El espectáculo puede sustituir a la represión como forma de gobierno, el fraude estaba pactado, y las negociaciones clandestinas, los premios imposibles, las presiones sobre la empresa estatal del cobre, los parlamentarios gestionando prebendas: todo ese entramado de complicidades que el sociólogo y estratega asimiló rápidamente, porque él mismo había contribuido a diseñar algunos de sus protocolos.
Por Mauro Salazar Jaque
Publicado el 2.1.2026
El estadio: la insurrección imaginal
Hay hombres destinados. Eugenio voló desde Santiago a Brasil (1989) con la convicción enfermiza de que aquel partido no era un mero evento deportivo, sino el laboratorio de algo que todavía no tenía nombre. Con esa nariz de pointer para olfatear el negocio simbólico donde otros solo veían fútbol y cerveza, intuía el futuro de la gobernabilidad chilena.
Llegó al Maracaná antes que la bengala, antes que el propio montaje que estaba por consumarse. Puntual como sepulturero, prolijo como contador de cadáveres, el sociólogo de la franja del NO ocupó su butaca con la parsimonia del que sabe que la historia le reserva un lugar en primera fila.
Ocupó un asiento en las tribunas altas, lejos del fervor patriótico de las barras, lejos del sudor plebeyo de quienes habían viajado en buses desahuciados, lejos de esa masa morena que conjuraba con el alarido la miseria de veinte años de patria jodida.
El sociólogo no sudaba: los de su estirpe nunca sudan. Transpiraba ideas, proyectos, conexiones. Desde allí arriba el estadio se desplegaba como un diagrama perfecto: 120 mil cuerpos organizados en torno a un rectángulo de césped que era, en rigor, el primer laboratorio de la post dictadura.
Con todo, el Maracaná como escena primaria de la transición: allí se ensayaba, antes que, en cualquier gabinete ministerial, la tecnología de gobernanza que administraría el Chile por venir.
Nos interesa aquí el dispositivo en sentido técnico, esos ensamblajes heterogéneos de prácticas, instituciones, arquitecturas y enunciados que producen efectos de poder y de subjetivación.
Más que preguntas esperables (si el Maracanazo operó como «inconsciente transicional» para todos los chilenos o solo para las élites) nos interesan las visualidades pobres, muchas veces grotescas, en su potencia perturbadora del trauma transicional.
La «imagen dialéctica» no representa el pasado: produce una colisión entre lo que fue y el ahora que vuelve legible lo antes invisible.
Nuestra pregunta no es sociológica sino archivística: ¿por qué el Maracanazo carece de archivo? Ello invoca un acontecimiento de la «olla flaca», del 40 por ciento de pobreza en 1989. Del Chile de huachos que no escribe ni publica ante el apabullante frenesí modernizador.
El hito no dejó huella académica porque quienes lo vivieron con mayor intensidad carecían de dispositivos institucionales para convertir su experiencia en documento, trauma en texto, síntoma en paper.
No se trata de domesticar la «parte maldita» ni de exorcizar el espectro, sino de preguntar por el archivo negado sin que pierda su peligro, sin convertir la herida en cicatriz decorativa.
La academia transicional, ocupada en legitimar el modelo, no podía detenerse en una escena que revelaba la verdad obscena del pacto. La ausencia de estudios no es laguna a llenar sino síntoma a leer.
El Chile transicional no reprimió el Maracanazo: lo forcluyó. No lo depositó en el sótano del inconsciente colectivo donde habría insistido como formación sintomática disponible para la interpretación.
La operación fue más radical: lo expulsó del orden simbólico mismo, lo declaró inexistente como significante político, lo redujo a una anécdota paria del bochorno deportivo desconectada de la trama mayor del poder.
Nombrar obsesivamente el escándalo deportivo era el modo preciso de impedir que el significante se articulara con otros, que entrara en cadena metonímica con «transición», «consenso», «emprendimiento» y «gobernabilidad». Lo supo con la certeza de un profeta menor, de esos que no anuncian el reino de los cielos sino el reino crediticio, la buena nueva del consumo a 48 cuotas.
Así, lo supo con el cuerpo antes que, con el concepto, con esa intuición de clase que ningún doctorado en París puede enseñar pero que todo hijo de buena familia mama con la leche materna: si la dictadura había gobernado mediante la represión, la democracia que se anunciaba gobernaría mediante el espectáculo.
Y él, Tironi Barrios, licenciado en el arte de vender gato por liebre, sería su arquitecto. Él, alarife mayor de una democracia de utilería que 30 años después seguiría cobrando la cuenta en lacrimógenas e iris reventados.
El espectáculo puede sustituir a la represión como forma de gobierno. El fraude estaba pactado. Las negociaciones clandestinas, los premios imposibles, las presiones sobre la empresa estatal del cobre, los parlamentarios gestionando prebendas: todo ese entramado de complicidades que el estratega asimiló rápidamente porque él mismo había contribuido a diseñar algunos de sus protocolos.
La única institución que funcionaría con eficiencia ese día sería la colusión programática. Pero lo que fascinaba al sociólogo no era el dolo fácil, sino su puesta en escena: el modo en que la impostura podía convertirse en gesta nacional mediante la saturación mediática.
Ya en el estadio, cuando la bengala cayó en las inmediaciones del arquero, se inclinó hacia adelante con la avidez de quien asiste a una revelación.
Lo que vio no fue la locura de un guardameta desesperado, sino la matriz operativa de la gobernabilidad neoliberal: la gestión del consenso, la administración del entusiasmo colectivo como recurso de desmovilización política.
El Cóndor, cuyo apodo evocaba con ironía macabra las operaciones de exterminio del Cono Sur, extrajo el bisturí del guante y se laceró el rostro ante las cámaras del mundo.
Décadas más tarde confesó que su padre, primer director de Canal 13, le habría legado lo que denomina «el chip del espectáculo»: hablar corto, preciso, con imágenes.
Pero ¿qué promete la televisión cuando promete? Acaso no otra cosa que el diferimiento perpetuo de aquello mismo que anuncia: la comunidad por venir, jamás presente a sí misma.
La pantalla opera como suplemento de una presencia que nunca tuvo lugar. La franja del NO prometía la democracia; pero la democracia, ¿no era acaso el nombre de esa promesa misma, irreductible a cualquier cumplimiento?
El guante sucio
Esa noche, en el hotel de Copacabana, guardó en una servilleta las primeras líneas de lo que años después llamaría «el modelo». No se trataba de un programa de gobierno ni de una estrategia comunicacional convencional. Era algo más siniestro: una tecnología del simulacro capaz de producir subjetividades dóciles mediante la administración farmacológica del entusiasmo.
Así: «El pueblo puede ser gobernado no ya por la fuerza sino por la ilusión», escribió. Luego tachó «pueblo» y escribió «consumidores». Tachó «gobernado» y escribió «gestionado». La frase quedó así: «Los consumidores pueden ser gestionados mediante la euforia administrada». Tal fue el axioma fundacional de la transición chilena.
Lo intuyó desde aquella noche en el Maracaná: el viejo concepto de espectáculo, esa máquina de alienación que suponía aún una exterioridad crítica, un afuera desde el cual denunciar la farsa, había caducado. Lo que diseña no es ya un espectáculo en el sentido clásico, sino algo más devastador: un simulacro sin exterior, una trama de complicidades donde el consumidor no es víctima sino cómplice seducido.
El chileno medio no padece la impostura: la habita, la reproduce, se identifica con el arquero que se lacera para obtener ventaja. No hay inocentes en esta escena. La distinción entre engañador y engañado colapsa en el pliegue de una complicidad generalizada.
Con todo, el «guante sucio» de los militares —esa metáfora que condensaba tortura, desaparición y muerte— debía transfigurarse en guante deportivo manchado de sangre propia. La dictadura ensayaba su metamorfosis en democracia tutelada.
Tironi comprendió que su misión consistía en acelerar esa metamorfosis, dotarla de un lenguaje y una estética que hiciera digerible para las masas el pacto entre oligarquía económica, casta militar y clase política civil.
El escándalo que siguió al fraude —el apedreamiento de la embajada brasileña, las declaraciones del almirante rotulando de «primitivo» al pueblo de Brasil, la suspensión impuesta por la FIFA— confirmó sus intuiciones.
La vergüenza oligárquica, siempre pasajera, podía metabolizarse mediante el espectáculo: convertir la derrota en victoria moral, el fiasco en épica nacionalista, la impostura en identidad nacional.
Pero hay algo que escapa al cálculo del estratega: el deseo que lo habita no le pertenece. Cree dominar el simulacro, pero es el simulacro el que lo gobierna.
Su inconsciente está estructurado como un espectáculo: cada palabra que pronuncia, cada campaña que diseña, cada axioma que garabatea en servilletas de hotel, no son sino formaciones de un deseo que lo excede.
El gran Otro del mercado habla a través de él; es menos autor que médium de una pulsión que lo atraviesa. No hay metalenguaje: no puede situarse fuera del simulacro para dirigirlo, porque él mismo es un efecto del simulacro.
Al otro lado del Atlántico, en temporalidades cruzadas, el Muro de Berlín vivía sus últimas horas. Poco después, la Guerra del Golfo estimulaba la imaginación «simulacral» de Baudrillard y la pancarta del «fin de la historia» comenzaba a desplegarse sobre el paisaje ideológico occidental.
El consensualismo enfermizo se instalaba como horizonte normativo de las democracias por venir, como clausura anticipada de todo conflicto en nombre de un acuerdo racional entre actores razonables. «Consenso»: palabra que operaba como conjuro, como exorcismo de la política entendida como confrontación de proyectos irreconciliables.
No se trata aquí de enumerar hechos como quien confecciona un inventario, sino de leer en ellos la escritura de una herida que haría posible, precisamente por su horror, el advenimiento de aquello que se llamó transición.
La venida de Ted Kennedy en 1986, esa visita del senador norteamericano que recorrió las poblaciones y abrazó a las madres de los desaparecidos, no fue un mero gesto diplomático sino la inscripción de Chile en el orden simbólico del imperio.
Y la muerte de Rodrigo Rojas de Negri, ese joven fotógrafo quemado vivo por una patrulla militar en julio de aquel mismo año, junto a Carmen Gloria Quintana que sobrevivió para testimoniar lo intestimoniable: he aquí el sacrificio que ningún dispositivo comunicacional podría metabolizar del todo, el resto que insistiría como espectro en el corazón mismo de la alegría por venir.
La «democracia deliberativa» (fervor habermasiano) era la ilusión de una comunicación sin distorsiones, la fantasía de un espacio público donde los argumentos se enfrentarían desnudos de poder.
Ficción con efectos: descalificaba como anomalía todo aquello que no cupiera en el marco del diálogo, expulsando las voces que no hablaran el lenguaje del acuerdo.
Tironi supo leer este clima epocal y traducirlo a dispositivo operativo: la «armonía» que predicaba no era sino la versión criolla de este consensualismo global.
La armonía como dispositivo
En Comunicación estratégica, escrito junto a Ascanio Cavallo, sistematiza lo que hasta entonces operaba como saber artesanal: la práctica que tiene como objetivo: «convertir el vínculo de las organizaciones con su entorno en una relación armoniosa y positiva desde el punto de vista de sus intereses».
¿Qué significa «armonía» en el léxico de la gobernabilidad neoliberal? Acaso no otra cosa que la neutralización del conflicto, la domesticación de lo heterogéneo, la reconversión de toda fricción social en oportunidad comunicacional.
La «armonía» no nombra un estado de concordia espontánea sino el efecto producido por una ingeniería del consenso que trabaja sobre percepciones, afectos, umbrales de tolerancia.
Con todo, la obra eleva a doctrina lo que el Maracaná había revelado como praxis: la posibilidad de administrar el lazo social mediante la gestión calculada de sus representaciones.
La pantalla no informa: produce subjetividades dóciles, modela deseos, administra las dosis precisas de miedo y esperanza necesarias para mantener a la población en estado de disponibilidad productiva.
En una presentación ante empresarios contextualiza esta transformación. Los 90, dice, fueron: «la novedad del consumo, la libertad, la democracia y la igualdad como aspiración». La serie es elocuente; el orden, no inocente. El consumo viene primero; la igualdad, al final, y solo «como aspiración», es decir, como horizonte diferido.
La televisión fue el «vehículo privilegiado» de esta «revolución» que «instaló el consumo como canal para alcanzar identidad».
Profecía: la modernización carnavalesca
El «milagro chileno» era, en rigor, un carnaval permanente donde las máscaras habían terminado por devorar los rostros. La modernización acelerada producía nuevas formas de consumo que funcionaban como anestésicos sociales. Las cicatrices de la dictadura se cubrían con las vendas del crédito; las heridas de clase se maquillaban con las promesas del ascenso social.
Observaba este proceso con la satisfacción del arquitecto que contempla su obra. Había logrado lo impensable: convertir un país traumatizado en laboratorio del neoliberalismo triunfante. Las cifras macroeconómicas cantaban victoria; las encuestas ratificaban la conformidad de la población.
Pero había algo que las estadísticas no podían capturar: el malestar sordo, la rabia sorda, que se acumulaba bajo la superficie brillante del «jaguar latinoamericano».
La modernización carnavalesca requería que todos participaran del simulacro sin nombrar su condición de tal. Las deudas eran «oportunidades de financiamiento»; la precariedad laboral, «flexibilidad»; la desigualdad obscena, «incentivo al emprendimiento».
El lenguaje había sido colonizado por la lógica del espectáculo. El chileno medio debía identificarse con el arquero que se lacera para obtener ventaja, no con la víctima del engaño. El modelo funcionaba porque todos se sentían ganadores de una lotería amañada.
Así, en el Chile transicional, todavía existía una distancia entre lo real y su representación que debía ser administrada. Tironi era el ingeniero de esa distancia: sabía que el espectáculo era espectáculo, que la franja era dispositivo, que el consenso era manufactura.
Entre 1989 y 1990 no hubo cortes: la transición no interrumpió nada, solo desplazó superficies. La sangre vieja circula bajo el maquillaje del consenso. Donde debieron exhibirse heridas, se exhiben credenciales y una furia por abrazar ranking (OCDE).
De esta forma, el Chile de las credenciales es su criatura: un país donde el mérito se mide en indicadores, donde la excelencia se certifica en cuartiles, donde el valor de un sujeto se cifra en su capacidad de exhibir títulos. La revista indexada —ese bisturí epistemológico— amputa lo singular, lo heterogéneo, lo que resiste la transparencia, y en su lugar instala el indicador: fetiche neutro, número sin cuerpo.
Clasificar es violentar: forzar la palabra viva en categorías muertas. El pensamiento, antes errancia y riesgo, deviene mercancía acreditada. La misma gramática del pillaje opera ahora en el paper.
Y, sin embargo, este pillaje refinado, este saqueo con credenciales, pertenece todavía al orden de la seducción. Hay un pillaje peor: el que no necesita coartada, el que exhibe su obscenidad como blasón.
El simulacro ha mutado: ya no seduce, viola. Ya no promete, vocifera. Ya no oculta las costuras, las ostenta como trofeo. Ha cambiado el estatuto de lo real: ya no es posible una gobernabilidad visual moderna.
El cadáver: el mundo de Trump
Han pasado 30 años y Tironi no sobreviviría en el mundo de Trump. No porque carezca de astucia, sino porque su astucia pertenece a otro orden de la impostura. Operaba en el régimen de la seducción: el velo, la sugerencia, el diferimiento.
La franja del NO seducía porque no decía todo, porque administraba la promesa, porque mantenía la distancia erótica entre el signo y su referente. Era un maestro del «como si»: sabía que la democracia era simulacro, pero lo sostenía con la elegancia del que oculta las costuras.
Trump representa la irrupción de lo obsceno: lo que está fuera de escena, lo que no debería mostrarse. No seduce: exhibe. No promete: vocifera. Donde el estratega calculaba dosis homeopáticas de esperanza y miedo, Trump inyecta sobredosis de ambos.
El problema no es moral sino técnico: sus herramientas no funcionan en este régimen. La «comunicación estratégica» suponía un receptor persuadible, un umbral de credibilidad, una distinción entre mensaje y ruido. Trump ha abolido esas distinciones.
Habría intentado traducir a Trump: populismo, demagogia, cesarismo. Pero Trump no es traducible porque no opera en el registro del sentido. Sus declaraciones no significan: circulan. No importa si miente porque la mentira supone una verdad que ocultar, y Trump ha liquidado esa distinción.
Trump ha revelado que no hay reglas, que nunca las hubo. El zorro chileno se movía en los márgenes; Trump ha mostrado que todo era margen.
El arquitecto del consenso lloraría más en este mundo. No por nostalgia ética sino por obsolescencia. En un mundo donde el presidente tuitea insultos a las tres de la mañana, ¿qué espacio queda para el axioma en servilleta de hotel? Ninguno.
Sería un comentarista melancólico de la catástrofe. Un hombre del siglo XX explicando con categorías muertas un fenómeno que las ha vuelto inoperantes.
O quizás reconocería en Trump a su heredero monstruoso, la criatura que ayudó a engendrar llevada a su conclusión lógica. Si el espectáculo puede sustituir a la represión, ¿por qué no abolir toda mediación, toda distancia, todo cálculo?
Trump es el sociólogo sin freno, sin ironía, sin el residuo humanista que hacía del estratega un personaje trágico. El simulacro que ya no necesita operador: pura máquina que ha devorado al maquinista. Tendría que reconocer que preparó el terreno. Que la franja del NO fue el ensayo general de un mundo donde la verdad es irrelevante, donde el espectáculo lo ha devorado todo.
En el mundo de Trump, Tironi fallece. No de muerte física, sino de esa muerte más refinada que es la irrelevancia. Su cadáver simbólico yace entre las ruinas de un oficio que él mismo ayudó a destruir. Pero ese mundo —el mundo que lo mata— es, en cierto sentido, potencia.
Así, en el mundo de Trump, Tironi no tiene lugar. Pero ese mundo es su obra póstuma.
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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y doctor en comunicación por la Universidad de la Frontera-Universidad de Roma-La Sapienza, Roma (Dual PhD, 2024).
Mauro Salazar Jaque
Imagen destacada: Eugenio Tironi Barrios.

