[Crítica retro] «Aquí no ha pasado nada»: El doble estándar del cine chileno

El filme adeudado al realizador de la sobrevalorada «Matar a un hombre» (2014) bien podría percibirse como una vendetta acaecida entre miembros de una misma clase social: los Matte que fustigan a los Larraín con «erres» que suenan de verdad, aunque a través de una escena rodada, vista y denunciada, por un artista de la mesocracia chillaneja con evidentes pretensiones (entiéndase meramente audiovisuales) en esta feria de las vanidades local: don Alejandro Fernández Almendras.

Por Aníbal Ricci Anduaga

Publicado el 16.11.2020

«Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio».
Eduardo Matte Pérez, tatarabuelo del productor de Aquí no ha pasado nada

«Obvio que Dios es cuico», dice Ana, lesbiana ABC1 que de inmediato nos interna en una de las vetas predilectas del director: la injusticia de clases, porque medio en broma medio en serio, a Dios le da lo mismo que una chica sea bisexual si es que proviene de buena cuna.

Hasta en este ínfimo detalle se nota la mano prolija de Alejandro Fernández Almendras (Chillán, 1971) en un guion que no deja cabos sueltos. Independiente del paralelismo con la historia real en que está basada la cinta, ésta se sustenta en tres temas angulares: endogamia social; confabulación de dinero y poder; y sistema judicial corruptible, este último tópico ya abordado en Matar a un hombre (2014) donde la justicia no llegaba a las clases bajas (por un sistema excesivamente garantista).

En cambio, en esta película el dinero permite manipular la verdad, orquestar sus propias coreografías, favor se paga con concesión y aquí no ha pasado nada, debido a que la víctima ni siquiera puede considerarse un ciudadano, sino un pobre diablo que tuvo la mala ocurrencia de toparse en el camino del hijo de un prominente político perteneciente al selecto club de la plutocracia criolla.

El muerto tampoco tiene nombre, mientras los involucrados en el crimen (perdón, la infracción a la ley) tienen nombre y apellidos. La endogamia social es patente cuando el grupo de amigos de Manuel Larrea cierra filas ante el incidente (atropello), consultan al padre abogado y deciden inculpar al advenedizo Vicente Maldonado, un chico de su misma clase, pero no tan poderoso ni adinerado como los Larrea.

Vicente no es un santo, bebe en exceso y definitivamente no se hace cargo de sus acciones (el director es implacable en su visión de la clase alta). Si la chica con la cual sale quedara embarazada, posiblemente no se haría cargo.

Él quisiera hacer frente a la injusticia (Manuel Larrea era quien conducía en entado de ebriedad), pero en definitiva le gusta la fiesta y andar a la deriva. Tampoco es muy brillante, no se da cuenta de que su madre también ha sacado una tajada (plusvalía de propiedad) con todo el entuerto en que se vio involucrado.

Fernández Almendras muestra la cobardía de los hijos del dinero al nunca ser ni sentirse responsables de la muerte del hombre. Prefieren echarle la culpa al que está fuera de su círculo mientras Vicente, por su parte, se siente burlado, pero sigue asistiendo a las fiestas de los Larrea.

El muerto no importa, no pertenece a su clase social. Para ellos la culpa no existe, a pesar de ser cristianos: si no hay culpa tampoco debe haber castigo. Contratan a un penalista al que le dicen el Perro Barría, un Luis Gnecco que sostiene un diálogo esclarecedor con Vicente.

Gustavo Barría es el abogado de los poderosos, ni siquiera esconde demasiado sus propósitos, simplemente insiste en el lado práctico de que Vicente se declare culpable.

El casting es muy acertado, también los diálogos de los chicos ABC1. Es interesante que, a pesar de que el punto de vista (evidente desde la introducción de los créditos) se sitúa en Vicente, en todo momento tenemos clara la voz del director, no siendo obvia sino elegante, mérito del guión.

La entrada y salida del largometraje insinúa un mundo sin responsabilidades, culpas ni castigos, un ambiente si se quiere nihilista, y el bajo profundo de la música es lo único que nos avisa que vamos a ser testigos de un conflicto.

Aquí no ha pasado nada (2016) es la primera cinta en que Fernández Almendras cuenta con recursos económicos adecuados —aportados en esta ocasión por el señorito chileno Augusto Matte Villegas y la empresa de su propiedad, la casa productora Jirafa— para llevar a buen puerto su propuesta y se nota, no sólo en los actores de renombre que integran el elenco, sino también en la calidad técnica (sobre todo del sonido) que era el aspecto formal al «debe» de sus cintas anteriores.

Esta vez el director abandona los planos fijos, en cambio recurre a los fuera de campo y echa mano a una banda sonora de lujo que utiliza el funky, música suave y relajada, como un telón de fondo perfecto para dejarse atrapar por esta telaraña oligárquica y audiovisual.

 

Eduardo Matte Pérez, tatarabuelo de Augusto Matte Villegas

 

 

La plutocracia chilena en acción: martes 11 de septiembre de 1973

 

 

Augusto Matte Villegas

 

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Aníbal Ricci Anduaga (Santiago, 1968) es ingeniero comercial de la Pontificia Universidad Católica de Chile y magíster en gestión cultural de la Universidad ARCIS, y como escritor ha publicado las novelas FearEl rincón más lejano, Tan lejos. Tan cerca, El pasado nunca termina de ocurrir, y las nouvelles Siempre me roban el reloj, El martirio de los días y las noches, además de los volúmenes de cuentos Sin besos en la bocaMeditaciones de los jueves (relatos y ensayos) y Reflexiones de la imagen (textos cinematográficos).

 

 

 

Tráiler:

 

 

Aníbal Ricci Anduaga

 

 

Imagen destacada: Aquí no ha pasado nada (2016).