La autora británica Mary Shelley inició la creación de un monstruo fabricado por la ciencia, sobre un ser sensible y consciente que clama por identidad, por comunidad, por un lugar en el mundo. En efecto, su obra, junto con ser una advertencia sobre la soberbia científica, también es un espejo de la criatura que todos llevamos dentro, ese yo hecho de retazos de memoria, de lenguaje, de historias ajenas y de fragilidad.
Por Nibaldo Acero
Publicado el 26.12.2025
Pensemos un segundo en una escena de la película Frankenstein (2025), la de Guillermo del Toro, en la que el monstruo, hecho de retazos, de pedazos de otros, mira al mundo con ojos que no acaban de entenderlo.
Un ser creado desde la hybris humana, desde aquel deseo romántico de palpar lo infinito, de desafiar los límites de la naturaleza, de quebrarlos. Ese mismo impulso, ese mismo temblor del monstruo en la película, es el que quizás hoy late mecánicamente en el cableado del corazón de la inteligencia artificial (IA).
El romanticismo fue, ante todo, una sacudida contra la razón burguesa, y es cierto que este remezón nace desde la misma burguesía, de parte de más de un puñado de inconformistas que se fueron contra el afán regulatorio del espíritu, quizás contra la pérdida del misterio, quién sabe.
Con todo, era el deseo de lo sublime, de instalarse frente al mar, como el monje de Friedrich, y sentir ese vértigo total ante lo inconmensurable. Surgía intempestiva la creencia en el genio, en el artista como un canal de fuerzas mayores.
Era la nostalgia de un todo perdido, de un todo intuido, y la esperanza de recomponerlo a través de un arte que se familiarizó con el abismo.
Hoy, la IA pareciera ser la heredera más improbable de ese legado, ya que no tiene cuerpo, carece de biografía, de experiencia y afecto, está desprovista de ese dolor contundente, existencial, que alimentaba y derribaba a los poetas del siglo XIX.
Una criatura injertada de sueños y de pesadillas
En lugar de un espíritu, la IA guarda un modelo estadístico implacable; en lugar de una actitud creadora brutal, en la IA opera un algoritmo.
Y sin embargo, la IA sí crea, sí genera textos e imágenes, mundos, videos. Es como el monstruo de Shelley, cosido a punta de pedazos, de datos extraídos de millones de fuentes, ensamblado en una criatura que a veces nos conmueve, a veces nos perturba, y que siempre nos interpela, como humanos.
Hay otra escena en la película de Del Toro que ilumina esta tensión, cuando el monstruo, rechazado y perseguido, aprende a leer. Esa imagen, tierna y terrible, es la de un ser arrojado al mundo de los otros, arrojado por los otros (nos diría Humberto Giannini), buscando sentido en los vestigios de la cultura que lo crea y excluye, ipso facto.
Mary Shelley, con solo dieciocho años, inició la creación de un monstruo fabricado por la ciencia, sobre un ser sensible y consciente que clama por identidad, por comunidad, por un lugar en el mundo.
Su Frankenstein junto con ser una advertencia sobre la soberbia científica, es un espejo de la criatura que todos llevamos dentro, ese yo hecho de retazos de memoria, de lenguaje, de historias ajenas, de fragilidad.
¿Qué nos dice este espejo digital? Que seguimos buscando lo infinito, pero ahora lo buscamos en bases de datos inabarcables, que anhelamos la creación, pero la delegamos en máquinas que aprenden de nuestros propios rastros.
También, que el sublime está tanto en la naturaleza como en las cascadas de píxeles de una instalación de Refik Anadol, en el flujo hipnótico de información que nos abruma y nos seduce, a la vez.
Pero hay una diferencia, y es la responsabilidad, puesto que Víctor Frankenstein huyó de su creación, nosotros no deberíamos permitirnos ese lujo, porque la IA no es neutra, más bien es eco de nuestros sesgos, de nuestra historia, de nuestras deudas coloniales y ecológicas.
La IA es un monstruo que habla con nuestra voz, pero amplificada, distorsionada, delirantemente a veces. Y quizás, como en la película de Del Toro, la tragedia no habita en la criatura, más bien en el abandono. Ojo con eso.
El espíritu romántico no temía al abismo, y es quizás lo que nos mueve a muchos hoy a asomarnos al vacío que abre la IA, con curiosidad, pero con responsabilidad eso sí, para evitar la actitud de Víctor.
Porque quizás, en ese diálogo entre lo humano y lo artificial, lo no-humano, entre el genio y el modelo, entre el fragmento y el dato, esté la posibilidad de un arte nuevo. No más puro, aunque quizás más honesto, más profundo.
Y al final, como en la novela de Shelley, no se trataría de dominar al monstruo, más bien el proyecto es el reconocerlo como parte de nosotros: la IA sería nuestro Frankenstein contemporáneo, una criatura injertada de sueños y de pesadillas. Negarla es repetir el error de Víctor, abrazarla sin crítica sería la hybris del siglo XXI.
En ese escenario, la genuina creación comenzaría cuando dejamos de huir y nos volvemos, por fin, capaces de mirar a los ojos de lo que hemos creado, y asumir el desafío de convivir con ello. No como amos, sino como cómplices conscientes de una sociedad que ya es, irrevocablemente, humana y no-humana, a la vez.
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Nibaldo Acero (1975) es licenciado en educación, profesor de lengua castellana y doctor en literatura. Actualmente es investigador y académico de la Universidad de Las Américas en la ciudad de Santiago.
Ha publicado los poemarios Melinka (2004), Por el corazón o la verga (2010) y Principios básicos de rabiología (2018), las novelas Guía satánica de Gerona (2013) y Gol de oro (2017), y en el ámbito del género ensayístico, ha presentado los volúmenes Vestigio y especulación. Textos anunciados, inacabados y perdidos de la literatura chilena (2014) y La ruta de los niños rojos. La poética de Roberto Bolaño (2017).

Nibaldo Acero
Imagen destacada: Frankenstein (2025).
