[Ensayo] «2666»: La aparición del verdadero horror

Hay algo de exceso en la monumental novela de Roberto Bolaño, algo que complota en sentir la novela como un todo cerrado, algo de historias innecesarias, algo de digresiones innecesarias, algo de líneas narrativas forzadas que perfectamente pudieron no estar. No obstante, y pese a todo, el saldo artístico y literario es más que positivo.

Por Cristián Uribe Moreno

Publicado el 9.5.2022

Una deuda enorme tenía con Roberto Bolaño (Santiago, 1953). Una deuda que año tras año estaba en la biblioteca esperándome: 2666. Cuando apareció, tuve intención de leer la novela, pero por distintas razones, que no vienen al caso mencionar, nunca lo hice.

Ahora, en pandemia, un par de veces comencé la lectura pero al rato la abandonaba, un poco decepcionado, pues la primera parte de la serie de cinco libros que componen la narración, unos personajes iban, otra vez, tras los pasos de un misterioso escritor. Se acercaba más a la línea narrativa de Los detectives salvajes, del mismo Bolaño, texto que, he de confesar, nunca terminó por agradarme.

Por ideas y prejuicios que ya no recuerdo, la lectura de aquel texto, fue un poco tortuosa. Lo claro fue que las acciones narrativas de los personajes, Ulises Lima y Arturo Belano tras los pasos de la mítica poetisa Cesárea Tinajero, las percibía como líneas de fuga que no llevaban a ningún lado y eso me desanimaba. Tanto que el libro lo pude terminar después de varios intentos.

Tal vez lo que escribo suene a herejía. Pero en ese tiempo prefería al Bolaño de la narrativa breve, precisa y rítmica de Estrella distante, La literatura nazi en América o Amuleto.

Ahora bien, en relación a 2666 manejaba más información de la novela, que cuando leí sus otros trabajos. Sabía que la novela estaba dividida en cinco partes, textos independientes. Sabía que se centraba en los asesinatos de mujeres que estremecieron a México, y que se dieron en Ciudad de Juárez en los años 90.

Entendía que eso era lo medular.

 

Una letanía infernal

Al leer la primera parte, «La parte de los críticos» notaba que se acercaba poco al tema de los crímenes. Cuando los protagonistas inician la búsqueda del mítico escritor, esta vez Benno Von Archimboldi, no llegaban nunca a Santa Teresa (un símil de Ciudad Juárez), el epicentro de los crímenes en la narración. Casi por azar, arriban a la ciudad pero de las muertes, muy poco.

En la segunda parte, «La parte de Amalfitano», la narración se centra en Oscar Amalfitano, un profesor chileno, ñuñoíno, que vive en Santa Teresa y hace clases en la universidad de la ciudad. Por lo que la narración se acercaba más a lo que imaginaba era el centro del relato.

La tercera parte, «La parte de Fate», sección dedicada a un periodista afronorteamericano, Quincy Williams, apodado Fate, que llega a Santa Teresa a cubrir un match de boxeo y que termina mezclándose con unos personajes extraños, donde emerge un mundo escondido de Santa Teresa, un mundo salvaje, vinculado a fiestas y drogas, con escenas muy lyncheanas, el relato se acercaba más a mis expectativas.

Y hasta ahí un tercio de la historia de un texto que insinúa bastante, pero aún no concretaba mucho. Hasta que inicié «La parte de los crímenes», la cuarta sección del libro, la más voluminosa, y la más interesante.

Sinceramente, uno no está preparado para esta sección del argumento. Uno presentía cosas, manejaba de antemano información, pero la manera en que narra Bolaño es simplemente magistral. Y horrorosa. Esta pieza de la novela se inicia con la aparición de una mujer muerta el año 1993. Y exhibe las características de las víctimas que irán brotando de todos los rincones de la ciudad: mujeres violentadas sexual y físicamente.

El relato parece hacer un paréntesis, como una suspensión o un hundimiento, de todo lo que se venía desarrollando. Todo desembocaba de alguna manera en Santa Teresa. Donde la narración, finalmente, irrumpe (o se sumerge) con una precisión arrolladora en las muertes.

En tanto asoman los cuerpos de mujeres, una tras otra, el relato se transforma en una especie de letanía, una letanía infernal, para un narrador que uno imagina flotando en la ciudad o en el desierto colindante, dando cuenta de los vejámenes de los cuerpos hallados.

 

El mal casi palpable

Al principio, impactan los detalles. La aparición y la descripción de los cadáveres, van abrumando, van abominando, vamos acumulando indignación y, al rato después, nos vamos acostumbrado al horror.

Al igual que ocurre en Santa Teresa, hay algo de normalización transformando lo ominoso en un hecho rutinario (algo muy similar a lo que ocurrió en el Chile de la dictadura). Un hecho que deja al descubierto como el asesinato es parte del paisaje social de la ciudad fronteriza. Y por extensión, de la sociedad mexicana. Y por extensión, de las sociedades en general.

Y he aquí que va apareciendo el verdadero horror. De la impunidad de los crímenes, el relato empieza a esbozar la apatía de la sociedad. Nadie parece conmoverse, nadie parece indignarse. Y pasan los años, las muertes de mujeres continúan, la impasividad social continúa en medio de este infierno de femicidios.

El esfuerzo minúsculo de los policías y de los políticos se mezcla con el rol de la mujer en esta sociedad: la utilización de ellas para las labores de explotación laboral en las maquiladoras, el abuso de los narcos, el reino sin contrapeso de los coyotes en el paso de los miles de inmigrantes hacia EE. UU., en esos inmensos espacios del desierto de Sonora, sin importar si llegan o no a destino. El poco valor de la vida en general y de las mujeres en particular.

La misma posición de la mujer maltratada por una cultura machista, se une a estos asesinos desconocidos. Así esposos, amantes, novios, hermanos, matan a sus mujeres y las tiran en las calles, en los basurales, en el desierto. Porque todo se conjuga en Santa Teresa. Esa cultura machista donde las mujeres se acostumbran a los acosos, a los manoseos y finalmente, a los abusos sexuales. Huellas que quedan en los cadáveres de las asesinadas.

Y por otro lado, está la búsqueda de culpables. La rutina de la investigación pasará por policías corruptos, policías brillantes, policías impasibles, periodistas, agentes judiciales, comisarios norteamericanos. Todos con más o menos energía tratarán de resolver estos femicidios, con el mismo resultado: nada. O algo. Un culpable. Luego, tres culpables. Y la aparición de mujeres asesinadas continúa.

Y el tiempo, implacablemente, se va extendiendo durante años, hasta llegar a 1998. Y en ese lapso el lector se perderá con el número de víctimas. Y con las historias que hay detrás: chicas que se pierden desde su casa, yendo a trabajar, a estudiar, a juntarse con amigos, a una plaza, volviendo de un concierto, en una fiesta en un rancho o tratando de cruzar la frontera.

Esto podría continuar año tras año y los hechos seguirían acaeciendo de manera similar: personas encarceladas acusadas de los crímenes, personas que acusan a otras, con nombre y apellido, expertos que vienen a apoyar a los policías, una masa social casi invisible, que se moviliza para que esto se detenga, políticos que buscan alguna elección y se cuelgan de estos sucesos.

Una pausa y otro cuerpo que aparece. Y nuevamente se abre el enigma de la autoría de los asesinatos. Y tranquilamente podría estar el relato con el doble de páginas y seguiría este descenso infernal en el que no se vislumbra un fin.

En algún momento del relato, alguien dice que Santa Teresa se parece a Comala, todos están muertos o medios muertos y no lo saben. ¿Acaso Roberto Bolaño escribió su propia versión de Pedro Páramo?

Realmente no se está preparado para esta inmersión en el mal, el mal casi palpable, casi a la vuelta de la esquina y que no tiene un rostro único. Un mal que está en el centro de la sociedad, en el corazón de nuestro modo de vida, como el mover una mesa o una silla.

De ahí que uno entienda la referencia al número 666, que hace alusión a la bestia bíblica, al mal encarnado en el demonio, este demonio suelto justo antes del 2000 en Santa Teresa.

Un demonio 2.0.

 

El vértigo de Sabato

Hacia el final, Bolaño retoma la narración de uno de sus personajes. Vuelve al modo de narrar de las partes previas a esa increíble irrupción que fueron los femicidios de Santa Teresa.

El último segmento, «La parte de Archimboldi» se aboca a la vida de Benno Von Archimboldi y cierra un círculo, un círculo bastardo de los círculos infernales de Dante. Con el fragmento final, la narración se traslada a Europa, donde repasa la historia del viejo continente durante el siglo XX. Una historia salpicada por las guerras mundiales. Otro forma del mal.

Hay algo de exceso en todo esto, algo que complota en sentir la novela como un todo cerrado. Algo de historias innecesarias, algo de digresiones innecesarias. Algo de líneas narrativas forzadas que perfectamente pudieron no estar. No obstante, el saldo es más que positivo.

La novela 2666 está a la altura de otro gran relato: Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato. En esta novela, Sábato incluye una nouvelle que está dentro de los mejores relatos intercalados: «El informe sobre ciegos».

Ese vértigo narrativo del texto de Sábato se puede percibir cuando llegamos a «La parte de los crímenes» de 2666, una narración que por sí sola brilla como lo mejor de la novela, un fragmento que por momentos aterra y que, sin embargo, hechiza, pese a su crudeza, envolviendo al lector con una narrativa inteligente y desembozada de cualquier estilo.

 

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Cristian Uribe Moreno (Santiago, 1971) estudió en el Instituto Nacional «General José Miguel Carrera», y es licenciado en literatura hispánica y magíster en estudios latinoamericanos de la Universidad de Chile. También es profesor en educación media de lenguaje y comunicación, titulado en la Universidad Andrés Bello.

Aficionado a la literatura y el cine, y poeta ocasional, publicó en 2017 el libro Versos y yerros.

 

«2666», de Roberto Bolaño (Editorial Anagrama, 2004)

 

 

 

Cristián Uribe Moreno

 

 

Imagen destacada: Roberto Bolaño.