[Ensayo] «Sin lugar para los débiles»: Las ruinas de una ilusión

Este filme excepcional de los hermanos Joel y Ethan Coen —que data de 2007— lanzó al estrellato internacional definitivo al actor español Javier Bardem y su guion se encuentra basado en una de las mayores novelas del brillante escritor estadounidense, recientemente fallecido, Cormac McCarthy.

Por Horacio Ramírez

Publicado el 20.7.2023

En cierta ocasión, dos caballeros ingleses viajaban en tren, solos, en un camarote, uno frente al otro. Aburrido, uno de ellos, reparó en una caja que estaba en el portaequipaje. Para entablar una conversación, pregunta:

—¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?
El otro, mirando hacia arriba responde:

—¿Eso? Es un McGuffin.

—¡Ah! ¿Y qué es un McGuffin?

—Un McGuffin es un aparato para cazar leones en Escocia.

—Pero, pero en Escocia no hay leones.

—¡Ah! ¿No? Bueno, entonces eso de ahí no es un McGuffin.

Esta historia breve, contada alguna vez por Alfred Hitchcock, es archiconocida por todos los cinéfilos, pero siempre resulta agradable leerla de vez en cuando. El relato le sirvió al director para definir un elemento cualquiera que desencadene una historia, pero el cual, en sí mismo, es indiferente a esa historia.

Hitchcock explicaba, por ejemplo, que en los guiones de rufianes: «el McGuffin es siempre un collar y en historias de espías siempre son documentos». El McGuffin puede ir sólo al principio o acompañar toda la narración pero no sólo es irrelevante sino que puede ser siempre reemplazable por otra cosa.

Como sea, es un recurso que los hermanos Coen (Joel y Ethan) han usado en muchos de sus filmes y No Country for Old Men del 2007 fue uno de ellos. Su traducción al español para América Latina fue nefasta: Sin lugar para los débiles —que más parece el título de western de clase B— y que se aleja de la más correcta en España: No es país para viejos, que conserva parte del misterio del original en inglés.

En efecto, con Sin lugar para los débiles, los teóricos de la gestalt se ven un poco en apuros: la relación que figura en el fondo no es clara, porque a cada momento la superficialidad de la historia y la profundidad emotiva del narrador de la historia y uno de los personajes principales, el comisario Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones), se entremezclan en una abigarrada construcción que mantiene atento al espectador a distintos niveles de tensión y de atención.

La historia es sencilla: un cazador (Llewelyn Moss interpretado por Josh Brolin) descubre accidentalmente lo que quedó de una negociación de traficantes de drogas que terminó mal, con sólo un sobreviviente moribundo y un maletín cargado de mucho dinero (el McGuffin de la historia).

Huye con el botín y así empieza lo más elemental de la cinta: la persecución por ese dinero por parte del asesino psicópata Anton Chigurh, en el pálido y casi vampírico rostro del español Javier Bardem.

Y si bien su perfil y su mirada de algo —no alguien— agostado espiritualmente parecen calzar muy bien con el personaje, más de una vez se le preguntó a los Coen si estaban seguros de ser el actor que buscaban, ya que —les confiesa el intérprete hispano— no le gustaba la idea de tener que matar ante las cámaras, y matar ante los lentes, tras buscar y acechar víctimas, es en esencia lo que hace en todo el filme.

No obstante un grupo de psiquiatras se habían reunido en enero del 2007 y estudiaron más de 400 películas de psicópatas y registraron 126 características de estas personalidad y todos coincidieron en señalar a Bardem como el mejor candidato.

 

Uno de los villanos más emblemáticos de todos los tiempos

Del otro lado de la moneda, está el viejo sheriff Bell. Se cuenta que Tomy Lee Jones no estaba muy conforme con el resultado final de su papel, sin embargo, esta voz de fondo que cuenta su historia y su entretejido en segundo plano es el que le da, precisamente, la sustancia última y fundante del relato cinematográfico.

El papel de sheriff viejo (el de los old men del título) es el tejido que retiene la serie de violencia descarnada que se cierne sobre la sociedad. Y es en este contraste donde está el núcleo de la película: entre la América violenta y materialista frente a la mirada aturdida de los testigos y víctimas de esa mentalidad que viven entre otros valores, y esa visión de incomprensión se puede sintetizar en las conversaciones que tiene el sheriff con su padre y con el anterior sheriff.

Pero también en la mirada atónita que exhibe frente a los múltiples homicidios en un motel. No entiende. Y nunca va a entender: calor, luz, sol, desierto y cadáveres en una mezcla que no cabía en sus esquemas mentales, esquemas que eran herencia de generaciones protestantes que habían aprendido a ver a la América del Norte como una oportunidad, como una chance de expansión tanto religiosa como física, pero ese modelo estaba fracasando frente mismo al comisario.

La cinta comienza con la voz de Bell recordando su propia historia y la historia de sus «viejos»: los anteriores comisarios y los más antiguos comisarios que nunca necesitaron llevar armas y se pregunta —tras recordar cómo envió a un psicópata a la silla eléctrica— la forma en la cual se desempeñarían aquellos legendarios comisarios en el presente.

Así, la pérdida del control de las autoridades, en el caso especial de Anton, llegaba al paroxismo en el par de escenas en las que Chigurh juega al azar de una moneda la decisión de matar o no a una persona: primero al dueño de un almacén (en un episodio de tan extrema como inútil tensión) y luego a la esposa del cazador fugitivo (interpretada por la actriz Kelly Macdonald).

Y aunque ella le asegura que no elegirá «cara o cruz», el propio Anton le recrimina su decisión ya que él mismo afirma haber sido traído a su presencia por el azar como cierta forma de destino. No hay sonido de disparo y sólo aparece el criminal revisando no tener sangre en la suela de sus botas.

Anton es una psicopática máquina de matar que arrastra su «cattgun» o pistola de perno cautivo —usada para matar ganado— junto a un tubo de aire comprimido y un enorme y siniestro rifle de asalto con silenciador. Contratado para rastrear el dinero de la droga, Chigurh se convierte —desde su interpretación en esta cinta— en uno de los villanos más emblemáticos de todos los tiempos del cine.

Anton se justifica como un instrumento que cumple los designios propios y ajenos. Y es presentado casi como la contracara del sheriff, y muchos se preguntaron si Chigurh realmente existe y no es algo más que una contracara, sino la doble personalidad del propio sheriff.

Un guiño en ese sentido se da en la hora y 40 minutos de proyección: Anton Chigurh está esperando en el interior de una habitación de motel rifle en mano. Lo ilumina la luz que entra por la cerradura que él mismo había volado con el martillo neumático, mientras del lado de afuera, lleno de miedo, Ed Tom Bell mira el mismo agujero hasta que decide entrar y cuando abre la puerta no hay nadie: sólo su doble sombra en la pared del fondo y una mancha de sangre en la alfombra.

Nunca sabremos si esa especulación de muchos analistas está acertada o no.

 

Un tejido dramático deliberado

Esta película fue la primera que los hermanos Coen realizaron sin apelar a sus propios guiones: fue idea del productor Scott Rudin que adaptaran la novela homónima de Cormac McCarthy cuyos derechos de edición ya había comprado.

Y la violencia les saldría más cara aún ya que la mezcla de jugos dulces que quisieron usar como sangre invitaba inmediatamente a cuanto insecto hubiera en los ambientes para grabar. De modo que tuvieron que esperar «sangre» de Inglaterra a más de US$ 800 el galón (casi tres litros y medio se necesitaron).

Y aunque la mayor parte se filmó en Nuevo México, hubieron de trasladarse hasta la localidad de Marfa en Texas para concluir la grabación, pero coincidieron con la filmación de Petróleo sangriento de Paul Thomas Anderson, situación que los llevó a tener que suspender jornadas de rodaje a causa del humo de los efectos especiales de la otra película, y cada día de retraso significaba más gasto extra de dinero.

Pero la inversión rindió sus frutos: mientras Petróleo sangriento se llevó, en el 2008, los oscares a mejor actor y mejor fotografía, Sin lugar para los débiles se alzó con cuatro de las ocho estatuillas a las cuales había sido nominada: incluyendo el Oscar a la mejor película.

Javier Bardem ganó el Oscar al mejor actor de reparto y se convirtió en el primer español en ganar ese premio.

En su discurso de agradecimiento a la 80ª entrega del premio, afirmó: «Gracias a los Coen por estar lo suficientemente locos como para pensar que podía hacerlo y por poner en mi cabeza uno de los más horribles cortes de pelo de la historia». Por su parte, los hermanos Coen ganaron los premios al mejor director y mejor guion adaptado.

Como no podía ser de otra manera, la crítica se dividió en dos bandos: uno, el que elogia al filme en todos sus aspectos, aun en los más escabrosos, y el otro, el de los que la critican, especialmente, por su falta de balance en el tramo final y por la indefinición acerca de lo que se quiso decir en el filme.

Aunque nosotros ya explicamos la naturaleza de esa indefinición como un tejido guionístico deliberado y la calma final —la pérdida de ritmo— la vemos como formando parte de la extinción de los «hombres viejos» de cara a la nueva y violenta era.

De cualquier modo, tanto cuando Chigurh mira a los muchachos en bicicleta por el espejo retrovisor como en el momento del mero final de la proyección, adivinamos lo que quizás sea una visión de continuidad, de futuro de un país no apto para los viejos comisarios.

 

 

 

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Tráiler:

 

 

 

Horacio Ramírez

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años:

Reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se auto promovían y auto justificaban.

La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…

He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

 

*Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

 

Imagen destacada: No Country for Old Men (2007).