[Ensayo] «Le Havre», de Aki Kaurismäki: El valor de la solidaridad

Este hermoso filme del indispensable realizador finlandés, trata desde una perspectiva casi de fábula, el brutal problema de la inmigración africana en Europa, y de la precariedad de algunos seres humanos, en contraste al derroche y al bienestar miope e indigno de tantos.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 8.5.2021

Tan azul, la sombra verde del agua
tan azul, el barco en la tempestad
tan azul, fue la calma de la inmensidad
tan azul, la verdad.
Javier Limón

Azul de inmensidad, calma y verdad es el color de esta joya cinematográfica en torno al valor de la solidaridad. Azul es la tonalidad dominante, azul la humilde vivienda de Marcel (André Wilms) y Arletty (Kati Outinent), azul es la habitación del hospital en la que ella recibe tratamientos, azul también es el color de la barca pesquera que Marcel contrata para su joven protegido Idrissa (Blondin Miguel), azul, azul, azul…

El azul de espacios humanos que acogen y transportan como reflejo del azul que define El Havre, la localidad costera francesa en donde se ubica la acción de la película. Un lugar de paso para los desesperados inmigrantes “ilegales” que pretenden llegar al Reino Unido.

El realizador finlandés relata magistralmente con sobriedad y cercanía la odisea que emprende Marcel para ayudar a Idrissa —un chaval africano que es buscado por la policía— a embarcar rumbo al reencuentro con su madre que vive en Londres.

Antes de proseguir debo advertir al lector que este análisis contiene inevitablemente spoilers.

 

Personas humanas

En un barrio humilde que parece estar anclado en el tiempo viven Marcel y su mujer Arletty. Él siendo escritor reputado decidió trabajar como limpiabotas como forma de estar realmente entre la gente, para nada es hombre de distancias ni discriminaciones. Su vida es Arletty, el trabajo en las calles y el bar donde se reúne con sus vecinos amigos. Una vida muy simple y sin complicaciones que le hace sentirse bien.

Hasta que un día un chaval del áfrica negra entra en su vida. Marcel lo ve escondido bajo un muelle medio sumergido en agua infecta. Una imagen que remueve conciencias, el niño negro en esas aguas blanquinosas contaminadas que pueden interpretarse como la leche —la alimentación— negada por los que recelan del extranjero deshauciado y así mismo la “mala leche” de tantos de ellos que tristemente ven amenaza en el necesitado.

Pero Marcel que sabe de él por los medios informativos (algunos especulan con que es un terrorista armado), le ofrece alimento y conversa amablemente con ese niño desvalido a quien acabará acogiendo/escondiendo en su hogar.

Idrissa viajó junto a otros africanos en un contenedor con rumbo al Reino Unido, contenedor que fue interceptado en el puerto francés. Kaurismäki nos muestra cómo son descubiertos, impacta verlos dignos en silencio con miradas que hablan por sí solas de sus vivencias y necesidades.

Silencios y miradas de personas que huyen de infiernos en búsqueda de oportunidades. Una realidad que lejos de mejorar —la película se ubica en el albor de la década pasada— sigue siendo tristemente actual.

Esos hombres de color en el puerto, otros mezclados con distintas razas en un campamento ilegal junto al mar y más de ellos recluidos en un centro estatal de inmigrantes son personas en el limbo que esperan vivir con dignidad.

Personas a las que el realizador finlandés retrata mudos como modo —entiendo— de enfatizar lo poco que son escuchados por las autoridades y los ciudadanos de los países a los que arriban.

En ese no querer escuchar se sitúan los policías como funcionarios a las órdenes de un sistema anclado en fronteras físicas y mentales, y algún vecino que les avisa,  al ver al niño merodeando. Pero afortunadamente Marcel no está solo en su sentir, los vecinos —en su mayoría— se muestran solidarios y le ayudan a encontrar una salida para Idrissa.

Como suele suceder, la gente con menos recursos económicos es más solidaria que los privilegiados adinerados. Mientras unos comparten lo poco que tienen con alegría, otros si dan a menudo lo hacen a regañadientes o como “limosna” en espera del aplauso terreno o celeste.

Así, Marcel mira de reojo a los clientes que le tratan con distancia ya sean hombres con traje o sotana. Él prefiere vivir “por debajo de sus posibilidades”, prefiere conversar entre amigos sin tanto disfraz pretencioso, gente llana que son vecinos y amigos de verdad.

Es por eso que cuando Arletty enferma de cáncer, algunas mujeres del barrio van a visitarla al hospital. Y le leen en voz alta —un leer que es amor— a Kafka, palabras del maestro checo que ilustran ese sentir comunal:

“Nuestras voces eran más veloces que el tren, balanceábamos los brazos porque las voces no bastaban, las voces nos arrastraban a un tumulto que nos hacía bien, cuando una voz se mezcla con otras es como si se los llevaran con un anzuelo, así que de espaldas al bosque cantábamos para los oídos de los viajeros lejanos”.

 

«Le Havre» (2011)

 

Música liberadora

Cantaban unidos, cantaban en comunión, la música ese arte con poder transformador capaz de liberar y unir a las personas más allá de sus personajes. Y la música en The Havre se convierte en protagonista, por un lado la excelente banda sonora que evoca la calidez atemporal del “cafè parisien” a menudo con el acordeón como instrumento destacado. Y también la música como solución al problema de Idrissa, de Marcel, y de todos sus amigos solidarios.

Porque nuestro héroe que limpia zapatos, necesita mucho dinero para llevar en una barca segura al chico a Londres. Es bello ver cómo las gentes del barrio ofrecen sus ahorros para ese fin anteponiendo al necesitado a sus necesidades. Pero Marcel decide organizar un concierto con un grupo rockero local consiguiendo recaudar suficientes fondos.

Y es bello también comprobar cómo finalmente y a pesar de muchas dificultades Idrissa logra zarpar escondido en la bodega de un pesquero —azul, claro— rumbo al reencuentro con la madre.

A pesar de que la policía inspecciona el puerto con numerosos efectivos —qué despilfarro de medios por un niño inocente, qué absurdo puede llegar a ser el sistema— no lo encuentran porque el inspector Monet (Jean Pierre Darroussin), un hombre extraño que conoce a Marcel lo protege asegurando a sus compañeros que no está en esa barca.

Final feliz, objetivo conseguido. Y Marcel que invita a unos vinos al comisario Monet del que erróneamente desconfiaba, un final que recuerda a la mítica Casablanca de Michael Curtiz.

Pero aún queda otra buena noticia: Arlette se ha curado milagrosamente de su cáncer. Vemos a la pareja regresando a casa, al llegar el cerezo de la entrada ha florecido. Y con esa bella imagen poética concluye esta joya cinematográfica.

Final feliz que para muchos es irreal, mucho milagro lo de la conversión del inspector y lo de la curación de la mujer, mucho milagro lo del poder del amor… De ahí que se suela etiquetar a la película como fábula, así más tranquilos todos, no sea que en la vida de uno puedan darse milagrosos finales felices…

Y se dan, claro que se dan “a pesar de” tanto, puedo dar fe de ello.

 

Homenaje atemporal

La acción de El Havre se sitúa en la Europa de inicios de la década pasada pero parece que transcurre en un tiempo muy anterior. Las calles, las casas, las tiendas, los coches, el carro de madera del tendero, los bares, la barca… todo tiene sabor y aroma a otras épocas. También la música, las calles casi sin tráfico o el propio oficio de Marcel.

Parece una película del genial Jacques Tati o incluso del gran Charles Chaplin. Entiendo que los homenajea a ellos y a tantos realizadores clásicos que retrataban con maestría a la gente común del pueblo.

Y homenajea también a personajes reales y ficticios que han dejado huella en el mundo. Marcel se apellida Marx como el autor de El capital, Arletty se llama así evocando a una popular artista francesa del siglo pasado y el inspector Monet honra al detective de Crimen y castigo de Dostoievski.

Es todo un homenaje a tiempos pasados sin tantas prisas como los días actuales, la nostalgia de la vida al calor del bar o el hogar sin dispositivos móviles ni redes sociales que nos absorban.

Y así mismo también un honrar a la gente humilde a menudo ninguneada y olvidada que suele saber más de la vida que los privilegiados de barrios “altos”.

En este sentido dice mucho la imagen de la humildísima casa de Arletty y Marcel con su ventana con porticones de madera que mira al pequeño patio de entrada en el que crece el cerezo y descansa la fiel perra Laica —otro homenaje— que vive con ellos o el cuadro de una ventana abierta a una casa junto al mar sobre una estantería de libros presidiendo la salita del hogar azul.

Un microcosmos pequeño e inmenso, la grandeza de la humildad.

El azul de El Havre, el azul del mar y del cielo (Mar-Cel, no es casual el nombre). El azul que el héroe limpia botas se atribuye bromeando en sus ojos que en realidad ostenta Arletty. La mirada azul de ella que es todo amor y que él reconoce así a todos.

La mirada azul en definitiva de Kaurismäki tan similar a las de Chaplin o Tati. Miradas de luz a (la inversión de azul) la vida de la gente, miradas que abren horizontes a la desesperación de tantos.

El azul que —contrariamente a la interpretación dualista que le otorga la cualidad fría— por ser luz es cálido, cálido como la llama de combustión de algunos gases que no es roja sino azul.

Se necesitan más miradas cómo estás en las artes y en general en la vida, miradas que empaticen y que abracen.

Miradas que para algunos son demasiado simples como si no fuera lo simple la más alta expresión del saber. Frente al enredo y  la complicación a menudo sin fin de tantos, el saber ver lo esencial haciendo comprensible lo que hay tanto a eruditos como a no eruditos. El ir al tuétano al igual que hace el poeta en un Haiku, así es este gran realizador finlandés.

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es pedagogo terapeuta por la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

Tráiler:

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: Le Havre (2011).