[Columna] Estar en guerra

Cualquier civil puede ser el blanco de la mirada militarizada, esa concepción de sospechoso y de víctima que recae sobre cualquier sujeto humano en el estado emocional que le da el sentido de totalidad a una situación de conflagración y de enfrentamiento bélico.

Por Ana Arzoumanian

Publicado el 24.3.2022

Luego de las grandes guerras (la Primera y la Segunda Guerra Mundial) la puesta en marcha de la aniquilación siguió su curso. La totalidad llegó a tal punto que la técnica bélica no sólo se ejerce contra el combatiente sino también contra aquel que no lo es: un ciudadano.

(Si todavía podemos seguir hablando del concepto de ciudadano en estos tiempos de caída del modelo democrático. Si no estamos más bien frente a habitantes y víctimas).

Cualquier civil puede ser el blanco de la mirada militarizada. Esta concepción de sospechoso y víctima que recae sobre cualquier sujeto le da el sentido de totalidad a la situación de guerra.

¿Cómo se vive en el desquicio de una guerra? ¿Cómo se desvive una mujer, un hombre? ¿Cómo se liquida toda genealogía?

La guerra entre Rusia y Ucrania no hace más que reavivar el dolor por una guerra ocurrida en el año 2020 entre Armenia y Azerbaiyán.

Toda guerra, aún cuando los medios hagan su tarea comercializada de imponer informes sobre el conflicto, toda guerra ocurre en eso que calla. Eso que no tiene nombre. Ese delirio de los cuerpos sin boca. Eso que nadie escucha porque no es un grito. Eso que aturde la mirada. Si toda guerra es para el ojo, cierro los párpados y presto mi voz al desconcierto:

 

una pasión

El sacerdote llevaba puesto una estola. Me acerqué a él, pero no hice confidencias.
Los sueños de mi padre me han hecho callar.
Llevo el cabello largo. El cabello tapa mis orejas. Sinuosas orejas con las que aleteo.
Llevo el cabello largo, suelto por las noches. Por las noches suelto, sobre la cabeza que, por las noches, se separa de mi cuerpo.
Mi cabello castaño, suelto sobre la cabeza que al amanecer vuelve al cuello.
¿Tenés ceniza en el bolsillo?
Mi padre soñaba que si echaban cenizas en la tráquea, la cabeza que por las noches se separa no podía volver al cuerpo.
El sacerdote llevaba puesto la estola. Y yo me acerqué a él. Me acerqué, pero no hice confidencia alguna.
Él ponía la mano en el bolsillo. Buscaba.
Yo acompañaba la procesión de los animales, me repetía: es preciso. Es preciso que me ocupe de las cosas de mi padre
Cuando uno ya no espera nada más de la tierra, uno está menos dispuesto a rechazar la garantía anunciada en nombre del cielo.
No hay nadie en el mundo, ni rey, ni duque, ni hija del rey de Escocia que pueda rescatar estos huesos.
No hay remedio para esta cabeza que aletea.
Y aletea sin mí.
Iremos más allá.
El vestido rojo está amenazado.
Quinientos kilómetros viajando por un país en guerra.
El fiel vestido rojo.
Pasame el lazo, la soga, el nudo del propio velo.
Atame el cabello, desnudame la oreja. Buscá en tu bolsillo.
Verté ese polvo en mi garganta.
Mi padre ordenaba. No decía que, si yo no cumplía, él mismo ahogaría a la hija.
El que hablaba, no era un hombre sentimental.
La petición, la demanda.
El sacerdote se ajusta la toga, mírame hija, me dice: pide.
Cómo hablaría si cada vez que abro la boca se me llena de agua. El agua, el grifo y el trapo que se empapaba rápidamente. El agua fluía por todas partes, hacia la boca, la nariz, por toda mi cara. Los músculos de mi cuerpo se esforzaban por salvarme de la asfixia.
La petición, hija, el ruego, dice el sacerdote.
Y cómo pediría si soy menos que carne, la lengua tragada por el agua.
Adoptaré la forma de arenas sacudidas por el viento para hablar con vos.
El sacerdote se arropa en su áspera capa para mirar los prados encharcados de mi boca.
Y yo en ayunas. Y las órdenes de mi padre.
No que rece. Que me aliste en el ejército.
Tomó las tijeras e hizo viento con las tiras del vestido rojo.
Que me aliste y me vista de varón.
Pero el que hablaba no era un hombre sentimental.
Puse las armas debajo de las enaguas y me dejé el vestido, las sedas, el encaje.
Pide la corona con la boca, hija.
Aquí, separados del mundo, en esta frontera seca, mi boca. He dispuesto los manteles, aquí.
Los manteles se llenan de la arena que sacude el viento.
Mi padre comenzó a tener sueños. No de mis manos en oración, de los dedos en el gatillo.
Levantá mi vestido, eso te pido.
Arrasá hasta el último testigo.
Levantá el vestido. Tomá el arma.
¿Cómo harás lo que te pido sin abandonarme?
No has engendrado algo dentro de mí que yo haya podido retener.
Ellos, como las armas, viven en el ejército de hijos. Y yo no soy como mi padre, no encuentro el agua, el grifo.
¿Cómo saber si harás lo que te pido?
Aquí constituiremos una vigilancia. Apartados en estas celdas, en este lugar de vida en común, de sepultados juntos, no nos dejaremos ver.
Pero tendrás que ir más allá.
Eso te pido.
Que levantes el vestido rojo.
Que tomes y apuntes al testigo.
¿A quiénes si no?
A nuestros hijos.
Hubo un tiempo que los niños tenían ama de leche. Ahora solo tienen ama seca.
Las aguas saladas y las dulces.
No dejaré a los niños con las secas.
Levantá mi vestido.
En las excavaciones de unas minas.
En el extremo de las cuerdas.
La hoja que se deja sin cortar.
Las piedras que se arriman a los lados de un mojón.
En el proceso en el que se declara en contra del procesado.
Contra los que declaran
los que certifican
los que citan
los que juran
los que dan fe.
Aniquilá a los testigos.
Entregado. Descalzo. Tomando mi hábito. Con el traje de luto que usaban las mujeres. Así.
Solo
en
mí.

 

***

Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.

De formación abogada, ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos; los relatos de La granada, Mía, Juana I; y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.

Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar. Fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.

Rodó en Armenia y en Argentina el documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la República trasandina, un largometraje en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en la dictadura militar vivida al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).

Es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, lanzó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.

El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.

 

Ana Arzoumanian

 

 

Crédito de la imagen destacada: EFE.