La censura es capaz de podar una declaración o un discurso, pero no lo es de impedir una carcajada. La risa surge de forma instantánea, imprevisible y se convierte en viral de manera fulminante. El chiste tiene una cualidad que lo vuelve indomeñable y es que no se puede obligar a nadie a que algo le haga gracia, lo cual confiere a una salida ocurrente la condición de libertad en estado puro.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 18.3.2026
En la relación del humor con el poder, la risa deja de ser un mero gesto para convertirse en una declaración política, incluso cuando no quiere manifestarse de tal modo. El humor, per se, posee una cualidad subversiva que ninguna fuerza religiosa, de naturaleza cultural o relativa al estado ha conseguido domeñar por completo. Por eso, se lo utiliza con profusión en todas las campañas de propaganda.
Con todo, el poder necesita seriedad, pompa, unanimidad, sumisión, y discursos cerrados y plúmbeos. Su gran privilegio lo señala muy bien el personaje de Morgan Le Fay en la novela de John Steinbeck Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros: a la potestad se le entrega todo, sin que tenga necesidad de pedirlo.
Sin embargo, el humor introduce ironía, dobles sentidos y miradas vicariantes lo que supone descubrir fallas y fisuras en la coriácea presencia de la autoridad. La risa empuja a la desobediencia, al menos por un momento, y suspende la vanidosa solemnidad que soporta al mando.
Esa es la razón por la que los regímenes autoritarios desconfían del gracejo: no tanto porque pueda resultar ofensivo, sino a causa de su efecto disolvente, así como por introducir una visión de perspectiva en algo que se pretende absoluto por principio y ambición. El mismo recelo existía en la Antigüedad. Recuérdese la actitud de Platón hacia lo cómico en La república.
De esta forma, el decir irónico muestra que las jerarquías son, en el fondo, construcciones débiles y arbitrarias. Una aguda nómina de escritores como Cervantes, Mark Twain, Quevedo o Jerome K. Jerome ha desnudado tanto la artificiosidad de la sociedad española de los siglos XVI y XVII como la del Sur esclavista norteamericano o la tocante a la corte victoriana, por poner solo unos ejemplos, al destapar en todas ellas el absurdo cotidiano.
Se cita con frecuencia la frase: «Esto que parece natural no lo es tanto». Y esa declaración resulta hondamente política.
Libertad en estado puro
El humor resulta peligroso porque no puede ser controlado. En efecto, la censura es capaz de podar una declaración o un discurso, pero no lo es de impedir una carcajada. La risa surge de forma instantánea, imprevisible y se convierte en viral de manera fulminante. El chiste tiene una cualidad que lo vuelve indomeñable y es que no se puede obligar a nadie a que algo le haga gracia. Esto confiere al humor la condición de libertad en estado puro.
Por otro lado, se presenta, de igual modo, como un espejo deformante del poder y enseña un camino ético al no situarse por encima del mundo, sino que se limita a observarlo desde dentro con una actitud humilde, lateral, oblicua del todo incompatible con el tuétano de la potestas hecho de centralismo y verticalidad.
Es decir, la sonrisa franca humaniza y contribuye a desactivar el despotismo, transformándose, por eso mismo, en una brújula moral. El gracejo no destruye al tirano, pero lo desnuda ante todos y revela lo que quiere esconder: su teatralidad, su artificio, su dependencia de la imagen y su perentoriedad de ser tomado en serio. Cuando alguien se ríe de él, el dictador deja de serlo por un instante. Tan corrosivo es el ridículo.
Así, el humor es una suerte de resistencia pacífica y dúctil, pero a la vez implacable: no necesita gritar, ni imponer, ni adoctrinar. Le basta con mostrar. Y lo que saca a la superficie es que todo poder es una construcción demasiado humana y, por ello, vulnerable a la acción de la chacota. Esa es la razón que lo hace ético, el no ponerse al lado de la fuerza abusiva, sino, antes bien, de la fragilidad humana.
Una obra dramática que exhibe la corrupción y la crueldad del dominio absoluto en clave de parodia es Ubu rey (1896) del autor francés Alfred Jarry (1873 – 1907), precursor tanto del teatro del absurdo como del surrealismo.
Hasta los figurines de la representación fueron diseñados por él para señalar al protagonista Ubu como un monigote informe y siniestro capaz de las conductas más atroces y despiadadas.
Basada en un verdadero zarandeo de la tragedia de Macbeth y de la sociedad gala biempensante de la época, su efecto ha llegado a nuestros días.
En homenaje a su clarividencia, escribí un poema incluido en el libro Luz de robot/animal de presa (2023):
UBU REY Y ROBOT
Todo poder es grotesco
Con sus fatuas ceremonias,
Sus mecánicos desfiles
Y sus caras de cartón
Todo poder es guiñol
Y por ello sanguinario.
Y esto es también casi todo lo que se me ocurre decir en este momento.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Alfred Jarry en 1898.
