«El círculo rojo», de Jean–Pierre Melville: El nihilismo de un «anarquista de derechas»

Este filme escrito y dirigido por el mítico realizador francés es una obra de robos cuidadosamente elaborada tanto en el guión como en la puesta en escena, que reúne a algunos de los actores más importantes del cine europeo de las décadas de 1960 y 1970, encabezados por Alain Delon, y quien protagoniza la segunda de sus tres créditos con el director.

Por Gabriel Anich Sfeir

Publicado el 4.9.2020

En la década de 1930, un joven francés de origen judío, Jean–Pierre Grumbach, decide seguir el camino de la cinematografía después de ver varias películas norteamericanas en los cines de su París natal. Durante la Segunda Guerra Mundial, este joven ingresa a las fuerzas de la Francia Libre contra la ocupación del eje, adoptando como nom-de-guerre el de su novelista favorito, el autor de Moby Dick, Herman Melville: así nace artísticamente Jean–Pierre Melville (1917-1973), hombre clave del cine francés de posguerra y en particular del film noir galo.

Terminada la guerra, Melville intentó ingresar a la industria del cine como asistente de director, pero ello le fue vetado por los sindicatos, aparentemente por motivos políticos (Melville se definía como “anarquista de derechas”). En consecuencia, Melville empezó a producir sus propias películas e instaló sus estudios de la Rue Jenner de París.

El éxito con películas como Bob el jugador (Bob le flambeur, 1956) y El confidente (Le doulos, 1961) le trajo el reconocimiento expreso de los jóvenes creadores de la Nouvelle Vague, como Claude Chabrol y Jean–Luc Godard. Fue Melville quien sugirió a este último el empleo de jump cuts en Sin aliento (À bout de souffle, 1960), uno de los distintivos más claros de esta corriente de la cual Melville es considerado su “padrino”.

Hoy comentaremos El círculo rojo, película escrita y dirigida por Melville y estrenada en octubre de 1970. Se trata de una película de robos cuidadosamente elaborada tanto en el guión como en la puesta en escena, que reúne a algunos de los actores más importantes del cine francés y europeo de las décadas de 1960 y 1970: Alain Delon protagoniza la segunda de sus tres películas con Melville (a las que nos referiremos más adelante) consolidando una óptima colaboración intérprete–director.

El cómico André Bourvil (falleció un mes antes del estreno del filme, víctima de un cáncer a la médula) abandona sus tradicionales roles para asumir las obsesiones de un agente de la Ley. Gian Maria Volontè comienza a hacerse un nombre propio como actor de proyectos serios, habiendo sido principalmente actor de spaghetti westerns y comedias italianas (ese mismo 1970 protagoniza el espectacular thriller de Elio Petri Investigación de un ciudadano sobre toda sospecha).

Corey (Delon) es un frío y calculador gánster que acaba de salir de la cárcel en Marsella, beneficiado con la libertad condicional. Después de robar a uno de sus antiguos compañeros, viaja a París y en la ruta se encuentra con Vogel (Volontè), un violento criminal que acaba de fugarse de la policía, al cual decide darle refugio como parte de su “solidaridad profesional”.

Durante su estancia en prisión, Corey recibió de parte de un guardia los datos de una joyería en la Place Vendôme de París, la cual decide asaltar junto a su camarada Vogel. Para ello reclutan a Jansen (Yves Montand), un policía retirado y alcohólico, experimentado tirador. Tras sus pasos está el pertinaz comisario Mattei (Bourvil), deseoso de capturar a los delincuentes y demostrar sus méritos ante sus superiores.

Los escenarios de El círculo rojo son retratados con colores sin saturar por la cámara de Henri Decaë, fotografiando con tonalidades oscuras campos, caminos y ciudades en pleno invierno. La historia de casi dos horas y media atrae y entretiene al espectador, resultado del excelente guion de Melville y el meticuloso montaje de Marie-Sophie Duphus.

Destaca la escena del robo a la joyería, de casi media hora de metraje y sin una sola línea de diálogo, al mejor estilo francés que ya exhibiera con maestría el exiliado americano Jules Dassin en Rififi (Du rififi chez les hommes, 1955). Hablando de influencia estadounidense, los personajes visten gabardinas y viajan en automóviles Plymouth y Pontiac, evidente guiño al cine clásico de gánsteres que Meville disfrutaba en su juventud.

También merece aclamación la banda sonora del filme, compuesta por Eric Demarsan: se trata de un espectacular jazz que nos transmite la fría y asfixiante atmósfera en que se desenvuelven hombres que luchan por sobrevivir a cualquier precio, ya sea que estén del lado de la Ley o del crimen. Una música que acompaña los silencios de una película donde los diálogos son pocos, pero excelentemente insertados en las escenas que corresponden.

La otra influencia importante en la obra de Melville procede de Oriente: El círculo rojo es la segunda de tres películas que el autor parisino rodó con Alain Delon de protagonista, que han sido llamadas “Trilogía del Samurái”, con las otras dos siendo El samurái (Le samuraï, 1967) y Un policía (Un flic, 1972).

En efecto, el filme comienza con una supuesta cita de Buda que en realidad fue inventada por Melville, la cual nos explica el título de la película: dos hombres que no se conocen entre sí, que siguen distintos caminos, inevitablemente se reunirán en un círculo rojo. Este es el círculo rojo del destino, que inevitablemente arrastra a los individuos hacia un desenlace fatal.

El determinismo es pieza clave de la obra de Melville, pues nadie es lo suficientemente libre como para escapar de condenas perpetuas como la muerte o la culpabilidad. “Todos los hombres son culpables, incluso la policía”, sentencia el jefe de la policía a Mattei, clara señal nihilista en un mundo sin esperanza.

Los personajes de El círculo rojo son hombres solitarios y con estrictos códigos de honor, con poquísimas pistas de su pasado. Corey sale de una cárcel en la cual es imposible poder rehabilitarse de una vida de crímenes. Sin dinero ni novia, ambos capturados por su antiguo socio, inevitablemente vuelve al sendero del delito. Vogel (no sabemos qué delitos se le imputan ni tampoco si es culpable o no de ellos) escapa de Mattei cuando éste lo traslada custodiado en un tren de Marsella a París, realizando una dramática huida a través de ríos y bosques hasta encontrarse casualmente con Corey en la carretera.

A este “círculo rojo” se suma el alcohólico (y víctima de delirium tremens) Jansen, antiguo agente de la Ley tornado en delincuente ocasional, sin motivos conocidos de por qué cambió de bando. Mattei es un policía también solitario, amante de los gatos y dispuesto a abusar de su poder chantajeando a sus contactos con tal de atrapar a los criminales, como el caso de Santi (François Périer), dueño del club nocturno donde se reúne la improvisada banda de Corey, Vogel y Jansen. ¿Será guardado el silencio prometido?

Como se puede ver, Melville retrata una sociedad que corrompe a sus individuos, matando cualquier trazo de inocencia. Pero en medio de todo este existencialismo misántropo, también hay espacio a la solidaridad, cuando se trata de proteger a los amigos en el delito y también al enemigo encarnado en el orden. No obstante, el destino se encargará de que nadie salga victorioso en sus ambiciones.

Melville falleció prematuramente de un infarto a los 55 años, en agosto de 1973, mientras comía con el periodista y director Philippe Labro, con quien preparaba el guion de una película de espías. Dejaba este mundo un autor de cine que ha marcado su influencia en directores tanto occidentales (Tarantino, Mann, Friedkin, Fassbinder) como orientales (Woo, Kitano). Un maestro del polar noir francés, minimalista e impecable, que nos relató historias de robos y sicarios en la tradición de la tragedia griega, con jazz, cigarrillos y tecnología de punta.

 

*Reseña autorizada solo para ser publicada exclusivamente en el Diario Cine y Literatura.

 

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Gabriel Anich Sfeir (Rancagua, 1995) es egresado de Derecho de la Universidad de Chile y ayudante en las cátedras de Derecho Internacional Público y Derecho Comunitario en la misma Casa de Estudios. Sus principales aficiones son la literatura policial y el cine de autor.

 

 

 

Tráiler:

 

 

Gabriel Anich Sfeir

 

 

Imagen destacada: Alain Delon en Le cercle rouge (1970).