto, todo aquello que se desprende de una experiencia nómade, de la que también este “responso” da cuenta.

2. “Cuaderno de Berlín”, el otro volumen-escombro ¿“tradicional”? que incluye la cajita-sobre es una especie de Diario-álbum-agenda no datado, solo numerado, que aun así da la impresión de poseer un orden cronológico. Precedido de una “postdata” al más puro estilo baudeleriano-martineado cuando incluyeron un “epígrafe” al final de Las flores del mal/La nueva novela, y de una bella reflexión de la poeta peruana Victoria Guerrero Peirano:

«Ya hace buen tiempo sobre esos aros de una blancura invisible. Se escribió un poema. Se celebró un matrimonio, se fundó una ciudad».

Es en este volumen que, a priori, pensamos como un elemento secundario de la obra completa donde se esconde la poética fundacional de López-Pérez, su modus operandi, su tránsito, su justificación (no necesaria, por lo demás) del arte que hace y construye desde los escombros textuales, lo que explica desde el I fragmento:

«Escombros, de la posibilidad, de reconstruir, de revisar el material pendiente de migración al futuro mismo. Escombros de literatura ¿hacia dónde más zarpar? ¿los escombros, lo que sobra de uno? ¿Los materiales de reconstrucción? ¿Qué? Viene a la ciudad de los escombros. Viene a la ciudad. A las ruinas. Losfahren».

El nombre del cuaderno, de más está decirlo, alude al lugar de tránsito en que estos aporemas fueron pensados.

3. Por último, una notita mecanografiada perdida entre los escombros, titulada «¿Qué es tener una casa?», me sorprendió grandemente. Primero, por supuesto, de nuevo, por las concomitancias e intertextualidades que, casi maquinalmente, establezco con las múltiples reflexiones que sobre la casa se han hecho siempre en torno a La nueva novela de Martínez. La casa, el hogar, el contendor de la experiencia vital, pero también símbolo del adentro, del encierro, de la soledad, de la pertenencia, es en Martínez, como en López-Pérez, un símbolo dual, incierto, endeble; insistentemente bordeado por la inconsistencia y que, finalmente, siempre estará sujeto al final ruinoso en que se será ya solo “escombros” porque, tal y como se cierra el texto:

“Aunque estén harapientos y descoloridos, esos escombros, no lo olvides, están conformados por lo que hacemos, lo que somos y lo que soñamos. Tener una casa es tener escombros de lo que para otros fue una casa, no lo olvides.”

 Cuidaremos tus escombros, Nicolás, para que no se reconstruyan de cualquier modo ni en cualquier lugar.

 

También puedes leer:

Escombrario, de Nicolás López-Pérez: La representación de una suma.

 

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Zenaida M. Suárez Mayor (Las Palmas de Gran Canaria, España, 1976) es doctora en literatura y teoría de la literatura, magíster en literatura hispanoamericana contemporánea y filóloga. Autora del libro Palabras ya escritas. Relecturas de La nueva novela de Juan Luis Martínez (Santiago: RIL Editores, 2019). Actualmente es docente e investigadora en la Universidad de los Andes (Chile) y desarrolla un proyecto FONDECYT postdoctoral sobre los grupos literarios “Trilce”, “Tribu No” y “Café Cinema”.

 

«Escombrario», de Nicolás López-Pérez (Contraeditorial Astronómica, Santiago, 2019)

 

 

Zenaida M. Suárez Mayor

 

 

Crédito de la imagen destacada: Felipe López Pérez.

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