In memoriam: Guillermo Blanco, un artesano de la palabra

La obra de este creador chileno es una continuación coherente de su forma de vivir, por lo que adquiere sentido referirnos a su persona. Fue escritor, periodista y profesor de muchas generaciones. Se autodenominó “artesano de la palabra”, labor a la que fue fiel durante toda su vida.

Por Ignacio Cruz Sánchez

Publicado el 9.11.2017

No soy un gran aficionado a comentar obras o autores. Más bien me inclino por disfrutar de la lectura o por crear historias de ficción. Sin embargo, cuando se me dio la oportunidad de escribir una columna sobre Don Guillermo Blanco, encantado recogí el desafío.

Es una ambiciosa tarea, sin duda, pero deseo hacerlo. Me encuentro ante un gran escritor, cuyos  relatos me han acompañado desde la adolescencia.

La obra de Guillermo Blanco es una continuación coherente de su forma de vivir, por lo que adquiere sentido referirnos a su persona.

 

Aspectos de su vida

En un frío día de invierno del año 1926, en la lluviosa ciudad de Talca nacía a la vida Don Guillermo Blanco Martínez, que con el correr de los años se destacó por la gran humanidad reflejada en su obra. Aunque serio y formal, era cálido y acogedor con todos, pese a ser, como él mismo confesaba, un hombre bastante tímido. Tenía una agudeza, un sentido del humor y una atención a los detalles que siempre dejó ver en sus escritos.

Fue escritor, periodista y profesor de muchas generaciones. Se autodenominó “artesano de la palabra”, labor a la que fue fiel durante toda su vida.

Fue destacado con su nombramiento como miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, el año 1971, lo que fue un reconocimiento a su trayectoria.

Dejó en sus escritos un gran testimonio de calidad humana y riqueza interior. Ya bastante mayor, y al cabo de una  larga trayectoria, se le reconocieron sus sobrados méritos entregándole el Premio Nacional de Periodismo, el año 1999.

No llegó a obtener el Premio Nacional de Literatura, que merecía ampliamente. En mi opinión debido al bajo perfil que se esforzó por mantener, escabulléndose sistemáticamente de la notoriedad pública.

El autor era una persona marcadamente tímida. En una ocasión, Luis Alberto Ganderats le preguntó por situaciones en las que tuvo que luchar con la timidez. La respuesta de Blanco fue: “Cuando fui profesor. Cuando fui alumno”, agregando que fue el rasgo de carácter que le había hecho más daño.

Rosario Guzmán, en una entrevista, le pregunta sobre los elementos de su vida que lo llevaron a la literatura. Responde: “Básicamente, la soledad en que he vivido toda la vida. No en el sentido de sentirme solo; claro que no, sino de tener una gran cantidad de tiempo para mí mismo”. Además, era hijo único, lo que dejó una marca en él.

También llama la atención un rasgo de su carácter relacionado con sus escasas aspiraciones a títulos y cargos. Ganderats le pregunta cuál sería un cargo que llene sus expectativas, a lo que responde: “Idealmente, en ningún cargo. Escribiendo solo”.

Imagino que su gran vanidad y aspiración era ser leído y reconocido por sus escritos.

Al preguntarle Ganderats qué es para él una persona culta, responde: “la que no depende de sus conocimientos para ser sabia”.

Este autor sostiene que el ser humano se apodera de su entorno en tanto aprende los nombres del mundo que le rodea. Esto se logra en la medida que se entienden los significados de las palabras. Quien domina el idioma domina el mundo…

Su modestia tan sabida de todos lo hace declarar: “Uno se recibe de escritor unos ciento cincuenta años después de muerto, si todavía lo leen. Yo,  por ahora, soy un señor que escribe”.

En el sitio de internet de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (memoriachilena.cl), se ha ubicado a Guillermo Blanco como parte de la generación literaria de 1950, haciendo ver la diferencia en el estilo y temática de su obra, en comparación con sus compañeros de generación.

Faride Zeran le consultó en una entrevista sobre su pertenencia a dicha generación, dada la diferencia de su modo de abordar la escritura. Blanco respondió:”Creo que un escritor ve el mundo según como lo ha vivido.” Y agrega: “Uno escribe con lo que tiene y con lo que es”.

En otra oportunidad Marcelo Soto le insistió en si se sentía parte de la generación del 1950, a lo que Blanco le responde: “Tengo la edad que tienen los otros, la misma que Lafourcade, que Arteche, dos años menos que Donoso (…) pero no era  como una escuela literaria”. La pertenencia a esta generación, teniendo puntos de vista  diferentes a los otros escritores, tenía que ver con el período etario básicamente.

 

Guillermo Blanco mientras recibe el Premio Nacional de Periodismo 1999, de manos del entonces ministro de Educación, José Pablo Arellano

 

Su obra

Entrando a su producción literaria, Guillermo Blanco escribió la conocidísima novela “Gracia y el forastero”, que ya pasó la barrera de los 600.000 ejemplares.

Sobre esta novela, el autor comenta al entrevistador Faride Zeran: “Ha sido una estupenda sorpresa el que un libro escrito hace treinta años se lea todavía. La otra sorpresa grata es que siendo un libro que reconozco como muy de mi generación, todavía le diga algo a los jóvenes de la actual generación. (…) porque es una novela de amor, no romántica como algunos han dicho”.

Percibo la intención de Blanco al corregir el término:“novela de amor, no romántica…”. El autor muestra su relato como una historia que podría haber sucedido,  con personajes comunes, sin voladeros de luces y sin mucha azúcar.

Impresiona ver cómo esta novela, hondamente simple y terriblemente humana, sin necesidad de agregar a la historia recursos facilistas que harían supuestamente más comercial la historia, tuvo tanto éxito.

Llena de delicadeza, la historia de Gracia y el forastero atrae a cualquiera que se haya enamorado,  como una experiencia simple y sublime a la vez. Se relata la historia de  dos adolescentes de carne y hueso, nada idealizados, que  viven en un contexto real, con dificultades de todo tipo, él la pobreza y la timidez, y ella la imposibilidad de pasar por sobre la autoridad de su padre.

La pareja goza con una intimidad tímida, recatada, que los hace felices:  “Fue un beso largo, en la playa, en la arena, junto al mar. Era mi primer beso, y temblé un poco, con mezcla de miedo y emoción (…) Después la besé en las mejillas, en el cuello, de nuevo en las manos. No podía articular palabra…” . Unas páginas más adelante, Gabriel declara a Gracia: “Nunca había besado a nadie…”. Sin duda, estamos ante una gran novela, llena de palabras, detalles, sensibilidad y realidad.

“Sólo un hombre y el mar”: Otra breve historia de amor del autor, que acaba en el quiebre y en el sufrimiento de Cristina, dejando una larga huella de sufrimiento y de soledad. Para muestra unas líneas: “Sólo un hombre y el mar habían ceñido su cintura, habían tocado su piel y sus labios. Sólo el mar la acarició muchas veces con su roce frío. Sólo él, una vez, deslizó una vez por sus senos unos dedos tímidos”

Guillermo Blanco escribió también gran cantidad de relatos de tipo campesino, con historias de hombres alegres, ladinos, rudos, valientes y vengativos, sin miedo a poner en juego su vida si era necesario.

 En esta línea creativa, hay un personaje al que recurrió más de una vez en sus historias: el Negro. En el cuento “Misa de Réquiem”, Un peón de fundo, el Negro, duramente castigado por el patrón, no olvida. Asesina a su patrón, y al enterrarle el cuchillo le advierte que sus hijos correrán la misma suerte. Impresiona el acierto del autor para caracterizar a este personaje recurrente en su obra. Blanco cuenta que conoció en la vida real a una persona, en el fundo de un tío, del cual extrajo este personaje.

No se puede dejar de nombrar el cuento “Adiós a Ruibarbo”, en el que un niño intenta salvar al viejo caballo de la panadería, de morir en manos de los charqueadores, después de una vida de tirar del carro del pan por las calles del pueblo. Una historia de gran sensibilidad que nos cuestiona y nos conmueve. Con este cuento, Blanco ganó uno de sus primeros concursos literarios.

Para finalizar esta breve reseña literaria, me referiré a un breve cuento que  difiere en la temática y estilo difieren de la mayoría de su obra.

Se trata del cuento “Tiempo de hormigas”, que muestra un realismo aterrador. Cuenta la historia de un niño que nace “tonto”, y es blanco de constantes y crueles burlas de un grupo de pares que se divierten a su costa, llevándolo a su desgracia. La fuerza de la palabra impresiona y aniquila al lector en esta breve historia…

 

Portada de la primera edición de la novela «Gracia y el forastero» (1964)

 

El autor y su compromiso social

Pasando a otro asunto, se me hace necesario entregarles una imagen lo más integral posible de este autor. No puedo evitar abordar la relación de Blanco con la contingencia política y social del país, con la se sentía estrechamente vinculado.

Fue escritor y periodista. Su veta de periodista lo llamaba a interesarse por la realidad, en todo sentido.

Practicó la docencia en la Facultad de Periodismo en la Universidad Católica, y en la Universidad Diego Portales.

Ejerció el periodismo por muchos años, publicando gran cantidad de columnas referidas a los acontecimientos más destacados de su entorno social. Su estilo profundo e incisivo le hizo ganar muchos adeptos.

Pese a tener clara su opción partidista, Blanco nunca tiñó su trabajo literario con sus opciones  políticas. Su literatura era hondamente humana, y trascendió siempre, yendo a lo que tenemos en común los seres humanos.

Blanco no necesitó recurrir a temas políticos para sostener la temática de su obra literaria. Manifestó sus ideas político – sociales en medios de comunicación masivos, redactando columnas en un estilo muy personal. Siempre fue punzante, poniendo el dedo en la llaga de las contradicciones que encontraba,  con un fino sentido de la ironía.

Se desempeñó como columnista destacado, entre otras prestigiadas publicaciones, en la revista “Ercilla” (Columna “La vida simplemente”, entre 1966 y 1976),  y en la revista “Hoy” (Columna “Página en Blanco”, entre 1976 y 1989).

Los artículos costumbristas y de opinión de estas dos revistas tuvieron siempre una gran aceptación. Su palabra aguda y punzante, a la vez que irónica e ingeniosa, saca sonrisas en sus lectores. Claro que la tendencia  temática que desarrolló en la Revista Ercilla fue diferente a la que desplegó en la Revista Hoy. Razones? El contexto social de los diferentes períodos. En la revista Ercilla abordaba temas referidos a la condición humana y social, también política, siempre con abundante ingenio. En la revista Hoy agregó a la temática y estilo anterior una preocupación especial por lo contingente.

Al comentarle Ana María Larraín en una entrevista, el año 1989, sobre  el hecho de no haber publicado  literatura durante el gobierno militar, éste respondió: “No publiqué mientras hubo censura (…) No sé qué es peor, si la rabia a que me rechacen o la vergüenza a que me aprueben. Y ante la duda, abstente, me dije…”

No quisiera dejar de referirme a la relación que Don Guillermo Blanco tenía con la Iglesia. Católico, Apostólico y Romano. Profesaba la religión católica, pero su inquietud y espíritu crítico le hacían reflexionar sobre la práctica de la vida religiosa.

La literatura de este autor, sus personajes y las historias que narra están empapadas de creencias religiosas, de fe y de la creencia en el pecado. Es por ello que paso a citar dos trozos de interesantes entrevistas que abordan el tema.

En este tema, no quiero dejar pasar una interesante pregunta que Ana María Larraín hizo a Guillermo Blanco: “¿Y tuvo que ser muy cuidadoso al escribir, para no rebatir los fundamentos de su fe?” La respuesta de Blanco fue: “No. Yo no anduve con cuidado en eso, porque tengo mucha confianza en que lo fundamental de la fe no sufre. Incluso aprendí que esa Iglesia autoritaria y triunfalista, condenatoria, fue una cuestión de época”. Agrega Blanco a esto que cree en el libre albedrío, que es la capacidad y el derecho a la autodeterminación del individuo.

Antonio Martínez, en otra entrevista, le comenta a Blanco: “Durante mucho tiempo se sentía que la Iglesia Católica apoyaba la libertad de cada hombre y ahora no se siente lo mismo…” Blanco responde: “Tú no te puedes ir ni al infierno ni al cielo si no eres libre. (…) La tentación de toda institución grande es el autoritarismo, entonces tenemos autoridades eclesiásticas – digámoslo bien vago – que gozan en dar órdenes y en prohibir, y es es un error. Es casi la negación del cristianismo.”

Y para ahondar más, Martínez lo cuestiona nuevamente: “¿Cómo se llegó a eso en tan corto tiempo?Porque hasta hace unos años, durante la dictadura, la Iglesia defendía la libertad y hasta la vida”. Blanco responde: “El tiempo de la dictadura fue el momento de gloria de la Iglesia chilena, porque ahí realmente defendió a gente que no creía para nada en ella y que empezó a creer, no necesariamente porque se convirtiera al catolicismo, sino poque creyó que de verdad era una institución bien intencionada y ese es el primer paso. ¿Lo que pasó después? De alguna manera se encontraron con un vacío muy grande, no tenían de qué defender a la gente y se preocuparon de los pecados de la carne, de toda esa cosa tradicional. Hay una vuelta atrás muy fuerte”.

En la obra de Blanco se encuentran escenas en las que se describe la intimidad entre dos enamorados. Para el autor estas situaciones no están reñidas con la religión ni la moral. Son simplemente actos humanos, legítimos y bellos por lo demás.

Guillermo Blanco fallece a los 84 años, el 24 de agosto de 2010 al cabo de una vida intensa, Lo sobreviven  sus escritos, que no tienen fecha de caducidad, y su legado que quedó instalado en la memoria colectiva. Es el privilegio de los escritores.

Cada cuento, cada historia que emprende Guillermo Blanco está llena de humanidad, de belleza o de drama. Drama real en todo caso, nunca truculento ni intrincado, drama que conmueve por su simpleza o por su fuerza.

He intentado en estas breves líneas mostrar lo que nos dejó este hombre consecuente y gran escritor. Mantendremos vivo su legado acercándonos a la lectura de sus páginas.

Gracias, Don Guillermo.

Termino estas líneas transcribiendo unos versos de León Felipe, muy queridos por él:

 

“Ser en la vida romero,

romero que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,  sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero, sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo;

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo, ni el tablado de la farsa ni la losa de los templos,

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

 ni como el cómico viejo

digamos los versos”.

(León Felipe)

 

El escritor talquino Guillermo Blanco Martínez (1926 – 2010)