«Cien niños esperando un tren», de Ignacio Agüero: El mundo es ancho y nuestro

El largometraje de no ficción del documentalista chileno instaura toda una alegoría: es un símbolo escueto, lúcido y vital de una parte de la realidad, la metáfora audiovisual de un espacio reducido en una población pobre del país, donde niños de igual condición asisten al maravilloso espectáculo de descubrir el cine.

Por Juan Mihovilovich

Publicado el 12.1.2020

Pocas secuencias fílmicas pueden darse el lujo de quedar grabadas por muchísimo tiempo en la memoria. Y al hablar de secuencias aludo a la filmografía completa de esta película de Agüero; hecha en Lo Hermida, una población popular de Santiago, filmada con elementos mínimos y con un despliegue actoral que demuestra que, si hay talento, un director puede recrear la realidad y reinventar la existencia a partir de las vivencias más simples y cotidianas.

Cien niños esperando un tren (1988) instaura toda una alegoría, es un símbolo escueto, lúcido y vital de una parte del mundo: un espacio reducido en una población pobre donde niños de igual condición asisten al maravilloso espectáculo de descubrir el cine. Una suerte de monitora (Alicia Vega) los introduce en ese mundo sorprendente desde la primera filmación de los hermanos Lumiere el 28 de diciembre de 1895 y, paralelamente, los niños van haciendo cine a partir de elementos primarios, tal cual la cinematografía vio la luz como una de las grandes invenciones del mundo moderno constituyéndose en el séptimo arte.

Así, mientras los ecos de “las protestas nacionales” se han incorporado hasta en los genes de esos niños ávidos de saber y de crear, ellos reproducen de un modo único e insustituible la situación de todo un país. Sin siquiera testimoniar el drama que se evidenciaba por doquier, la cinta nos introduce, como pocos documentos vivos y sentidos, en una época que todavía emerge con cierto sentido de culpa, de ira a veces, de compasión o de negación al olvido.

Las miradas de esos cien niños nos trasladan a la esencialidad más recóndita de un tiempo duro e irrepetible. Pero, el filme de Agüero es más que esa simple y dolida evocación que, de por sí, ya constituye uno de los aciertos notables por el alcance y calidad de las imágenes transmitidas. Esta filmación tiene otra virtud innegable: nos retrotrae al sorprendente universo infantil que, sumido en la pobreza y la desolación del día a día, se yergue con un sentido de esperanza y candidez que logran emocionar como pocas películas chilenas.

Es cierto, constituye en parte un documental: la reproducción del entorno es auténtica y los actores son de carne y hueso. Pero es también una película donde cada niño actúa a partir de sí mismo y refleja una condición humana original que se traslada a la imagen y se posesiona del espectador con un sello imborrable. Y ello es fruto de una dirección atenta que fija la cámara con una naturalidad afín al universo filmado. No hay el más mínimo efecto de utilería, no existe una sola escena desechable. Cada fotograma es parte de una cadena que, fijada por la monitora del taller de cine al interior de la pequeña escuela que sirve de locación, asocia el mundo inmediato fundiéndolo prodigiosamente a la cinematografía.

El cine se hace a partir de los niños y tiene -la reproducción de los elementos domésticos que lo constituyen- esa magia ineludible de la portentosa invención de los hermanos Lumiere. En esa amalgama espléndida Agüero ha logrado despertar en un espacio poblacional el amor por el cine de quienes, en su mayoría, ni siquiera han visto una película o conocido una sala de proyección. Luego, no hay pobreza ni opresión capaz de derrotar al arte. No existen condiciones insuperables que un niño no pueda sortear si se remueve en ellos el espíritu noble de la creatividad. Son ellos quienes nos hacen re-descubrir el cine y son ellos quienes nos hacen sentir que las imágenes de la pantalla pueden grabarse al revés, es decir, que hacer cine verdadero es un reflejo inequívoco de la realidad y que esa realidad se multiplica en una mirada inocente, que nos revela repentinamente que el mundo sigue siendo ancho, pero que no, necesariamente, ha de ser eternamente ajeno.

 

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Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) es un importante autor chileno de la generación literaria de los 80, nacido en la zona austral de Magallanes. Entre sus obras destacan las novelas Yo mi hermano (Lom, 2015), Grados de referencia (Lom, 2011) y El contagio de la locura (Lom, 2006). De profesión abogado, se desempeña también como juez de la República en la localidad de Puerto Cisnes, en la Región de Aysén. Asimismo, es miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

Ignacio Agüero y Alicia Vega en 1988

 

 

Juan Mihovilovich

 

 

Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Un fotograma de Cine niños esperando un tren (1988).