«Desconcierto y desasosiego»: La genealogía de la cuestión catalana

Hoy se proclama y defiende un «españolismo» hueco, inspirado más en los juegos de poder del neoliberalismo a ultranza -con su feroz rostro globalizado-, antes que en las raíces culturales de los pueblos y naciones habitantes de la Península Ibérica.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 24.12.2019

Escribo esta crónica para un puñado de buenos amigos de la España peninsular, con su dudosa monarquía borbónica, la España autonómica que mejor sería federal. Como bien escribe mi amigo sefardita, Jorge Zúñiga: “¡Ni altar ni trono! ¡República!”. Al amparo de estas afirmaciones, algo rotundas, por cierto, me atrevo a formularos algunas preguntas clave sobre lo que hoy se define como “la cuestión catalana”, nunca resuelta ni en vías de resolverse. Vuestras respuestas serán muy valiosas para mí, y confío que me libren del desconcierto y mengüen mi desasosiego, multiplicado en estos meses de autoritarismo piñerista, tan cerril como el españolismo de capa y banderilla.

Escribí a cuatro amigos: una mujer y tres hombres, de distintas nacencias en el vario calidoscopio hispánico. Ella, oriunda de Galicia; los tres varones, uno nacido en Córdoba y habitante de Barcelona, donde vive con su mujer e hijos; el segundo, gallego viguense o vigués, mejor dicho; el tercero, habitante barcelonés, aunque no tengo clara su procedencia natal.

Ninguno me ha contestado aún (vuelvo a ponerlos en esta lista de correos, a ver si se animan…), aunque mi amiga me envió, como respuesta desafiante, un poema de José Espronceda (1808-1848), a quien no tengo en mi Parnaso personal. He aquí sus primeros versos:

Oigo, patria, tu aflicción,
y no entiendo por qué callas,
viendo a traidores canallas
despedazar la nación.
Dando a un ingrato felón
estúpidas concesiones,
están haciendo jirones
esta tierra milenaria
de gente ayer solidaria,
hoy podrida de ambiciones…

No sé bien a quiénes se refería el “patriótico” don José, pero nada raro que fuese en contra de los propugnadores del federalismo español, cuyas banderas apuntaban entonces a obtener la autonomía de las tres nacionalidades ibéricas no castellanas, bajo la férula del Estado español: Galicia, Euzkadi y Cataluña. Sé bien que en los albores de los años 30 del pasado siglo, bajo estos tres países, se creó una entidad autonomista cuya sigla era GALEUZCA, a la que bien se refiere Alfonso Castelao, en su inmortal libro Sempre en Galiza, cuya primera edición bonaerense (1944) conservo en mi biblioteca, cuyas páginas solía leernos nuestro padre Cándido, en la sobremesa.

Junto al gran Alfonso Castelao, resuenan en mí los nombre de Joan Maragall y de Lluís Companys, poeta excelso el primero, político y luchador social el segundo; ambos catalanistas irreductibles. Este último fue mártir de la trágica epopeya catalana, en la Guerra Incivil española: Líder de Esquerra Republicana y Presidente de la Generalitat. Tras su breve exilio en Francia, fue capturado por la Gestapo, a petición del gobierno criminal de Francisco Franco: Luego de brutales torturas, fue fusilado en Montjuic. ¿Cómo se puede omitir este “peso de la Historia”?

Muchos dicen hoy que eso es cuento ya pasado, que la actual Constitución, que consagra las diecisiete autonomías peninsulares, otorgando a Galicia, al País Vasco y a Cataluña el estatus de “nacionalidades históricas”, es suficiente logro libertario.

Pero los catalanes son porfiados, como bien lo afirmara ese tozudo y gran escritor que fue Josep Pla, pese a que su catalanismo era más bien una cuestión romántico-cultural, pudiéramos decir. Por eso, incluyo aquí un breve texto que resume las aspiraciones de los herederos de Maragall:

 

Diez razones para un Estado Catalán

Dimecres, 5 De Agost De 2015 Pujat Per Toni Soler

DEMOCRACIA: El crecimiento del independentismo es un fenómeno muy transversal, masivo y totalmente pacífico. Es absurdo negar esta realidad y, como en Escocia, lo más lógico es que una cuestión tan importante se dirima en las urnas. No es cierto que los referéndums fracturen a la sociedad. Al contrario, si la cuestión se cierra en falso con la mera aplicación de la ley, nos abocamos a un escenario de frustración, reproche y ruptura emocional. El independentismo ha señalado por activa y por pasiva que respetará el veredicto de las urnas. Esa apuesta radical por la democracia es una de sus fortalezas.

DIGNIDAD: Muchos catalanes, con independencia de su perfil identitario y su ideología, se han sentido agredidos desde que el tribunal constitucional anuló el Estatuto de Autonomía de 2006, aprobado en el Parlament por 120 votos (de 135) y refrendado en las urnas a pesar de que el Congreso de los Diputados se cepilló (en palabras de Alfonso Guerra) parte de su contenido. La independencia supone la garantía plena de que el futuro de Cataluña y su gobierno estará en manos de sus ciudadanos.

SOBERANÍA: La autonomía de Cataluña está, en la práctica, intervenida. Políticamente, buena parte de sus atribuciones han sido bloqueadas con leyes y decretos; financieramente, depende del techo de déficit impuesto por el ministerio de Hacienda. Además, el gobierno del PP ha utilizado al tribunal constitucional a su antojo, bloqueando, en el último año, medidas aprobadas por el Parlament catalán como por ejemplo el impuesto sobre depósitos bancarios, las medidas contra la pobreza energética y diversas tasas medioambientales.

DIVERSIDAD: Cataluña es, más allá del tópico, una tierra de acogida, y Barcelona una urbe diversa y cosmopolita. Un Estado catalán puede y debe ser más respetuoso que el Estado español en cuanto a la identidad diversa de sus ciudadanos, especialmente con los cientos de miles que tienen vínculos sentimentales con España. Si la independencia la construimos entre todos, el futuro Estado catalán será la garantía de una relación próxima y fraternal con los pueblos de España, con Europa y con todo el mundo. Esto incluye la oficialidad de la lengua castellana y el respeto hacia el resto de idiomas que se hablan en Cataluña.

LENGUA: La lengua y la cultura catalanas han sufrido siglos de persecución e incluso ahora se encuentran amenazadas por fenómenos nuevos como la globalización, la inmigración, los ataques al modelo educativo y la preeminencia del español y el inglés en los grandes canales de comunicación y difusión cultural. Un Estado catalán puede ayudar a mejorar el conocimiento del catalán, ayudar a los creadores locales, mejorar el status de nuestra lengua propia y su reconocimiento internacional, escamoteado aún hoy por las autoridades españolas en todos los ámbitos, incluyendo el académico.

SOLIDARIDAD: Cataluña necesita aprovechar el esfuerzo fiscal de sus ciudadanos, como cualquier territorio soberano del mundo. Todos los estudios publicados sobre la cuestión de las balanzas fiscales demuestran que los ciudadanos de Cataluña reciben una inversión pública muy por debajo de su aportación fiscal. Aun manteniendo una cuota de solidaridad con el resto del Estado español (libremente acordada), el gobierno de una Cataluña independiente podría disponer de los recursos necesarios para garantizar el estado del bienestar, mejorar infraestructuras, ayudar a sectores clave como investigación, cultura, educación…

REGENERACIÓN: Cataluña, como el resto del Estado español, se encuentra en un escenario de fin de régimen, y se ha visto azotada por graves casos de corrupción que cuestionan el modelo surgido de la transición democrática. La revolución pacífica del independentismo ha puesto patas arriba el sistema catalán de partidos; la construcción de un nuevo Estado es una ocasión única para acometer una nueva etapa basada en la regeneración democrática y en la exigencia de transparencia y honradez en el servicio público. Esto incluye la persecución de todos los fenómenos de corrupción pasados y presentes.

AUTOGOBIERNO: Un proceso de independencia está lleno de incógnitas. Pero la actual situación nos lleva a la certeza de que, si este proceso fracasa, la autonomía catalana quedará tutelada y se consolidarán las injusticias y la discriminación que hasta ahora hemos denunciado. Los grandes partidos españoles apuestan por ajustes constitucionales que blinden las competencias del estado y armonicen las atribuciones de las autonomías. Se trata de una reacción centralista, con alguna concesión federalizante, como la reforma del Senado.

VECINDAD: Nada impide a un futuro Estado catalán llegar a fórmulas de cooperación con el territorio español, incluyendo la confederación si ambas partes lo acuerdan y lo refrendan democráticamente. Mientras la relación bilateral sea en pie de igualdad, todo lo demás es planteable, aún más si ambos territorios pertenecen a la UE. La independencia es una oportunidad para empezar de nuevo y cooperar con el proceso constituyente que reclaman los sectores más dinámicos de la izquierda española.

REPÚBLICA: Queremos un Estado de derecho, republicano, laico, de ciudadanos libres, que renuncie a privilegios trasnochados y que demuestre a las élites económicas y mediáticas que la gente -a través del sufragio- está al mando de su propio destino.

 

La cúpula de Esquerra Republicana de Catalunya (Lluís Companys, al centro) encarcelada luego de proclamar un Estado Catalán independiente el 6 de octubre de 1934

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A mí no me parecen descabelladas estas razones, como hoy se plantea y esgrime, a rajatabla, por tirios y troyanos. Es más, en lo esencial, puedo traslaparlas a la realidad gallega y a los propósitos y visiones de Alfonso Castelao, injustamente relegado a una especie de “museo ideológico” en Galicia, como otras ideas sustanciales que hoy se pretenden obsoletas, mientras se proclama y defiende un españolismo hueco, inspirado más en los juegos de poder del neoliberalismo a ultranza, con su feroz rostro globalizado, que en las raíces culturales de los pueblos y naciones que habitan la Península Ibérica.

Pues bien, al calor de estas afirmaciones, formulo mis preguntas:

¿Tiene razón de ser el actual movimiento independentista de Cataluña?

¿Cuáles son sus bases de sustentación históricas y políticas? ¿Qué gana y qué pierde Cataluña como estado independiente? ¿Qué herramientas jurídicas, políticas y aun militares podría aplicar el Estado español para conjurar las aspiraciones catalanas de independencia?¿Podría el independentismo catalán, de concretarse, producir un “contagio” peligroso en el País Vasco y en Galicia?

Cuando estaba por rematar esta crónica, paciente lector, recibí por la red un texto de un conocido madrileño (¿hay alguien más español que uno nacido en Madrid?) que transcribo aquí, después de este párrafo, mientras miro violentas manifestaciones de los PP, hijos preactivos de Paquito Franco, arremeter con la cabeza cuando no pueden con razones; representan esa España cerril a que se refería Antonio Machado… Van entonces las palabras de Juan Diego:

«Como madrileño he llegado a la conclusión de que soy independentista catalán. No entiendo al Gobierno de España. No entiendo cómo puede tener a una comunidad de siete millones y medio de personas así. Una comunidad que tiene tres idiomas oficiales. Que es referente en muchos campos y que ha sido motor de España desde antes de la democracia. Que no sólo ha sido puerta de entrada de importaciones, inversiones y turismo, que es puerta de entrada de cultura, modernidad y respeto. No se le puede decir a un pueblo que no use su idioma para educar a sus hijos. No pretendas que se queden inmóviles amenazándoles con qué les pasará si nos abandonan. No es dinero lo que perdemos. Perdemos siete millones y medio de habitantes, cultura, gente muy importante y preparada en muchos campos, empresas internacionales y nacionales, industria, prestigio, calidad como país y democracia».

«Al motor de España durante décadas se le cuida y se le mantiene, se invierte para que siga siendo competitivo. No se le gripa una y otra vez esperando que dé el 300% para que otras comunidades que nunca han funcionado o que tienen un concierto económico especial se permitan dar ayudas y subvenciones que Catalunya ya no puede. ¿Qué solidaridad es esa? Y la respuesta desde hace años es no. No a todo, a sentarse a hablar, a una mejora de financiación, a una redistribución mejor de la solidaridad y ahora a una consulta. No soy catalán, soy madrileño, y me entristece decir que les entiendo, que para seguir así, es mejor que sigan solos. Yo tampoco quiero estar donde no se me aprecia».

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Y como en mi oficio de escriba surgen a menudo las analogías y relaciones, no dejo de pensar en los anhelos y derechos libertarios del más antiguo de los pueblos que habitan este cono sur de América, que constituyen también, por historia, lengua y cultura, una nación. Sí, me refiero al pueblo Mapuche, hoy avasallado por los poderes centrales del Estado chileno, que ha convertido sus territorios en una zona militarizada de constante represión, al mejor estilo del mal llamado “pacificador de la Araucanía”, coronel Cornelio Saavedra. Este oficial posee hoy estatuas laudatorias y su nombre sirve de epónimo a lugares públicos. Lo mismo ese generalillo de casino y desfile, Silva Renard, que masacró, sin piedad, a miles de trabajadores inermes en la Escuela Santa María de Iquique… ¿A qué patria representarán estos equívocos próceres? A ninguna de mis siete patrias. De eso estoy seguro.

 

Edmundo Rafael Moure Rojas nació en Santiago de Chile, en febrero de 1941. Hijo de padre gallego y de madre chilena, conoció a temprana edad el sabor de los libros, y se familiarizó con la poesía española y la literatura celta en la lengua campesina y marinera de Galicia, en la cual su abuela Elena le narraba viejas historias de la aldea remota. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, y director cultural de Lar Gallego en 1994. Contador de profesión y escritor de oficio y de vida fue el creador del Centro de Estudios Gallegos en la Universidad de Santiago de Chile (Usach), donde ejerció durante once años la cátedra de «Lingua e Cultura Galegas». Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Chile y seis en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos.

Asimismo, es redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

Edmundo Moure

 

 

Crédito de la imagen destacada: Sott.net.