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[Estreno] «El agente topo»: El invento mediático de la Academia de Cine de Chile

Es un verdadero despropósito en contra de los intereses de la industria fílmica local, que al existir títulos de reciente data y estreno como «Algunas bestias» y «Matar a Pinochet» —cuyas propuestas y complejidades audiovisuales resultan infinitamente mayores a los logros artísticos de la obra que en estas líneas se analiza—, se haya escogido por la institución encargada, en cambio, al facilista (por su opción narrativa) y sensiblero (por su temática) largometraje documental de la realizadora Maite Alberdi, para representar doblemente al celuloide nacional, tanto en los próximos premios Goya españoles como en los Oscar estadounidenses. Insólito.

Por Aníbal Ricci Anduaga

Publicado el 23.11.2020

La apuesta por hacer un híbrido, mitad documental y mitad ficción, para abordar una problemática simple (la soledad en la tercera edad), nos da una pista: la manera de contar la historia deberá sorprendernos, como también tendrá que ser ejecutada con pericia.

La directora Maite Alberdi Soto (1983) toma decisiones arriesgadas, la primera es iniciar su propuesta a partir del humor, para después ahondar en el fondo del asunto: en un hogar de ancianos, muchos familiares apenas visitan a sus parientes y otros simplemente optan por deslindar responsabilidades y abandonarlos en esos lugares.

No es tarea fácil partir de la comedia, para plantear posteriormente un drama, sin caer en el melodrama burdo, a veces emparentado con el mundo de las teleseries.

A Rómulo Aitken, ex detective de la PDI, le ha sido encargado investigar el supuesto maltrato que padece Sonia Pérez al interior de un asilo de ancianos ubicado en la localidad de El Monte. Para ello, coloca un aviso en el diario para dar con un hombre octogenario que se infiltre en el lugar y despache informes de la situación.

La propuesta es divertida debido a que este agente topo no es precisamente un espía entrenado y las indagaciones no son para salvar al mundo.

Lo proveen de unas gafas con cámara y al activarla se cuela el equipo de filmación y la propia Maite Alberdi detrás de la otra cámara de mayor alcance. El proyecto es una apuesta personal y lo narrado en pantalla deberá alcanzar ribetes universales, bajo la batuta de la realizadora.

A los quince minutos, Sergio (el agente topo) ingresa al hogar de ancianos. Inmediatamente comienza con sus indagaciones y la búsqueda del blanco (Sonia Pérez). El ejercicio que propone la directora es entrenar a Sergio (actuando de sí mismo) para que entreviste a los abuelitos a modo de sustancia dramática del ejercicio documental propuesto.

Sergio es el fusible que emplea Maite Alberdi y por sus palabras nos enteramos de la realidad tratada por el largometraje de no ficción. Los entrevistados tienen siempre a Sergio como interlocutor y la cámara se aleja de la imagen rígida tan típica de los documentales. Esto es, la realidad está mediada por este fusible que da cuenta de las conclusiones dramáticas a las cuales llega la directora.

La primera hora son entrevistas muy generales y el espectador se entera de la cáscara de sus personalidades: una abuela poeta, una abuela con Alzheimer, una abuela coqueta, otra antisocial.

El detective Aitken visita a Sergio en el Hogar y este último no entiende por qué la cliente (la madre de Sonia Pérez) no la va a visitar y trasunta sus preocupaciones a través de una investigación. Sergio se da cuenta de que su trabajo es una mera excusa con el fin de que los familiares no se hagan cargo de la anciana y para que la hija descargue sus culpas morales.

El espectador también se pregunta para qué todo este operativo, pues resulta algo artificial. Es aquí donde Sergio (el fusible) empieza a hacer preguntas más íntimas y las ancianitas le confiesan la verdad.

Comienza, entonces, el viraje hacia el melodrama manipulador, que es reforzado por diálogos a veces muy pedestres, y da la impresión de que estos abuelitos están muy desconectados de la realidad y hay que tratarlos e interrogarlos como si fueran unos niños.

La elección de una visión diegética documental, con cámara fija, vuelve a todos estos interrogatorios algo planos y los abuelos son individualizados por sus miserias, más que por sus virtudes. Prima la soledad que sienten, su miedo al abandono, volviendo a un único tema: «La soledad es lo más grave de este lugar».

Resulta obvio que (la directora habrá pensado en lo universal) en casi todos los hogares de ancianos del mundo, la soledad es un gran tema. Pero esta tesis resulta muy pobre para fundamentar estéticamente a una cinta de denuncia social.

Más compleja, fue la elección del Hogar retratado, una casa bastante bien equipada, con lugar para hacer celebraciones, con abundante personal, todos de muy buena disposición y el cual incluso cuenta con una capilla católica en su interior, a fin de que sus inquilinos puedan comunicarse con el Altísimo.

Hasta aquí el tema de la soledad hará sentir culpable a un inmenso universo de hijos que relegan a sus padres en un asilo de ancianos.

El problema es que la cinta es chilena y la infraestructura de este Hogar dista mucho de ser el modelo o el parámetro de una abismante mayoría de los asilos de ancianos existentes en el país, para qué hablar de los estatales o de beneficencia, donde los abuelitos se sientan de espaldas a la pared en un único recinto común y donde escasamente hacen vida social o afectiva.

La encargada del Hogar de Maite Alberdi se preocupa de hacerlos sentir confortables, cuando sabemos que los problemas de estos lugares tienen que ver con la escasez de personal, la dignidad con que los tratan (a los abuelitos), si encienden o no la calefacción en invierno y otros problemas más sanitarios como si se preocupan de mover a los postrados para que no tengan escaras.

La problemática es mucho más dura de lo que plantea Alberdi y la elección de entrevistas planas propias de un registro documental no permite adentrarse en ninguna arista profunda.

El largometraje se hace eterno a pesar de sus breves 90 minutos. El mundo de fantasía aleja tanto de la realidad, hasta el punto de que algunos espectadores no sean capaces de sentir empatía por los desvalidos protagonistas de esta historia.

El melodrama avanza sin pausas hasta la saturación, recurriendo al «Te quiero» de José Luis Perales, en dos versiones, que indudablemente se elevan dentro de la planicie de ideas.

El juego lúdico del comienzo, quizás el segmento más logrado de la obra, no se sostiene ni siquiera por media hora, y el melodrama dirigido a las masas avanza sin piedad.

¿Quién en su sano juicio diría algo malo de estos abuelitos? La verdad, el esqueleto es tan débil que, a contar de la media hora, sabemos de antemano todo lo que ocurrirá.

Nunca nos sorprendemos como espectadores y en todo el metraje ronda un aire de precariedad audiovisual hecha sólo de retazos y de buenas o de formales intenciones.

 

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Aníbal Ricci Anduaga (Santiago, 1968) es ingeniero comercial titulado en la Pontificia Universidad Católica de Chile y magíster en gestión cultural de la Universidad ARCIS.

Como escritor ha publicado con gran éxito de crítica y de lectores las novelas Fear (Mosquito Editores, 2007), Tan lejos. Tan cerca (Simplemente Editores, 2011), El rincón más lejano (Simplemente Editores, 2013), El pasado nunca termina de ocurrir (Mosquito Editores, 2016) y las nouvelles Siempre me roban el reloj (Mosquito Editores, 2014), El martirio de los días y las noches (Editorial Escritores.cl, 2015), además de los volúmenes de cuentos Sin besos en la boca (Mosquito Editores, 2008), los relatos y ensayos de Meditaciones de los jueves (Renkü Editores, 2013) y los textos cinematográficos de Reflexiones de la imagen (Editorial Escritores.cl, 2014).

Su último libro puesto en circulación es la novela Voces en mi cabeza (Editorial Vicio Impune, 2020).

Asimismo es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

Tráiler:

 

 

Aníbal Ricci Anduaga

 

 

Imagen destacada: El agente topo (2020).

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