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[Novedad] «Las amigas»: La iniciación artística de Aurora Venturini

Esta novela de la recobrada escritora argentina es un estudio sobre la atracción y el afecto que nos convocan los demás, así como de las trabas que impiden aprehender a esos otros de una forma satisfactoria, y es también (esta ficción), un ensayo sobre el dolor con máscara de desparpajo.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 4.2.2021

Aurora Venturini en Las amigas (Tusquets 2020) vuelve a posicionar a su protagonista de Las primas, la pintora Yuna Riglos, ahora en retrospectiva histórica desde su ancianidad. Venturini hace un recorrido por su memoria, con la distancia que le dan sus casi ocho décadas de vida.

La selección va acompañada del ojo que ya vimos en Las primas, y que no se amilana (más bien se refocila) frente al detalle grotesco. Aquí se evidencia su atracción por lo orgánico, donde se mezclan vómitos, náuseas, lágrimas, humores:

“Recuerdo a un conocido que comía y al cabo hurgaba en los entre caninos con un palillo… él siempre parecía dedicarme el revoltijo del comedor de la boca y el expeler de olores que para qué… Tres puntos de asco”.

Aunque dice sentir asco por tal comportamiento, no deja de documentar su observación: “Sentada muy cerca de él lo seguía de la boca al esputo porque escupía el resto apresado entre dientes…”.

Más adelante, agrega: “Porque en ese calor de hogar además del conocido otro u otra eructó como un cerdo. Pero los cerdos nunca me dan asco”.

El foco, sin embargo, es dirigido hacia el título. La amistad es compartida con Antonella, la adolescente que acude por un aviso para ayudar a la anciana en su departamento, y que actúa como una irrupción de sus pensamientos y de su proyecto pictórico.

Su llegada le hace recordar a Alejandra Pizarnik, a quien dice haber conocido en París, y así es como la tela que tiene delante de ella comienza a cobrar vida:

“Alejandra fue un enfant terrible huidizo enfermizo y genial. Y lo genial de ella deviene a la tela que ahora pinto decorada de pizarnik. Con minúscula pizarnik igual que si escribiera agua o nube o lirio o ponga usted lo que se le ocurre siempre que trasunte fragilidad dolorosa y escabullente de prisión y de jaula de amor también”.

Antonella también es un portal para la transferencia de Yuna. Su bagaje humilde, así como un secreto que guarda, son contrastados por la visión culta y cínica de Yuna, quien toma nota de sus sueños, en los que Antonella habla en voz alta.

La misma Yuna admite haberle robado secretos. Dice que sabe: “no todo pero sí una parte de la tragedia vivida de esta criatura”. De este modo, en la percepción de Yuna se gesta un estrambótico siamés, con las ánimas de Pizarnik y Antonella: “Alejandra… fue tartamuda como Antonella…”.

El peculiar ritmo, que Venturini consigue alterando reglas sintácticas, es una experimentación en sí misma, tal como la que la protagonista plasma en sus representaciones pictóricas.

A medida que narra, la voz va haciendo finas acotaciones escriturales: “Qué fatigante el paréntesis bah…”; “… el embrollo que me ataca al poner signos ortográficos en mis escasos escritos y menos mal que no soy escribidora sino pintora…”; “Estoy muerta desfallecida de fatigantes puntos y comas aunque comas no puse ni pondré aunque me las pidas y sí puntos suspensivos que son más suaves…”.

La amistad toma la forma de este homenaje a Alejandra Pizarnik, quien “lleva impreso el desarraigo la tristeza de los grises y de las hojas caídas en el estanque que viajan sin proponérselo por fuerzas de los vientos al impredecible sur y a los abismos”.

Venturini capta el predicamento existencial que acompaña la figura de Pizarnik quien, incluso en el peak de su reconocimiento, opta por el suicidio. En este retrato también está el latente lugar de la prominente poeta como exiliada. En sus diarios, Pizarnik medita sobre su ascendencia judía y su interés por escrituras de esta procedencia, notablemente por Kafka.

Otra amiga indispensable en la novela es la pintora Matilde du Pin, un “alma casi hermana” a la que también espera un destino duro hacia el final de la narración:

“Ya no era ella tan fina sino una espantosa borracha de esas que pululan por las estaciones de las ciudades y que dan pena y miedo…”.

Esa misma Matilde que consideraba a su amiga un freak, un monstruo y que, como todo, cae en el pozo del olvido: “La borraré como he borrado tantas cosas personas hechos y deshechos”.

Las amigas es un estudio sobre la atracción y el afecto que nos convocan los otros, así como de las trabas que nos impiden aprehender a esos otros completamente. Como reconoce Yuna: “Hasta aquí mis desventuras junto a Antonella… Concluyo que yo nunca vi ni conocí a esta muchacha a quien le resbalaron mi buen trato y confianza. Paciencia”.

Y es también un ensayo sobre el dolor con máscara de desparpajo. ¿Nada queda? Nada queda. O, más bien, lo que queda en forma de producciones artísticas no alcanza a ser siquiera una chispa de lo que fueron esas exaltadas amigas, insondables e irrepetibles.

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerposRéplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, y Dame pan y llámame perro, y los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Las amigas», de Aurora Venturini (Tusquets Editores, 2020)

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Aurora Venturini (1922 – 2015).

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