“A ti siempre te gustaron las niñas”, de Francisco García Mendoza: La masculinidad es un regalo de Dios, dicen en el colegio

En esta, su segunda novela publicada, el joven escritor nacional logra capturar una mezcla de subjetividades, pulsiones juveniles y deseos propios de la ambigüedad y la adolescencia, dando carácter muy definido a las voces que se manifiestan en el libro. Con diálogos inteligentes y frescos el autor construye sus personajes, cuatro jóvenes, a punto de salir de cuarto medio de un colegio de clase media en una ciudad donde abundan los prejuicios respecto de la sexualidad.

Por Eugenia Prado Bassi

Publicado el 11.9.2018

“Los dientes de Carla chocan con los míos. Somos dos niños torpes descubriendo cómo besar… Los labios de Carla son más suaves que los de Rodrigo … ásperos y pegajosos; los de ella son como apretar esos envases de manjar de a dos por cien” (132).

En esta, su segunda novela, Francisco García Mendoza logra capturar una mezcla de subjetividades, pulsiones juveniles y deseos propios de la ambigüedad y la adolescencia, dando carácter muy definido a las voces que se manifiestan en el libro. Con diálogos inteligentes y frescos el autor construye sus personajes, cuatro jóvenes, a punto de salir de cuarto medio de un colegio de clase media en una ciudad donde abundan los prejuicios respecto de la sexualidad.

La masculinidad es un regalo de Dios dicen en el colegio en medio de los rezos, en medio de la competencia masculina juvenil y de las clases de química; en medio de los cuadernos de matemáticas o huyendo de la mirada insidiosa del profesor de religión. Un hombre gordo y desagradable al que los muchachos llaman porcino: “El Marrano jamás sospecharía de alguien que juega a la pelota, como si el sudor y el polvo impregnado al cuerpo fuesen repelentes de tanta mariconería. Sin embargo, esa nariz porcina está poco entrenada (…) El Obeso se rasca, huele feo, tiene ese sudor impregnado al cuerpo que pasa a formar otra capa de grasa de su piel marrana” (40-1).

Se suman a la novela trozos de dramaturgia, poesía, citas bíblicas, fórmulas químicas, indagaciones sobre política, conciencia de clase, desigualdad o explotación, lo que altera y trasgrede el relato convencional del texto narrativo como apuesta.

El amor adolescente y los celos. La rabia, el horror de la desnudez frente a cuarenta y dos chicos en los baños. El más guapo que no pasa desapercibido en las duchas del colegio. Las clases electivas de inglés. El Marrano de religión que husmea buscando los rastros de semen adolescente, tensiona las vidas de estos jóvenes que transitan por una etapa crucial en la formación y el desarrollo de los sujetos, y digo sujetos para evadir el género, digo sujetos para hablar de lo que se construye acá y que lo atraviesa son algunos de los pasajes con que la novela nos atrapa: “A los cuatro nos tienen ya identificados” (110).

Cómo olvidar el primer amor, el primer terror, la primera gran pérdida: “A todos los que nos miraron con desprecio, a todos los que escupieron nuestras huellas cuando pasábamos y algo se nos escapaba. Un hueona, un loca, un niña, un quiebre de muñeca, un quejido frágil, un gesto amujerado. A los profes de Religión sobre todo, “Cerdo culiao” o “Chancho despreciable”, nos ves partir ahora sin mácula, como tu Virgen, sin llegar a ningún punto cierto con tus averiguaciones, con tu nariz porcina olisqueando en nuestras vidas” (77).

Quién es el más grande. Quién el más hombre: “Nosotros que nunca fuimos los bacanes” (38). Del colegio al mundo, la calle, la universidad o el trabajo. Con el miedo a cuestas. Es el fin: “Tú sabes que eres el primero … Lo sé, porque tú también lo eres. ¿Entonces? ¿De qué me sirve ese cariño si no puedo estar contigo?” (97). De un momento a otro estamos crecidos y es tiempo de salir: “…cada uno seguirá su propio camino, ya no serán las mismas caras cinco días a la semana durante ocho horas diarias.” (33). Como sea, la vida será más compleja y de ahora en adelante, nada será como en los viejos tiempos.

No queda otra que crecer como salida, competir o definirse.

La novela transcurre en el espacio público del colegio, en la vida cotidiana, en las clases electivas de Religión, en los baños, en la complicidad de las duchas. El amor, los celos, el pudor. Quién no se sentiría incómodo si tuviera que desnudarse frente a cuarenta y dos compañeros de curso, sobre todo si uno de ellos puede ser su novio, piensa Rodrigo, mientras Andrés, no tiene problema para ducharse después de la clase de Educación Física.

Diálogos inteligentes y muy bien caracterizados estructuran este texto dando vida a los impulsos, deseos y también los miedos de estos chicos que se saben distintos al resto: “el modo de hablar es el que siempre delata” (37).

Este tránsito de la vida adolescente hacía el fin de la etapa del colegio se cruza también por un paseo a la playa en que los cuatro jóvenes amigos y Carla, la única mujer grupo, se emborrachan, juegan, bailan y se ríen. Ahora, el goce y la intimidad se construye en el espacio de lo privado: “Yo nunca-nunca… he tenido sexo con alguien de esta mesa” (123). Lo público y lo privado marcan una frontera.

A través de la diversidad de sus personajes y desde tres lugares específicos, la novela sitúa identidades sexuales que ponen en discusión el tema del género construido socialmente como sistema binario masculino/femenino, pasivo/activo, etc., rebelándose contra los modelos impuestos por la sociedad patriarcal y sus binarismos que obligan a roles estáticos, fijos, hombre, mujer, “homosexual genérico” negando espacio a otras sexualidades. El texto explora la confirmación del cuerpo en sus producciones eróticas, lingüísticas y de registro: “Ya estamos grandes para estas cosas y el deseo se reprime, se disimula un poco y se finge desinterés. Al final terminamos por creernos el simulacro y ya ni lo notamos” (149).

Como primer lugar, Nicolás, el más inteligente de los cuatro, el de las mejores notas. A merced de sus deseos y pulsiones, Nicolás es precoz, el más despierto. Tuvo su primer sexo a los trece con un hombre diez años mayor. Concreta citas con desconocidos para explorar una sexualidad más desatada, busca el riesgo y se deja llevar por la adrenalina. Nicolás también escribe cartas anónimas: “¡Ay de mi si me descubren, cariño! Por eso las letras que escribo no son mías… Me desdoblo para inventar un personaje que las redacta por mí. Las mismas palabras no saldrían de mi boca. Soy un remitente que firma en blanco” (14). A pesar del terror de la madre que se entera de su homosexualidad cuando el profesor de religión le va con el cuento: “A tu papá no hay que contarle … no te va a querer pagar la universidad … ¿Por qué me haces sufrir así … me pagas así, Nicolás? ¿A tu propia madre? iremos al médico para que te revise. ¿A la psicóloga? No, al médico, al ginecólogo, pero de hombres … ¿Por qué no puedes ser normal? …”(67).

El segundo lugar está definido por la relación entre Andrés y Rodrigo que pierden la virginidad juntos. La ternura y la pasión adolescente sufren un quiebre por la presencia de los celos como control del otro, y de esta manera aparece el modelo de pareja convencional: “—¿Te puedo dar un beso? —Andrés, eso no se pregunta. Se hace o no se hace” (43).

Un tercer lugar es la relación de Cristian y Carla, que sitúa un espacio de tránsito hacia una posterior definición homosexual. Cristian se interesa por Carla, pero piensa en el skater de séptimo básico y su voz marica que lo delata. Un narrador involucrado, (algo difuso) a punto de salir del colegio o del clóset nos comparte su resistencia contra la presión de los demás por decidir/definirse como sujeto, bisexual, homosexual, homocurioso o dejarse moldear por los deseos sin tanto prejuicio: “A Cristian le queda solo un cigarro en su cajetilla. Bastaría un clic para que se transformara en uno mentolado. Un cigarro con dos identidades, piensa. Lo presionas y cambia. Lo único malo de esta transformación es que no hay espacio para el arrepentimiento” (90).

Cristian lleva una bitácora a la que llama “Mi manifiesto”, no sabe de dónde sacó la idea, pero en él incluye frases que se acumulan con los años y los sueños. No se siente atractivo y refuerza su soledad usando audífonos en el metro para evitar el murmullo de los demás. La música lo aísla del resto, y eso fortalece el mito que construye de si: “y en un impulso de no sé qué me compré un esmalte de uñas color celeste piscina” (143) o cuando menciona: “No faltan los zorrones que hablan de las minas que se van a tirar el fin de semana. Prefiero los audífonos” (33).

La presencia de estos tres lugares, en tanto deseos, eróticas e identidades claramente definidas, confirma la discusión en torno a la disolución del género. ¿No será que sufrimos tratando de encajar desde nuestros cuerpos imposibles? Somos siempre varios, muchos, por eso no encajamos. Transitamos por pulsiones, pasiones, escrituras, políticas, eróticas que desordenan nuestros cuerpos y es desde ahí se constata la necesidad de la disolución definitiva de los géneros y el fin a la manía de la clasificación hegemónica.

 

Eugenia Prado Bassi es una artista, investigadora y escritora chilena de renombre internacional, que fundó junto a Dauno Tótoro Taulis la prestigiosa editorial Ceibo, y también es la editora adjunta del Diario Cine y Literatura. Pueden visitar su página web, aquí.

 

La novela publicada por la editorial Librosdementira (2017)

 

 

 

Crédito de la imagen destacada: Una obra plástica del artista chileno José Pedro Godoy.