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[Columna] Los 100 años del «Ulises» de Joyce: Un debate abierto e imposible

En 1932 el famoso psiquiatra Carl Gustav Jung definió a la obra que en febrero de 2022 celebró el primer centenario de su lanzamiento como «perturbadora», y dueña asimismo de un «nihilismo infernal». Desde entonces, parece que la novela del autor irlandés es la predilecta de los humanistas y cientistas sociales que auscultan en las zonas oscuras, en los demonios interiores y en los deseos reprimidos de los seres humanos.

Por Omar Pérez Santiago

Publicado el 2.3.2022

Te diré solo cuatro cosas sobre el Ulises de James Joyce (1882 – 1941), a 100 años de su publicación.

Uno.

Debes saber que es una novela tediosa. («Gloriosa derrota» —Virginia Woolf. «Indescifrablemente caótica» —Borges). Ciertos profes semimuertos te dirán que el Ulises de Joyce es —aún hoy— una obra imprescindible. No. No creas en rancias leyendas urbanas. Avíspate de los juegos de apariencias.

Ayudó a precisar el monólogo interior. Sí.

Fue vanguardia en desarmar la sintaxis y el narrador. Sí.

Pero largos pasajes son murmullos que aburren más que los testigos de Jehová que pasan por tu casa. No es una virtud literaria ser aburrido. Tampoco creo que sus acertijos lingüísticos o cómicos te ayuden a escribir mejor, si desearas escribir.

Lo valioso —en toda narrativa— son ciertas anécdotas irónicas, ciertos fragmentos crueles, ciertos chistes verdes, ciertos pasajes chuscos que conmueven porque parecen verdaderos. Por ejemplo: el episodio de la letrina donde caga Bloom, el fragmento donde habla un gato. Las hilarantes peleas de bar (tan shakesperianas). O cuando un tonto gana en los caballos por un error lingüístico.

Los showrunner, los actuales guionistas y productores de las series de televisión, lo saben: nos atraen las agudezas escogidas. «El arte del episodio». Eso nos cautiva. Es la paradoja de la narrativa: un escueto suceso puede aplacar nuestro caos interior.

Dos.

No busques paralelismos con la obra de Homero. No hay o es muy forzada. Ciertos profes se compraron toda la chimuchina del autor.

Tres.

No busques un definido personaje. Leopold Bloom, que recién asoma en el capítulo cuarto, está casado con Molly. Hace 10 años que no tienen chaca-chaca sexual. Pero Molly lo engañará ese día con un mujeriego. Eso Leopold lo huele, lo presume y todo el día se pasa rollos eróticos o libidinales. Parece que a Bloom no le importa mucho que Molly coja con el mujeriego. Quizá su pasividad o sumisión dio inicio al costumbrismo de la modernidad.

Pocos se atreven a sugerir que, quién sabe, Bloom es bisexual silenciado o heteroflexible. Hay antecedentes en el libro. Leopold Bloom de 38 años está muy interesado en el joven Stephen Dedalus, de 20 años. En el surreal capítulo quince, sobre alucinaciones eróticas en un burdel en Nighttown, el antro del pecado del barrio rojo de Dublin, Bloom es sodomizado por una dominatrix.

(En 1932 Carl Gustav Jung escribió sobre el Ulises: «perturbador», «nihilismo infernal». Desde entonces, parece que la novela es la predilecta de psicoanalistas, donde auscultan zonas oscuras, demonios interiores y deseos inconscientes.)

Cuatro.

Lee el capítulo 18 y final, el Monólogo de Molly Bloom. Es la voz telúrica de una mujer. Una carga eléctrica, el run-run femenino en lenguaje material gozoso. Como una caja negra que se abre solo cuando el avión se estrella, aparecen sus pensamientos reales. Anarquista y desenfadado, es un formidable monólogo interior, aun como texto escrito sin signos de puntuación.

(Penélope del Ulises de Homero soportó 20 años el acoso de 129 fogosos pretendientes. Al parecer, la castidad era un valor de las griegas).

Molly no es la fiel Penélope, la casta. Molly pasó una tarde rumbosa con el mujeriego. Chaca-chaca. Molly tiene variados pensamientos sexualmente explícitos (como todos los tenemos). Con el obispo y su olor a incienso, con el tamaño y cantidad de espermas de su semental. Travesuras. El deseo es el deseo.

El capítulo es tan bueno como Las olas de Virginia Wolf. Molly es Emma Bovary de Flaubert. Es Anna Karenina de Tolstoi. Dos célebres adulterinas de la gran literatura. Pero Molly Bloom no siente culpa. Es muy moderna.

Joyce era el arquetipo del escritor aperrado, voluntarioso y perseverante. Quería hacerse un nombre. Sobresalir. Lo logró con la desmesura y el hermetismo de su Ulises.

El 15 de diciembre de 1940 huyó de la París ocupada a la Zürich neutral. Un sábado por la mañana tenía perforado el duodeno. A los 58 años murió pobre, ciego y alcohólico. Nevaba cuando su mujer Nora lo enterró en el cementerio Fluntern de la ciudad helvética. Sin flores. «No me gustan las flores». (Era un hombre triste, según el perfil de Richard Ellmann, su gran biógrafo).

No sientas piedad, no es bueno sentir piedad.

Eso nomás.

 

***

Omar Pérez Santiago es un escritor y cronista chileno que egresó de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile, y quien luego estudió historia económica en la Universidad de Lund (Suecia).

Sus últimos libros publicados son: Julia, la belleza y el sentido de la vida (novela), El pezón de Sei Shonagon (novela), Caricias, poemas de amor de Michael Strunge (traducción), Allende, el retorno (novela), Introducción para inquietos, de Tomas Tranströmer (traducción, 2011), Nefilim en Alhué y otros relatos sobre la muerte (cuentos, 2011), Breve historia del cómic en Chile (2007) y Escritores de la guerra. Vigencia de una generación de narradores chilenos (ensayo, 2007).

 

La edición de «Ulises» publicada por Edhasa a cargo de Rolando Costa Picazo (2017)

 

 

Omar Pérez Santiago

 

 

Imagen destacada: James Joyce.

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