Entre los filmes del realizador estadounidense de origen alemán, Mike Nichols, destaca esta impresionante obra cinematográfica, planteada de forma directa y realista en la cual sobresale el trabajo de Emma Thomsom, que se muestra como una actriz muy completa, capaz de registros tan flexibles como diversos.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 15.4.2026
Wit (Amar la vida) es una película realizada por la HBO para la televisión en 2001. Ganó tres premios Emmy y su calidad le hizo dar el salto a la gran pantalla. Está basada en una obra dramática de Margaret Edson, Premio Pulitzer de Teatro de 1999, que recoge las experiencias de la autora en sus contactos con el hospital.
Ofrece el punto de vista del paciente en su lucha contra la enfermedad. La adaptación para el cine se debe al director Mike Nichols y a la protagonista Emma Thomson.
El primero de ellos procede del teatro de Broadway. Su carrera cinematográfica es irregular con un comienzo brillante y un curso descendente. Empezó dirigiendo para las salas la obra de Edward Albee, ¿Quién teme a Virginia Wolf? (1966) para continuar al año siguiente con El graduado.
Así, entre sus otros filmes destaca esta impresionante obra, planteada de forma directa y realista en la que sobresale el trabajo de Emma Thomsom, que se muestra como una actriz muy completa, capaz de registros tan flexibles como diversos. Al punto de obtener el premio de interpretación en el Festival de Cine de Valladolid.
Wit, el título podría traducirse por «ingenio» y alude a ese tipo de inteligencia irónica, de respuesta rápida, no exenta de humor, que juega con las palabras de un modo preciso y agudo. Unos ejemplos de cultivadores de este género serían: Oscar Wilde, George Bernard Shaw, Groucho Marx, Woody Allen, John Lennon y otros cuantos más.
Sin embargo, Wit se llama también a la destreza poética llena de ingenio, sagacidad y prontitud de los representantes de la poesía barroca inglesa del siglo XVII, la conocida en los manuales literarios como «poesía metafísica», en especial John Donne.
En el ámbito hispano, Quevedo podría considerarse un autor de estas características.
Todos volvemos al pasado
La protagonista de la película es una mujer irónica que ejerce de profesora universitaria experta en la obra de John Donne. Por lo tanto, el título es importante para la buena comprensión del largometraje. No es un marbete de compromiso, sino la clave principal de la historia.
El tema más importante de los Sonetos sagrados del clérigo poeta es el de la muerte y la vida eterna. Y es a la muerte precisamente a la que se enfrenta la docente de Wit.
Vivian Bearing se adapta a la enfermedad como hacemos los humanos, poniendo en juego todas las capacidades personales. Mientras puede, utiliza la ironía, una de sus armas, para evitar la depresión y la desesperanza.
Así, después de la entrevista diagnóstica con el Dr. Kelekian, describe con retintín: «Me examinaba minuciosamente». Y durante la visita del mismo médico rodeado de residentes, no puede evitar una crítica acerada de uno de los mayores rituales de la práctica clínica: «el pasar planta».
La ironía es un mecanismo de defensa para salvaguardar la dignidad. Un decoro que el funcionamiento hospitalario, sus normas y costumbres tienden a socavar, dejando al paciente sin la protección de la intimidad. Un aspecto que se presenta en secuencias como: la exploración ginecológica que le hace John Posner o el encuentro con el técnico de rayos X sin olvidar a la auxiliar de clínica que solo se preocupa por saber dónde está la silla.
En la misma dirección, van las pruebas prescritas sin contar con la voluntad de la paciente. Un momento en el que ella se rebela y Susie Monahan, la enfermera empática, insiste para que acceda a la exploración.
Su aislamiento y angustia la llevan a «leer entre líneas»: «nunca pensaron en curarme». Pero la ironía, el humor Wit, no basta para parar el proceso. Un recuerdo sentido de la novela de Kafka como una condena anticipada y designada. Ni siquiera en el caso de esta mujer inteligente que siempre se ha bastado a sí misma y ha preferido quizá, por seguridad, la erudición al contacto humano. No recibe ni espera visitas.
A lo largo de su vida se ha deshumanizado. Cuando necesita cuidados —y solo los recibe de Susie— lamenta el trato distante que prodigó a sus alumnos. En los momentos difíciles, todos volvemos al pasado y como Vivian quisiéramos reescribirlo. Así, dice: «Lo siento tanto», con una aflicción de sincera profundidad.
Ese cuerpo torturado por la enfermedad
La enfermedad progresa implacablemente y ya no sirve ni la ironía ni parapetarse en la dignidad de profesora. Nada sirve. La secuencia de los vómitos incoercibles es muy ilustrativa al respecto. La del dolor al final, lo es mucho más. Pascal decía algo así como que «el sufrimiento es la realidad no mentirosa del hombre».
El confín de la película muestra un curso regresivo que el dolor y la morfina acentúan y termina con la visita (la única recibida) de Aschoff con su tic de erudito universitario, quien al leerle un cuento infantil de conejos la remite a la infancia cuando Vivian aprendió la palabra «soporífico» mientras leía otro cuento también de conejos junto a su padre.
Vivian ha vivido sola, sin apenas más afectos que el de su progenitor, su maestra y la enfermera Susie. Al final, muere sola y el largometraje nos dice, en un plano postrero, que ese cuerpo torturado por la enfermedad era una persona. Hay algo de pasión y muerte en la historia de Vivian Bearing reflejada en la imagen del San Sebastián, de Perugino que aparece en la pantalla.
El Dr. Kelekian es sobre todo un científico, un profesor universitario, un investigador. Su mirada trae la atención «objetivante de la ciencia», la de convertir en objeto el asunto de estudio. Ve a la paciente como un problema de conocimiento. Por lo que se muestra preciso, directo y da por supuesta la adaptación psicológica de la enferma a un trance tan difícil. Termina siempre sus intervenciones con la expresión «estupendo». En definitiva, se trata de un hombre satisfecho de sí mismo.
Jason Posner, su ayudante, representa una variación de igual actitud. Ambos centran la medicina en la investigación biomédica. No sienten la necesidad de considerar a la paciente desde otro punto de vista, ni se lo plantean. El propio Dr. Posner lo expone además con claridad. Vivencia como un fastidio el tener que rotar por la parte clínica de su especialidad. Fascinado por el cáncer, lo llama «inmortalidad en cultivo», el desorden sin fin, la vida eterna de la destrucción.
Son excelentes biólogos y con seguridad harán avanzar la ciencia. Pero, ¿es esto lo que esperan los enfermos de sus médicos? Los pacientes no solo aguardan la curación, sino también que se les cuide. Y eso es lo que hace Susie Monahan, la enfermera, quien plantea a Vivian la elección de ser o no resucitada en caso de una parada respiratoria.
Ayuda a componer el tono emocional de toda la historia la música de Gorecki y de Shostakowich que se mantiene resonando hasta la conclusión.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

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Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Amar la vida (2001).
