Novela “La desaparición de Josef Mengele”, de Olivier Guez: Una realidad inconmensurable

La presente es una obra notable que resiste los géneros literarios. Es quizá una muestra de la flexibilidad a la que se debe someter la letra para dar cuenta de una realidad tan inmensurable como la que aconteció en torno al macabro “Ángel de la muerte”, y su permanente fuga a través de Sudamérica después de concluida la Segunda Guerra Mundial y la caída de la Alemania nazi.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 13.9.2018

Guez comienza su narración presentando el irónico crisol que habrá de gestar una nueva patria en Sudamérica; real menagerie a bordo del “North King” : “unos alemanes entonan un canto militar, unos italianos se persignan y unos judíos rezan, pese a la llovizna, unas parejas se besan, el transatlántico arriba a Buenos Aires tras una travesía de tres semanas. Solo en la borda, Helmut Gregor cavila”. Por supuesto, Helmut Gregor es el alias del espeluznante Josef Mengele, el ángel de la muerte. Así, el descollante trabajo de Guez nos sumerge en la pesadilla más horrible imaginable.

La desaparición de Josef Mengele (Tusquets 2018) es un documento impresionante. El retrato que consigue de su objeto de análisis es tan consumado, Guez es capaz de introducirse hasta en sus ‘emociones’. Guez se interna en la psiquis de su ‘personaje’, mezclando introspección y documentación. Vemos las motivaciones de Mengele en un verdadero estudio sobre la personalidad megalómana. Con Mengele ya en Argentina, también accedemos a la construcción de una sociedad nueva que acoge el doctor, en un ambiente de absoluto peronismo. Acá vemos la identificación directa con la Alemania nazi: “Y como en Alemania en tiempos del Reich, la gente profesa un auténtico culto al líder de la nación, un dúo, un oso con un uniforme de opereta y un gorrión engastado en joyas. El redentor y la oprimida: Juan y Evita Perón se exhiben triunfalmente en todos los muros de la capital”.

De este modo, Guez va haciendo un retrato con tintes sociológicos, al analizar  los entornos a los que se adaptan los nazis allegados a Sudamérica. Vemos esta adaptación cuando “Mengele se despoja de la máscara de Gregor. Como médico ha cuidado el cuerpo de la raza y protegido a la comunidad de combate. Ha luchado en Auschwitz contra la desintegración y los enemigos internos, los homosexuales y los asociales; contra los judíos, esos microbios que desde hace milenios llevan a la derrota de la humanidad nórdica: había que erradicarlos por todos los medios. Ha actuado como un hombre moral… ha cumplido con su deber como miembro de las SS”. Mengele no tiene nada de lo que arrepentirse, como también entendemos gracias a otra escena que encuentra a Mengele en confrontación ética con su hijo Rolf, quien lo visita para exigirle explicaciones y lo interpela: ¿acaso no le remuerde la conciencia por todos los asesinatos? ¿Qué te han hecho los judíos?, pregunta. Y el padre responde: “La piedad no es una categoría válida, porque los judíos no pertenecen al género humano”.

El detallado recuento nos muestra a un Mengele en proceso de deterioro y crecientemente paranoico. Cuando Mengele se entera del asesinato del nazi Herbert Cukurs en Montevideo, “se rodea de más perros, se compra unos prismáticos más sofisticados, desde su atalaya espía la campiña con más detenimiento”. Y aunque observamos su angustia y su sufrimiento, es imposible la compasión. Acá hay algo interesante al ofrecer una alternativa a la justicia. Es quizá una ilusión de lo que podría ser una aproximación a un sentido de justicia: lo vemos debatirse en una angustia, pues si no, ¿cómo tolerar la impune presencia de un asesino que jamás es juzgado? La estrategia narrativa sabe que no puede economizar detalles, ni siquiera darse el lujo de moderar o edulcorar el exhaustivo retrato que está elaborando de este personaje. Así, vemos al doctor enfermo en su cama con dolores; Mengele se resiste a ver un médico y teme tener eructos fecaloideos. ¡Finalmente detectan una bola de pelo en su intestino, producto de todos los pelos que ha ingerido al chuparse los bigotes!

Sin duda una de las secciones más difíciles de leer son las vinculadas a los Sonderkommandos y las citas de Miklós Nyiszli, encargado en el campo de recoger los cabellos y a arrancar el oro de los cadáveres gaseados antes de arrojarlos a los hornos. Sus citas derivan de su testimonio, “Fui asistente del doctor Mengele”, publicado en Francia en 1961. Nyiszli, trabajando muy cerca de Mengele, dice que con solo oír el nombre del ángel de la muerte, “todo el mundo se echa a temblar”, y que su forma de relajarse era contemplando las chimeneas de los crematorios, entre el olor a carne y los cabellos ardiendo: “Allí es donde el doctor Mengele va a relajarse después de cada selección”. Pero sin duda, una de las secciones más escalofriantes que documenta Nyiszli se centra en un padre e hijo tullidos que llegan al campo, desde el gueto de Lodz y Mengele los selecciona al instante. “¿Qué método conoce usted para la perfecta limpieza de los esqueletos?”, le consulta a Nyiszli. A continuación viene la cocción de los cuerpos en grandes fogones y la canibalización de sus carnes por parte de otros prisioneros.

Hasta nuestro Chile sale a colación en el estudio. Algunos aún nos acordamos de Walter Rauff, su cómodo estar en Santiago de Chile, sus idas a comprar empanadas los domingos, y su funeral en 1984, rodeado de nazis. “Regresa después de pasar una semana de vacaciones en Chile. Ha aterrizado en Santiago con Rudel, en el avión privado de éste, y allí los esperaba un viejo amigo y piloto, el ‘asesino de Milán’, Walter Rauff (noventa y siete mil homicidios), el inventor del camión de gas, prototipo de las cámaras de exterminio en el Este”.

La desaparición de Josef Mengele es una obra notable que resiste los géneros. Es quizá una muestra de la flexibilidad a la que se debe someter la letra para dar cuenta de una realidad tan inmensurable como la que aconteció en torno al macabro ángel de la muerte. En las páginas finales del libro, Guez medita: “… la razón se eclipsa y otros hombres vuelven a propagar el mal… Desconfianza, el hombre es una criatura maleable, hay que desconfiar de los hombres”. Son observaciones desmoralizantes aunque precisas. Y, respecto al formato, Guez explica que “sólo la forma novelesca me permite acercarme en la medida de lo posible a la macabra trayectoria del médico nazi”.

 

Nicolás Poblete Pardo es escritor, periodista y PhD en literatura hispanoamericana por la Washington University in St. Louis, Estados Unidos. En la actualidad ejerce como profesor titular de la Universidad Chileno-Británica de Cultura, y su última novela publicada es Concepciones (Editorial Furtiva, Santiago, 2017).

 

La edición en castellano de la novela que obtuvo el Prix Renaudot 2017 en Francia

 

 

 

Crédito de la imagen destacada: El escritor francés Olivier Guez por Culturebox (https://culturebox.francetvinfo.fr/).