[6 años de CyL] «La vía láctea»: Una mirada surrealista al rigor católico

Estrenado en 1969, este largometraje de ficción de Luis Buñuel es uno de los más audaces en todo sentido de su filmografía, y dedica su alucinante guion y actuaciones (en un elenco liderado por Paul Frankeur), a fin de desentrañar los misterios y contradicciones de la institución vaticana.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 16.8.2023

«Un escritor o un pintor no puede cambiar el mundo, pero puede mantener vivo un margen esencial de no conformidad».
Luis Buñuel

El genio de Calanda —uno de los mejores realizadores españoles de todos los tiempos y que tiene en el surrealismo su principal seña de identidad— nos ofrece una sátira reflexiva entorno al rigor de los dogmas católicos que durante siglos han influido tanto en las sociedades de todos los rincones del planeta que han crecido bajo el poder —evidente o sutil— eclesiástico y vaticano.

Se trata de una película perteneciente a su etapa francesa —la última en su biografía artística— y que, si bien acusa por momentos el paso de tantas décadas desde su estreno, en general puede disfrutarse en plenitud. Un goce este que nace de su elaborado —y por momentos sorprendente— guion y la cuidada realización de un Buñuel que funde y confunde historias como buscando plasmar en ese obrar «surrealista» este extraño mundo espacio y temporal «real» que compartimos todos en la Tierra.

Así y con total normalidad, Jesús y sus apóstoles pueden cruzarse con unos peregrinos que acaban de apartarse de una carretera llena de automóviles. Precisamente son esas vías de tráfico casi las únicas referencias que dan fe del presente en la confusión espacio y temporal retratada, donde impera un tiempo indefinido de aires pasados.

Probablemente la película será descartada por aquellos a los que no les interese —e incluso rechacen— las búsquedas trascendentes espirituales, y más concretamente por los que nada quieran saber de las raíces religiosas de nuestros antepasados y de su influencia —ni que sea sutil— ahora y aquí en pleno siglo XXI en todo el mundo.

Ya que si bien la película trata del catolicismo y de su profunda huella en las culturas europeas bajo su influencia, bien podría haberse enfocado en otras tradiciones religiosas milenarias de calado que en mayor o menor medida siguen influyendo en sus comunidades y que —tal y como el catolicismo— por su misma condición de humanas continúan siendo —o queriendo ser— luz también, albergan inevitablemente, sin duda, sus particulares sombras.

Antes de proseguir entiendo necesario apuntar que Buñuel —siendo ateo y pese a mostrarse muy crítico con la Iglesia Católica en la película y en su toda su obra— se acerca a las figuras de Jesús y María con respeto e incluso en momentos con cierta admiración; quizás por considerarse «ateo gracias a Dios» según solía declarar.

Una afirmación contradictoria satírica que define su modo de entender la vida. Un modo de entender comprometido con lo humano y beligerante con las imposiciones de todo tipo de poderes sobre lo humano, una beligerancia la suya que prefería abanderar en humor inteligente.

Y asimismo creo importante remarcar que en la década de los 70 las iglesias europeas aún estaban llenas y los ciudadanos se declaraban mayoritariamente católicos, aunque quedaba bien poco para que empezara el derrumbe de fieles que ha llevado a los muy mínimos actuales (especialmente en Europa).

 

Camino y teología

Pero pese a ese cambio radical de mentalidad, la ruta jacobea sigue siendo vivenciada por numerosos creyentes —católicos o de otras religiones— y asimismo por muchos que sin ser creyentes buscan en la milenaria travesía una oportunidad de desconectar del mundanal ruido quizás como antesala a un poder escucharse mejor a sí mismos.

En efecto, para muchos peregrinos contemporáneos el camino de Santiago sigue siendo una senda iniciática, sigue siendo un reflejo del orden cósmico en la tierra, sigue siendo la luminosa vía láctea proyectada en las «oscuras» tierras, sigue siendo un camino de vivencias individuales y compartidas cuyo destino son los simbólicos —y casi eternos— «Campus Stellae» y «Finisterrae».

De esta forma, Buñuel nos presenta a dos peregrinos franceses rumbo a Santiago y que transitan «entre la materia y el espíritu», unos peregrinos que tan pronto se interesan por «el más allá» y muestran poderes sobrenaturales como se dejan llevar por la sed de dinero y el goce mundano, especialmente por el ansia carnal.

Así, esos peregrinos —uno joven y otro en la antesala de la ancianidad— irán siendo testigos de situaciones a menudo desconcertantes y se encontrarán a personajes muy curiosos de comportamientos extraños y actitudes sorpresivas en los que Buñuel proyecta —además de la crítica a la Iglesia Católica— su habitual escarnio a la alta burguesía, al poder político y a las fuerzas del orden —ridiculizando especialmente a la Guardia Civil de la dictadura franquista que él detestaba—.

En casi todos los casos, el telón de fondo de esas situaciones y encuentros es un debate teológico sobre los misterios esenciales del catolicismo focalizado en las figuras de Jesús y de María.

Debates que a menudo tienen a algún sacerdote como integrante central pero que a veces se desarrollan entre gente común a los que no parecería que esos temas interesasen tanto. Destaca el que se produce en un lujoso restaurante entre el metre y el personal a su cargo, debate al que se añaden los primeros selectos clientes que ocupan sus mesas reservadas.

El metre actúa como experto en teología —cual J. A. Ratzinger—, un metre experto en introducir el menú doctrinario del vaticano más conservador.

 

Pastores y rebaños

A mi entender lo mejor de la película se nos brinda al final. Un final que es maravilloso surrealismo y que nos invita a reflexionar.

Vemos a los dos peregrinos —materia y espíritu— y como definitivamente se decantan por la materia (estaba cantado que así sería) y se entregan al placer carnal con una prostituta de carretera quien cumple la premonición de un misterioso caballero que en el camino les habló de que ellos engendrarían hijos con prostitutas de nombres tan llamativos como «Tú no eres mi pueblo» y «No más misericordia». Esa situación y esos contundentes nombres como simbología, merecería un análisis extenso que excede al de este artículo.

Mientras los peregrinos abandonan la senda espiritual y se adentran en el bosque de la «perdición» material, unos simbólicos ciegos de tiempos remotos se encuentran con Jesús y los apóstoles.

El mesías les otorga la visión y luego sermonea un entiendo anti natural «seguidme y seguid a Dios» que implica un dejar atrás a padres, a hijos, a familia y a amigos no adscritos a sus mandamientos. Y les recuerda a todos que él ha venido a crear discordia y no paz.

Pese a ello, todos esos hombres le siguen. Es entonces cuando Buñuel enfoca sus andares sobre la verde hierba y vemos como ante el primer pequeño obstáculo del camino —un simbólico canal de agua de vida que está seco— esos hombres vuelven a necesitar la ayuda de sus bastones, esos hombres vuelven a ser ciegos.

Cada uno interpretará esta sublime escena según su entender, en mi caso la asumo como un recordatorio del maestro aragonés al necesario espíritu crítico individual frente a dictados de gentes quizás modelo —en lo espiritual, en lo cultural, en lo político—, pero que no obstante son también humanos y cargan inevitablemente con sombras.

Entiendo que no es fe ciega la «que mueve montañas», es esperanza que nace del corazón libre y de la resonancia empática de corazones en libertad. Por este motivo, entiendo como necesario dejar de entregar el poder de nuestras vidas a otro u otros, dejar de poner nuestra responsabilidad vital en manos de un «maestro» sin darnos cuenta de que por muy maestro que pueda ser él también es humano. En definitiva, dejar de ser rebaños en manos de pastores.

Por último, en los títulos de crédito finales, Buñuel nos recuerda que las palabras que su Jesús pronuncia están extraídas —estas sorprendentes finales y otras citadas en la película— de la Biblia, quizás el nazareno quiso probar a los suyos esperando —provocándolos como suele hacer todo buen maestro— voces disonantes que lo cuestionaran sin miedo a la transgresión.

¿Qué sería del mundo y de la humanidad sin los que se atrevieron a cuestionar el orden establecido? Sabemos que de las hogueras creadas por la rabia radical —religiosa, política, ideológica— surgen las cenizas con mayor potencialidad de regeneración humana.

En este sentido, ¿qué sería del cine español sin el maestro Buñuel? De su rebeldía surrealista han bebido muchos otros realizadores tanto de este gran país como de todo el mundo.

Buñuel nos recuerda en su obra que ante la común imposición de los poderes, es necesario mantenerse libres —especialmente gracias al poder de la imaginación— y con espíritu crítico; y asimismo nos muestra que el humor es siempre una contundente vía para desnudar la absurdidad y la incoherencia de quienes todo lo imponen en nula empatía.

 

 

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: La Voie lactée (1969).