“Los cuatrocientos golpes”, de Françoise Truffaut: Poesía para la libertad

El centro de esta obra maestra (de 1959) es una historia simple, enfocada en la vida del joven adolescente Antoine Doinel y que para muchos, lanza -junto a los intrépidos años ’60- un movimiento de sinceridad cinematográfica que se llamó la Nouvelle Vague, la ya legendaria “Nueva Ola” francesa, como heredera de la verdad social en el cine, la cual había arrancado con el Neorrealismo Italiano y el director Roberto Rossellini en su filme «Roma, ciudad abierta» (1945).

Por Horacio Ramírez

Publicado el 24.9.2018

La poesía es perspectiva pura: no tiene puntos de vista ni puntos de fuga.

Desde la tecnificación extrema del mundo -proceso que nacería a principios del siglo XIX-, en cambio, comenzaron a aparecer multitud de perspectivas. La tecnificación llevó a la especialización. La especialización llevó al aislamiento y el aislamiento a la perspectiva. No nos referimos a las perspectivas de la plástica, que nos llegan desde mucho más antiguo y con variantes según la cultura de la que se trate, sino a la perspectiva de la simple distancia, desde la hiancia, desde la herida: vemos al otro siempre distante. Lo vemos inaccesible en la aglomeración, en el amuchamiento de las grandes ciudades, medios de transporte e, incluso, en los sitios de trabajo: lo vemos alejado, totalmente ajeno, enajenado. Las experiencias comenzaron a dejar de ser colectivas, empáticas, para ser experiencias de enferma soledad. La distancia generó, a su vez, el empobrecimiento en el aprendizaje del mundo. El saber enciclopédico ya no le sirve al mundo técnico. Los conocimientos se volvieron perspectivas y dejaron de ser enfoques holísticos para pasar a ser ángulos, perspectivas, fragmentos.

El Hombre abandonado a la perspectiva comienza a debilitarse: cesa la comunicación abierta y creativa y con este cese, comienza a escasear el alimento del espíritu que nace del otro. Comienza una paquidermitis del alma. Todo empieza ser golpe, choque, inarmonía y falta de confianza. No se mira francamente, sino de soslayo. No se lee: se espía… El Hombre hecho perspectiva queda sometido al capricho del ángulo… o, dicho de otra forma, es llevado por fuerzas ajenas a su voluntad: es arrastrado por la prosa, por la falta de poesía de la máquina social a sus sectores de control público. Es arrastrado por el tener y no por el ser: la perspectiva, el ángulo, es lo que nos hace ver cosas en vez de ver procesos totales. No hay flujo de vida deseada entre las personas: hay exigencia y forzamiento de vida… la exigencia de “asegurarse el porvenir” que, como apotegma de la supervivencia, lleva a evitar adquirir el compromiso de la creación. La persona encallece su alma por los impactos con sus congéneres y empieza a dejar de sentir y a querer dejar de sentir. El contacto se vuelve huida, el dolor, moneda de cambio, razón para no-ser… Se nos educa para el éxito, y éxito quiere decir “salida”… pero ¿salir adónde en un mundo mentalmente esférico, cerrado sobre sus principios éticos y estéticos, en una cultura humana cerrada sobre sus propias taras? Educados para el éxito, para la salida, en un mundo en donde no hay salida… y donde no hay salida porque, de golpe y paradójicamente, descubrimos que hemos quedado del lado de afuera. Del lado de afuera de la caricia, de la virtud, del conduelo… nos hemos quedado fuera del amor… Y debemos entrar allí donde entrar a la totalidad es hacer fracasar al modelo, a sus presuntas virtudes y sus presuntas fuerzas… un mundo donde la libertad tiene el precio del desprecio. Un mundo donde fracasar es salvarse.

Vivimos la ficción de una totalidad donde una verdad (sólo una) impera y tal ficción es el pensamiento colectivista que confunde cantidad con calidad. La ciencia y la tecnología nos enlaza con actividades sociales -económicas, políticas, humanísticas- como se enlazan los vagones de un tren multidimensional, que tira con igual fuerza de todos lados: somos unidades discontinuadas, enganchadas por la materia y la energía (llevar nutrientes a la punta de un tubo a la que llamamos boca) y que por las tensiones generadas, avanzamos y retrocedemos permanentemente sin que se produzca un cambio neto de nuestra posición relativa a nada… sencillamente porque moviéndonos entre la materia y la energía -creyendo en ellas- no podemos salir del contexto que nos provee de esa materia y de esa energía. No hay donde ir… no hay salida… no podemos tener éxito en nuestra búsqueda del éxito. Estamos siendo arrastrados hacia la particularidad y exigencia de cada fuerza con la que nos cruzamos… El éxito en tanto que salida, es dirigirnos hacia una utopía (un lugar que no existe) y como tal, como utopía, sólo sirve para que pasemos la vida creyendo que vamos a algún lugar. Y todo eso nos lleva tiempo. Y el tiempo no es oro, es la vida misma. Los tiempos angulares de cada fragmento empezaron a absorber la vida de las personas, inventando utopías de control y sumisión, de prisión, de diferentes plenitudes de carencias… a hacernos desaparecer en huecos existenciales que buscamos llenar en forma desesperada, y donde la propia inacción espiritual -el hambre de espíritu del espíritu- induce a llenarlo del modo más burdo y torpe.

Se preguntaba el pensador chino Lin Yu Tang si el Paraíso Perdido sigue existiendo aún… y nosotros decimos que sí: que así es, que sigue existiendo… y que se lo alcanza a distinguir a través de esa rasgadura de totalidad que se abre en la sábana del fantasma de lo real fragmentado. Rasgadura a la que llamamos arte… No decimos que en el arte “aparezca” el Paraíso Perdido, sino que la poética nos informa, nos da la buena nueva (nos evangeliza) acerca de ese paraíso, que sólo está invisible -tapado tras el fantasma de lo real- pero no perdido. Un sitio que sólo es interior. Sólo centro: los ángulos, las perspectivas, el fragmento, los intereses… todos acallan sus voces -sus órdenes- y todo se vuelve interioridad, pertenencia y contención… todo cede como seda: no hay golpes, no hay cachetazos, no hay impactos… un centro donde el bambú se tuerce por el peso de la nieve hasta descargarla y sobrevivir para otra nevada más. En esencia, un sitio donde no hay límites… Y éste es un elemento fundamental de nuestro introito. Escuchamos por todas partes decir a mutilados espirituales que “a los chicos hay que darles límites…” o a profesionales de la salud mental afirmando que ante una rabieta o cualquier otra crisis: “…es que su hijo está pidiendo límites”… Si yo veo un chico tirado en una zanja, ebrio o drogado o lo que fuera, lo que veo es un ser hecho para volar que se ha topado, que ha chocado contra un límite y que, a consecuencia del golpe, se ha venido abajo… alguien a quien le diagnosticamos, irónicamente, “falta de límites”. Es un ser hecho para volar a quien lo encerramos en la jaula de lo real y le enseñamos a desarrollarse en raquítica plenitud entre rejas de sensatez anodina, conceptos predigeridos e información orientada por los centros de poder político a la que llamamos educación oficial: o sea simple y mera domesticación.

La estrategia fundamental del control social es la simplificación y la conformación de compartimentos estanco (educación, salud, seguridad, etc.) de una realidad cambiante, multiforme y amante fiel de la creatividad del Hombre, para que se congele, para que esa verdad libre sea traicionada en esquemas rígidos, estratégicamente sometidos a la voluntad del control político que cuadre en cada sociedad… por eso siempre tienen éxito político los nacionalismos: porque dan una perspectiva y nos quitan del centro donde el Hombre es un absoluto en sí mismo y no necesita de patriotismos. Fuera del centro que refleja la unidad, el Paraíso se desvanece. En el centro, en cambio, anulamos la perspectiva y tenemos participación en la totalidad… pero no negamos la “materialidad”. De hecho, en el Hombre en su centro, en la coherencia de su existencia, es cuando más “materiales” es, sencillamente porque jamás pretenderemos salirnos del plano de la degradación creativa, sólo que no dejamos que la perspectiva -la degradación de lo creado, de lo que ha abandonado la esencia de la unidad- nos ancle en su visión sesgada y mezquina. El arte ayuda en esto: universaliza la visión. En ese sentido, el ya mencionado Lin Yu Tang afirmaba que prefería una comida bien servida a un poema, y es a eso a lo que nos referimos: la equidistancia transforma a la vida misma en una poesía, y cuando la vida se vuelve poesía, una vez en ella, un poema pierde su sentido terapéutico, su importancia y trascendencia… La poética tiene sentido, importancia y trascendencia cuando la perspectiva, el fragmento, nos quiere arrastrar a su campo. Alcanzar la equivalencia material de la unidad espiritual nos libera de la tiranía de la perspectiva. Nos libera: podremos movernos libremente sin temor de quedar arrastrados por las perspectivas… y si sentimos algún temor, ahí siempre estará el arte, enseñando el camino de la quietud espiritual que es el camino que nos lleva a todas partes sin tener la necesidad del movimiento…

 

El actor Jean-Pierre Léaud en «Los cuatrocientos golpes» («Les quatre cents coups», 1959)

 

Cuatrocientos golpes son muchos

Diez mil para los taoístas, mil para los hindúes, cuatrocientos para los franceses… tales algunas de las cifras que sirven para significar “mucho”… “faire les quatre cents coups” (“Hacer los cuatrocientos golpes”) es algo así como “hacerlas todas”, ser, en definitiva, muy travieso e indisciplinado. Es en más de un sentido, el eje autobiográfico lo que domina en el filme Los cuatrocientos golpes de François Truffaut -1959-. Y estas señales autobiográficas abundan. Desde la dedicatoria a quien lo rescatara de su “barranca abajo” en la vida, abandonado por los padres en un orfanato, el crítico y teórico de cine André Bazin, hasta sus múltiples escapatorias de la escuela para ir al cine, no siempre pagando, y que resume en una frase del propio Truffaut: “A veces faltaba al cine para ir a la escuela”. Su pasión por el cine sería su perdición y, por lo mismo, fue lo que le permitió encontrarse en libertad. Así, en el film, en la primera entrada al cine tras “ratearse” de la escuela, la pantalla se llena de la palabra “CINE” como una boca golosa que se atiborra con su enorme caramelo predilecto… Al respecto, dijo Truffaut: “Mis primeras doscientas películas fueron en la clandestinidad”… Hasta el cine fue más fiel para él que la breve historia de la chica que lo dejara plantado en la puerta del cine al irse con otro muchacho, historia que se relata en la cinta. También es autobiográfica su única relación abierta de fuerte amistad con otro chico de la escuela: René (Patrick Auffay).

Los cuatrocientos golpes es una historia simple, enfocada en la vida del joven adolescente Antoine Doinel y que, para muchos, lanza, con los intrépidos años ’60 por empezar, un movimiento de sinceridad cinematográfica que se llamó la Nouvelle Vague, la ya legendaria “Nueva Ola” como heredera de la verdad social en el cine que había arrancado con el Neorealismo Italiano, en 1945 con Roberto Rossellini y su filme Roma, ciudad abierta.

Truffaut no entra en abstracciones conceptuales, antes bien plantea todo con simplicidad descarnada, como en la magnífica escena del teatro de títeres donde capta las deliciosas expresiones de los chicos que no sabían que, tras la tela del escenario, se escondía una cámara. Pero también relata con la misma y dolorosa franqueza el contexto violento de opresión tras un manto hipócrita de formalidades estéticas y éticas que se despliega por el mundo adulto desde su situación de poder… que logra visionar en otra corta secuencia del compañerito de Antoine que trata infructuosamente de escribir el poema que dicta el profesor y tras sucesivos manchones de tinta, va arrancando las hojas de su cuaderno hasta que -como un resumen de la vida que le esperaba- sólo se quedó con las tapas vacías y el poema sin copiar…

Los valores que Antoine aprende con sus profesores son los esquemas que se aprenden en cualquier escuela: que los adultos son los que saben lo que hay que saber y que el docente establece una simple relación de inequidad de poder a la cual se apoya y promueve desde el sórdido ambiente familiar y social donde la “normalidad” es siempre una actuación y que deberá extenderse mansamente por el resto de nuestras vidas… El propio Antoine lo descubre a poco de empezar la historia, cuando en una de sus escapadas al cine, sorprende a la madre con un amante. Para el joven Antoine todo se va reduciendo a distintas formas de violencia: las travesuras bajo la figura de los cuatrocientos golpes son los innúmeros golpes que el chico recibe en su vida: insultos, manoseos, sopapos, gritos tirones de oreja y, especialmente, el embuste de la sociedad en todos sus niveles. Uno de sus pocos momentos de luz espiritual que puede vivir Antoine es tras su lectura de La Recherche de l’Absolu de Honoré de Balzac. Tanto lo impacta (como una verdadera alquimia liberadora) que en la escuela escribe una redacción libre transcribiendo literalmente el final de la novela y del personaje Balthazar, quien, creyendo haber dado con la piedra filosofal, grita su “¡Eureka!”… pero esa luz es rápida y violentamente extinguida por el profesor de literatura quien, enceguecido con su monomanía del control y que en vez de celebrar que tiene un alumno que recita de memoria a Balzac, lo tilda de “plagiario”. La onda expansiva en lo espiritual subsiste apenas en el altar que le erige en secreto a Balzac, poniendo una vela encendida frente a la imagen del escritor. Todo acaba en un principio de incendio, y así, tras los retos y amenazas de la familia, sólo le queda como salida la clandestinidad… Mentir la muerte de la madre como respuesta al hostigamiento implacable, al golpe del grito, al control policíaco de los profesores (con uno de inglés, que años después remedaría F. Fellini en Amarcord -1973- con otro, pero de griego)… Resulta evidente que la película es una receta para fabricar un delincuente: cachetazos en público ante el bello rostro de un Antoine que permanece impasible y más triste que colérico (y que muestra en su excelente actuación que Truffaut fue uno de los mejores directores de niños del cine). En este mismo sentido, en su primera noche que pasa fuera de casa y que roba una botella de leche para terminar bebiéndola en un rincón oscuro como un oscuro animal de ciudad, nos lleva a la memoria de una de las escenas más profundas de El espejo de A. Tarkovski.

La cuestión es que es derivado -tras el robo de una máquina de escribir del trabajo del padre para conseguir algo de dinero- a una comisaría… y en el traslado es el único momento donde el Paraíso Perdido asoma a pleno en una lágrima, acompañado de prostitutas y viendo el esplendor del París tras las rejas del carro policial. De ahí a un reformatorio, una madre que lo visita con su sombrero nuevo, su amigo René que no puede entrar a verlo y desde donde, en definitiva decide y logra escapar, iniciando una larga carrera rumbo a si anhelado mar, en un largo travelling por campos y por la costa -en lo que J. L. Goddard llamaría “sus travellings emotivos”- hasta que llega el momento del encuentro final con el espectador.

El filme había comenzado con un viaje por las calles de París -mientras pasan los créditos- persiguiendo entre edificios y árboles la imagen de la Torre Eiffel y terminaba en las antípodas del glamour impersonal con la imagen del evadido de un sórdido reformatorio que, tras sus cuatrocientos golpes, es congelado en pantalla, mirándonos desde la orilla del mar… desde la orilla del mundo. Ahora es nuestro el turno de seguir la historia…. nuestro el turno de elegir entre adaptarnos a un cómodo y cobarde mundo de verdades invariables, objetivas y límites impuestos desde los maestros del poder y dejar que nuestra pequeña ave espiritual -que sólo puede conocer la libertad- siga chocando contra los límites del “deber ser”… es, en definitiva, nuestro el turno de descubrir que sólo sirve el “poder ser” si lo que realmente queremos es ser libres.

 

Jean-Pierre Léaud en un fotograma de «Los cuatrocientos golpes», de Francois Truffaut

 

 

 

Tráiler:

 

 

El poeta y ensayista argentino Horacio Ramírez, redactor permanente del Diario “Cine y Literatura”

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar Ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años: “reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad -el Dr. Héctor Blas Lahitte- que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se autopromovían y autojustificaban. La religión -el mal llamado ‘mormonismo’- terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba  sin retorno… La práctica de la pintura -realicé varias exposiciones colectivas e individuales- me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…”

“He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética…”

Actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.