[Crónica] Los engranajes oxidados de una operación rememorativa

Así como no se puede confiar en Ricardo Piglia y en su explicación en torno a una palabra utilizada por Jorge Luis Borges en su canónica traducción de la novela «Las palmeras salvajes», de William Faulkner, tampoco se puede creer en la sincera veracidad de mis híbridos textos.

Por José Miguel Martínez

Publicado el 26.12.2023

Hay una frase, de un cuento de Borges, que resonó en mi cabeza todo el día: «repechó la ribera fangosa». La pronuncié en voz alta, una y otra vez, estando solo, manejando el auto en la mañana, paseando a mi perra Mate por la tarde, lavando los platos de la cena; incluso de noche, acostado, con los ojos entrecerrados, creo haberla deslizado en mis labios, por última vez, antes de quedarme dormido.

Me atrapó, pensé hoy, su textura, la sensación de viscosidad del fango en la ribera, pero también su musicalidad, la fuerza de la Ch y el tilde en repechó, palabra acompañada por la imagen, en mi mente, de Ricardo Piglia pronunciándola y luego palmeándose figurativamente el pecho con la mano derecha.

Fue él quien que me la pegó. Piglia la repite en un par de ocasiones distintas: una es al final de la segunda clase sobre Borges que hizo para la televisión pública argentina; la otra, en una conferencia sobre novela y traducción que dio hace diez años en la Universidad Alberto Hurtado. La frase, según dice Piglia, viene del cuento Las ruinas circulares, pero Borges también la habría usado en su traducción de Las palmeras salvajes de William Faulkner:

«Es una historia bellísima, de un penado de una cárcel que se escapa con una mujer embarazada en una balsa, y hay una crecida del Mississippi y ellos van ahí con esa balsa, y en un momento encalla y entonces Borges pone repechó la ribera fangosa, y es una frase de Las ruinas circulares, ¿no? Es un canalla, puso repechó la ribera fangosa, que es una frase bellísima, repechó como quien enfrenta, como un caballo que golpea con el pecho una superficie, la ribera fangosa, lindísimo, ¿no? La síntesis. Pero en Faulkner no está esa frase, mejor dicho, está esa acción, de la balsa que va contra la costa del río, contra la ribera, y queda como encallada, entonces Borges pone esa frase, que en realidad es una frase propia, ¿no?, que ustedes la van a encontrar en Las ruinas circulares».

Piglia hace entender que Borges no habría respetado la frase literal del inglés —cosa que está muy bien: traducir es faltarle el respeto al original—, con el fin de imponer su propio estilo sobre el de Faulkner, pero no menciona cuál era la frase en inglés de Las palmeras salvajes, por lo que no tenemos punto de comparación entre una y otra.

Googleando al respecto (es increíble cómo, hasta con una duda tan específica como esta, exista una respuesta en Internet), descubrí un par de cosas interesantes en El hogar de Seikilos, un blog donde alguien analiza, de forma muy concienzuda, el dilema de repechar la ribera fangosa. Allí se cita, en primera instancia, la acción original de repechar en Las ruinas circulares:

«Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza».

El bote, la ribera y el fango se encuentran separados en este párrafo del cuento de Borges. En el caso de las dos últimas palabras —ribera y fango—, ambas están apartadas por medio de una coma, por lo que no formarían juntas el acto de repechar la ribera fangosa que tanto menciona Piglia. El blog también transcribe la frase original de Faulkner:

«Grasping the grapevine end he sprang into the water, vanishing in the violent action of climbing and reappeared still climbing and (who had never learned to swim) plunged and threshed on toward the almost-vanished mound, moving through the water then upon it as the deer had done yesterday and scrabbled up the muddy slope and lay gasping and panting, still clutching the grapevine end».

Mientras que la traducción de Borges dice:

«Empuñando el extremo del sarmiento saltó al agua, desapareciendo en la agitación de trepar y reapareció, siempre trepando, y (él, que nunca había aprendido a nadar) zambulló y se metió hacia el terraplén casi invisible atravesando el agua que lo cubría como el ciervo había hecho ayer y repechó la ribera fangosa y se quedó alentando y rendido, siempre con el sarmiento en el puño».

«Scrabbled» puede traducirse, de forma literal, como «escarbó», aunque el «up» sugiere una verticalidad en la acción, un ascenso: «trepó». De acuerdo a Seikilos —el tipo del blog, cuyo nombre real, según la pestaña de información, sería Leandro—: «en el scrabble up está la idea de subir trabajosamente, en slope está la cuesta».

Yo me imagino a alguien hundiendo el sarmiento en el fango —en un contexto chileno habría sido un colihue—, enterrándolo como una lanza, hurgando desesperadamente en esa textura cenagosa, pero no haciendo hoyos profundos, sino que trepando, a duras penas, ayudado por el empuje de la vara en cada fisura, por la pendiente barrosa de la ribera.

Según indica Leandro en su blog, Borges usó, no sólo en su traducción de Faulkner sino también en otros de sus cuentos, la expresión «repechar» como «escalar», o más precisamente, como «subir una cuesta». (No es el único: esta mañana, de hecho, me topé con la siguiente frase en Pacha Pulai de Hugo Silva: «Froilán y su piquete desaparecieron de nuestra vista al otro lado de una pequeña cuesta que nosotros repechábamos en silencio»).

Pero Piglia se refiere a la acción de «repechar» como la de golpear con el pecho y, en el caso específico de Faulkner, habla de la acción de un bote que encalla en la ribera —el bote es el que repecharía la ribera fangosa— y no la imagen correcta, como está en el original de Faulkner y en la traducción de Borges, que es la de un bote detenido y un hombre que utiliza una rama de vid como bastón para salir, repechando, ascendiendo, por la orilla embarrada.

¿A dónde voy con todo esto?

Pues a que la memoria de Piglia tiene que haberle fallado en esta anécdota particular. No lo culpo: su relato, en la conferencia, es fascinante, y tiene mucho sentido lo que narra sobre cómo Borges traduce a Faulkner; de no ser por mi curiosidad personal, respecto a la frase original en inglés, no habría llegado a la exhaustiva explicación de Leandro en El hogar de Seikilos.

Pero de lo que realmente quiero hablar, luego de esta larga introducción sobre las decisiones borgianas al traducir, es de los engranajes oxidados de la operación rememorativa, algo que nos sucede mucho más seguido de lo que creemos, y que ya había explorado antes en mi ensayo sobre Felisberto Hernández.

 

No es mentira si tú crees que es verdad

¿No les ha pasado nunca que se embalan con la historia de un recuerdo y en su memoria empieza a tomar esa forma modificada, hasta que terminan por recordarla en su vertiente ya transformada y no como sucedió realmente? Creo que eso fue lo que le pasó a Piglia. Yo mismo he hecho aseveraciones con mucho conocimiento de causa (al menos desde mi perspectiva), para luego darme cuenta de que estaba profundamente equivocado.

Doy un ejemplo: todos los años, en el natalicio de mi difunto padre (25 de marzo de 1943), suelo postear en redes sociales un recuerdo sobre él. Este año publiqué en Instagram una imagen de él y yo en Buenos Aires, él sonriente, agarrando su bastón por un lado y apoyándose en mí por el otro, yo un poco más seriote pero con una leve sonrisa mientras sostengo su brazo izquierdo a través de un firme apretón de manos. El post decía lo siguiente:

«Hoy mi papá cumpliría 80 años. Esta foto es de hace 10, cuando él tenía 70 y, junto con mi hermana, nos pegamos un lindo viaje a Buenos Aires —su último viaje al extranjero—. Mi viejo, patiperro, quería conocer la Feria del Libro de Baires, pero además de la feria, donde pasamos dos días comprando libros, almorzamos en el extinto Arturito en la esquina de 9 de Julio y Corrientes, comimos facturitas en el café Tortoni, del cual Borges había sido parroquiano, y visitamos el Mercado de San Telmo, donde mi viejo vio antigüedades y donde también nos topamos con el actor John Malkovich, quien por esos días andaba de gira sudamericana con una obra de teatro cuyo nombre no recuerdo».

Después de postear ese texto, Catalina (mi pareja) me llamó la atención sobre esa última parte, porque al año siguiente del viaje que hice con mi viejo, ella y yo también visitamos esa feria en San Telmo, la misma que había visto con mi padre un año antes; fue estando con Cata que nos topamos con John Malkovich.

Catalina —que tiene muchísima mejor memoria que yo— pensó que lo había posteado así a propósito, pero yo le dije que no, que a veces mi cerebro, endeble, recordaba erróneamente las cosas, enredando las imágenes del recuerdo en su maquinaría evocativa.

Pienso que la razón de por qué confundí ambas memorias fue porque en mi cabeza efectivamente funcionaban como una sola, en el sentido de que lo que recordaba era una imagen de mí, solo, siguiendo a John Malkovich como un acosador sicópata, esperando poder saludarlo o, en su defecto, sacarle una foto a una distancia prudente.

Seguramente le debo haber dicho a la Cata: «mira, voy a perseguir a John Malkovich por un rato», y por eso en mi recuerdo estoy solo, abriéndome paso entre la muchedumbre, a la zaga de su cabeza calva y brillante a través de la feria de San Telmo, pero mi cerebro, cuando escribí el posteo de mi papá, me dijo —sutil, subconscientemente— que eso mismo se lo había dicho a mi hermana, algo así como: «cuida al papá unos minutos, voy a perseguir a John Malkovich por un rato», cosa que podría haber pasado perfectamente. La realidad es que sucedió estando con Catalina, y entonces me sentí mal por haber confundido los eventos.

La memoria no se puede controlar, solo fijar en medios externos, como la escritura. Después de quedar en evidencia —esto es, de que el funcionamiento de mi cerebro quedara en evidencia—, le dije a Cata que tenía razón y que editaría la publicación.

Sin embargo, finalmente la dejé tal como estaba, en parte porque sentí que había sido genuino al momento de escribirla (George Constanza en Seinfeld: «no es mentira si tú crees que es verdad»), en parte porque el microrrelato de la imagen descrita con mi viejo funcionaba bien con ese remate.

Lo que estoy tratando de decir aquí es que, así como no se puede confiar en Piglia y en su explicación de repechar, tampoco se puede confiar en la veracidad de mis crónicas. Pero lo que también quiero decir es que, si bien no edité la publicación sobre mi viejo y John Malkovich en Buenos Aires, sí terminé por escribir este ensayo, como una forma de repechar la ribera fangosa de mi propia mente y así honrar la memoria más sólida de mi mujer.

 

 

 

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José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto. Ha publicado los libros El diablo en Punitaqui (Tajamar Editores, 2013), Hombres al sur (Tajamar Editores, 2015), Tríptico de Granola (Tres Puntos Ediciones, 2020) y Ceres (Minotauro, 2021).

Ha traducido, además, a James Baldwin, S. Craig Zahler y Jack London. Es creador del podcast Cátedras Paralelas, donde conversa con diversos invitados sobre libros y lectura. Vive en Frutillar, Chile.

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

José Miguel Martínez

 

 

Imagen destacada: José Miguel Martínez y su padre en San Telmo.