[Crítica] «Kóblic»: La posibilidad imaginaria de un nuevo comienzo

Protagonizada por Ricardo Darín (en uno de los mejores roles de su carrera), esta entrega del realizador trasandino Sebastián Borensztein —y la cual se proyectará el próximo lunes 15 de marzo en la sala del Cine Arte Normandie de Santiago— se debate como un thriller psicológico y de acción, que mueve sus cánones dentro de los parámetros de una estética de lo “oculto”, en el contexto de la provincia Argentina, cuando recién comenzaba la última dictadura militar en aquel país. Un despertar sexual tardío, amor rural y campestre, espectaculares planos aéreos, y un elenco también integrado por los actores Oscar Martínez e Inma Cuesta, delinean, asimismo, las virtudes artísticas de este largometraje.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 11.3.2021

“Ésta es la historia de un esfuerzo y una desbandada, pero hay algo que no consigo entender. Es como ver un avión parado en el cielo”.
Belén Gopegui, en Tocarnos la cara

Cintas con este nivel de maduración dramática resultan difíciles de concebir en Sudamérica, fuera de la órbita de otra industria que no sea la bonaerense.

Una cámara de secuencias plásticas (en su concepción escénica), y las interpretaciones de un reparto que cuenta con nombres de amplia y brillante trayectoria, configuran el conjunto audiovisual de un relato inserto en el primer año del autodenominado proceso de Reorganización Nacional (1977), que devela la encrucijada y la disyuntiva de este oficial de la Armada (el capitán Kóblic), igualmente piloto aeronaval, que se rebela ante la crueldad y la inhumanidad de sus camaradas de armas.

Así llega el personaje encarnado por Darín a un pueblo rioplatense extraviado en la mitad de la nada.

Su aventura íntima, de hecho, comienza con un quiebre: el abandono que efectúa de su mujer el abrumado militar, con el propósito de embarcarse hacia un inaudito, desconocido, extraño, y peligroso futuro, e iniciar una etapa novedosa y por qué no, diferente y mejor que la anterior.

“Un final triste”, le dice ella a modo de luctuosa despedida.

La provincia trasandina, de esa manera, se presenta revitalizada como la opción y la posibilidad de un nuevo comienzo, imaginario, desde luego, para Kóblic y Nancy (interpretada por la actriz Inma Cuesta).

Motivo argumental importante de la literatura argentina (pienso, sin ir más lejos en Juan Filloy y su La potra, publicada en 1973), los fotogramas que recogen el advenimiento de esa pasión carnal, y despertar sexual tardío, a los que la mujer acude al encuentro de la expansión sensitiva, montada en un rápido y veloz caballo.

En símbolo de la fuerza, de la transgresión, y de la libertad y de la naturalidad, frente al agobio de las respectivas situaciones privadas de la pareja, y ante el hálito de opresión, en el cual vivencian sus días los habitantes del villorrio y caserío, procuradas por el tiránico dominio del señor comisario Velarde, inventado aquí por un excepcional Óscar Martínez.

Planos aéreos y travelling que describen la manifestación de esos cambios y variaciones existenciales, permutaciones de ese tiempo cronológico y del universo diegético, que generan modificaciones objetivas en las biografías de los integrantes del reparto, y también en los perímetros y fronteras de esa realidad obscura (en el contraste de un sol radiante y un cielo límpidos, prevalecientes en las decisiones de la dirección de arte e iluminación), propias de un estado de gobierno y de las cosas, surgidos desde la fuerza y la represión violentista.

El equipo de fotografía, de esa forma, tiene entre sus objetivos estéticos y escénicos situar la contradicción que significan para un hombre y una mujer, encontrarse mutuamente, sostenerse de cara a un vínculo imaginario “por venir”, aunque inmersos en esa desolación cotidiana y corrupta, donde parece normal que una autoridad ajusticie a otra en plena calle y con la luz del mediodía que brilla, y un par de paisanos y perros que observan tranquilos e indemnes, como si el asunto se tratase de un western y les esclavizara sólo la ley del más fuerte.

Un thriller psicológico y de suspenso, que trae a la memoria crítica y cinéfila otros títulos argentinos filmados en idéntico espacio dramático, el de la última dictadura militar trasandina (1976 – 1983): me refiero a Garage Olimpo (1999), de Marco Bechis, y a Crónica de una fuga (2006), de Israel Adrián Caetano.

Obras densas, terribles en cierta medida, y que dan cuenta de un compromiso de recreación y de utilización del juicio histórico y ciudadano, a través del arte, que en Chile se echa de menos, con la escala, precisión y talento, en virtudes con las cuales realizan este proceso los creadores audiovisuales del otro lado de los Andes.

El guión y el libreto (de la autoría de Sebastián Borensztein y de Alejandro Ocon), auspician ese escape hacia lo desconocido que emprenden el marino Kóblic y Nancy, en un hallazgo del amor erótico en situaciones límites, que delibera a cabalidad acerca de esa materia profunda y discursiva de una producción simbólica que altera los distintos registros y artefactos del quehacer literario y cinematográfico.

Quiebres, fracturas, humillaciones, relaciones incestuosas, crueldad, violencia desmedida: sin democracia ni Estado de Derecho, proliferan los abusos y la arbitrariedad —reseña el autor—, en una dinámica argumental que el mismo director contrarresta, con la aparición de esa pareja que se ilusiona con un lazo postrero, vespertino, inmortalizados por un foco que recorta la efusión prodigada, en páginas audiovisuales de categoría pictórica, dibujadas por un lienzo y pincel digitales.

Y en escenas donde tocarse el cuerpo, las manos, la cara, besarse con frenesí, simbolizan la felicidad tantas veces, quizás años, o tal vez nunca, acariciada, ahora disfrutada, por fin bebida a saciedad y a placer.

La banda sonora o soundtrack (bajo las directrices de Federico Jusid), de acústica y de sonidos contemporáneos, disonantes, acompañan el proceso creativo de esos misterios y crímenes en la pampa gaucha, dialéctica en la que se conjugan las heridas emocionales de personajes afiebrados, salidos de un cuento de Horacio Quiroga, o de Roberto Arlt, y que transforman el desarrollo del largometraje en esa estética de lo oculto ya mencionada.

En una ideología plástica que desentraña las situaciones que acontecen al interior de las habitaciones familiares, sociales, respiradas en el aire saturado, arrastrado por el viento del campo abierto, ensuciado por los seres humanos, arriba del océano Atlántico, por los vuelos de la muerte, y las transacciones y actividades delictivas que ejercen en total impunidad los entes encargados de mantener el orden y la “seguridad” comunitaria.

Una verdadera sorpresa la composición actoral en este filme, demostrada por Ricardo Darín, generalmente un intérprete de rango superior en sus propuestas psicológicas e identitarias, aunque prisionero, lamentablemente, de un mismo e idéntico rol, en la mayoría de las oportunidades: ser siempre la máscara de sí mismo.

Su desempeño como el capitán Kóblic, además de reportarle los despliegues generosos de una gran comprensión de la sensibilidad y complejidad humanas, recalcan los atributos que definen a un profesional de las artes escénicas: la capacidad incomparable de ponerse en el lugar del “otro”, con el diseño corporal de mentira, y empero creíble, propios de un personaje de ficción.

Una película notable, el cuarto largometraje dramático del cineasta bonaerense Sebastián Borensztein (1963).

 

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Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Kóblic (2016).