[Ensayo] «Fuego la sed»: La dulce porfía de habitar esta tierra

Existen dulzura y obstinación en estos poemas de la autora española María Sánchez Rodríguez —y acaso no lo más deslumbrante, pero sí fundamental—: hay una claridad estética, una limpieza en los versos breves y la resonancia de las imágenes, así como en la música llana que conjugan sus versos.

Por Alfonso Matus Santa Cruz

Publicado el 8.12.2025

El mundo no se extingue, al menos no todavía, lo que está en peligro de extinción es una forma de habitar el mundo, o, quizá, derechamente la posibilidad de habitar este mundo.

Las personas que en realidad habitan un lugar de este vasto planeta son cada vez menos, cada vez más desdobladas en cotos digitales y paraísos abstractos. Hubo un tiempo de respirar sobre la tierra en que nuestra breve luz era hermana de las luciérnagas, en que las criaturas y las palabras, las cosas y la poesía no estaban tan lejos.

Esa forma de habitar, de respirar la memoria de un lugar, el rumor de sus arroyos, el susurro del bosque, los balidos de las ovejas, es la que defiende y expresa con palabras límpidas, con imágenes llanas y sugerentes, la escritora y veterinaria española María Sánchez Rodríguez (1989) en su poemario Fuego la sed (La Bella Varsovia, 2024).

Con todo, es refrescante hallarse de frente a una poesía que no apuesta por el artificio, el activismo simplón, la confusión lingüística posmoderna y la batalla de géneros como la punta de lanza de turno, sino con una que trata de palpar la tersa y accidentada superficie de la tierra,

Una estética poética, en suma, que pasa su microscopio por las pavesas de ese incendio descomunal, propagado hasta por los intersticios más recónditos, que es nuestra distancia con la naturaleza y las problemáticas que conlleva la incapacidad de convivir con el resto de las criaturas con el respeto y la conciencia de que compartimos este prodigioso jardín sobre una esfera telúrica que viaja por la oscuridad cósmica sin que nos paremos a pensar en lo maravilloso y precario que es todo.

Y es que desde el primer eslabón de la obra nos encontramos con un poema que rezuma aroma campestre, que nombra las cosas tal como son: el mortero, el cereal, un surco, los cántaros, la ribera, la asada y la sed de las aves, entre otras imágenes en que reverbera la memoria de una cercanía con la tierra que ha caído bajo sospecha.

 

«La relación entre la belleza y el dolor»

Delineada la propuesta, María Sánchez nos interpela a enfrentarnos con el estado actual de nuestra relación con la naturaleza, a escuchar el murmullo de la lengua de la sed:

«atrás quedaron los regresos / en los que cada piedra del arroyo / era conocida / tenía un nombre / sin ellas era imposible cruzar / así te hiciste mayor / escuchando la misma letanía / —quién se atreve a cruzar un río / sin memoria— / ese trayecto hoy solo es / un desmayo un duelo un mordisco / en las entrañas».

Esa antigua costumbre que era el valor del poeta para nombrar el mundo, es lo que se rescata en estos versos que tensan la relación entre la belleza y el dolor, entre el pasado bucólico y este presente desbocado.

Con todo, es curioso y fascinante que una poeta española que habita un pueblo de Galicia use entre sus epígrafes un verso de Jorge Teillier, esta belleza: «Del árbol de la tarde cereza o manzana eres».

Acaso un síntoma de que esa vertiente secreta que es su poesía, escondida en el corazón del bosque austral, prolifera y atraviesa fronteras espacio temporales con la pujanza del micelio.

Y es que la poesía de Sánchez toma algo de esa estela nostálgica y silvestre sin dejar de ser combativa y atizar al lector cuando es necesario, como hace en estos versos que le quitan el piso a la soberbia intelectual: «Asombroso mecanismo / el del pensamiento que se cree / superior al resto de las cosas».

Asumiendo que su material de trabajo es la lengua castellana no deja de reconocer la fractura entre nosotros y el paisaje que implica el dominio del lenguaje en nuestra percepción: «con el río febril / escribimos este poema / para que reconozcáis la lesión / escondida tras el verbo».

Las palabras son aquí como los guijarros en el lecho del río, es la fuerza del agua, los cantos de las aves, el crepitar de los incendios que asedian, el silencio de la sequía, lo que palpita y atiza el potencial expresivo: «pero una rabia silenciosa / siempre nacerá de los vestigios / de la historia».

Una obra pequeña, pero cargada de la lentitud del oficio, de las palabras que decantan y brotan de tanto caminar entre los árboles, a orillas del arroyo; de escuchar a las criaturas que cantan y darles palabra.

Hay dulzura y porfía en estos poemas, y, acaso no lo más deslumbrante, pero sí fundamental: hay una claridad, una limpieza en los versos breves y la resonancia de las imágenes, así como en la música llana que conjugan.

Ese fuego lento y esa sed de lo elemental es lo que resplandece aquí. Un poemario que nos permite habitarlo y volver a leerlo sobre la hierba, bajo el sol.

 

 

 

 

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Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y el de brigadista forestal.

Actualmente reside en la ciudad Puerto Varas, y acaba de publicar su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Fuego la sed», de María Sánchez (La Bella Varsovia, 2024)

 

 

 

Alfonso Matus Santa Cruz

 

 

Imagen destacada: María Sánchez Rodríguez.