[Ensayo] En los laberintos de Davos: Velocidad y cenizas

Hoy, el capital no necesita envolverse en «aparatos lexicales» ni en «órdenes sintácticos» que lo rediman —la retórica ha devenido en un lujo prescindible—, cuando lo que requiere es la facticidad desplegada sin traducción del desastre, a través de una salivación directa, y sin mediación de un lenguaje que disfrace la lógica de la acumulación.

Por Mauro Salazar Jaque

Publicado el 22.1.2026

«Quién aquí entre que olvide toda esperanza».
Dante

La oligarquía del cantón de los Grisones

La violencia del capital mediante el fuego consume los territorios en el sur de Chile revelando, no solo la combustión de materia —bosques, tierras cultivables, infraestructura rural— sino la desposesión acelerada que el capital ejecuta sistemáticamente sobre el espacio, la naturaleza y los cuerpos territorializados.

El fuego funciona como revelador involuntario de lo que la velocidad oculta habitualmente (Harvey, 2023). Pero ese fuego es el espejo roto, que devuelve una imagen obliterada, pero implacable en orientaciones geopolíticas tomadas tácitamente en un espacio donde la desregulación opera como lógica institucional.

Davos (1971), en este sentido, no causa incendios. Davos ha creado el marco político-financiero (americano) dentro del cual los incendios devienen en cálculo de decisiones económicas que no se amparan en narrativas del pequeño siglo XX.

Así, Davos es una máquina que legaliza, financia y coordina la aceleración capitalista cuya lógica produce catástrofes como subproducto estructural, no como excepción. El Foro es donde corporaciones multinacionales, fondos especulativos, bancos de inversión definen la velocidad de extracción que luego incendia territorios periféricos, desplaza comunidades y liquida generaciones.

Con todo, aquí reside la paradoja que estructura el orden global: la Organización de Naciones Unidas (1945) posee legitimidad formal, pero carece de poder real. Su arquitectura se presenta como democrática —193 miembros— pero esa democracia es ficción operativa.

El verdadero poder está secuestrado en cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. La estructura contiene su propia parálisis.

Davos no reclama legitimidad formal alguna. No representa estados, ni reclama un campo semántico. Es organización privada que reúne a 3 mil élites que controlan el capital global. Su poder no descansa en representación sino en control.

El foro suizo genera reconfiguración de orientaciones políticas, coordina estrategias financieras, define discurso dominante —no porque los gobiernos sean obligados sino porque descubren que el capital es prerrequisito de gobernanza—.

Davos no disciplina mediante confinamiento de estados en instituciones visibles como lo hace la ONU con sus tratados y consejos de seguridad. Davos operacionaliza una lógica anterior a la disciplina: la modulación continua sin campo semántico.

Los gobiernos no son encerrados en normas que deben respetar, sino que interiorizan la lógica del mercado como si fuese su propio deseo. El Kapital no necesita vigilancia panóptica porque ha devenido invisible —omnipresente en cada decisión política, cada orientación de recursos, cada reconfiguración de orientaciones—.

De esta manera, los gobiernos modulan continuamente su comportamiento no porque una institución externa los obligue sino porque han incorporado el código del capital como código de gobernanza.

Esto es sociedad de control: no hay vigilancia externa sino vigilancia internalizada. No hay represión sino captura del pensamiento político mismo. Davos es máquina de control porque no necesita decir qué hacer. Solo reúne a quienes toman decisiones reales y permite que el capital fluya como lenguaje que todos hablan sin saberlo.

Sin ir más lejos, esto resume la realidad política de Davos: la institución funciona fundamentalmente como mecanismo de coordinación de la estrategia financiera estadounidense global. No es neutral. Es un espacio donde la hegemonía norteamericana se reproduce (sofisticadamente) mediante la reconfiguración de lenguaje y de mecanismos financieros.

BlackRock, Morgan Stanley, Goldman Sachs, Bank of America, JP Morgan Chase, State Street, Citigroup, Wells Fargo, Capital Group, Vanguard y Fidelity —todas estadounidenses— operan como arquitectos de esta reproducción.

Las orientaciones financieras que Davos promueve pueden sintetizarse en una creencia fundamental: que toda contradicción capitalista puede ser resuelta mediante «innovación financiera», no a través de la transformación de relaciones de poder sino valiéndose de la sofisticación cada vez mayor de mecanismos de extracción que operan a escala que desbordan la capacidad de regulación estatal.

Vanguard y BlackRock —los dos gestores de activos más grandes del mundo, ambos estadounidenses— poseen cientos de millones de dólares en acciones de COPEC SA, propietario único de Arauco.

Aquí el nexo deja de ser indirecto, deja de ser mediato: es directo, documentable, verificable. Los dueños de capital global que se coordinan en Davos financian directamente las operaciones de monocultivos que generan las condiciones materiales para incendios catastróficos.

No hay velos. No hay mediaciones retóricas que disimilen. Es financiamiento de catástrofe operacionalizado como modelo de negocio racional. Empresas CMPC S.A. fragmenta su arquitectura corporativa en cuatro centros de negocio —silvicultura, pulpa, papel y productos de papel, tejidos—, cada uno permitiendo externalizar responsabilidad hacia el siguiente en cadena de irresponsabilidad distribuida.

Esta velocidad que domina es múltiple y se genera desde Davos hacia territorios periféricos según la lógica de transferencia de riesgo.

Primero: la velocidad literal del fuego, que avanza a ritmos imposibles de contener mediante respuestas tradicionales, mediante marcos estatales de protección civil que funcionaban en temporalidades previas, en épocas donde el tiempo permitía coordinación.

Segundo: la velocidad de la transmisión mediática, que convierte el desastre en espectáculo antes de que sea posible análisis crítico alguno, antes de que puedan formularse preguntas sobre responsabilidad corporativa y política.

Tercero: más perversa por su elegancia sofisticada, la velocidad del capital operando detrás de los incendios. Esa lógica de acumulación desatada que convierte territorio en commodity, que reduce ciclos de extracción milenarios a décadas, que es exactamente lo que Davos financia y coordina mediante instrumentos de private equity y blended finance que transfieren riesgo hacia gobiernos periféricos mientras concentran ganancias en fondos estadounidenses.

Finalmente, la velocidad de la amnesia sistémica: la capacidad del sistema de consumir sus propias catástrofes, de metabolizarlas, de transformarlas en «lecciones aprendidas» con tal celeridad que nunca existe tiempo para el cambio real, solo para el simulacro de reconstrucción acelerada que reproduce las mismas estructuras que generaron el desastre.

Estas cuatro velocidades no son independientes; devienen unas en otras en espiral de aceleración irrefrenable donde cada ciclo profundiza las condiciones para la catástrofe siguiente.

La velocidad del fuego devela el proceso que la amnesia de Davos intenta nuevamente ocultar.

 

Principio de subsidiariedad: tomismo y desregulación

El problema es radical: el fuego arde más rápido que nuestra capacidad de pensarlo. El capital requiere aceleración permanente mientras el pensamiento requiere detención, reflexión, tiempo para articular una crítica coherente.

Con todo, entre la ignición y la comprensión se abre un abismo temporal que ninguna reflexión puede cerrar. No es solamente la zona sensible de la reflexión la que resiste. Es la incapacidad estructural de los sistemas democráticos de intervenir cuando decisiones financieras que generan destrucción son tomadas en espacios de gobernanza privada, donde gobiernos participan como actores subordinados sin poder decisorio real.

Mientras autoridades estatales buscan legitimarse mediante narrativas de gestión eficiente de crisis, las máquinas de la aceleración ya están operando a velocidades que ninguna burocracia estatal puede contener. La velocidad deviene, así, en instrumento de poder: quien controla la velocidad, controla la capacidad de respuesta democrática.

En los tiempos de transición pactada en Chile (1990 – 2011), con el PIB como certeza feudal, la ecuación era posible mediante el anudamiento entre pax social y desigualdad estructural. Los consumos ampliados mediaban la aceptación de lo inaceptable. Pero esa arquitectura de mediación se derrumba cuando la velocidad trasciende ciertos umbrales de la modernización chilena.

Los relatos devienen punitivos. La aceleración contemporánea ya no admite pactos de gobernabilidad; licúa toda mediación institucional y prescinde del campo sintáctico donde la política podría articularse. El lenguaje tradicional de negociación desaparece cuando la velocidad lo vuelve irrelevante, cuando la aceleración ya ha ejecutado lo que la negociación aún debatía.

Así, la imposibilidad de sostener aquellas familias tradicionales, esas que se aferraban al Evangelio como norma interior que ordena los cuerpos y regula los deseos, esa imposibilidad no es accidental ni resultado de preferencias individuales. Es síntoma de transformación más profunda: las máquinas están ya ahí, ansiosas, dispuestas a romper todo aquello que se presenta como naturaleza, como orden dado, como lo que podría resistir.

No hay acumulación de capital en el sentido clásico —ese gesto de financiamiento, esa lógica del ahorro y la reinversión—. Lo que domina ahora es otra cosa completamente distinta: un capitalismo de chantaje, de extorsión pura. Una producción que ya no fabrica mercancías en sentido tradicional, sino que extrae poder directamente de los cuerpos, de los territorios, de lo que queda de lo que es común.

Donald Trump no posee dinero para desarrollar capital en su sentido tradicional. Posee dinero para acumular poder, concentrarlo, ejercerlo sin mediaciones, sin necesidad de convencer a nadie.

La paradoja es lacerante: aquellos valores que la interioridad moderna había construido laboriosamente —cierto sacrificio de la vida, cierta renuncia ascética, cierta disciplina moral— ahora se revelan como obstáculos. Como trabas. Como lo que debe ser demolido para que la máquina pueda funcionar sin rozamiento alguno.

Javier Milei lo enuncia sin ambages, sin pudor retórico: el mercado como único norte moral. Como salvación. Como iglesia. Como forma de religiosidad contemporánea.

Trump sería entonces el Papa de esa iglesia monetaria. El sumo sacerdote de una religión donde lo sagrado se ha convertido íntegramente en dinero, donde la modernidad, en su afán de matar a Dios, simplemente lo sustituyó por dinero—lo consagró en otra forma, lo desplazó de su altar tradicional hacia el de los mercados financieros.

Ahora ese destino alcanza su límite, su propia consumación. El valor monetario, defendido no con argumentos sino con armas. Con violencia directa. Las armas importan porque el mundo ya no sigue el ritmo de explotación que el propio capital necesita para reproducirse.

El mundo se ha desacelerado respecto a lo que el capital exige. Y entonces la producción deviene mafiosa, deviene chantaje puro. Debe pagar al poder para poder seguir produciendo. Pero aquí emerge el absurdo fundamental que estructura todo: el mantra que la sostiene es libertad, es autonomía de mercado. Y sin embargo todo lo que ha producido es mafias, es sistemas de extorsión, es violencia.

La mentalidad que Müller —el principal asesor, el arquitecto invisible del estado profundo— encarna la mentalidad del violador. Y así, crudamente puede decirse sin eufemismo: la política como imposición de la voluntad del más fuerte (antropología de la dominación). Como explotación de la debilidad. Nunca como cooperación. Nunca como construcción deliberada de lo común. Es la prevalencia de la fuerza bruta sobre cualquier consideración ética, sobre cualquier principio que pudiera limitar el ejercicio del poder.

Esta lógica, disfrazada de gobernanza técnica en espacios como Davos, buscando legitimarse mediante discursos de eficiencia económica y realismo político descarnado, es el colapso de cualquier pensamiento político digno de ese nombre.

 

Capitalismo del despojo

La desposesión que aquí se ejecuta no es meramente espacial, no es simplemente la ocupación física de territorio. No se trata simplemente de expropiar tierra mediante monocultivos de pino y eucalipto que generan ganancia rápida.

Con todo, lo que ocurre es más fundamental: se trata de expropiar tiempo. Los bosques que tardaban siglos en crecer —sistemas vivos complejos que acumulaban biodiversidad en temporalidades geológicas— son reemplazados por plantaciones industriales cosechadas en ciclos de veinte a treinta años. Se comprimen múltiples generaciones de crecimiento natural en décadas de producción industrial orientadas únicamente a la ganancia.

El futuro es liquidado para obtener ganancia presente. Luego vienen los incendios, comprimiendo el tiempo aún más radicalmente. Un futuro de treinta años se transmuta en catástrofe en cuestión de horas. La paradoja es brutal, casi insoportable: el sistema que aceleró la extracción descubre que ha acelerado también su propia destrucción

Mientras el fuego arde, mientras comunidades desplazadas violentamente presencian el colapso de territorios donde sus cuerpos habitaban por generaciones, el proyecto político que causó esta aceleración invoca precisamente el lenguaje de la persona, de la familia y del bien común.

Proclama con seguridad «proteger la persona humana». Invoca una antropología cristiana que coloca la dignidad personal en el centro de la existencia. Habla de la familia como «célula fundamental de la sociedad» que debe ser defendida a toda costa. Proclama incesantemente el «bien común» y la necesidad de trabajar por el beneficio de todos.

Sin embargo, todo esto es dicho mientras se autorizan precisamente las políticas que destruyen cuerpos en tiempo real, que fragmentan familias, que tornan lo común en imposible.

Aquí se revela el oxímoron fundamental: una antropología que proclama la dignidad de la persona es invocada para justificar un sistema que opera a velocidad de nanosegundos, que sacrifica cuerpos en horas, que liquida generaciones en décadas.

 

Subsidiariedad y sacrificio corporal

Aparece la paradoja más destructiva y profunda: invocación simultánea de una filosofía moral espiritista centrada en la dignidad de la persona y en el bien común —el principio de subsidiariedad tomista— enfrentada a realidad inconciliable de capital dromológico que sacrifica permanentemente cuerpos, que hace imposible cualquier forma de vida lenta.

El principio de subsidiariedad sostiene que el mercado debe decidir prioridades económicas, que el Estado debe retirarse de la esfera productiva, pero custodiar cuerpos intermedios y el bien común. Pero es doctrina que se proclama simultáneamente defensora de la persona, de la familia, de los valores espiritistas, de las comunidades locales, de la transmisión intergeneracional de valores.

Aquí reside su sofisticación ideológica: ocupa el lenguaje de la lentitud, del cuidado, de lo comunitario para justificar la aceleración radical jamás conocida.

La teoría de los «cuerpos intermedios» —familia, comunidades locales, gremios, corporaciones territoriales— presupone precisamente lo opuesto de lo que la dromología del capital requiere para funcionar.

Estos cuerpos existen en el tiempo y están encarnados en espacios específicos. Necesitan tiempo para constituirse como tales, para deliberar colectivamente, para transmitir valores de generación en generación. Necesitan que los cuerpos que las componen estén vivos, presentes, dignificados, con capacidad de devotarse a otros.

La familia no se forma en microsegundos; exige dedicación encarnada constante, paciencia corporal cultivada, inversión emocional en la lentitud de criar hijos con presencia física continuada.

La perversión radica en esto: mientras el capital destruye las condiciones materiales para que la familia exista, el tomismo (antropología unitaria) educa a los sujetos a culpabilizarse por el fracaso de esa familia, a experimentarse como responsables de su propia ruina.

No es represión externa sino autogobierno interiorizado. El poder más eficaz es aquel que logra que el sometido se responsabilice por su propio sometimiento.

El tomismo neoliberal no combate la aceleración del capital; la legítima mediante el lenguaje de la dignidad y la familia, generando culpa interiorizada en aquellos cuyos cuerpos no pueden mantener el ritmo de velocidades imposibles.

Pero el neoliberalismo desatado responde: esos derechos a la lentitud, a la presencia, al cuidado corporal carecen de existencia material en el sistema de aceleración. No son negados explícitamente; simplemente se vuelven invisibles, fuera de tiempo. La familia sigue siendo proclamada como valor supremo; pero los cuerpos que la componen ya no merecen ese tiempo.

El capital contemporáneo no tolera cuerpos intermedios que articulen resistencia. Los destruye sistemáticamente. La familia espiritista es lenta por definición, requiere sacrificio corporal voluntario, dedicación a lo que no genera ganancia. Pero el capital dromológico demanda cuerpos acelerados continuamente.

Así, el paradigma que proclama defender la persona humana y su dignidad sacrifica cuerpos completamente.

Proclama defensa de dignidad mientras autoriza empleos destructivos. Defiende la familia mientras autoriza jornadas imposibles. Invoca la comunidad territorial mientras permite que corporaciones multinacionales —exactamente las que coordinan en Davos— expropien territorios donde los cuerpos habitaban.

 

Cuerpos e instituciones del capital

Emerge la contradicción radical que el sistema no puede resolver, pero necesita mantener viva para su propia legitimación. La moral espiritista-familiarista presupone cuerpos encarnados, presupone tiempo denso, presupone presencia. El cuidado espiritual requiere dedicación corporal lenta. La transmisión intergeneracional de valores necesita que los cuerpos de los padres tengan tiempo real para estar con los cuerpos de los hijos.

Pero el capital dromológico en su fase actual no tolera cuerpos ni tiempo. No puede tolerar. Necesita aceleración permanente. Pero aquí comienza la verdadera ignominia: la velocidad proclamada es ilusión que choca contra la materialidad irreductible.

No se pueden construir casas al ritmo de velocidad dromológica (Virilio, 1997, 1993). La construcción tiene temporalidad propia, ritmos que ninguna política puede comprimir. Esto es lo que la lógica drómotica se niega a reconocer.

La velocidad que consumió sus casas mediante extracción forestal reaparece ahora en lentitud cruel de reconstrucción burocratizada.

Existe algo psicoanalíticamente exacto: el fuego que consume el sur es irrupción de lo reprimido. No solo materialidad ingobernable de naturaleza, sino cuerpos humanos que antropología centrada en dignidad personal supuestamente defiende, pero realmente sacrifica permanentemente.

Lo reprimido retorna. Existe catástrofe que erosiona incluso legitimación moral del sistema. Si tus cuerpos tienen tiempo para cuidar otros cuerpos, podrían resistir. Si tu familia posee cuerpos que trabajan juntos, podrían ser autónomos. Si tu comunidad tiene cuerpos que deliberan, podrían organizarse políticamente.

Por lo tanto, la velocidad es garantía de que la reflexión espiritual encarada sea imposible. Lo verdaderamente perverso es que el sistema dromológico que hace imposible la moral espiritista—que sacrifica permanentemente cuerpos— necesita de esa moral para legitimarse. No puede existir como puro cinismo. Requiere lenguaje de valores espirituales, de dignidad de la persona, de orden familiar natural, de bien común.

Genera así «moral espiritista»: invocación de valores que carecen de existencia real en el sistema dromológico que sacrifica los cuerpos que supuestamente defiende. La persona es defendida mediante políticas que destruyen cuerpos.

La familia es invocada mediante políticas laborales que fragmentan corporalidades. El bien común es proclamado mientras cuerpos son sacrificados. El padre no puede transmitir valores cuando trabaja doce horas diarias. La madre no puede ser presencia amorosa cuando su cuerpo está consumido por ansiedad de precariedad. Los abuelos no pueden transmitir memoria cuando están desplazados por incendios.

Para la teoría crítica, esta destrucción ecológica no es «exceso» corregible mediante «correcciones verdes». Es expresión directa del sistema. El capital no puede existir sin crecimiento. Esta es la ley: «Acumula, acumula».

Esta acumulación requiere conversión de la naturaleza en mercancía. Los bosques no son sistemas vivos complejos; son «recursos forestales» monetizables. El agua no es bien común; es bien privatizable. Los cuerpos de trabajadores no son fines en sí mismos; son «capital variable».

Ninguna solución parcial puede detener la catástrofe. Los mercados de carbono, los «fondos verdes», las energías «renovables» dentro de la lógica capitalista son trucos de marketing que permiten la continuación del saqueo ecológico bajo máscara verde.

De esta forma, el sistema requiere expandirse, acumular, crecer sin límite. Las soluciones que operan dentro de esta lógica no son soluciones: son profundizaciones de la catástrofe.

En el contexto de los incendios chilenos, mecanismo dromológico que se vuelve transparente hasta la obscenidad. Cuerpos ardiendo. Familias cuyas casas desaparecen en horas. Ancianos cuyos cuerpos tiemblan viendo destrucción de territorios que habitaron cincuenta años. Niños traumatizados cuyas corporalidades han perdido hogar.

Y las autoridades proclaman «compromiso» con reconstrucción mientras políticas de desregulación avanzan sin obstáculos. Hablan de «proteger a las personas» mientras aceleran la extracción forestal. Invocan «bien común» mientras autorizan corporaciones.

Lo dicen con tal velocidad dromológica que los cuerpos sacrificados carecen de tiempo para ser contabilizados. La velocidad oculta el sacrificio. El discurso de dignidad oculta la violencia contra los cuerpos. Emerge entonces confesión cifrada: «vamos a seguir la reconstrucción en velocidad». Aquí la contradicción entre principio subsidiario y drómica del capital se vuelve transparente.

Hoy el capital no necesita envolverse en «aparatos lexicales» ni «órdenes sintácticos» que lo rediman. La retórica ha devenido en lujo prescindible. Lo que requiere es facticidad que funcione sin traducción del desastre. Su salivación es directa, sin mediación de lenguaje que disfrace la lógica de acumulación.

Davos no es teatro de legitimaciones, sino una máquina de extracción desretorizada donde la lógica desnuda del capital se exhibe sin pudor alguno: dinero generando dinero, poder concentrándose sin necesidad de «narrativas legitimantes».

El cinismo es operación eficiente. La sinceridad brutal —la impostura sin velos— funciona mejor que cualquier eufemismo. Capital que habla de sí mismo sin necesidad de «traducción moral».

Aquí reside la verdadera radicalidad contemporánea: no en la revolución, sino en el descubrimiento de que la máquina opera mejor desnuda.

 

Referencias bibliográficas

—Harvey, David. (2003). The New Imperialism. Oxford University Press, Oxford.
—Virilio, Paul. (1977/2006). Speed and Politics: An Essay on Dromology. Semiotext(e), Nueva York.
—Virilio, Paul. (1993). The Art of the Motor. University of Minnesota Press, Minneapolis.

 

*Mis agradecimientos al Dr. Andres Leiva.

 

 

 

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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y doctor en comunicación por la Universidad de la Frontera y Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

 

Mauro Salazar Jaque

 

 

Imagen destacada: El Presidente de EE. UU. Donald Trump en Davos 2026.