“Cuaderno de Guayaquil”: Para quemar la ingenuidad

La persistencia en la lectura de este diario de “vida” nace exclusivamente de un valor general. Las anotaciones cortas, que llegan a revelar un mundo interior basto, nos permiten pasar del erotismo hasta la soledad más táctil, pasando por sectores de gran iluminación narrativa y literaria.

Por Victoria Donoso Ruiz-Tagle

Publicado el 9.11.2017

Los últimos días he pensado en algunas cosas que se mueven. He pensado en este conjunto de libros, todos ordenados bajo el rótulo de “contemporáneos” y “nacionales” ¿Qué podría aunarlos? Es sorpresivo darse cuenta de que existe una voluntad inscrita en cada autor, pero al mismo tiempo, esa voluntad se extiende a un número de personas mayor. Muchos pensaron lo mismo y, en pos de llegar a plasmar esta inquietud que les corroe el alma, terminan tratando sobre los mismos temas.

Si a esta voluntad le sumamos todo el aparataje mediático, el que se ha vuelto aplastante, resulta un panorama bastante más desolador de lo que pensábamos: a diario vemos las promesas de la literatura circular por páginas web, revistas, publicaciones en redes sociales, y hacerse cargo de lo que la gente espera, termina sepultando a aquellos que comenzaban a inscribirse en el panorama literario.

Pero también a veces alguien logra imprimir esta duda que como generación no podemos evadir. Es el caso de Cuaderno de Guayaquil (2017, Saposcat), de Ricardo Vivallo, quien se distancia de las formas de circulación masivas ya vistas, sirviéndose del diario de vida como género, y logra plasmar aquello que ya varios autores jóvenes han buscado. Algo pasa realmente con el libro.

El primer trazo es el del narrador que se presenta de sopetón. Ignorando que el lector se ha inmiscuido en estos papeles tan personales, elige un cuaderno para darnos a conocer las acciones que ejecuta diariamente, sin nunca tener consideraciones para el posible lector. Ricardo Vivallo sugiere una ambivalencia que nace directamente de este personaje del que nada sabemos. Se empieza a formular la irreverencia que atraviesa al libro cuando pasamos páginas y nuestra presencia no es advertida como elemento fundamental de la obra. La invitación se torna completamente ambigua.

La persistencia en la lectura de este diario nace exclusivamente de un valor general. Las anotaciones cortas, que llegan a revelar un mundo interior basto, nos permiten pasar del erotismo hasta la soledad más táctil, pasando por sectores de gran iluminación: “Aprovecho el sol y me instalo a leer en el patio, pero no consigo interesarme en el libro. Me distraigo mirando un enjambre de mosquitos que me hace pensar en el roce absurdo de los átomos en cada cosa. Cierro los ojos y dejo que el sol me dé en la cara. Me abisma pensar que esa tibieza sea algo así como el eco de una cadena de explosiones en el núcleo de una desmesurada masa de fuego suspendida en el vacío a millones de kilómetros”.

Esta irreverencia se vuelve más evidente cuando el narrador mantiene su actitud indiferente. Al poco rato se germina la duda de si acaso no somos nosotros igual de miserables, fisgoneando en Guayaquil con las narices sucias, mostrándonos realmente quién es: un personaje al que no le interesa la apariencia, que toma una posición totalmente sincera en la intimidad de su cuaderno de principio a fin. Este sujeto que anota diariamente sabe mejor que nadie que en la condición de los humanos radica la infamia (probablemente la del lector).

Y ya para el final del libro nos convertimos en un infame cínico, que llega optimistamente a leer cuadernos íntimos y avista collages como quien hojea una revista. El mundo es por completo desolador. Las anotaciones son crudas y no se enlazan nunca con algún tipo de buenismo. En vez de recurrir a la ya tan narrada decadencia de la clase media, Vivallo se nutre de los objetos: los días nublados que son grises y pesado, los días soleados que abruman por una luminosidad insoportable, todo se instala en el declive. La decadencia corroe al narrador por dentro y el mundo exterior explota en lo mismo: pura agonía.

 

El narrador chileno Ricardo Vivallo (33)

 

“Cuaderno de Guayaquil” (2017), por Saposcat Editorial