La Orquesta Clásica del Maule en la 79º Temporada Artística de la Universidad Federico Santa María: Entre ímpetu juvenil y estilo tardío

La última presentación en Valparaíso correspondiente al ciclo organizado por la UTFSM, desplegó un programa que dirigido por el maestro chileno Francisco Rettig abordó la Sinfonía nº 1 Do mayor, op. 21, de Ludwig van Beethoven, el Concierto para oboe y orquesta, de Richard Strauss (a cargo del solista Jorge Pinzón) y la Sinfonía nº 1 en Re mayor, op. 25. «Clásica», del compositor ruso Sergei Prokofief.

Por Ismael Gavilán Muñoz

Publicado el 2.9.2019

Cuando fue estrenada en 1800, la primera sinfonía de Ludwig van Beethoven causó una profunda impresión: en la forma, el sonido, la instrumentación, la dinámica de la obra, el joven compositor de 30 años era fiel heredero y continuador de la tradición sinfónica de Mozart y de Haydn. Algo para nada sorpresivo, pero en ningún caso predecible, una música inscrita en la convención clásica de la música vienesa de fines del siglo XVIII, donde la elegancia, la sugerencia, la ingeniosidad, la contención formal, la gracia rítmica y melódica eran primordiales.

Y sin embargo esa obra juvenil, llena de sugerencia y elegante elocuencia fue vista por muchos como una obra llena de ímpetu, originalidad y hasta casi rupturista. Nos cuesta imaginar hoy en día algo semejante. Sin duda Beethoven había logrado asimilar de modo magistral la musicalidad de los maestros vieneses con una prestancia que lo llevaría en poco tiempo a ocupar el lugar primordial que, por vida y destino, le correspondía en ese mismo sitial, pero mostrando ya desde esta pieza juvenil una fuerte personalidad diferenciadora.

En el verano de 1945, un viejo y agotado Richard Strauss recibía en su retiro campestre la visita de un joven soldado norteamericano, músico él mismo, llamado John de Lancie. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el ejército norteamericano ocupaba Alemania y entre las diversas tareas de esa ocupación, varios oficiales se las arreglaron para buscar, indagar y conocer a las celebridades artísticas alemanas que habían sobrevivido al desastre de la guerra.

Lancie, consumado oboísta, fue de los primeros en contactarse con el anciano compositor de Der Rosenkavalier y tuvo la valentía de pedirle nada más y nada menos que pudiese componer un concierto para oboe que, ciertamente, a él le gustaría interpretar. El viejo músico alemán, casi en el retiro total, desengañado y cansado de la vida y de la destrucción de la Europa que le había tocado conocer, accedió a regañadientes, sin embargo el resultado fue maravilloso: el hermoso concierto para oboe y orquesta que se estrenó en Zurich en el invierno de 1946. Una pieza sugestiva, con un carácter camerístico delicioso, lleno de insinuaciones rococó, de una maestría técnica señera y con un vuelco casi juguetón por la melodía y la simpleza en el fraseo sonoro que hace de esta pieza de Strauss una de sus obra cumbres. Este concierto de Strauss es ajeno casi totalmente a su estilo postromántico donde una orquestación ciclopea de rasgos wagnerianos, llena de dramatismo y sofisticación sonora, siempre fueron la tónica. Es como si Strauss, en su vejez, volviera a la simplicidad, a la inocencia, a la honda sabiduría de la economía de medios expresivos con tal de reconciliarse con el mundo perdido de la música occidental que había devenido mero recuerdo.

El zar había abdicado en marzo de 1917. La Primera Guerra Mundial había llevado a un caos a la vieja Rusia, haciendo estallar la Revolución. El gobierno provisional del socialdemócrata Kerensky se tambaleó durante todo aquel año. Finalmente en octubre, los bolcheviques tomaron el poder instaurando el Gobierno de los Soviets de Petrogrado. La guerra civil rusa estaba a la vuelta de la esquina. En medio de aquel tiempo tumultuoso, el joven compositor Serguei Prokofiev con apenas 26 años, concluía su Sinfonía n.º 1, llamada, después de su estreno en abril de 1918, como “Sinfonía Clásica”.  ¿Una burla, un desafío, un gesto nostálgico, una profunda ironía? Quizás todo eso. Cuando el desastre se cernía en Rusia uno de sus mejores y aventajados artistas dejaba a un lado la grandilocuencia postromantica de la gran orquesta y, a semejanza de lo que hacían Arnold Schoenberg en Alemania o el viejo Debussy en Francia, se entregaba a la composición de una pieza musical de sobria factura, emulando un tipo de música del pasado que bajo toda apariencia, se veía como desfasada en ese instante histórico con sus demandas culturales, sociales y políticas de todo tipo.

La “Sinfonía Clásica” de Prokofiev es una pieza breve -no más de 15 a 20 minutos-, poseedora de una orquestación que nos recuerda muy de cerca a Mozart o Haydn, una obra sin arabescos dramáticos, una obra de fina melodía y singular economía expresiva. Una obra que tras su elegante factura, muestra un guiño burlón en sus sofisticadas y casi transparentes modulaciones que son mucho más que un mero revival de épocas mejores. Acá Prokofiev es también un provocador: tal vez la música -y por añadidura, todo arte- va siempre en contra de todo aquello que los más “sabios” dicen que debe hacer, en este caso, ir a la “vanguardia” del cambio y ser portaestandarte de la transformación. La pieza de Prokofiev es deliciosamente risueña en su gentil ironía ante imperativos semejantes. De ahí que, en medio de una época tan intensa de cambios, su estreno dejó perplejos a muchos y, hasta el día de hoy, si no sabemos leer su contexto, probablemente nos quede en el oído la sensación de una pieza singular y “rara”, siendo que es mucho más que eso.

Estas tres obras -las sinfonías de Beethoven y Prokofiev, el concierto de Strauss- fueron el programa que interpretó la Orquesta Clásica del Maule bajo la dirección del maestro Francisco Rettig, el reciente sábado 24 de agosto en el Aula Magna de la UTFSM. Una interpretación a todas luces, magistral, cuidadosa, sobria, cargad del talento de Rettig que le otorgó un sello característico a la agrupación que, por tercera vez, visitaba la sala porteña. Creada en 2009, la Orquesta Clásica del Maule funciona al alero del Teatro Regional del Maule y , hasta ahora, ha dado muestras de una solvencia y musicalidad a toda prueba. Símbolo feliz del trabajo concienzudo de las orquestas de provincia que bajo la dirección de maestros de la talla de Rettig pueden brindar un repertorio de excelencia y una disciplina artística de primer nivel.

Esa disciplina y esa musicalidad fueron el nervio de este concierto: nadie diría que las obras de Beethoven, Strauss y Prokofiev son de fácil factura a pesar de su aparente sencillez expresiva. Para nada. Son obras que solicitan a sus intérpretes una consumada técnica, una entrega de difícil consecución al plasmar un delicado equilibrio entre la serenidad de sus formas y la intensa expresión de su gesto, obras que desde el ímpetu juvenil de Beethoven y de Prokofiev, descienden hasta la sugestiva maestría otoñal de Strauss, algo, sin duda que requiere más que un mero temple de talento. Requiere una disciplina relacionada no sólo con el trabajo fiel para con la partitura, sino también, un trabajo de impregnación musical que hace de la interpretación un resuelto compromiso de aproximación a la realidad sonora que se desprende de cada obra.

Esa realidad sonora no está al mero servicio de la expresión inmediata: está al servicio de una sensibilidad que se adentra en los recovecos del oído, en las entrañas del sentido que sólo la música puede escrutar, más allá de los contextos de producción que son relevantes para entender o asimilar obras como éstas: el ímpetu de Beethoven, la sabiduría de Strauss, la ironía juguetona de Prokofiev. En esta tarea, la batuta de Rettig sigue siendo de las mejores, un placer de interpretación que modela el sonido con un talento que sólo ha sabido madurar con los años y que nos muestra a uno de nuestros más notables directores, en posesión de sus facultades en todo orden. En ese plano y como complemento, la Orquesta Clásica del Maule entregó una inmejorable calidad musical debido sin duda no solo al talento de sus integrantes, sino a la concentrada tarea de apropiación que implica hacer música con semejante desprendimiento y que el público, con la ovación final, agradeció con esa complicidad que otorga un espectáculo inmejorable y bien hecho.

La 79° Temporada Artística de la Universidad Técnica Federico Santa María, en tanto, prosigue el próximo fin de semana (sábado 7 de septiembre) con un recital a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile, que dirigida por la directora brasileña Ligia Amadio, interpretará el Stabat Mater, op. 58, del compositor checo Antonin Dvorák. El lugar: la clásica Aula Magna, a las 19:30 horas.

 

Ismael Gavilán Muñoz (Valparaíso, 1973). Poeta, ensayista y crítico chileno. Entre sus últimas publicaciones están los libro de poemas Vendramin (2014) y Claro azar (2017) y el libro de crítica literaria Inscripcion de la deriva: Ensayos sobre poesía chilena contemporánea (2016). Ensayos, notas y reseñas suyas se han publicado en diversas revistas nacionales y extranjeras. Es colaborador de La Calle Passy 061 y de Latin American Literature Today. Ejerce como profesor en diversas universidades del país y es monitor del Taller de Poesía La Sebastiana de Valparaíso.

 

La Orquesta Clásica del Maule

 

 

Ismael Gavilán Muñoz

 

 

Imagen destacada: La Orquesta Clásica del Maule.