[Columna] Diego Armando Maradona, un embutido de ángel y bestia

Se hace inevitable mirar al fallecido futbolista desde la literatura, sobre todo desde la dramática, y donde el desaparecido deportista argentino se erige como un personaje aciagamente shakesperiano, polifónico, que conoce de cerca la miseria, la violencia, la autodestrucción y la gloria.

Por Nibaldo Acero

Publicado el 27.11.2020

A pesar de tener, desde muy niño, una relación vernácula con el fútbol de barrio, con las comunidades que centran su existencia en el balompié amateur, no pude ayer ni anteayer escribir una sola palabra sobre la muerte de Diego Armando Maradona.

No me salió nada, solo atiné a revisar sus mejores goles, aquellos que, sobre todo, iban suministrando hazañas a una épica moderna que desbordó lo propiamente futbolístico.

Aquellos goles, que siempre tenían de fondo el grito desgarrador de un relator deportivo y la euforia de hinchadas heridas como la argentina, o menospreciadas como la napolitana, hacían proyectar —desde hace décadas— que el efecto Maradona en la cultura popular tendría muy pocos precedentes en la historia.

Y así fue.

Desde su muerte, han sido cientos quienes han colmado los portales con sus apreciaciones, templadas o eufóricas, lo cual es exponencial si los llevamos al plano de las RRSS. También ha habido gruesas denostaciones, completamente esperables. Ya lo decía Galeano de Maradona: si es un dios, es el más “sucio” de los dioses.

Cabe preguntarnos, entonces, ¿por qué es tan difícil mantenerse al margen de su muerte? Creo que no es el momento de responder esto, sino más bien de leer a este personaje desde el lugar donde uno está parado.

Porque si hay algo que también es Maradona, es un espejo negro, en el que todos terminamos mirándonos y midiéndonos. Un espejo negro que muestra muchas veces lo que no queremos ver ni oír de los otros ni de nosotros.

En “Autorretrato” de Nicanor Parra dice un verso: “un embutido de Ángel y bestia”, aludiendo al mismo poeta, a su condición humana de belleza, caída y miseria.

El verso aplica perfectamente para Maradona, más cuando uno escucha una análoga frase de Brian May, que en un post de despedida, también señala: “Mitad ángel, mitad diablo, decían”.

Por mi parte, se me hace inevitable mirarlo desde la literatura, sobre todo desde la dramática, donde Diego Armando se erige como un personaje aciagamente shakesperiano, polifónico, que conoce de cerca la miseria, la violencia, la autodestrucción y la gloria.

Que va y vuelve de todas ellas, como si las necesitara. Arrogante y desafiante ante el poder como Hamlet, fue el único futbolista de alto nivel que encaró a la FIFA y que pagó bien caro —como el príncipe de Dinamarca— aquella osadía.

Cuya vida fue manchada por sí mismo, como una Lady Macbeth que trata de borrar de sus manos las manchas ficticias que ha dejado en su conciencia el asesinato del rey de Escocia, pero que en su resignación no deja de reconocer que, a pesar de todo, “la pelota no se mancha”.

Como a Lavinia, Maradona siente que sus extremidades fueron amputadas cuando la FIFA lo condena a una pena ejemplar por dopping en el Mundial de Estados Unidos en 1994. Que desde la intimidad aflora su híbrido de Otelo y Claudio, con matices de Tarquinio, es decir, un inaceptable reproductor de la violencia machista contra sus parejas.

Pero que a la vez, se despliega su valentía y rebeldía contra los tiranos, como el noble Henry Percy, en Enrique IV.

Y que a la vez despierta la devoción de los más vulnerables de nuestras sociedades, porque su actitud desafiante fue y es motor de lo colectivo en los barrios populares allende Los Andes.

Valdano dice: “Con Maradona los pobres les ganaron a los ricos”.

¡Y que a la vez!, dentro de una cancha desbordó la pasión imaginable de una final entre los capuletos y los montescos; pero que fuera de ella, pareciera en permanente caída, como una Ofelia detenida en el tiempo, entre el sauce y el arroyo.

Y que a la vez, se nos exhibe como un Rey Lear desguarnecido ante la opinión pública, que intentó no doblarse en medio del barro, ante la artillería mediática, vinculada a los poderes económicos y políticos que el “10” no perdió la oportunidad de atacar. Que procuró mirar el abismo que dejaron sus actos, de observar el abismo que fue él mismo.

Un personaje complejísimo de leer sin que la lectura devuelva la mirada, justamente como un abismo, como un espejo negro, que en general ninguno de nosotros quiere ver por mucho tiempo.

Un personaje que no se invistió de Dios, sino de un personaje trágico que luchó —con sus glorias y miserias humanas— contra dioses y que ganó y perdió a la vez.

Un villero, un marginal en el poder. Un perfecto borrador para otro conmovedor personaje de algún nuevo Shakespeare.

 

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Nibaldo Acero (1975) es licenciado en educación, profesor de lengua castellana y doctor en literatura. Actualmente es director y académico de la Escuela de Pedagogía en Lengua Castellana de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Ha publicado los poemarios Melinka (2004), Por el corazón o la verga (2010) y Principios básicos de rabiología (2018); las novelas Guía satánica de Gerona (2013) y Gol de oro (2017); en el ámbito del ensayo, publicó los libros Vestigio y Especulación. Textos anunciados, inacabados y perdidos de la literatura chilena (2014) y La ruta de los niños rojos. La poética de Roberto Bolaño (2017).

 

Nibaldo Acero

 

 

Un gol en contra del imperialismo:

 

 

Imagen destacada: Matrimonio de Diego Armando Maradona el 7 de noviembre de 1989.