Cine trascendental: «Las horas», de Stephen Daldry: La muerte como liberación

La película estrenada en el 2002 -y basada en la novela de Michael Cunningham- es un drama en torno a la escritora inglesa Virginia Woolf, su desesperación y su suicidio, pero también trata de la vida de dos mujeres relacionadas con uno de sus libros («La señora Dalloway»), en un contexto biográfico donde ellas vivencian sentimientos similares y comparten su ambivalencia sexual.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 15.12.2019

«La Muerte no es nada; pero tememos / ser lo que no sabemos, donde no sabemos».
John Dryden

 

Preliminar

Para aquellos lectores que no hayan visto esta película y quieran hacerlo: quizás sea mejor leer este artículo tras su visionado dado que en él se explican detalles esenciales de su argumento (incluido el final).

El filme tiene un reparto de lujo, son cuatro grandes actores de los que “llenan la pantalla”. Nicole Kidman fue la que recibió más premios y alabanzas, y sin duda está extraordinaria encarnando a Virginia Woolf. Pero los otros también, tanto Meryl Streep como especialmente Julianne Moore y Ed Harris “lo bordan”.

 

Conectados

La obra nos muestra tres escenarios pertenecientes a distintos tiempos que están íntimamente conectados. La Inglaterra de los veinte del siglo pasado en la que Virginia Woolf escribe su novela, una urbanización de Los Ángeles treinta años después donde Laura (Julianne Moore) la lee y la ciudad de Nueva York con otra mujer –Clarissa interpretada por la Streep- a la que llaman Mrs Dalloway porque su vida se asemeja a la de la protagonista de la novela. Así la denomina su amigo y ex amante Richard (Ed Harris) quien es hijo de la lectora Laura.

Esa conexión se hace patente ya al inicio del filme en el que se nos muestra a las tres en la cama y el sonar al unísono de sus despertadores con sus primeros compases del día, de entre ellos la coincidencia-nexo de unas flores. Virginia pensando antes de escribir: “Mrs Dalloway dijo que compraría las flores ella misma”, Laura leyendo en voz alta la frase en el libro y Clarissa de repente diciéndole a su pareja: «Sally, creo que compraré las flores yo misma”, flores que serán para Richard. Tres mujeres y un hombre unidos por una novela, por la desesperación que impulsa al suicidio y por su condición sexual.

 

No encajar

Desde los tiempos de Virginia y Laura a los de Clarissa afortunadamente se produjo un avance en la visión social de la sexualidad en sus ricas facetas más allá de la heterosexualidad. La atracción de la escritora por su hermana o la de la madre de Richard por Kitty -su vecina y amiga- en nuestro siglo van siendo aceptadas. Entiendo significativo que en la obra el beso de Virginia y el de Laura sólo sean vistos por los niños, los niños o la inocencia que no juzga (sólo lo hace por influencia adulta y en ese hacer pierde inevitablemente su condición originaria).

Queda a la vista que la represión sexual estaba en ambas protagonistas de tiempos y lugares distantes, dos mujeres que no encajaban. Para Laura resultaba insoportable seguir interpretando el papel de buena esposa del “sueño americano” de la época, la mujer en su casa “ideal” –mientras el hombre trabaja fuera- como tantas otras en su urbanización de uniformización de “bienestar”. Así, la vemos como zombi viviente el día del cumpleaños de su esposo, embarazada y con su hijo Richard observando su cansado fingir. Y está dispuesta a suicidarse tras saber que su amiga deseada tiene cáncer. En una de las mejores escenas de la película vemos como Kitty se lo explica rompiendo a llorar y el suave beso –de la represión- en los labios rojos pasión que le da Laura tras lo que resurgen los posados aprendidos de fingida felicidad y aparente optimismo en ambas, posados que esconden su miedo, su dolor, su pena, su frustración…  Sentimientos profundos reprimidos que empujan a Laura al suicido, Daldry nos la muestra en la cama con sus pastillas en su intento frustrado despertando angustiada inundada por aguas fluviales, las simbólicas aguas del sentir que la conectan con Virginia quien -ella sí- se acaba suicidando en un río.

 

Julianne Moore en «Las horas» (2002)

 

Suicidios

Virginia sufre trastorno bipolar, está en tratamiento y pese a que tiene en Leonard un esposo que la cuida con mimo, ella se siente presa en su retiro en el campo. En su enfermedad, en su angustia vital a Virginia le atrae la muerte. La vemos observando un pájaro muerto y hablando con su sobrina sobre qué ocurre tras la muerte, su creencia de que al morir volvemos al lugar de donde vinimos y que no recordamos. Virginia –ya sola- se recuesta en la tierra donde yace identificándose con él, con su “plácida” muerte (tal y como describe la niña).

La idea de la muerte es central en su novela, escribe: “¿Importaba que inevitablemente debiera terminar por completo? Todo esto debía seguir sin ella. ¿Le molestaba o no le resultaba un consuelo creer que la muerte terminaba todo?”. Leonard muy consciente de todo le pregunta por qué alguien tiene que morir en la novela, Virginia responde: “alguien debe morir para que los demás aprecien el tesoro de la vida, es el contraste”. Contundente afirmación para justificar a la muerte, a mi entender es triste necesitar que alguien muera para apreciar la vida.

Para comprender mejor a Virginia, Daldry nos ofrece una excelente escena en la que está esperando el tren para regresar a la capital, llega Leonard intentando evitar que se vaya. Hablan de cómo se sienten y él desesperado le dice que vive con la amenaza del suicidio, que están allí para que se cure, que todo lo ha hecho por amor. Virginia se revela gritando que se está muriendo allí y que lucha sola en la oscuridad profunda, que tan sólo ella puede comprender su estado: “me dices que vives con la amenaza de mi extinción, yo también. Es mi derecho. Es el derecho de todo ser humano”. Y asegura que desearía ser feliz allí por el bien de él.

Pero no lo logra, acaba con su desesperación cargada de piedras adentrándose en el río. Sus últimas palabras escritas son para Leonard, le habla de su sentir enloquecer, de su dificultad para concentrarse para escribir que es su vivir, de su no confianza en la recuperación y de su continuo pensar en él: «toda la felicidad de mi vida te la debo a ti, sé que estoy arruinándote la vida”.

Es muy duro estar en el pozo y no poder afrontar el día a día, difícil de entender si no se ha vivido; comúnmente se habla del sentirse deprimido y se suele creer que es lo mismo, pero es mucho más que eso… Virginia se encuentra sin fuerzas ni ganas ya de salir a la luz exterior donde Leonard siempre la espera. Como la esperan también su hermana a la que besa apasionada, su sobrina con quien conecta fácilmente… Pero eso que es mucho –no todas las personas desesperadas son tan afortunadas- no puede con el hundirse cada vez más en esa negrura del alma en la cual está atrapada. Así en un acto valeroso que entiendo de amor decide acabar con su no-vida que la consume. Amor hacia Leonard quien tanto la ama pero a quien tanto ata y arrastra en su caída libre. Y no será fácil para él seguir sin ella…

Como tampoco será fácil para Clarissa asumir el suicidio de Richard. Menos aún porque lo va a presenciar y va a permitirlo respetando su voluntad. El hijo de Laura está enfermo terminal de SIDA –en esa época los tratamientos eran menos eficaces- y vive solo en un apartamento tan desgastado como él mismo. Clarissa lo visita a diario y le ayuda, va a montar una cena de amigos en su honor pero él le confiesa que no soporta tener que parecer valiente delante de todos y que vive sólo por ella, algo muy parecido a lo que sentía Virginia con Leonard.

Richard considera muerta a su madre, el niño abandonado y dolido anida en él. El niño que Laura dejaba en casa de una vecina, el niño desesperado que con rabia rompía la casa de juguete símbolo del hogar ideal paterno que su madre detestaba. La casa también presente en su mesilla de noche, o el anhelo de que ese ideal se convirtiera algún día en una realidad, que el hogar familiar fuera compartido y aceptado por su madre. El niño Richard muy sensible, muy despierto que vivenciaba ese “no estar” de la madre, que buscaba -como todo niño- ser visto y que en las pocas veces que lo conseguía sonreía satisfecho.

Así no es de extrañar que el día de su muerte, Richard coloque en lugar preferente la foto de la madre en traje nupcial mientras llorando se recuerda siendo ese niño abandonado. Es el día de la cena que Clarissa ha preparado en su honor, ella llega antes y se da cuenta de lo que trama recordándole que aún tiene días buenos… Pero Richard afirma que no es verdad y le pide que le deje irse: “Creo que no podré ir a la fiesta, has sido tan buena conmigo Mrs Dalloway. Te quiero”, la mira y se tira al vacío. Vacío, eso es lo que inevitablemente le deja.

 

Ed Harris y Meryl Streep en «Las horas» (2002)

 

Vacíos y liberaciones

Ese vacío que siempre siente quien pierde a alguien amado. El que sin duda sintió Leonard por Virginia y el que siente Clarissa por Richard. Si bien es cierto que para ambos la pérdida tiene algo o mucho de liberación, no deja de ser el vacío de la ausencia de la persona querida.

En la obra nada se explica sobre el después de Leonard, pero sí en el caso de Clarissa. La vemos destrozada recogiendo todo lo de la fiesta que ya no se va a celebrar, lo hace acompañada de su pareja Sally y de su hija Julia. Y llega Laura, hablan las dos de Richard. Clarissa le confiesa que tuvo a Julia porque deseaba ser madre, Laura le comenta que es afortunada tal y como le dijera tiempo atrás Kitty a ella consciente de que no podía ser madre por su enfermedad. Ese recuerdo le rememora cuando tuvo la intención de suicidarse y acabó decidiendo tener el bebé abandonando a sus hijos. Laura se dice y le dice a Clarissa: “sería maravilloso decir que me arrepiento, sería fácil. ¿Pero qué significa arrepentirse cuando no tienes alternativa? Es lo que puedes tolerar, era la muerte y decidí vivir. Nadie podrá perdonarme”. Y ese no perdón que Laura ve en los demás, ¿no estará en primer lugar en ella misma sin ser reconocido?

Clarissa ante la dureza de todo besa apasionadamente a Sally, lo que entiendo como el agradecer tener una persona amada en vida a tu lado; y también simultáneamente se nos muestra el abrazo espontáneo de Julia a Laura quizás como forma de darse cuenta del dolor de una mujer que ha sobrevivido a un hijo, una mujer que se liberó pero que en su liberación le legó un vacío traumático.

A mi entender así como las liberaciones de Virginia y Richard fueron en buena parte por amor a quienes estaban siempre a su lado, la liberación de Laura se produjo “arrancándose” el amor que sin duda sentía por sus hijos. Muy distinto es ese liberarse liberando que el liberarse cargando. Un liberarse dudoso el de Laura, ¿se puede una o uno liberar de un hijo?

Y el final de la carta de Virginia a Leonard, con el que concluye la película mientras Clarissa se pasea satisfecha por su hogar apagando luces antes de ir a dormir: “Hay que mirar la vida siempre de frente y conocerla por lo que es. Al final hay que conocerla, amarla por lo que es y luego ponerla en su sitio. Siempre los años entre nosotros, el amor siempre. Las horas”. Clarissa -entiendo como imagen de mujer valerosa conectada a una saga de mujeres (Laura, Virginia y tantas a lo largo de los tiempos)- que no lo han tenido fácil para encajar, para liberarse, para vivir, para amar.

 

Jordi Mat Amorós i Navarro es pedagogo terapeuta por la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

Meryl Streep y Allison Janney en «Las horas»

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Un fotograma de Las horas (2002), del realizador inglés Stephen Daldry.