“La rueda de la maravilla”, los restos existenciales del día

El que debería ser un acontecimiento fílmico y artístico a nivel mundial (el nuevo estreno de uno de los mayores realizadores vivos de la actualidad, junto al francés Jean-Luc Godard), se ve empañado por las acusaciones de presunto abuso sexual sostenidas en su contra. Así, en este crédito, vuelven a observarse los atributos creativos y característicos del último Woody Allen: desarrollos argumentales notables, absurdos e inesperados, la pulcritud de una fotografía en coordinación con los movimientos de una cámara cada vez más audaz, bajo el aliento interpretativo, nuevamente, de un elenco de primera, liderado en esta ocasión, por Kate Winslet y Justin Timberlake.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 26.1.2017

“Hacia el fin de la vida, uno tiene que cubrir una especie de programa de dolor, un programa largo como un documento oficial, sólo que es tu programa de dolor. Categorías infinitas. Pero los artículos más duros son los que se refieren al amor. La cuestión es entonces: ¿por qué persisten? Si el amor destroza y sus estragos se ven por todas partes, ¿por qué no se actúa con sensatez y se retira uno pronto? –Por anhelos inmortales –dije-. O tal vez porque uno espera un golpe de suerte”.
Saul Bellow, en Son más los que mueren de desamor

Hasta hace poco tiempo atrás, para los grandes actores de habla inglesa era un privilegio filmar junto a Woody Allen (1935), hoy, y luego de resurgir las denuncias por abuso sexual en su contra, por parte de una de sus hijas adoptivas (Dylan Farrow), en hipotéticos delitos cometidos cuando ésta era una menor de edad –aunque descartados en primera instancia por una investigación judicial de 1992-, se reabre la discusión en torno a la moralidad y al comportamiento ético y legal de un cineasta que ha ganado cuatro premios Oscar y tres Globos de Oro. De esta manera, ese reconocimiento o galardón simbólico que exhibían ciertos intérpretes estadounidenses y británicos, se ha transformado en descrédito y en causa de arrepentimiento profesional para algunas celebridades han participado de sus largometrajes de ficción, luego del segundo aire obtenido por estas acusaciones.

Ese revuelo mediático, ha eclipsado en cierta medida el estreno internacional de “La rueda de la maravilla” (“Wonder Wheel”, 2017), la última entrega anual del autor neoyorkino, una cinta que posee un conjunto de aciertos dramáticos y audiovisuales, y cuyo visionado representa un punto de encuentro con las mejores características del buen cine: belleza fotográfica (el manejo del factor lumínico durante el transcurso del filme resulta excepcional), una banda sonora de época, agradable de escuchar, y una elaboración literaria del argumento plausible y provista de tópicos sugestivos y atrayentes estéticamente, en cuanto a su referencia docta.

Ojalá un gran número de cineastas de primera línea estuviera obsesionado con autores literarios de la categoría de Dostoievski, Eugene O’Neill y Tennessee Williams, o con libros como “Hamlet y Edipo”, de Ernest Jones (citados en “La rueda de la maravilla”): pues la calidad literaria de sus guiones se elevaría enormemente, y aquel ficticio afán divulgativo fomentaría la lectura de esos brillantes clásicos al interior de las audiencias masivas.

Así, el significado de los argumentos que se expresan en el desarrollo dramático del presente título, prosiguen en la intención de cuestionar conceptos como el azar, el destino, las casualidades, las conclusiones que arrojan los pasos y eventos vivenciados por cualquier biografía humana, escenificados en el “teatro” preferido del realizador: Nueva York, la costa Atlántica norteamericana durante la década de 1950 (cuando Allen era un adolescente), en esa ciudad donde las salas de cine (que tienen como convicto al joven Richie), las pizzerías, las playas heladas (Coney Island, al sur de Brooklyn), y lugares prodigiosos, como jardines botánicos escondidos en pleno Greenwich Village, acogían a los amantes proscritos, y a las elucubraciones ambiciosas, desaforadas, de un aspirante a dramaturgo (el papel de Justin Timberlake), en su relación con esa actriz frustrada, mesera de restaurante y empecinadamente soñadora, que es el rol de Ginny (encarnada por una brillante Kate Winslet).

La irracionalidad que guían muchas decisiones personales, los celos amorosos, las venganzas, el vacío, el absurdo, la incomprensión, la muerte, las decisiones abruptas y los finales sin sentido, las confesiones honestas que esperan una respuesta o ser atesoradas y acogidas por un alguien desconocido son temas que frecuentan los diálogos y los pensamientos de los rostros que dan movimiento a las imágenes y secuencias cinematográficas.

Como en esa conversación luego del primer encuentro entre Mickey (Justin Timberlake) y Ginny (Kate Winslet), y el contraluz del atardecer tiñe el cabello pelirrojo de la actriz y alumbra y refleja sus preocupaciones, sus deseos, la culpa y la sed de amor que invade a su cuerpo todavía sensual, pero que ya comienza a marchitarse, oculta junto a su cómplice debajo de un muelle, acostados y sentados sobre la arena de Coney Island. Y la cámara en breves desplazamientos recorre el lugar, forja una realidad nueva, y entonces fija su lente en la gestualidad y exuberante capacidad interpretativa de Winslet, en un fotograma que fundamenta su estética compositiva y espacial en las técnicas pictóricas y representativas del llamado Grupo de los Ocho y de la Escuela Ashcan. Porque ese plano que ilumina a la protagonista del largometraje recostada encima de su cama, hojeando una revista de espectáculos, mientras la rueda del parque de diversiones gira en el fondo, encuadrada por la ventana de la habitación (que es donde trabaja su esposo en la trama, Humpty, el actor Jim Belushi), también bebe, sin duda, de las pulsiones creativas que inspiraron la obra plástica y visual de Edward Hopper.

Exhibir la soledad esencial de cada uno de los integrantes del elenco estelar, parece centrar otra de las finalidades artísticas de Woody Allen en esta ocasión: un niño desorientado, triste y pirómano (Richie, abordado por Jack Gore), que suele meterse a las salas de cine para escapar de una cotidianidad familiar y de un colegio que le atormentan; el personaje de Carolina (la actriz inglesa Juno Temple), quien se topa súbitamente con Mickey a la salida de un biógrafo que proyecta en cartelera “Winchester 73” (1950), de Anthony Mann, y protagonizada por James Stewart, cuando intenta reconstruir su itinerario vital, luego de abandonar a su marido gánster y huir de los mafiosos que la persiguen a fin de eliminarla, de silenciarla.

“La rueda de la maravilla” continua una visión nostálgica y melancólica de la existencia, desoladora, que se ha vuelto un tópico usual en esta última etapa del director: bástenos mencionar piezas como “El sueño de Casandra” (2007), “Vicky Cristina Barcelona” (2008), “Conocerás al hombre de tus sueños” (2010), “Blue Jasmine” (2013), y la reciente “Café Society” (2016), con el propósito de asentir una búsqueda creativa importante para el autor dentro de sus propósitos artísticos y autorales propios.

Es una lástima y una pena que hechos ajenos a su labor profesional alejen la atención de las audiencias al valor inmenso que representa el cine de Allen, que a medida que se aproxima a su final (ya tiene 82 años), produce un filme por temporada, y en un período (más encima) en que su cámara se desplaza con una soltura, libertad, y audacia fílmica inéditas, en una proeza audiovisual que combina una dirección de arte perfecta, guiones siempre profundos, reflexivos, interrogadores, con la gravedad intelectual de un Ingmar Bergman (un referente para el realizador), pero vestidos en la expresión irónica, divertida, esperpéntica y encantadora, que son el sello de la imprescindible trayectoria filmográfica del autor estadounidense.

 

La actriz inglesa Juno Temple interpreta a una desencantada mujer joven (Carolina), en «La rueda de la maravilla» (2017), el ultimo largometraje anual de Woody Allen

 

Trailer: