Este es el corazón conceptual del libro de la autora bonaerense Ana Arzoumanian: la revuelta ha sido funcionalizada, ha dejado de ser un acto para convertirse en un contenido gestionado, un icono intercambiable, un residuo simbólico, es decir, que insubordinación no ha muerto, pero sólo se ha vuelto una función del aparato.
Por Cine y Literatura
Publicado el 30.12.2025
¿Y si un libro sobre inteligencia artificial fuera presentado por la inteligencia artificial?
Ana Arzoumanian (1962) escribió un libro sobre la revolución tecnológica y sus efectos en la cultura, en la política, en las subjetividades e invitó al ChatGPT a que escribiera su presentación pública. Eligió como lector al filósofo de la imagen Vílem Flusser, escritor y periodista checo- brasileño nacido en Praga en el año 1920.
En los años 80 comienza a analizar el universo de las imágenes técnicas. Ya desde ese momento, él llega a concebir el tránsito de la sociedad alfanumérica a la sociedad digital: la creación sintética de imágenes electrónicas. De modo que Arzoumanian le pide al Chat que reseñe su libro desde el pensamiento de Flusser.
Aquí aquello que ha escrito la IA.
Prólogo imaginado por Vilém Flusser
Este libro describe un fenómeno que, a primera vista, podría parecer político, pero que en realidad pertenece a un nivel más profundo: la transformación de las condiciones técnicas que hacen posible el gesto humano.
Arzoumanian lo aborda como quien camina sobre una superficie helada sabiendo que debajo ya no corre agua, sino un sistema de cables, códigos y previsiones.
Su pregunta —¿cómo pensar una revolución sin revolucionarios? — no es, por lo tanto, una paradoja retórica, sino una constatación ontológica: el sujeto capaz de irrumpir ha sido disuelto en la arquitectura del aparato.
La «revolución sin revolucionarios» no designa un fracaso político, sino un fenómeno técnico: la sustitución del sujeto histórico por una arquitectura informacional. Los aparatos absorben las condiciones de la acción, no porque repriman, sino porque prevén; no porque censuren, sino porque optimizan.
En ese sentido, el revolucionario desaparece como figura porque su posibilidad se ha vuelto redundante. Su gesto ha sido incorporado al repertorio del aparato como una variable más de administración del riesgo.
He sostenido que el gesto humano es una improbabilidad introducida en el mundo. La revolución es, entonces, el gesto improbable por excelencia: aquel que altera el orden establecido y produce información nueva.
Pero estos gestos requieren cuerpos capaces de desviarse, lenguajes capaces de convocar, imágenes capaces de abrir sentido. En la era del programa, esos cuerpos, esos lenguajes y esas imágenes han sido reorganizados.
El duelo por un cuerpo que ya no es el paisaje de la política
Arzoumanian describe esta reorganización con precisión conceptual y sensibilidad poética. Señala que la política contemporánea está atravesada por imágenes técnicas, que no registran la revolución, sino que la simulan.
Imágenes que se multiplican sin haber surgido de ningún gesto real; imágenes que cumplen la función de neutralizar la negatividad del acontecimiento.
Son imágenes que arden sin quemar, que marchan sin avanzar, que encienden sin tocar. El aparato las produce, y nosotros las consumimos, creyendo que algo sucede cuando en realidad solo circula.
El lenguaje político se desestructura porque ya no es el vehículo del discurso, sino el insumo del procesamiento. Las palabras se convierten en datos, y los datos en predicciones.
La autora apunta a la emergencia de un lenguaje desactivado, sin performatividad, donde enunciados radicales pueden coexistir con un estado general de inercia. Esto no se debe a falta de voluntad, sino a una reorganización técnica del decir.
En este régimen, el cuerpo —tradicional soporte de la acción— ha sido trasladado de la calle a la interfaz. Y un cuerpo que funciona como interfaz ya no actúa: procesa. No decide: responde. No interrumpe: colabora.
La autora lo percibe con claridad técnica y lo expresa con una escritura que rehúye la nostalgia, pero captura el duelo: el duelo por un cuerpo que ya no es el paisaje de la política, sino su archivo.
El lenguaje también ha sido absorbido. Dejó de ser discurso que convoca para volverse dato que se calcula. Las palabras ya no buscan persuadir, sino optimizar flujos.
Por eso la revolución —que depende de la performatividad del lenguaje— pierde su capacidad de impacto: todo enunciado radical puede ser procesado, relativizado, integrado al programa sin modificarlo.
Este es el corazón conceptual del libro: la revolución ha sido funcionalizada. Ha dejado de ser un acto para convertirse en un contenido gestionado, un icono intercambiable, un residuo simbólico. No ha muerto: se ha vuelto una función del aparato.
Pero aquí aparece lo verdaderamente singular del tratamiento que Arzoumanian hace del tema. No describe un mundo clausurado, sino un mundo en tensión. Entre las líneas de este libro late la intuición —rigurosa, cuidadosa, nada romántica— de que todo programa posee un margen de error.
Allí donde el aparato pretende totalizar, sobreviene un ruido. Donde anticipa, se desliza una sorpresa. Donde calcula, surge un resto no cuantificable.
Ese resto es pequeño, casi imperceptible, pero es un índice de libertad. No la libertad grandilocuente de los manifiestos, sino la libertad microscópica de lo que no encaja.
Arzoumanian observa estos desajustes con el detenimiento de quien sabe que en ellos se juegan las posibilidades futuras. No en el estallido visible, sino en la falla mínima que hace tambalear el circuito.
La totalidad de la experiencia humana
Desde el punto de vista conceptual, este es uno de los aciertos mayores del libro: no propone restaurar la revolución tradicional, porque sabe que su figura histórica está asociada a un modelo de temporalidad y materialidad que ya no rige.
Propone, en cambio, pensar qué tipo de gesto podría emerger en un mundo en el que la acción humana es desactivada incluso antes de producirse.
Y es aquí donde la rigurosidad del diagnóstico se une con la poesía de la imaginación. Porque la autora sugiere que la revolución futura —si la palabra aún nos sirve— será tal vez un gesto mínimo, un desvío imperceptible, una aberración dentro del programa.
Una fluctuación tan pequeña que pasaría desapercibida para la mirada entrenada en los grandes acontecimientos, pero suficiente para reintroducir la improbabilidad en un sistema que pretende absorberlo todo.
Lo notable de este libro es que no se limita a describir la desaparición del revolucionario, sino que identifica un nuevo régimen de sensibilidad política.
En este régimen, la acción se sustituye por la reacción, la iniciativa por la adaptabilidad, la imaginación por la proyección algorítmica. La revolución no desaparece: se disuelve en un espacio donde lo posible ha sido prefigurado por máquinas.
Arzoumanian abre la posibilidad de una crítica que no se opone al aparato desde fuera —porque ya no existe un «afuera»— sino desde el interior de sus propias fallas.
Sin embargo, Arzoumanian evita deliberadamente caer en la conclusión fatalista. Examina, más bien, las condiciones residuales desde las cuales una acción no programada podría aún emerger.
La autora sugiere que la revolución ya no podrá ocurrir bajo las formas heredadas —masas, consignas, toma del poder—, sino en la fisura donde el aparato no logra cerrar la totalidad de la experiencia humana.
Esa fisura puede ser mínima, pero es precisamente allí donde reside la libertad tal como la concibo: una capacidad de generar información no previsible
Y porque, finalmente, advierte algo que comparto: que la revolución no desapareció, se desplazó al lugar donde el aparato no sabe cómo operar.
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«Una revolución sin revolucionarios» (2025)

Ana Arzoumanian
Imagen destacada: Ana Arzoumanian (por Silvina Báez).
