[Crónica] Sobre la vida y la muerte

Ha muerto en un cementerio de París, Francia, Marcel Young —exembajador de Chile en Haití entre 2004 y 2010— un hombre bueno, algo más joven que yo, inteligente, prudente en general, al que casi todos sus contemporáneos, le teníamos un enorme afecto y respeto.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 14.2.2026

Nada más grandioso e importante que la vida, esta energía espectacular que nos permite ser quienes somos como seres humanos. Y siendo tales, gozamos de todas las formas de vida: animal, vegetal, mineral, todo lo que es la química y la física con sus movimientos cada vez más novedosos e inquietantes.

En algún momento se descubrió el átomo: el que no tendría división, la parte más pequeña de la materia. Tiempo después se descubren protones, neutrones y electrones. Y luego, en esa dinámica que hace de las «ciencias exactas» las más impredecibles y cambiantes de las realidades, se han seguido descubriendo partículas cada vez más pequeñas.

Inclusive muchos experimentos nos sitúan en incertidumbres, pues hacen pensar y sostener con seriedad la tesis de que la realidad cambia según el observador. Es decir ciertas formas de partículas se presentan de manera distinta según quien sea el que esté observando.

La física moderna nos habla de la «nanotecnología», aquello que se expresa en espacios increíblemente pequeños. Escribo estas notas en un ordenador personal, pero podría hacerlo en un teléfono celular.

Ese teléfono que cabe en la palma de mi mano y que niños de dos años manipulan con increíble precisión, es más poderoso que el enorme computador que en 1967 tenía la Universidad de Chile en un galpón enorme enfriado por muchos ventiladores de gran tamaño.

Y cuando se estudia el cuerpo humano, se llega a las cosas más increíbles sobre su estructura y funcionamiento. La vida nos sorprende cada día.

Seguramente como consecuencia de mi ignorancia en materias de biología —tema que me apasionaba en mi adolescencia, cuando leía en la primera semana de clases todo el libro de Natalio Glavic para 4º de humanidades— me sigo haciendo la pregunta: ¿Cómo sabe una célula —que se va dividiendo desde aquella que se forma en la unión del espermio con el óvulo— que su función será ser parte de un riñón o de un hígado? Misterio de la vida. Al menos para los seres comunes y corrientes como yo.

Y en el caso de los humanos, más allá del nivel básico de lo físico y de ciertas emociones primarias, está toda la complejidad de su mente, de su psiquis tan especial, de la espiritualidad.

El ser humano es un ejemplar de vida compleja que reúne al mes esas cuatro dimensiones (mente, espíritu, emoción y cuerpo) y en cuya combinación podemos decir que cada uno es único y, aparentemente, irrepetible.

Incluso en el caso de los gemelos llamados «idénticos» es posible descubrir diferencias que, por los factores no corporales, van marcando crecientes señales de individuación. Mi explicación es porque tras eso está el alma, con toda su historia particular.

 

A seguir bregando

Porque las almas tienen origen divino (el espíritu de la divinidad) y un plan de desarrollo para alcanzar la plenitud en el progreso de esa potencia inicial. Para eso se requieren, al menos en los casos conocidos, de más de una encarnación. En cada una hay tareas que cumplir y eso se hace naciendo cerca de otros con los que se trazan conexiones para ayudarnos en alcanzar las metas propuestas desde antes de nacer.

Con todo, sabemos por experiencia que los seres humanos, como casi todas las formas de vida, tienen un límite físico: es la muerte que sobreviene cuando suceden determinadas circunstancias. Salvo situaciones de violencia —accidental o intencional— se supone que avanzamos hasta la vejez y luego el cuerpo, agotado, termina su ciclo y muere.

Pero esos ciclos son más breves cuando irrumpen enfermedades en las personas, riesgo que existe desde el día en que nacemos. Pareciera ser, como en casi todas las formas de vida, que la muerte es más natural en los mayores que en los menores.

Es natural y esperable que mueran los padres, pero no es esperable de igual modo que mueran los hijos. Es el misterio de una «muerte anticipada» que altera los ciclos a los que nuestra cultura nos tiene acostumbrados.

Cuando mueren mis amigos —de mi edad o mayores— lo entiendo con cierta facilidad y lo acepto. Pero cuando mueren personas más jóvenes y activas sin que haya mediado violencia, siento algo incómodo en mis emociones y me pregunto por qué es así.

Ha muerto Marcel Young, no mucho, pero algo más joven que yo. Un hombre bueno, inteligente, prudente en general, al que todos —casi todos sería más exacto— le teníamos enorme afecto y respeto.

Me escribe diciendo: «Temo que mi madre morirá pronto». Le respondo: «Es normal que pasados los 90 años las personas puedan morir. Lo importante es que nosotros sigamos viviendo. Prepárate para ser huérfano». No me responde, salvo: «Me voy a Francia, donde ella vive».

Días después me dice que su madre ha muerto y que el funeral es el 12 de febrero. Me llega, la noche de ese día, una foto de Marcel en silla de ruedas en el funeral. «¿Qué te pasó?», escribo. Y no hay respuesta.

Al día siguiente me cuentan que Marcel ha muerto de un infarto, allá mismo, en el cementerio.

Entonces, le escribo: «¿De verdad estás muerto amigo querido?». No me responde. Y me da una pena enorme. Entonces me pregunto por este misterio de morir y de vivir.

La muerte para él debe ser parte de los procesos de su alma, para iniciar nuevos recorridos tal vez con el alma de su madre. Necesitaban morir juntos. Como fue el caso de Bélgica Castro y Alejandro Sieveking. Ellos lo entienden. Yo no.

Queda el vacío para los que estamos transitando por la vida. Ellos están en otra realidad. Pero nosotros lamentamos su pérdida. Y debemos decirlo así, vivirlo así, porque ésa es nuestra historia. No la de ellos. La nuestra, los que ahora debemos seguir caminando por la vida sin esos más jóvenes, mejores quizás, con un espacio vacío.

Recuerdo la frase de un poema que publiqué en Encuentros, en 1982: «se mueren los que importan». Y nosotros, a seguir bregando. Hasta el último día.

 

 

 

 

***

Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

Imagen destacada: Marcel Young.