“Rancor”: Un muro de infamia y el horror a la vuelta de la esquina

La novela del chileno Daniel Rojas Pachas es un libro que se nutre del morbo, el voyerismo y la ficción: es un híbrido textual que transita entre el género “noir”, el “gore”, el “sexplotation” y el cual extiende nudos hacia figuras de la cultura docta y popular como Celine, Pound, Gottfried Benn, Dostoiveski, Roman Polanski o Klaus Kinski -voces que coquetearon con el mal- y sin olvidar el arte de criminales contenido en las composiciones de Charles Manson, en la escritura filosófica de Theodore Kaczynski (Unabomber), en las pinturas de John Wayne Gacy, o en los poemas inéditos que dicen escribió Jeffrey Dahmer, mientras estaba la cárcel.

Por Edgardo Briceño Ruiz

Publicado el 4.12.2018

Rancor (2018), publicada por la editorial Los Perros Románticos, es la cuarta novela de Daniel Rojas Pachas (Arica, 1983). En estricto rigor, Rancor es una reescritura de uno de los erráticos capítulos de Random, novela de Rojas Pachas que fue editada el 2014 por Narrativa Punto Aparte y reeditada este año en Perú, por Aletheya Ediciones.

Patricia Espinosa al comentar Random, en su artículo “Infamia sin control”, señala sobre la escritura narrativa de Rojas Pachas: “La complejidad psicológica del escritor es uno de los puntos altos de esta narración: confiable, en apariencia, y lleno de odio en lo íntimo, odio que parece materializar a través de su escritura. […] Pero el acto de escribir también se encuentra fracturado. Por un lado, le resulta aborrecible la creación; por otro, le resulta imprescindible para sobrevivir”.

La lectura de Espinosa se puede extender a la trama de Rancor, pues esta novela también hace uso del detritus de la cultura pop y nos muestra los caminos subterráneos de mentes que transitan entre el mundo del arte y la violencia. La historia de los asesinos seriales, aspirantes a artistas y hermanos incestuosos, Juan y Patricia, mejor conocida como Rodion, aparece aquí como parte de un file policial, y no como un relato al margen de la trama principal de Random.

Rancor, a diferencia de su predecesora, es un híbrido textual que transita entre el género noir, el gore y el sexplotation. Esto se confirma con otro de los elementos del file que componen la novela; las notas teóricas de Roman Gubern respecto a la pornografía, pues la mirada del espectador y el “principio de visibilidad óptica” se presenta en esta novela al igual que en los filmes para adultos: “en la pelea de western o la escena de atraco de un film policíaco” (23). Rancor es un libro que se nutre del morbo y el voyerismo.

Leonardo Sanhueza, en su crítica a Carne (poemario de Rojas Pachas) indica que la escritura del autor se nos presenta como una pesadilla distópica, a esto debemos sumar los peculiares mecanismos con que el autor estructura sus textos. En Rancor confrontamos un montaje de elementos propios de la serie B. La novela opera como un reflejo estilizado de nuestras sociedades latinoamericanas. Su atmósfera enrarecida surge a partir de la deformación de los idearios de éxito y el arribismo de los ciudadanos dentro de un mundo hiperconectado.

El afán de los sujetos por formar parte del llamado primer mundo, se traduce en un consumismo depredador, prejuicios de clase y exclusión. Como dice Lipovetski: “Detrás del mundo perfecto del tornasol, el glamour, el oropel, el show-bussiness, surge la muerte, la desdicha individual y social, la insignificancia, los cataclismos, el desamparo, la crítica social del Occidente consumista. El idílico rosa caramelo puede aparecer sobre un fondo del caos, de catástrofe, de devastación” (131).

En Rancor todo es artificial, el sexo deviene en pornografía, el crimen está sobre estetizado, la realidad virtual es moneda de cambio y el victimario es glamorizado por los grandes medios y explotado por el amarillismo. En la novela confrontamos ambas dimensiones del abuso que la prensa televisiva y escrita hace de las figuras del asesino y del sicópata.

El caso de Ronald Humel apodado el loco, afecta a una pequeña comunidad de la frontera chileno-peruana y da cuenta de la intriga y mezquindad de los pasquines de provincia dedicados a la crónica roja: “También comenzaron las notas amarillistas en diarios como El Bocón, La Veloz y Diario Frontera, pero las autoridades no hacían nada al respecto, pese a las innumerables denuncias en contra del enajenado” (41).

La espectacularización del crimen atraviesa toda la trama de la obra, sin embargo, quiero enfocar mi lectura en la figura de Jeffrey Dahmer. Dentro del file policial, que constituye el diseño fractal de la novela, encontramos una bitácora del Caníbal de Milwaukee. El capítulo nos relata un juicio televisado y la asistencia de gran cantidad de público, que se trasladó desde una convención de automóviles que se estaba realizando frente al juzgado, a fin de presenciar las deliberaciones y testimonios como si se tratase de un talk show.

Jeffrey nunca se definió como un loco, la gente incluso lo describía como un tipo afable, “folksy”. Cuando subió al estrado a declarar parecía un hombre normal y a las personas les agradaba verlo, prueba de ello es el juicio, al lado de la corte se llevaba a cabo una convención de automovilismo, la gente iba a recoger los souvenirs, bolsos con chucherías y luego partían en familia, atropellándose tan solo para escucharlo, algunos dirán era morbo, es seguro, pero a muchos de ellos les agradaba el tipo… sin embargo – La confesión de Jeffrey le delató (36).

La muerte de Dahmer también pasa por el filtro de los medios. Las confesiones transcritas en la novela son tomadas literalmente de un documental titulado: Jeffrey Dahmer: The Monster Within, el cual contiene grabaciones y entrevistas del Carnicero de Milwaukee, sus padres, amigos y familiares de las víctimas.

Este cruce entre realidad y ficción se comunica con cierta tendencia del cine actual al generar falsos documentales. El llamado mockumentary ha tenido especial relevancia en el género de terror y en la comedia, sin embargo, también lo encontramos en la gesta de biopics, que van desde la celebrada This is Spinal Tap hasta interpretaciones bastante libres de la vida de músicos, pintores, escritores y también asesinos. Es factible pensar Rancor como una especie de biopic literario, el cual busca ingresar a la génesis de la mente asesina, tomando como recursos para su escritura los convencionalismos y lugares comunes del género, a fin de mostrar los estereotipos que van moldeando las deformaciones de nuestra mente. Sin ir más lejos, a diario nos bombardean con reality shows y juicios televisados que exponen la podredumbre del continente.

Respecto a Dahmer se han realizado casi una docena de filmes en diversos formatos, mayormente destinados a una distribución directa a televisión o mediante sistemas caseros de reproducción, vhs y dvd. Se destaca la cinta del 2002 titulada Dahmer, con la actuación protagónica de Jeremy Renner, el actor que interpreta a Hawkeye de los Avengers. Una más reciente, del 2017, explora la juventud del sicópata y se titula My Friend Dahmer. Esto sin contar la cantidad de libros y análisis del juicio, género que se vende como no ficción.

La necesidad de hacer espectáculo y dinero con el crimen llega a niveles irrisorios, pues otra cinta del 2010 plantea el enfrentamiento entre Dahmer y el asesino vestido de payaso, John Wayne Gacy. La historia de este filme se asemeja a lo que ocurre en la trama de Rancor, pues Luis, otro de los protagonistas de la novela file, tiene como principal móvil y aliciente, ante su vida plagada de continuos fracasos, la posibilidad de lograr que su guión sobre el enfrentamiento entre la asesina Lee Wuornos y el Green River Killer, sea llevado al cine o al cómic. La novela de Rojas Pachas está en sintonía con estos excesos y espacios embrutecedores de los mass media que transan vísceras y testosterona.

La presencia de Dahmer en la novela, no es antojadiza, es ante todo un centro hacia al cual confluyen los detonantes de la trama. Lo que busca el autor es generar un reflejo entre el asesino real y las obsesiones de su protagonista, el femicida cuyo atroz crimen da origen al caótico universo textual que es Rancor. Esta mise en abyme intenta fusionar la reconstrucción policial de una escena con la escritura literaria y los múltiples modos de apropiación, que el morbo ciudadano tiene en torno al crimen. Para estos fines, Rancor moviliza al lector por diversos contenidos, desde el falso documental al cómic, el pulp y el análisis teórico, las citas a novelas beatnik, cine experimental y el comentario virtual en sitios de pornografía, con el consabido intercambio de material ilícito en foros, todo esto sumado al relato más convencional.

Los encuadres o marcos de acción de la novela son terreno fértil, para edificar la mente del asesino, pues la educación sentimental de este tipo humano se encuentra conectada a los mismos estímulos que la cultura en general tiende como cebo a todos los ciudadanos. Como en un uroboro, los variados asesinos de la obra son lectores de otros perpetradores, sean estos crímenes en el papel o en la vida real. Como si se tratase de una cadena infinita de infamia, los crímenes de Patricia y su fijación con Dostoievski hacen espejo con la figura de Mark David Chapman y su lectura aberrante del personaje Holden Caulfield del libro de J.D Salinger, The Catcher in the Rye.

Si seguimos esta lógica, podemos también ver en estos personajes de la literatura universal, Holden y Raskolnikov, su temprano desarraigo frente a los demás. En el caso del protagonista ruso, encontramos su teoría sobre ciertos sujetos llamados a aplastar a otros como insectos, a fin de preservar la grandiosidad del espíritu. En cuanto al comportamiento de Luis, el hombre atormentado que escribe un guión y cuyo crimen termina dando vida a Rancor, presenta esta operación intertextual, a partir del diálogo que sus pulsiones criminales sostienen con las vidas de otros como él, Dahmer, Lee Wuornos, The Green River Killer y miles de sujetos anónimos con los cuales intercambia material en la red, desde alta cultura representada por las teorías de Roman Gubern y apócrifos mensajes al margen presentes en los muros virtuales. Como dice Barthes, el lector se lee a sí mismo, en este caso el asesino se va codificando a sí mismo, a partir de la lectura y admiración de otros crímenes y sus ejecutores.

Más allá de esta operación textual, hay un móvil declarado. El informe policial señala que el sujeto mató a su mujer debido a sus continuas infidelidades. La novela sugiere en el capítulo “Confesión de parte”, que los hijos de la pareja son producto de otras relaciones, de modo que para la sociedad el crimen queda tipificado en un esquema seguro: un crimen pasional y no se indaga más allá, en la mente del sicópata. Una prueba viva de esta mente en formación es el vertedero virtual que resguarda en sus cuentas virtuales y en la memoria de su computadora.

La obra se sostiene en la tensión entre dos vidas, una alterna en las redes, compuesta por sus bitácoras de navegación por la deep web, mientras su continuum es una ruina que nos remite a un padre castrador, amigos que se burlan de las desgracias de su par, una carrera universitaria truncada, desempleo y marginación social, pues su bien más preciado es un notebook que se traduce en su principal conexión emocional con el mundo.

El aliciente de este personaje es terminar un manuscrito, para un eventual cómic o corto cinematográfico que exponga el enfrentamiento de dos asesinos en serie. Como si se tratase de Jason Voorhees de Friday the 13th y Freddy Krueger de A Nightmare on Elm Street, hoy en día ambos personajes del videojuego Mortal Kombat, Luis fantasea en poner a luchar en una escena altamente sexualizada, a Lee Wuornos, asesina que haciéndose pasar por prostituta asaltaba y mataba a sus clientes versus de Green River Killer, cuyo nombre real es Gary Leon Ridgway, un sujeto típico de los suburbios norteamericanos, cuyo principal blanco eran mujeres que laburaban en las calles.

Como en el caso de Dahmer, estos dos personajes también han recibido su respectiva cuota de figuración dentro de los medios pop estadounidenses. Lee Wuornos fue interpretada el año 2003 por Charlize Theron en el filme Monster, llegando la actriz a ganar el Oscar, mientras que de Green River Killer, fue el centro de un filme del año 2004, titulado The Riverman. La historia basada en el best seller de Robert D. Keppel, presenta un peculiar crossover, pues agentes del FBI ayudados por el asesino serial Ted Bundy, buscan resolver los más de cincuenta crímenes de Ridgway que azotaron a Washington. Algo similar al rol que cumple Hannibal Lecter en las novelas de Thomas Harris.

Esta suma de cruces que he enumerado, demuestra cómo todo en Rancor es detritus. Rojas Pachas trabaja con despojos que va dejando una cultura que se aprovecha de la basura y la explotación del horror, el miedo y placeres subterráneos que se presentan como escapes ante un mundo asfixiante e hiperconectado. Un elemento que no puedo eludir en mi lectura, es el rol del artista, como otro ente que busca lucrar y aprovecharse desde su tribuna, de las formas de mediatización inmediatas.

La novela inicia con una serie de prosas biográficas de actrices porno. Este ramillete o antología de textos motivados por las escenas sexuales de diferentes actrices, se acerca al ejercicio propiciado por Edgar Lee Masters en Spoon River Anthology y más tarde por Rodolfo Wilcock y Roberto Bolaño. La escritura está circunscrita a la sublimación de deseos, a partir de la puesta en escena, por ejemplo la mención que Pachas hace de Aldous Huxley y la necesidad de recrear un encuentro entre civilización y barbarie, tomando como base al salvaje, de preferencia un hombre africano sometiendo a una mujer blanca, lo cual remite al relato de la bella y la bestia.

En otro pasaje de la novela se alude al mancillamiento simbólico de la eyaculación en el rostro de las actrices. Estos ritualismos tienen su punto culmine en el cómic dentro de la novela, cuando un hombre de la iglesia asesina a una bella mujer y replica la crucifixión. La obra prioriza estos encuentros, lo cual nos remite al protagonista, un guionista declarado. En el file hay una muestra de su obra, un breve relato que muestra el choque entre Wuornos y Ridgway, a fin de cuentas, el file policial es también su obra. El archivo del caso es un cruce entre sus lecturas, sus pulsiones, su trabajo escrito, el material gráfico, las viñetas e ilustraciones que presumiblemente son de su autoría, además su propia bitácora de infamia que culmina con el asesinato de su esposa.

La obra en esa medida vuelve a generar una caída en abismo, una espiral en que arte y brutalidad se mixturan. Rancor y principalmente el relato extenso que la compone, la historia de Juan y Patricia, persiste en la tarea de ahondar en el oscuro pasaje que comunica al criminal y al creador. Rodion por ejemplo, se largó una temporada a jugar a ser poeta, nos dice la obra:

“Siempre llegaba cargada de anécdotas pero en el fondo decepcionada de lo básico de estos ambientes, del odio encubierto que le profesaban sobre todo las mujeres y el deseo de muchos poetas por tirarse, de seguro por el culo, a una chilena cojuda y putaza, creo que todas esas experiencias la fortalecían y rescataba sobre todo lo barato de los libros y las primeras ediciones que conseguía, empezó a traducir a Martín Adán, a Vallejo a Cesar Moro y a María Emilia Cornejo y también a Luis Hernández al inglés, se interesaron por ese material algunos magazines y journals de Norteamérica e incluso le compraron los derechos de unos textos, con esa plata pudo viajar a México a leer poesía invitada por la sugerencia de un poeta famoso peruano, un poeta viejo con el cual se acostó. Me contó eso mucho después, en México igual terminó culeando con artistas, pero allí fue con un músico punk y una pintora, su primera relación lésbica, nada mal me dijo, pero tampoco nada del otro mundo, me gustan más los picos gritaba desde la ducha” (57).

Un momento ineludible es el asesinato del llamado “filósofo” de la frontera, abusador de travestis, que funcionará como rito de iniciación en la senda de terror de los hermanos. La publicación arriesgada de Rancor, a través del sello, Los Perros Románticos, se presenta en un momento particular de nuestra historia en que hay una necesidad por revisar moralmente a los artistas.

La novela de Rojas Pachas extiende nudos hacia figuras como Celine, Pound, Gottfried Benn, el mismo Dostoiveski, voces que coquetearon con el mal, así como los casos extremos de Roman Polanski o Klaus Kinski que también son puestos sobre la mesa, sin olvidar el arte de criminales como las composiciones de Charles Manson, la escritura filosófica de Theodore Kaczynski (Unabomber), las pinturas de John Wayne Gacy o los poemas inéditos, que ciertos testimonios dicen escribió Jeffrey Dahmer en la cárcel. La escritura de Rojas Pachas no hace un juicio a esta situación, incluso fuera de la trascendencia o valor como pieza que tenga el arte ligado al crimen y su validación, dada por un determinado sistema y campo cultural, Rancor tiene el coraje de plantear el tema como una pregunta incómoda y difícil de ignorar, similar al hacha ensangrentada de Rodion, torpemente escondida detrás del refrigerador o de modo premeditado puesta allí, para develar el muro de infamia y el horror a la vuelta de la esquina.

 

Edgardo Briceño Ruiz (1974). Periodista y maestro en literatura comparada. Ha publicado textos académicos sobre el ensayo hispanoamericano y la narrativa del siglo XXI, enfocando sus estudios en la literatura colombiana actual. Publicó la novela Barrido nocturno y el ensayo El rastrojo, dedicado a la obra de Andrés Caicedo, Germán Espinosa, Tomás González y Juan Gabriel Vásquez. Prepara una segunda novela titulada Cuaderno de fuga.

 

 

 

El escritor y editor chileno Daniel Rojas Pachas

 

 

 

Crédito de la imagen destacada: Editorial Los Perros Románticos.