[Crónica] Los muertos que no importan

Con todo, y luego de la detención de Nicolás Maduro lo que estamos presenciando es un escándalo de proporciones, un discurso lleno de mentiras, porque al gobierno agresor no le interesa, como creen algunos venezolanos, restablecer la democracia en ese país.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 1.1.2026

Estados Unidos interviene en Venezuela, acusando al gobierno de ese país de ser culpable del mayor tráfico de drogas hacia su territorio. El inicio de la intervención fue cuando Trump ordeno la instalación de parte de la flota en el mar Caribe.

Portaviones dispuesto a combatir contra lanchas presuntamente cargadas de droga. Digo con claridad: si una agrupación con enorme poderío bélico quiere detener a «delincuentes» que tienen evidentemente una menor fuerza, basta con rodearlos, apresar a los tripulantes de la lancha e incautar la droga.

Entonces se procede, desde la enorme flota norteamericana, haciendo explotar literalmente las lanchas a las que le atribuyen ser transportes de droga. Mueren todos los ocupantes y el cargamento de droga o lo que fuera desaparece con la explosión. Y esto se repite varias veces.

Ningún detenido. Ningún gramo incautado.

Todos muertos, sin identidad, sin reconocimiento de su carácter de traficantes.

Sólo una imputación.

Cuando Trump ordena la invasión a suelo venezolano, se destruyen emplazamientos humanos que los invasores dicen que eran reductos de narcotraficantes. ¿Había gente allí? Probablemente sí, pero no se da ni número ni nombre de muertos.

Porque esos muertos, como los de las lanchas, no importan nada, sólo sirven para cumplir con los objetivos de amedrentamiento.

Cuando se produce el ataque para secuestrar al dictador, se bombardean cuarteles, aeropuertos y edificios civiles; se asalta el domicilio del sujeto buscado y se le detiene junto con su esposa.

Las informaciones preliminares, parcialmente oficiales, del gobierno venezolano y del gobierno cubano, hablan de más de 40 muertos, muchos de ellos militares cubanos que colaboraban con Nicolás Maduro.

Entonces Trump declara que fue una intervención quirúrgica, limpia, sin bajas.

Cuarenta muertos, más los de las lanchas y de los lugares bombardeados. Más de 100 heridos. Edificios destruidos.
Los muertos y los heridos venezolanos, cubanos o de cualquier nacionalidad que no sea la de ellos, no importan. Son bajas circunstanciales, obstáculos a remover, problemas transitorios.

E impone el lenguaje: al secuestro se le llama «extracción», como quien saca un molusco del mar. La gran preocupación deja de ser la droga, porque Trump sabe, como sabemos todos, que la mayor internación llega por el Pacífico y en ningún caso proviene de Venezuela.

 

Los efectos colaterales inevitables

¿Y el terrorismo de Maduro? ¿Qué algún venezolano puso bombas en Estados Unidos?

Puede ser.

Como la bomba que ordenó el gobierno chileno de Pinochet poner en el auto de Letelier en la capital de los Estados Unidos.

Lo que debió haber hecho Estados Unidos siguiendo esta modalidad era «extraer» a Pinochet y no pedir judicialmente la extradición de sus subordinados Contreras, Espinoza y Fernández.

Con todo, lo que estamos presenciando es un escándalo de proporciones, un discurso lleno de mentiras. Porque al gobierno agresor no le interesa, como creen algunos venezolanos, restablecer la democracia en ese país. No, se va a seguir entendiendo con el régimen inspirado por Chávez, con sus ministros, con su vicepresidenta, ahora presidenta, con sus generales.

Lo que quiere Trump es el manejo del petróleo, apropiarse de sus beneficios, con el pretexto de que tienen que recuperar el dinero gastado en el secuestro de Maduro y de su esposa.

Se dice que ha fracasado el multilateralismo.

No hay multilateralismo cuando se desconocen los acuerdos de los organismo de ese carácter. Y esto lo hizo Estados Unidos cuando intentó invadir Cuba, cuando invadió Irak, cuando mandó tropas a Afganistán, cuando financió y contribuyó a organizar el golpe de Estado en Chile.

En efecto, no hay multilateralismo cuando permite que su socio Israel viole más de 800 acuerdos de Naciones Unidas, partiendo por la resolución que lo creó y le asignó un territorio.

Los muertos de Gaza o de otros lugares en Palestina, no tienen importancia. Lo han dicho las autoridades de Israel: por un muerto nuestro dejaremos caer misiles. Por cada muerto de Israel, miles de la población civil palestina, sobre todo si son niños y mujeres, para impedir que en ellos anide la fuerza de la venganza.

Todo esto duele.

Pero hoy impera la ley del más fuerte. ¿Cómo le irá a Taiwán con China o a Ucrania y las otras repúblicas con Rusia?

Sólo importan los muertos de un lado. Los demás son «efectos colaterales inevitables», como se ha dicho por parte de la derecha con las violaciones de los derechos humanos en Chile. Desconcierta ver las expresiones de satisfacción de muchos políticos chilenos por la salida de Maduro, sin que nada de lo demás importe.

¡Hasta cuándo!

 

 

 

 

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Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

Jaime Hales Dib

 

 

Imagen destacada: Dibujo de la audiencia de formalización de Nicolás Maduro en Brooklyn.