[Crítica] «La última noche»: Cuando el mundo se acaba

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Esta semana se estrena en las salas de Chile la inquietante ópera prima de la directora inglesa Camille Griffin, y la cual se encuentra protagonizada por un elenco de actores liderado por los excelentes intérpretes Keira Knightley y Matthew Goode.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 12.1.2022

El filme de la debutante realizadora británica Camille Griffin es una distopía audiovisual bien desarrollada en su formulación dramática, con un elenco actoral de primer nivel, y una estrategia cinematográfica simple pero efectiva. Un gas venenoso invade la atmósfera del planeta, y para evitar sucumbir con espasmos y agonizar del dolor, el gobierno inglés le obsequia una pastilla de acción mortal inmediata a sus ciudadanos. Es el último regalo de un Estado antes del colapso para sus contribuyentes.

Aquel es el contexto argumental de La última noche (Silent Night, 2021). Una familia, entonces, se reúne con sus mejores amigos en una casona de la campiña, a fin de esperar la hora indicada. Esa permanencia y su tensión, son el magma de la obra, un instante cínico y eterno que, paradójicamente, coincide con la celebración occidental de la Navidad.

Como vemos, la elección escénica de la directora está lejos de complicarse demasiado, y apuesta por una régie al estilo de Buñuel: una casa y sus habitaciones, que escenifican la cuenta regresiva para que sus personajes se decidan a dar el salto al vacío y sin boleto de retorno.

Habrán vacilaciones, disputas, disidencias y recriminaciones, las cuales, sin embargo, están lejos de llegar con su sangre a un conflicto dramático permanente. En efecto, lo mejor de La última noche es la creación de esa atmósfera previa al Armagedón, y las actuaciones de Keira Knightley y de Matthew Goode, dos intérpretes de categoría en cualquier set de grabación.

Digno de rescatarse, asimismo, es la aparición del joven actor Roman Griffin Davis (hijo de la realizadora), y quien tuvo una recordable participación en el premiado largometraje  Jojo Rabbit (2019).

Camille Griffin concentra la intensidad del clímax cinematográfico en la espera de la muerte inminente, y en esa nocturnidad espesa y venenosa, iluminada por unas saturadas luces de neón, en la estética de un minuto crucial y definitivo que se aproxima al modo de un ángel exterminador, para cada uno de los personajes.

Sin ser precarios, los elementos de decoración a los cuales apela la directora son en extremo sencillos, realistas y sin mayores grandilocuencias tecnológicas. Como el hecho mismo de la muerte, podríamos agregar.

Llama la atención, la noción de esquivar el dolor físico y biológico que sobresale entre las preocupaciones del elenco. No es el temor a la idea de la mortandad masiva la cual provoca el nihilismo en este argumento, sino que el terror a padecer la agonía y las convulsiones propias de ese veneno sin olor e irrespirable para la vida.

Distopía cruzada por comedidos toques de comedia, La última noche, sin ser una joya o un crédito de esos que dejarán una estela de asombro y de aplausos, invoca a través de sus 90 minutos de metraje a la reflexión existencialista y a ponderar el peligro de permanecer en modo de pandemia, por un tiempo más allá del aconsejable.

Recomendable y perturbadora.

 

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Tráiler:

 

 

Imagen destacada: La última noche (2021).