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[SANFIC 17] «Zoila»: El valor femenino de una confesión

El largometraje documental de la autora chilena Gabriela Pena —presente en la grilla de la competencia local del Santiago Festival Internacional de Cine 2021— semeja a una personalísima road movie en búsqueda de los vestigios de una identidad familiar evaporada desde los recuerdos, y por un conflictivo vínculo con la figura materna.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 20.8.2021

Es un arduo ejercicio seguir el metraje de Zoila (2021) de la realizadora chilena-española Gabriela Pena, más que nada porque la producción simbólica y audiovisual propuesta se mueve en esa autorreferencia que de tanto insistir en su originalidad, termina por aburrir al espectador bien intencionado.

La solidez de su estrategia narrativa y plástica, sin embargo (en encuadres que simulan las dimensiones de un foco moderno versus un lente análogo de los 90 y que conjugan distintas materialidades de registro), hacen que el arrepentimiento de ese gesto, el de levantarse y dar la espalda a la pantalla de una vez, termine por difuminarse, irse.

Y uno permanece en el visionado de esta confesión audiovisual, llamativamente hermosa y de traspasada sensibilidad, relatada entre ese Santiago de fines del siglo pasado, Barcelona, un cerro de Valparaíso y de la sureña e indómita Cholchol.

Hace poco tuvimos la oportunidad de apreciar una obra similar, el cortometraje Correspondencia (2020), de la española Carla Simón y de la chilena Dominga Sotomayor, pero cuando estas últimas pretenden pasar por presuntuosas filósofas de la cámara, en un elitismo, especialmente por parte de la segunda, que esconde una construcción estética (política) y cultural solapadas; la sinceridad y la unívoca nostalgia de Gabriela Pena, transforman a su ópera prima en un honesto y plausible artefacto de sororidad cinematográfico.

Y donde la parsimonia, el estancamiento y lo monotemático, que podrían ser el tiempo dramático que se perpetúa…, el guión y el montaje de la directora, en cambio, ofrecen constantes vueltas de tuercas y de giros tanto espaciales como argumentales, que enriquecen a un relato audiovisual el cual se potencia y crece en espesor y densidad artísticas, con cada minuto que transcurre de sus secuencias.

A estas alturas, ponerse a escribir o a filmar experiencias emocionales íntimas, significan una norma social y generacional que vacía de contenido lo que se entiende por sentimentalismo, y a ese cúmulo de instancias personales que conforman la memoria única e irrepetible de una humanidad, cualquiera sea su género.

Zoila es un largometraje documental sentimental, desde luego, un ajuste de cuentas con el pasado y el presente de su autora, la cual mientras desgrana cinéticamente los traumas familiares que conforman su identidad afectiva, psicológica, y por último colectiva, expone tópicos y tabúes propios de una clase media nuclear (conformada por un padre español y una madre chilena), que se desplaza entre la altanería progresista y las estadías en una Barcelona vanguardista (frente a una supuesta Madrid retrógrada), en síntesis: el racismo vestido de paternalismo, y los abusos; y el clasismo y la discriminación arropados de bondad y de integración familiar hacia quien se presume extraña.

Por eso el filme de Pena jamás hastía, pese a ese metro cuadrado que sólo el viaje intercontinental de la cámara perfora, porque en su vendaval emotivo de crónica particularísima y egoísta, también concluye por reírse de sí misma y del fetichismo propio de los recuerdos y de los cachivaches familiares, cuando ya nada es como lo era antes, y la pérdida fragmenta el horizonte, para siempre.

 

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Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Zoila (2021).

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