«Trópico de cáncer», de Henry Miller: El tiempo apremia

El homenaje que el premiado novelista chileno realiza al padre, al maestro de los autores malditos de la narrativa contemporánea, mientras entrega y discurre en las claves estéticas y artísticas de un título cuya publicación e influencia caló con hondura trascendente a la literatura del siglo XX.

Por Juan Mihovilovich

Publicado el 14.5.2019

«¿Quién que tenga ojos desesperados y ávidos puede sentir el menor respeto por los gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, ideas, tótems y tabúes existentes?».
Página 334

Leí a Miller a los 16 años, primero Trópico de cáncer (1934), que debió llegar a mis manos a través de un circuito cerrado de amistades celosas de un texto prohibido. El tiempo estudiantil era un espacio para comentarlo a hurtadillas: sexo, sobre todo, pero también ideas vertiginosas sobre el hombre, la humanidad caótica y el despeñadero advertido por Henry Miller (1891 – 1980).

Sus palabras desmenuzan el porvenir como si todo cupiera en un pañuelo: lágrimas, deseos, misterios, egoísmos y ramplonería, sujetos taciturnos o decididamente locos, mujeres ávidas o desesperadas y desesperanzadas; o bien, observación clínica de individuos atesorando las riquezas de una insanidad mayor: acumulación de capital e ideas de progreso a como de lugar, mientras la rueda de la historia trae a puñados los futuros muertos: Segunda Guerra, depresiones económicas, conflictos ocultos o evidentes, resurgimiento dolido luego de los holocaustos… y sobre todo ello, Miller disecciona, desestructura, anarquiza, deambula dolido y miserable a veces, excelso y cáustico casi siempre.

Trópico de cáncer se alza en medio de un París mutilado en su trastienda y paradójicamente adscrito a esa eternidad de piedras y de museos. El individuo deambula por sus calles secretas, se atiborra de placeres efímeros, incursiona en amistades transitorias que permanecen o se evaporan en su desolado encierro: la sobrevivencia se muestra como el madero de un náufrago porfiado, obstinado, irónico, maldiciéndose ocasionalmente y renegando de la estupidez humana con un dejo de repugnancia, de indiferencia o de compasión ocasional.

Miller ve el mundo con ojos del arte, de quien vive y sueña con desentrañar su propio misterio en tanto los seres se repiten calcados y París se yergue como una prostituta ávida y necesaria. El ombligo del mundo es París y lo es también su condición de extranjero mimetizado en ella como en el centro de un dilema no resuelto: vive allí presionado por la asfixia del hambre cotidiana, mendigando a veces como Hamsun, vanagloriándose de su miseria casi como un ruego o haciendo ostentación de ella como un signo diferenciador. En su no entrega reside su superioridad, pero también su dolor y el sufrimiento del alma humana débilmente entronizada en un cuerpo que se descompone diariamente.

Miller se atreve a poner el dedo en la llaga cuando la sociedad ramplona de la época se desvive por moralismos de utilería. París luego, es la excepción y su madriguera. Imposible sobrevivir en su patria de origen: París es el imán perfecto donde todo artista procura la gloria y, sin embargo, él apenas intenta el reencuentro con todo lo que agobia su existencia.

El sexo no es su leit motiv, como pudiera parecer a simple vista, aún cuando atraviesa sus Trópicos o pervive permanentemente en su cotidianeidad. Hay en su obsesión carnal una necesidad de tomar el cuerpo ajeno como si fuera el suyo y en esa compenetración grita sin un solo alarido, pero su silente aullido se escucha en Norteamérica y rebota como una campanada hacia el resto del planeta. He ahí como asciende desde su relegación parisina y atraviesa el Atlántico para rechazar el mito de la modernidad.

Los hombres mimetizados en su imbecilidad apenas dejan espacio para lo vital: el placer augura guerras, contaminaciones ambientales, manejos de la bolsa, la pudrición en vida. Luego, Trópico de cáncer resulta una embestida contra el mundo desde la perspectiva herida y agónica del animal. Miller es el toro que intenta cornear al torero aún cuando sus intentos toquen apenas la capa. Pero insiste.

En lo profundo de sí mismo bulle su instinto, mientras al frente, a la vera de la capa del torero…: «toda la tierra un desierto gris, una alfombra de acero y cemento. ¡Producción! Más ruecas y tornillos, más alambres de púas, más galletas para perros, más segadoras mecánicas de césped, más rodamientos de bolas, más explosivos instantáneos, más tanques, más gas venenoso, más jabón, más iglesias, más bibliotecas, más museos. ¡Adelante! El tiempo apremia…”

Como todos los grandes, Henry Miller vislumbra el porvenir, es decir, este presente atosigante y obtuso desde un Trópico de cáncer escrito en los años ’30, publicado en Paris en 1934 y en Estados Unidos en 1961, después de más de sesenta juicios debido a la censura.

 

Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) es un importante poeta, cuentista y novelista chileno de la generación de los ’80 nacido en la zona austral de Magallanes. De profesión abogado, se desempeña también como juez de la República en la localidad de Puerto Cisnes, en la Región de Aysén. Asimismo, es miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

Edición en castellano de «Trópico de cáncer» (1934)

 

 

Juan Mihovilovich

 

 

Crédito de la imagen destacada: El escritor estadounidense Henry Miller (1891 – 1980).