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Constanza Michelson: «Cuando Piñera habla dice palabras que ya están prefabricadas, sus frases parecen jingles y es un poco ‘managment’, eso no es un lenguaje»

Aguda y directa, la psicoanalista y escritora viñamarina cuestiona en su reciente libro —»Hasta que valga la pena vivir», Paidós, 2020— lo que acontece en la sociedad chilena actual desde la mirada del deseo. ¿Qué es el anhelo y cómo se manifiesta en las distintas esferas de la vida humana? Una obra que, tomando la consigna del estallido social, aborda el contexto emocional en el cual el país se encuentra hoy en día.

Por Sofía Stark Bittencourt

Publicado el 26.9.2020

Para analizar la actualidad y entender qué nos pasa como personas y sociedad, el libro Hasta que valga la pena vivir. Ensayos sobre el deseo perdido y el capitalismo del yo (Paidós, 2020), de la psicoanalista y escritora Constanza Michelson Martínez (Viña del Mar, 1978), es una lectura que permitirá la reflexión de la contingencia al tiempo que sacude y posibilita abrir nuevos puntos de vista.

En una serie de ocho ensayos, Michelson sumerge a los lectores en un mapa social, político y cultural donde los tópicos como el feminismo, los movimientos sociales, el neoliberalismo, la desconfianza, el consumo, la violencia y las redes sociales —entre otros— son revisados en profundidad con una mirada crítica que lo remueve todo.

Aguda y directa, la autora cuestiona y repasa lo que acontece actualmente en la sociedad desde la mirada del deseo, cruzando el psicoanálisis con la política y el momento cultural. ¿Qué es el deseo y cómo se manifiesta en distintas esferas de la vida humana? Visto el deseo como algo que nos moviliza tanto para bien como para mal, que puede molestar pero también agradar, y a fin de cuentas que está o no está.

Aunque no es un libro sobre el estallido social, este adquiere relevancia en un contexto donde se palpa un deseo de transformación —premisa de la obra— y toma la consigna que se volvió recurrente tras este acontecimiento: “Hasta que valga la pena vivir”, en donde efectivamente cabe preguntarse, ¿vale la pena vivir? Para esto, Michelson no entrega la receta mágica —tampoco es la intención— pero sí intenta dilucidar cómo se desarrollan en sociedad los temas mencionados y la forma en que estos se desafían entre sí.

 

Un lenguaje para nombrar al estallido social

—¿Qué pasa con el deseo cuando se encuentra con la propia inconsistencia humana?

—El deseo tiene que ver con la inconsistencia humana. El deseo, en primera instancia, tiene que ver con lo que no tenemos. El deseo necesita ciertas condiciones de posibilidad para que aparezca, el deseo es vitalidad, es todo eso que no está escrito de antemano. Si no nos volvemos una repetición, es decir, si fuéramos puramente consistentes, si coincidiéramos totalmente con lo que decimos que somos o que queremos, no hay ningún espacio a la sorpresa. Es decir, nos volveríamos una especie de cápsula hermética donde ya todo está escrito, y las posiciones encerradas en su razón no provocan deseo, lo aplastan.

 

—El libro lo empezaste a escribir antes del estallido social de octubre. ¿De qué forma viste ilustrado este acontecimiento con los temas a los que ya hacías mención en tu libro?

—A mí me parece que de lo que venía escribiendo era precisamente del malestar en la cultura y de la imposibilidad de tener un lenguaje para nombrarlo. El malestar está circunscrito al lenguaje sanitario, al de la salud mental y eso hace que sea tratado bajo el paradigma de la medicina, con pastillas digamos. Por lo tanto, es una lógica que hace callar porque, ¿de qué vas a hablar?

Pero, sobre todo, lo que a mí me preocupaba era que hubiese una especie de destrucción del lenguaje para poder pensar el malestar. Y bueno, de pronto aparece el estallido que a mí me parece que es justo eso: cuando ya no hay más lenguaje para pensar un malestar algo explota y lo hace con este titular que es “Hasta que valga la pena vivir”. Empiezan a aparecer palabras que permiten pensar cómo estamos viviendo: ¿es así como queremos vivir?, ¿tiene sentido vivir así? Es como que estallara el síntoma de precisamente ciertas cosas, que no solo yo sino mucha gente veníamos pensando del régimen de realidad en el que nos hemos encontrado.

 

—¿De deseos que no se concretaron?

—Me parece que hay un malestar que tiene que ver con una cierta idea de felicidad o de realización porque yo creo que el estallido son varias cosas, es multidimensional y si acaso el modelo de realización personal tenía que ver con el deseo, o más bien, su aplastamiento, es decir, vivir en una especie como de mundo donde los objetos ya están dados.

Hay un lenguaje que —de nuevo— no permite que pase algo, que uno tenga una experiencia, sino que las cosas ya vienen dadas, con nombre, está todo escrito, está todo dicho, es como si no hubiera espacio. Por eso insisto tanto en el tema del lenguaje, es como si no hubiera lenguaje para experiencias, porque las experiencias son campo del deseo.

Hay palabras que destruyen el lenguaje que permite crear, que permite crear experiencias y deseos. Por ejemplo, como cuando Piñera habla dice palabras que ya están prefabricadas, sus frases parecen jingles y es un poco managment. Ese no es un lenguaje que permite crearte la palabra cada vez. Ahí hay una pérdida feroz y tiene que ver con la muerte de la experiencia y empieza a haber malestar, desgano, anhedonia que es la falta de deseo.

 

El libro de Constanza Michelson fue publicado por la editorial Paidós del Grupo Planeta

 

La temporalidad política de un presente incierto

—¿De qué forma entonces está cambiando la manera de hacer política social ante la desconfianza que existe frente a los liderazgos y el descontento?

—Bueno, yo creo que es justamente eso, de entender primero lo estructural más que caer en estos maniqueísmos de los buenos y los malos. Insisto, la cosa del lenguaje es esencial para pensar el cómo pensamos. El desencanto tiene que ver con que si hoy día las personas nos preguntamos: ‘bueno, ¿dónde están las herramientas de poder para cambiar el mundo?’. Eso es lo que hay que interrogarse hoy día, ‘¿Dónde está el poder?’ o cómo devolverle el poder a la política, no solo a los políticos, sino que a la política. Yo no sé si tampoco el siglo XXI permite que se opere con las mismas lógicas del siglo XX. Son cosas que hay que pensar me parece, más que tener una nostalgia de una política de otro tiempo. El pasado nunca fue mejor pero tampoco el futuro está garantizado que sea mejor, ese es el punto. Hay que construir el presente.

 

—Ese es un tema que mencionas en tu libro, que por mucho que hayamos superado el pasado tampoco es garantía de que esas cosas no se repitan…

—¡O sea para nada! Por eso yo creo que hay que entender además cuáles son las lógicas que persisten. Por ejemplo, ya no están los campos de concentración, pero continúa la lógica del número. Y uno dice: ‘bueno ya pero ya no matan a la gente’. pero nuestra verdad está en el dato, en el algoritmo…

 

—Se pierde la singularidad de cada persona

—Efectivamente, ¿qué crea este lenguaje estereotipado, el lenguaje del dato? Que tú eres un dato y eres un cruce de datos, y eso predice lo que tú harás después, ¡y está todo escrito! Y el deseo, volviendo a la primera pregunta, es justamente la condición de posibilidad, la no repetición de uno mismo. De poder abrirse a lo inédito.

No dominamos el lenguaje, habitamos el lenguaje. Eso es lo que nos pasa cuando necesitamos hablar con alguien, quizás no buscamos una solución o un consejo sino hablar con alguien porque mientras hablas te vas entendiendo a ti misma. A eso me refiero al lenguaje como experiencia, nos constituimos en ese momento.

Una idea que me gusta pensar a propósito de la posibilidad de lo inédito es: ¿qué es la revuelta? La revuelta es volver, es re-volver. Volver a mirar algo justamente para tener la posibilidad de no hacer lo mismo. Es mirar atrás y dejar un campo libre para ver como de repente pasa otra cosa. A mí me parece que eso es un punto clave. Interrumpir la repetición. Porque, ¿qué es la repetición? El infierno de todo es lo mismo y ya sé que va a pasar, no hay futuro ahí. Interrumpirlo es una revuelta.

 

—En el libro te refieres a la dignidad política. ¿Cómo un gobierno, o liderazgo, debiera dar dignidad política cuando la ciudadanía pide que se le escuche?

—Primero hay que entender qué significa que te escuchen. Es una forma de pensar. Hay gente que piensa que escuchar es dar una solución. Yo lo leería como desde qué prácticas apuntan a callarte, aunque tengas las mejores intenciones, y cuáles apuntan a respetar o dar lugar a la singularidad. Eso para mí es la dignidad.

 

—Ad portas del plebiscito de octubre, ¿qué análisis se puede hacer respecto al deseo y las pulsiones de la sociedad?

—Yo creo que es un momento súper interesante y es que podemos volver a tener imaginación política, eso tiene que ver con las condiciones de la posibilidad del deseo. Hay muchas fuerzas juntas, pero al menos como actitud política a mí me gusta la esperanza de que podemos empezar a tener imaginación.

 

La escritora y psicoanalista, Constanza Michelson

 

Las memorias del mal y de una revolución

—¿Qué deberíamos tener presente para evitar caer en amnesias sociales frente a los múltiples cambios que hemos estado viviendo el último año entre el 18 de octubre y la pandemia? ¿O es que estamos irremediablemente conducidos a caer en amnesias sociales? 

—No creo que son cosas que se puedan programar. En la medida en que siempre haya personas disponibles a empujar hacia esos ejercicios de memoria hay que seguir con eso.

Me parece que la memoria siempre se ejercita en la medida de que se trata como memoria viva, en que algo sigue ocurriendo en alusión a eso, no que se sepulta.

En el memorial de Auschwitz hay pelo, y en algún minuto se discutió qué hacer con ese pelo. Uno de los consejeros del memorial, que era un sobreviviente del campo, dijo: “no vamos a hacer nada, que cada generación se haga cargo de que el mal existe, como eso… que es un testimonio del mal”. A eso me refiero con que la memoria es viva, que la memoria se traspasa a través de las generaciones.

 

—Otro tema que abordas es el feminismo. Frente a la creciente liberación de las mujeres dada por el movimiento: ¿puede este caer en una trampa? Al no garantizar libertades posteriores…

—¿En cuál trampa? Siempre hay trampas, siempre las revoluciones avanzan y uno no sabe dónde parten ni donde terminan. Yo creo que la cuarta ola feminista se hace cargo de la revolución sexual de los 60, donde hubo liberación sexual pero sin igualdad, y al final lo que terminó pasando es que igual la sexualidad se mercantiliza. Yo creo que esta ola se ha hecho un poco cargo de esto y ya veremos en el futuro qué consecuencias tomó más allá de las previstas porque por supuesto que habrá, como en toda revolución.

 

—Entonces, ¿qué elementos debe tener presente en sus demandas el movimiento feminista para prevenirlas?

—En primer lugar, las demandas a mí me parece que son claras y seguramente irán apareciendo otras. Yo creo que al no poder preverlas todas (las trampas), lo único que uno puede hacer es el ejercicio autocrítico.

El error está cuando hay puros absolutos porque también pasan otras cosas. Hay que dar el espacio para pensar por qué siguen pasando otras cosas a pesar de los discursos, cómo entendemos eso para que los discursos tengan incidencia en la vida de las personas porque si son pura norma de lo que debieras sentir o no sentir al final se vuelve todo en una banalidad o en una irrelevancia.

 

—¿Esa sería una trampa?

—Bueno, yo creo que esa es una trampa. Cuando efectivamente los discursos se separan demasiado de la vida de las personas y eso es lo que ha pasado mucho en política más allá del feminismo.

 

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Sofía Stark Bittencourt (Santiago, 1992) es periodista y se ha desempeñado en diversas áreas de las comunicaciones. Dentro de sus intereses están los deportes, la literatura, el cine, los documentales y las series. Es la creadora del blog @tengoalgopacontarte.

 

 

Sofía Stark Bittencourt

 

 

Crédito de la imagen destacada: Constanza Michelson.

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