«Viernes santo», de Rafael Rubio: Nunca estarán solos los muertos en mi casa

Esta es la apuesta de un poeta que ha conocido el rigor de su labor, que no se ha dejado seducir por ímpetus efímeros, y que ha trazado palabra por término un trabajo de una gran solidez, comprendiendo su tamaña complejidad. Así, el volumen analizado logra ser vivencia de lo cotidiano, todo aquello que sucede durante la oscuridad del día, y la luz de la noche.

Por Víctor Campos

Publicado el 6.8.2019

Durante el mes quinto del año salió a la luz el poemario Viernes santo, la última entrega del poeta chileno Rafael Rubio (1975). El libro que rigurosamente consta de 165 páginas, está compuesto por ocho estaciones, cada una presentada por ilustraciones del pintor Salvador Amenábar. El texto tanto orgánico como acabado nos ofrece un periplo trazado por una cotidianidad impregnada de catolicismo, acentuado en el dolor y el sacrificio que aún guardan un sitio en la diaria vivencia humana, superponiéndose su escritura a todo credo lector. Marcado por el sufrimiento, el poemario asume una de la más difíciles empresas: verbalizar la experiencia dolorosa. Aquel complejo aquí yace resuelto y logrado de manera verdaderamente admirable, haciéndolo un libro dotado de una gran consciencia respecto del conflicto que siempre supone aquello que es frente a su posibilidad de ser escrito.

Primeramente, la poética en Viernes santo es de un cariz vivo. Hay una vital condición subyacente en los poemas que los muestra escépticos ante el escepticismo propio de un estilo hoy tan contingente, y que es posible de revisar desde la aparición de Enrique Lihn en la escena de las letras chilenas: sea esta la del ejercicio de dudar de la escritura y urdir desde aquella una poética misma. La elucubración respecto de las posibilidades de reproducir en el papel la realidad aquí no es un problema, ni mucho menos un motivo para movilizar el lápiz. Despojado de eso, Rafael Rubio arremete con una escritura que aún se piensa en formas clásicas del español para la composición, recogiendo a su vez una tradición criolla donde logra revitalizar sus elementos.

Es posible hablar de canto. Rubio comprende que este aún tiene un espacio hacedero y de sentido. No debilitado por la duda sino fortalecido por la convicción de la forma, nuestro poeta hoy nos ofrece esta experiencia que podría ser asociada a priori a cierto realismo pictórico. Las escenas cotidianas que dibuja Rafael en poemas como «La casa» o «La familia» son perfectamente analogables por ejemplo con algunos cuadros de José Agustín Araya (1874-1930): pienso en la pintura Oración de la noche, en donde una niña reza a la luz de una vela en una pieza oscura junto a su madre. La oscuridad de las sombras que exhibe esta escena en apariencia cotidiana permite dar con aquella contraparte sustancial del mismo vivir diario y que Rubio conoce y reconoce en Viernes santo: “La muerte está en la mesa,/ en el padre que tose,/ en la esposa que reza (…) La muerte está en la taza”. Y es que el periplo del libro por lo cotidiano supone un desentrañar sus umbrías, enfrentarse a la eterna danza de la muerte que todo ser vislumbra día a día.

Teniendo ya esto, el conflicto que se libra en el poemario es justamente este: pensar a la muerte trazada como rostro vivo, es decir, mezclar la sustancia de la vida con la sustancia de lo inerte, porque se ha comprendido que ambos elementos obedecen a una misma unidad y naturaleza: “Padre e hijo se parecen tanto/ que nadie sabe quién es el que muere”. En suma, aquella vida, aquella muerte que impregnan juntas los rituales cotidianos son los dos rostros de la moneda que vale por el sufrimiento y su experiencia, constituyendo la gran constante del poemario (la presencia recurrente de las moscas en los comedores no es casual). Por otro lado, y como consecuencia de lo ya mencionado, la religión y la vida común se entrecruzan y confunden concienzudamente. Al caso el poema «El espíritu santo» ilustra este último trenzado: las comparaciones e imagen del cotidiano se cruzan con un imaginario católico que da motivo a la composición, y que escenifica una misa y un bautismo.

Así, con la aludida atmósfera de cuadro realista, la voz del poeta avanza conjurando escenas arraigadas inexorablemente a la tierra. El poema «Hijo enfermo» es elocuente al respecto: “Se reza poco y se blasfema mucho/ en la sala de espera./ El paciente ha perdido la paciencia/ y en el colmo del sueño, alza una mano/ inmóvil, como pidiéndole al aire/ un minuto de silencio:/ el pan de cada noche, la luz de cada insomnio,/ la paz de cada tumba”, dicen los primeros ocho versos del escrito. No en vano, el tono desafiante que en momentos el hablante utiliza para increpar a Dios, revela la condición de este último: dios es terrenal, es aquel dios visto únicamente desde la tierra. Asimismo, la divinidad apócrifa que con frecuencia el hablante se atribuye a sí permite contribuir a esta dimensión: “Me parieron como hombre,/ como perro fui vejado./ Y aunque vengo de los cielos/ en tierra fui sentenciado (…) Todos dudan que existo:/ ¿Me llamo Cristo?”. Mas este diálogo con el divino constata una vez más el nulo asomo de suspicacia: “Si [Dios] eres oreja, yo me hago sonido/ si tú te vuelves voz, me hago palabra”.

Con todo, es posible de hablar en Rubio de canto. De aquella épica del cotidiano conseguida por su tono familiar atemporal y universal. Nuevamente sucede un contraste de época: la insistencia del trabajo de Rubio frente a otras poéticas que han echado yertas raíces en una situacionalidad específica promete su resguardo para todos los lectores que somos y los que vendrán. La posibilidad del canto en rigor está permitida por un presencial movimiento de palabras (un trabajo con el oído sin duda), por un ingenio claro en la utilización del lenguaje, por el uso del verso medido y rimas de diversa índole y por el ya mencionado escepticismo del escepticismo. Se suele hablar con frecuencia que la escritura de Rubio constituye una fiesta del lenguaje: no hay errores en esa aseveración. La carnavalización de la forma que asume al dolor como su contenido es a todas luces uno de los mayores logros de este poeta. En momentos, esta carnavalización adopta un cruce de lo sacro y lo profano, al punto de sexualizar elementos del primero: “y las tías se levantan las faldas/ para que Dios las suba por debajo/ como un rezo” y “una verga de cirio pascual” son algunos versos que dejan esto en evidencia.

Asimismo, el manejo premeditado de giros coloquiales permite sazonar aún más el rasgo carnavalesco. Su no abuso y su prudente utilización permiten constatar una lectura acusada pero además asumida de la obra parriana. Esa forma de filtrar es hoy algo que supone un triunfo lector de Rubio: una continuidad de cierta calidad del trabajo antipoético que no significa incrustar groserías de forma gratuita -algo por lo demás bastante típico en poemarios de nuestro tiempo-, sino que una adopción pensada por parte de la obra de Rafael de aquel tono de transeúnte que Parra dejó en sus escritos.

Además de Parra, yacen otros puentes de influencia que son posibles de hallar a la luz de lo cotidiano que es sello innegable del imaginario de Rubio en esta entrega. Este vivir diario puede hallar vínculos con aquella vivencia bostoniana que evocó en Prufrock and other observations (1917) Thomas Stearns: poetas disímiles, mas unidos en la visión de las casas y lo que adentro de ellas sucede. Unidos por mirar aquellas vidas, su dinámica muerta, su quietud viva. En la misma línea, pero más hacia nuestro lado, es posible encontrar vínculos con un poeta como lo es Enrique Lihn, sobre todo el de sus primeros tres poemarios, en donde late una fuerte experiencia de la diaria vivencia humana desarrollada en la ciudad. Incluso, esta cotidianidad que Rubio elabora establece conexiones con algunos trabajos de Jorge Teillier.

Rafael Rubio con Viernes santo consagra una experiencia que sucede en diferentes tierras, pero que, finalmente, se encuentra sometida a las mismas dinámicas humanas: vida y muerte, dolor y placer, crucificados a las mismas tablas. El poema «Nunca» es lo suficientemente decidor para lo mencionado: “porque la muerte es novia/ y la vida es viuda/ y son como uña y carne,/ muerte y vida,/ y como vida y muerte, carne y uña”. Pensar a la vida y a la muerte como un todo no admite ninguna novedad. Lo que sí lo hace es la manera en que aquello se deja suceder como experiencia en las palabras. Esa unión, no estática sino móvil, hace de la escritura de Rubio una poesía sumamente rica y reveladora. Asumir el dinamismo de vida y muerte e interiorizarlos en el ejercicio escritural y no haciéndolo tan solo un mero motivo más.

Por último, pensar a priori que un poema por ser construido de “sílabas con pretensión quirúrgica” no se responsabiliza de lo que pueda decir o, en otras palabras, que sea un mero adorno floral constituye un error. Rubio, en su Arte poética llama la atención sobre este hecho y admitiéndose un poeta que trabaja con la forma y su tradición, sabe que es inútil contar sílabas: “cuando la vida se me viene abajo/ al menor remezón. No hay quien sostenga/ el peso del fracaso con un verso,/ ni la ira de dios con una sílaba”.

Esta es la apuesta de un poeta que ha conocido el rigor de su labor, que no se ha dejado seducir por ímpetus efímeros, y que ha trazado palabra por palabra un trabajo de una gran solidez, comprendiendo su tamaña complejidad. Así, Viernes santo logra ser vivencia de lo cotidiano, todo aquello que sucede durante la oscuridad del día, y la luz de la noche. Este vaivén, por el contrario, nos constata la seguridad de una apuesta por aventurar aquellos rincones que se encuentran hora tras hora y que por nuestro devenir acelerado a veces no nos detenemos a mirar.

 

Víctor Campos (Iquique, 1999) es estudiante de segundo año en la carrera de pedagogía en castellano y comunicación con mención en literatura hispanoamericana en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Fue partícipe en el Taller de Poesía de La Sebastiana, a cargo de los poetas Ismael Gavilán y Sergio Muñoz realizado el año 2018. Actualmente, cursa el Diplomado de Poesía Universal de la ya mencionada universidad y es ayudante del proyecto «Poéticas postdictatoriales. Memoria y neoliberalismo en el Cono Sur: Chile y Argentina», dirigido por el doctor Claudio Guerrero.

 

«Viernes santo», de Rafael Rubio (Ediciones Universidad de Valparaíso, 2019)

 

 

Víctor Campos

 

 

Imagen destacada: El poeta chileno Rafael Rubio Barrientos (1975).