“Una serena pasión”: La intensa y melancólica voluntad de vivir

Esta es una obra audiovisual que se adentra en la trágica y enigmática vida de Emily Dickinson, considerada una de las poetisas más importantes de EE.UU. Usando planos frontales y ángulos rectos, con encuadres clásicos y con una puesta en escena sobria y estilizada, el filme nos va narrando una historia familiar atravesada por dolores, enfermedades y pérdidas.

Por Francisco Marín-Naritelli

Publicado el 24.2.2018

“Podría estar más sola sin mi soledad, / tan habituada estoy a mi destino, / tal vez la otra paz, / podría interrumpir la oscuridad / y llenar el pequeño cuarto”.
Emily Dickinson

La melancolía ha sido motivo de debate y reflexión a lo largo de la historia. Desde la medicina hasta el arte, como ámbito intrínseco e insondable del alma humana. Es más, fue elevada a un sitial prominente por el Romanticismo a fines del siglo XVIII. Una manera de sentir, de vivir intensamente. La melancolía como un estado del ser contra el materialismo, que implica el recogimiento, en tanto protección en lo subjetivo, en desmedro del afuera, el exterior.

Esto bien lo sabe Terence Davies, director británico de “Una serena pasión” (Reino Unido-Bélgica, 2016), largometraje que se adentra en la trágica y enigmática vida de Emily Dickinson, considerada una de las poetisas más importantes de EE.UU. Usando planos frontales y ángulos rectos, con encuadres clásicos y con una puesta en escena sobria y estilizada, nos va narrando una historia familiar atravesada por dolores, enfermedades y pérdidas.

“Por cada momento de éxtasis, pagaremos con tormento en aguda y sentida proporción al éxtasis. Por cada hora disfrutada, afilados y míseros años, monedas disputadas con amargura y baúles rebosantes de lágrimas”, nos dice una adolescente Emily, a través de la voz en off, y que expresa el sentido biográfico del filme.

Educada dentro de estrictos códigos morales, Dickinson, en un comienzo, fuerte, animosa e independiente, se va convirtiendo en una persona solitaria, frustrada e insegura. Incapaz de sentir felicidad, pues cree que no es digna de ser amada, comienza a recluirse en casa. Pero más que transformarse en un escollo insalvable a su labor creativa; la expande, precisamente en el encuentro consigo misma, un espacio interno riquísimo en reflexiones, ideas y sentimientos. El encierro y la tristeza evaden las distracciones naturales de un mundo hipócrita y peligroso, y encumbran a su poesía como vía indispensable para alcanzar la libertad y la belleza. Porque la poesía, para Dickinson, es una obsesión y un trabajo, donde el intelecto suple las limitaciones y da sentido a su vida.

“En mi flor me he escondido”, dice en uno de sus poemas y así se refleja en “Una serena pasión”, película que, además de diálogos bien hechos, ingeniosos y estimulantes, traza un impecable y detallado cuadro de época: Nueva Inglaterra, segunda mitad del siglo XIX. Hay una lectura política, desde luego. El rol de la mujer abriendo espacios y disputando el poder en una sociedad cerrada, conservadora y autoritaria. Dickinson, con elocuencia, sagacidad e ironía, aborda diversas temáticas, en teoría vedadas, como la literatura, la religión o la moral. Esa es la fuerza de su personalidad. Una mujer que pese a su confinamiento, inquietante y claustrofóbico, y a una dolorosa enfermedad, replica, cuestiona. En este sentido, Dickinson es un ejemplo de emancipación desde el arte, y que, en todo tiempo y lugar, permite derribar los prejuicios y expandir, por tanto, los límites de lo posible.

 

Las actrices Cynthia Nixon (Emily Dickinson) y Jennifer Ehle en un fotograma de «Una serena pasión» (2016), del realizador inglés Terence Davies

 

Tráiler: