«Anarquía sexual, feminismo y homosexualidad»: El pensamiento de una vanguardista

La investigadora polaca Magdalena Antosz traduce desde el convulsionado Chile, por primera vez al castellano, parte de la obra de Johanna Elberskirchen, en un volumen que reúne cinco ensayos, cual de todos más audaz y en la actualidad absolutamente necesario, e incluso urgente: pues la autora alemana poseía una capacidad de denuncia y de enfado, como si hubiese salido ese mismo día del infierno.

Por Alberto Cecereu

Publicado el 7.3.2020

Me crié con una madre que se rebeló a las figuras masculinas, estudió Bellas Artes y andaba en moto con jeans y chaqueta de cuero. Pelo al viento. Todo en tiempos de la dictadura de Pinochet. Fue una figura central y mítica de cómo la mujer debía existir: rebelándose. Es decir, la mujer debía significarse a sí misma a través de la desobediencia, incluso a las mismas mujeres que le precedieron.

Mi madre vivió su joven adultez en medio de la segunda ola feminista, que luchó por derechos reproductivos, libertad sexual, la igualdad en el trabajo, y una audaz agenda que hasta el día de hoy resuena en nuestros países. Pero mucho ante de eso, existió Johanna Elberskirchen, nacida en Alemania en 1864 y fallecida en 1943, quien tuvo la valentía de estructurar un discurso que fue más allá de la pretensión sufragista y sentó las bases de la disidencia sexual y la denuncia a la inmoralidad de la cultura patriarcal.

La polaca Magdalena Antosz traduce desde el convulsionado Chile, por primera vez al castellano, parte de la obra de Elberskirchen, en el libro Anarquía sexual, feminismo y homosexualidad (Paidós, 2020). Reúne cinco ensayos, cual de todos más audaz y en la actualidad absolutamente necesario. E incluso urgente. La autora alemana, poseía una capacidad de denuncia y enfado, como si hubiese salido ese mismo día del infierno: “Si ustedes solo saben satisfacer su deseo salvaje y degenerado, si solo saben deleitarse en la bestial lujuria, entonces está bien, no necesitan ni quieren más”. De verdad, es un infierno. El orden político patriarcal tiene la capacidad de crear un discurso, construir un razonamiento, y determinar una forma de habitar la sociedad, por el cual, nos han dicho que mujeres y hombres son diferentes. Pero no sólo diferentes. La mujer sería inferior, por tanto, se relega a ciertas funciones, desde niñas.

El orden político, aún imperante, del cual denunció nuestra autora alemana, contiene una serie de discursos que contienen en sí, saberes propios de un constructo social falso. Constructo, que cruza oposiciones lingüísticas, censuradas, y luchas sociales, anuladas. “La prostitución —dice Elberskirchen— influye de forma desastrosa en la condición moral del hombre. Exige de él casi una completa entrega al instinto sexual. Y la educación desempeña el rol inaudito de proxeneta en este proceso”. En esto, la autora tiene razón. La educación es un sistema de legitimación discursiva, y no sólo eso, dispositivo que mantiene y produce discursos de la exclusión, de saber del propio cuerpo y de dominaciones doctrinales.

Los textos de Johanna Elberskirchen, permiten comprender con bastante facilidad las relaciones complejas entre la obra escrita de la propia autora y el mundo ideológico del que forman parte. Esto, se traduce no sólo en el tema que se elige, sino también en la forma y el estilo. Convengamos, también, que la ideología se impregna y atraviesa el texto. Pero en la autora alemana, es distinto, toda vez que sus textos son rebelión, disidencia y desobediencia. Son textos auténticamente anarquistas, en cuanto y en tanto, generan una crítica desde el uso del lenguaje (o sea la forma) y van hacia el objetivo mismo de la palabra escrita. Forman parte de una raíz ideológica, pero se divorcia de ella.

Paul Ricoeur, diría que: “todo escrito conserva el discurso y lo convierte en un archivo disponible para la memoria individual y colectiva”. Nuestra autora, en sus escritos, realiza un esfuerzo de crear un discurso propiamente auténtico y con ello, lo traspasa a la memoria histórica del movimiento feminista. “Pero, ¿qué es la vida sexual saludable? ¿Qué es el amor libre? ¿La violación, burdeles, la satisfacción desenfrenada del sexo fuerte? Desde luego que no. Eso no es salud, no es libertad, es decadencia por excelencia. La salud sexual, el amor libre es ¡libertad del hombre y de la mujer en las relaciones sexuales! Sin esta libertad no hay salud sexual ni amor libre.”

Johanna Elberskirchen se adelantó. Fue futurista. No tengo idea si habrá influido en Kate Millet, Coretta Scott King, Robin Morgan y tantas otras para decirnos cosas tan poderosas en los 60 y 70 del siglo pasado, o ahora, a Judith Butler, para configurar la lucha feminista desde la vertiente de las minorías sexuales. Porque nuestra Johanna, tempranamente arengó a favor de los derechos de los bisexuales y homosexuales, en un mundo que se dividía entre el marxismo y el capitalismo, con la sombra del nacionalsocialismo. Una arenga nos arroja, que pareciera más como un poema pacifista en un campo enorme lleno de gente, como en las marchas del orgullo: “¿En algún momento han sido los homosexuales incapaces de vivir, débiles? ¿Se mueren antes de llegar al fin de su vida fisiológica? No, ellos viven pues, viven llenos de vida y alegría, y envejecen, y a veces viven más que los mortales comunes”.

¡Enhorabuena Johanna! ¡Gracias Magdalena por traernos a ella!

 

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Alberto Cecereu (1986) es poeta y escritor, licenciado en historia, licenciado en educación, y magíster en gerencia educacional, además de redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Anarquía sexual, feminismo y homosexualidad» (Paidós, 2020)

 

 

Alberto Cecereu

 

 

Crédito de la imagen destacada: Planeta de Libros.