«El gato en el congelador»: Un cuento de Laurence Maxwell

Los cinco relatos que componen este libro publicado ahora mismo por Ceibo Ediciones navegan en océanos tan distintos como interconectados. Y se trata de una navegación armónica. Desde el realismo de cronista en «Ladrón de bicicletas» (basado evidentemente en las propias peripecias del autor en las cárceles mexicanas), hasta el espanto espectral de «El gato en el congelador» (aquí reproducido, y cuyo título bautiza el volumen); y así desde la discursiva iconoclasta de «Día del odio», hasta los laberintos subacuáticos y subrepticios de «Teratología», para atracar al fin en el puerto angustioso del surrealismo zoo-culinario de «Cazuela de pollo». Moscas dialogantes, plumíferos condenados, chupasangres octogenarios, pueblos sumergidos, pesadillas carcelarias, ternura de sicarios, estampitas de niños ciegos y amargos bombones del despecho… Un deambular por muchos y muy distintos rincones, hasta encontrar lo que se cree es el lugar indicado, para luego constatar, en un instante preciso, que aquel sitio se aleja a una velocidad aproximada de mil kilómetros por hora.

Por Laurence Maxwell

Publicado el 28.1.2018

Viajó a México gracias a un préstamo bancario, que no estaba en sus planes pagar. Encontró un austero departamento en el centro, en la parte más antigua y abandonada de la ciudad, a sólo unas calles del Zócalo. No estaba muy claro cuál era exactamente el motivo para someterse a semejantes mutaciones, lo único cierto es que amaba la poesía de Efraín Huerta y anidaba la oscura esperanza de hacer carrera como poeta en aquellas míticas y lejanas tierras. “Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros, / la miseria y los homosexuales, / las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas”. A esa ciudad había arribado. No conocía a nadie y nadie le conocía a él, pero suponía que no tardaría en entablar vínculos de amistad con los escritores locales. De cualquier manera, el dinero del préstamo, si bien le aseguraría algunos meses de tranquilidad, no duraría eternamente, así que tenía que preocuparse de garantizar su subsistencia futura. Buscó trabajo, pero no fue fácil, no tenía papeles y la situación económica del país no pasaba por el mejor momento. Tras numerosos intentos fallidos, finalmente consiguió una plaza como bell boy en un hotel ubicado en Avenida Reforma, no demasiado lejos de su nuevo hogar. Le dieron un uniforme gris con botones dorados, guantes blancos y un gorro que le hacía parecer chango de organillo.

Transcurridos tres meses desde su llegada a ese mundo desconocido, había frecuentado todos los círculos de poesía de los que había tenido noticias, sin lograr conectar bien con nadie. Se interponía una especie de obstáculo en la comunicación que no lograba superar. Asistió a varias sesiones de las poetas del megáfono, pero eran demasiado feministas para su formación, le cuestionaron el lenguaje sexista de su poesía, catalogándolo de “obsoleto y ofensivo”. Trató, entonces, de escribir de otra forma, pero ya lo habían estigmatizado y no volvieron a prestarle atención. Por otro lado, se le hacía incómodo leer y al mismo tiempo sostener la bocina, se complicaba todo en la operación y no le gustaba la voz que salía por la boca del aparato. Probó yendo a algunas reuniones del grupo Acción Poética, pero los encontró cursis, relamidos y superficiales. No comprendía cómo podían darse el trabajo de conseguir el permiso para intervenir una pared, blanquearla, trazar con brochas los versos escogidos (cosas que requerían despliegue operativo y riesgo en la calle), para escribir unos textos melifluos, de un romanticismo decadente y añejo. Más tarde cayó en un “club de jóvenes poetas”, que dirigía con mano de hierro un viejo y connotado escritor mexicano, famoso por una novela llamada El rebaño. Sin embargo, al “joven poeta extranjero” le pareció que, a pesar de la erudición y acabado conocimiento de las formas poéticas, el emérito maestro mantenía un estilo manierista, que intentaba imponer de forma autoritaria a los miembros del club.

Una tarde, producto de uno de esos acasos que le pueden cambiar la vida a uno, en un antro del centro, a dos cuadras del Palacio Nacional, al que llamaban Las Escaleras, pues estaba ubicado en una antigua casona colonial donde las escalas servían de butacas a los asiduos del lugar, conoció a una muchacha.

Alguien había decidido que esos pasillos abandonados, salpicados de historia, eran un buen lugar para vender cerveza de manera clandestina. Diariamente Las Escaleras se poblaba de estudiantes, empleados que trabajaban en el sector, vendedores ambulantes, obreros y músicos callejeros. Ella se hacía llamar Lluvia, era danzante, es decir, participaba los fines de semana en un grupo que intentaba recrear los bailes aztecas en pleno Zócalo; habían elegido su nombre durante una ceremonia mística, en la que ayunó tres días en la inclemente soledad de una montaña. Al descender, hambrienta, insolada, deshidratada y delirante, la primera palabra que pronunció fue “lluvia”; así que, desde ese violento bautizo, aquella fue su carta de presentación.

Lluvia era pequeña, delgada, de rasgos finos y de un humor sarcástico que no siempre caía bien. A sus espaldas la escuchó hablar de poesía, mientras él intercambiaba algunas palabras sobre música con un hombre que portaba una guitarra pero que no se decidía a tocar. La amalgama de las múltiples conversaciones sostenidas en aquel patio interior, con pileta de piedra en el centro, era tan confusa como el golpeteo de una tormenta sobre un techo de zinc. El hombre de la guitarra no le prestaba mayor atención y luego comenzó a cantar. El poeta se armó de valor y se volvió con la intención de buscar a la dueña de la voz que había escuchado tangencialmente. Al descubrirla, quedó maravillado. Ella le sonrió y no fue tan difícil dirigirle unas palabras. Le preguntó si conocía a Efraín Huerta, ella lo miró como si viniera de otro planeta. Pss, a huevo: “Siempre amé con la furia silenciosa de un cocodrilo aletargado”, dijo, y luego se rió. ¿Por qué te ríes?, preguntó él. Lluvia le explicó que le hacía gracia aquel verso, lo había memorizado a pesar que intentaba siempre hacer todo lo contrario, prefería amar estruendosamente, con los colmillos afilados. Al poeta se le llenaron los ojos de lágrimas, como si hubiese descubierto un manuscrito inédito.

Lluvia le contó que participaba de un taller de poesía política, que si quería lo podía invitar a una de sus sesiones. Él le relató las peripecias que había vivido hasta ese momento en materia de talleres y círculos poéticos; a ella le hicieron mucha gracia aquellas historias, no paraba de reír. Luego se puso seria y le advirtió: En todo caso, no te prometo nada, tal vez sea otra decepción para ti. No pierdo nada, contestó él, y quedaron de acuerdo para la semana siguiente.

Esa misma noche, tras subir unas escaleras que ya odiaba, y casi cerrando la puerta de su departamento, escuchó que le hablaban. Oiga, joven. Volvió a abrir y se encontró de frente con una señora robusta, muy maquillada, con el pelo teñido de un indeterminado tono rojizo, y con acento marcadamente caribeño. Era su vecina. Se había enterado que había un nuevo inquilino y venía a presentarse, por si necesitaba algo, y para que supiera que ante cualquier emergencia podía contar con ella. Para eso estamos los vecinos, ¿no? También aprovechó la oportunidad para hablar mal de casi todos los demás habitantes del edificio. El de abajo era un putito que por las noches hacía entrar a hombrones a su departamento, con los que tenía sus “fiestecitas”. Lo he aguantado mucho tiempo, pero ahora lo tengo sobre aviso, una más y lo haré desalojar, este es un edificio decente, aseguró. El muchacho del departamento de enfrente es un escandaloso, fuma marihuana y escucha música a todo volumen a horas en que una quiere descansar. Estaba decidida a llamar a su padre para hablarle del comportamiento de su hijo. La señora del lado, en cambio, es una santa mujer, lástima que ahora está tan enferma, y, ni Dios lo quiera, lo más probable es que no le quede mucho tiempo de vida. Los del rincón son un matrimonio que no hablan con nadie, pero se puede escuchar cómo discuten en las noches, e incluso, en ocasiones, él la golpea.

Así, la vecina se dio a la tarea de ventilar la vida de todos los inquilinos, sin que quedara ninguno bien parado. En algún momento la doña se dio cuenta que el poeta venía con unos tragos de más y comenzó una interminable diatriba en contra de los borrachos, pero no se refería a él, claro, todos tenemos derecho a divertirnos de vez en cuando, el problema es cuando se convierte en una costumbre, él no se veía como una de esas personas. Esperaba que no le diera una decepción. Pero cuando le preguntó qué hacía, y él le confesó que trataba de escribir, que era poeta, a la señora se le desfiguró la cara. ¡Ah, poeta! Ya los conozco yo, son engreídos, egoístas, y no les importa nada más que su trasero. No lo sabré yo. Ella también había sido artista, cantó en una orquesta tropical, como Celia Cruz, saliendo de gira por toda Latinoamérica, hasta el Perú había llegado, actuando en los mejores cabarets. A cuánto poeta había conocido en esos antros, vagabundos con papeles arrugados que después de unas copas intentaban leer tambaleándose sobre una mesa, patéticamente ignorados. Muertos de hambre, inútiles… Pronto recordó que no estaba sola, que su monólogo tenía un espectador y que ese espectador podía sentirse ofendido si no se moderaba. Seguramente usted no es así, o al menos eso espero, dijo mirándolo inquisitivamente. No quiero tener problemas con usted. El que rentaba antes este departamento también era literato, hacía clases en la universidad, tenía libros por todos lados, pero era un estirado, un relamido, se creía la gran cosa, ni siquiera saludaba si se topaba con una en la escala. La vecina siguió así un buen rato, apenas dejando espacio para una que otra interjección del muchacho que, la verdad sea dicha, no tenía mucho que agregar; viendo cómo era aquel personaje, no quiso interrumpirla, y decidió casi enseguida que no la quería tener de enemiga, así que fue todo lo condescendiente que pudo.

Después de ese primer encuentro vinieron muchos otros, de similares características. La vecina se paraba en el vano de la puerta y comenzaba su perorata, intentando, de vez en cuando, espiar hacia el interior del departamento. Hasta que un buen día el poeta, ya cansado de escuchar de pie esos monólogos, decidió invitarla a pasar, le ofreció un té y esperó pacientemente que a ella se le secara la lengua. Aquella vez le contó una historia que no dejó de llamarle la atención. Se enteró que la mujer vivía con un hijo, un chico obeso, de unos dieciocho años, cuyo único contacto con el mundo era a través la computadora, nunca salía de su cuarto y comía todo el día. Estaba desesperada, no soportaba verlo así y se peleaban cada vez con mayor frecuencia. A ella le hubiese gustado que trabajara, que colaborara más en la casa, pero el muchacho parecía no darse por enterado de nada. Es más, le exigía cosas, quería una computadora más rápida, un aparato de videojuegos y televisión por cable. Ella trabajaba casi exclusivamente para mantenerlo y solventar sus gastos. A veces el hijo encargaba costosos aparatos por internet, que pagaba con la tarjeta de crédito de su madre; también pedía pizzas, refrescos y otros caprichos. Las deudas se acumulaban y el exiguo sueldo de empleada en la Delegación ya no daba abasto. De hecho, hacía ya tiempo que no pagaba la renta, por lo que el dueño del departamento le había entablado un juicio de desalojo; si no fuese por los contactos políticos que tenía a través del partido, ya la hubiesen arrojado a la calle hacía rato. Pero no podía negarle nada a su hijo, era su debilidad; era, a la vez, su felicidad y una fuente de permanente angustia. La mujer sabía que era su culpa, que lo sobreprotegió demasiado, que lo malcrió. A ratos, mientras hablaba, brotaban lágrimas de sus ojos, y el poeta se enternecía, llegó incluso a tomar la mano de la mujer, percibiendo su estremecimiento. Yo quise este calvario, dijo la vecina, luego se arrepintió de lo fuerte de la formulación. No, no es esa la palabra… Yo quería ser madre. Más que nada en la vida yo quería tener un hijo, pero ya no estaba en edad, pensaba que había perdido mi oportunidad, porque no se puede tener un hijo cuando una anda de un lado para otro. Fue entonces cuando una amiga me habló del Santo Niño de Atocha, que es muy milagroso, me dijo que a ella le había cumplido, que lo intentara. Así es que fui hasta el Santuario de Plateros, en Fresnillo, y entré arrodillada hasta el altar del Niño, que viste como peregrino español porque él protegió a los cristianos de los moros en España. Estando así, arrodillada, le juré que si él me hacía el favor de darme un hijo yo lo iba a venerar por siempre. La mujer lloriqueó un rato en silencio. Le llevé juguetes que yo misma hice, tejidos a crochet y terminados con telas de colores. Como él es el patrono de los niños, supuse que escucharía mis plegarias, y así fue: un año después estaba embarazada. No importa de quién, eso es lo de menos, porque hice todo lo posible por ayudar al Milagrosísimo Niño. Tú me entiendes, ¿no?, dijo la mujer, guiñándole un ojo. Así que en cuanto mi hijo nació y estuvo en condiciones de viajar, lo lleve a los pies del Niño, a Zacatecas, para mostrarle su milagro y que me lo bendijera. Fue tan emocionante el momento en que se encontraron ambos, que no podía parar de llorar con mi criatura en los brazos. Ahí mismo le prometí que volveríamos cada año a agradecerle el favor concedido. Y así lo hemos hecho, cada año peregrinamos hasta Plateros. Aunque, que cada vez se me hace más difícil convencer a Francisco de ir hasta allá. Está insoportable. Después agregó, como distraídamente y sin que tuviese una ilación lógica con lo que venía diciendo: Qué increíble cómo se dan las cosas, y yo siempre había sido devota de Elegguá, en la religión yoruba. El poeta se quedó estupefacto por un instante, creyó que algo se había perdido del monólogo, reaccionó cómo si no hubiese escuchado bien. ¿Cuál es la relación? La vecina lo miró como si lo hubiese descubierto en un fallo imperdonable, luego se rió, sarcástica. ¿No lo sabes? Muchos de los santos católicos tienen detrás un Orisha, es la santería. Como la religión de los negros siempre ha estado prohibida, mis antepasados la escondieron detrás de algunas imágenes cristianas. En este caso es Elegguá el que está detrás del Niño de Atocha. Yo no lo sabía cuándo fui por primera vez a rogarle por un hijo, fue una tremenda sorpresa cuando me enteré, porque esas son mis raíces y Elegguá siempre fue mi protector. Por eso, desde que lo supe, lo saludo con tres golpes en el suelo, porque así hay que saludar a Elegguá. Yo le voy a contar algo que nadie sabe, así que le pido que no lo vaya a decir por ahí. No, claro que no, dijo el poeta. Yo me hago pasar por veracruzana, aquí entre los vecinos y en el trabajo, pero en verdad soy cubana. Mi familia es de allá, nací en la isla, crecí allá y luego, en una de las giras con la orquesta, me quedé por aquí, por culpa de un hombre (al que ahora no vale la pena ni mencionar). No tengo la nacionalidad mexicana, nunca la saqué, estoy ilegal, pero como todo aquí se arregla con palancas y mordidas, ya ve. Me quedé, y todos piensan que soy de Veracruz, por mi acento y mis rasgos que parecen jarochos. Bueno, joven, no quiero aburrirlo más con mis historias, además mi pequeño hijo debe estar bramando de hambre. Se levantó de la silla, se despidió y se fue, dejando en la sala un gran vacío y una fragante estela de pachulí barato.

Durante varios días al poeta le quedó dando vueltas en la cabeza aquella conversación. Mientras subía maletas, o enseñaba una habitación, o cuando recibía las míseras propinas de odiosos turistas gringos, pensaba en aquella imagen, la de mundos superpuestos, paralelos, con lógicas distintas. Lo inquietaba. Sentía que se había abierto una brecha profunda en su concepto de la realidad, algo que, inexplicablemente, le provocaba temor. Evidentemente, con el pasar de los días este sentimiento se fue atenuando, pero persistía en él una suerte de reticencia a seguir relacionándose con la vecina. No quería encontrársela, no quería que lo volviera a poner ante ese mundo duplicado. Un par de veces, suponiendo que era ella la que golpeaba la puerta, no abrió, se quedó inmóvil, sin hacer ruido, hasta escuchar los pasos alejándose por el pasillo.

Esa semana asistió a la reunión del Círculo de Poesía Política al que Lluvia lo había invitado, el que resultó ser una especie de plataforma creada por un grupo trotskista para captar adeptos a su causa. Funcionaba, efectivamente, como taller literario, pero todo estaba encaminado a plasmar en los textos poéticos que allí se producían las tesis del líder de la revolución soviética. Era imprescindible hablar del rol de vanguardia que debe cumplir la clase obrera, de la necesaria insurrección armada para la toma del poder, de “entrismo” en los sectores moderados con el fin de radicalizarlos, de revolución permanente, y tratar a los otros miembros del grupo de compañeros o camaradas. Los textos eran evaluados no tanto por su calidad literaria, sino por su claridad doctrinaria y por el aporte que podían hacer a la lucha del proletariado internacional en contra del capital. Las críticas del grupo podían llegar a ser despiadadas, podían acusar al autor de “entreguista”, “socialdemócrata”, “amarillo”, “pequeñoburgués”, o (una de las peores descalificaciones) “traidor a la causa del pueblo”. En un momento de la reunión le pidieron al poeta que leyera alguno de sus escritos. Él se negó, en principio, argumentando que era la primera vez que iba y que no estaba familiarizado con ese tipo de literatura, pero los camaradas insistieron, probablemente sospechando que detrás de aquel escritor taciturno se escondiera un potencial enemigo de la clase obrera, o quizá un cándido e inconsciente muchacho aún no tocado por la luz de la verdad del marxismo científico. Finalmente leyó un texto. Enrevesado y críptico, en muchos pasajes delirante, lleno de imágenes perturbadoras. Lo escucharon sin levantar la vista de la mesa. Una vez que terminó la lectura se hizo un silencio de guillotina. Los camaradas se miraron entre ellos, nadie se animaba a emitir un juicio. Hasta que uno dijo: “triste”; “romántico”, dijo otro; “confuso”, comentó el tercero; “no aporta mucho”, sentenció el último, y luego añadió: “sin forma revolucionaria no hay arte revolucionario” (eran especialistas en citar frases de memoria, al poeta le llamó la atención la cantidad de citas que podían emitir en una sola reunión), “es cierto, pero también debe haber contenido revolucionario, y aquí no lo distingo”; con eso quedó lapidado el asunto y rápidamente pasaron a otro tema. Lluvia miraba de reojo al poeta tratando que él sintiera su apoyo.

Cuando salieron de la reunión, ella trató de disculparse, apenada por la actitud de sus amigos, pero él le hizo ver que no había problemas, que había sido instructivo de todas formas. Hay lenguajes que son irreconciliables. “Ni los filósofos ni los revolucionarios pueden tolerar con paciencia la ambigüedad de los poetas que ven en la magia y en la revolución dos vías paralelas, pero no enemigas, para cambiar el mundo”, dijo él, demostrando que también se sabía frases de memoria. “Si el poeta reniega de su mitad mágica, reniega de la poesía y se convierte en un funcionario y un propagandista”. ¿Quién dijo eso?, pregunto Lluvia. Un señor brillante, que finalmente también se vendió al poder y a la institucionalidad. ¿Era poeta? Sí, era de los mejores. Entonces quizá se vendió justamente porque pensaba que los poetas son demasiado especiales para algo tan pedestre como la revolución, reflexionó ella. Es probable, aunque eso no lo exculpa. Y también porque los poderosos saben bien a quiénes deben cooptar. Los compran con un consulado en París, una embajada en New York, un ministerio, una beca, un espacio en la televisión. Caminaron un rato en silencio, hasta que ella se cuestionó: ¿Se puede ser marxista sin ser arrogante? Se miraron y se rieron. ¡La sentía tan cerca que le daba miedo! A propósito, tengo que contarte algo, dijo ella, espero no decepcionarte. Yo también tengo algo que decirte, pero tú primero. Postulé a una beca para estudiar danza contemporánea, ¿cabe eso dentro de la cooptación del poder? ¡No!, contestó él sentencioso, tú estás empezando, al poder no le importa quién seas, por ahora. El problema es cuando ya eres una figura reconocida y hay muchos ojos puestos en ti, atentos a tus decisiones y tus actos. Me alegro que puedas estudiar. Te va a ir bien. Gracias, dijo ella, ahora tú, ¿qué me ibas a contar? Algo parecido, mandé mis poemas a un concurso del Gobierno de la Ciudad, hay un buen premio para el ganador, y la verdad es que no me vendría mal. El trabajo en el hotel es agotador, invierto mucha energía en eso, la que preferiría dedicar a la lectura y la escritura. Hay mucho que aprender, tengo muchas ideas, pero no me queda tiempo. ¡Chido!, dijo ella, hay que pedir entonces a San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles, que nos eche una mano. Sí, dijo él, sorprendido. ¿Eres trotskista?, le preguntó a quemarropa a la muchacha. No, para nada, voy a este taller porque me interesa la poesía y la política, y no he encontrado otro grupo que conjugue las dos cosas. La verdad, dijo él, es que no vi mucho la conjunción. Sí, tienes razón. Caminaron por Coyoacán riéndose de la reunión de la que acababan de salir, hasta que repentinamente comenzó a llover, como suele llover en esa ciudad, desmesuradamente, como un solo de batería interminable. Llegaron al metro sin un centímetro cuadrado de ropa seca. El poeta le propuso a Lluvia que fueran a su casa a secarse y cambiarse de ropa. No bien entraron en el pequeño departamento se desnudaron. Él consideró que ella era de una belleza perfecta. Sus cuerpos ateridos buscaron refugio el uno en el otro e hicieron el amor dulcemente, procurando absorber con los cinco sentidos toda la ternura de la que eran capaces.

Otra tarde, en que volvió a llover largamente, tras leer unos versos que Kerouac compusiera durante su estadía en Ciudad de México, al poeta se le antojó un pulque. “Las bestias sacrílegas / Me devoraron diez mil millones / De veces y yo regresé /A escupir pulque / en / borrachas / cantinas / llenas de bandas musicales / de la agria tierra azteca”, decía el beatnik. Salió, en consecuencia, a caminar por el centro en busca de una pulquería. Recorrió Eje Uno hasta Bellas Artes y luego se internó por la Alameda Central; de pronto, y sin habérselo propuesto, estaba parado frente al Templo de San Hipólito. Decidió entrar. En una penumbra enrarecida por vapores de incienso y el humo de cientos de velas que ennegrecen el techo, el poeta se encontró cara a cara con una de las figuras más veneradas del país: San Judas Tadeo. El poeta pensó que sería divertido comprar dos figuritas (de tamaño moderado), una para Lluvia y otra para él, como una forma simbólica de alianza entre ambos y de sus anhelos compartidos. Volvió así a su casa, sin haber tomado pulque, pero con una pareja de íconos religiosos. Los acomodó en un rincón y los observó durante un momento. Le llamaba vivamente la atención la lengua de fuego que salía de la cabeza de San Judas, que al principio había interpretado como un cuerno.

Pocos días después, sus deseos de pulque fueron finalmente satisfechos, pues Lluvia lo invitó a una pulquería ubicada en el centro de Xochimilco. Quería presentarle a algunos poetas que se reunían en el Templo de Diana. El joven envolvió una de las estatuillas de San Judas en un rebozo de colores que había comprado a una mujer indígena en la calle y lo acomodó con cuidado dentro de su mochila, guardó su cuaderno de escritura, algunos papeles impresos sueltos y partió. Cuando llegó a la cita, la mayoría de los amigos de Lluvia estaban ya bastante borrachos. Pidió un pulque de apio. Al verlo, la chica lo llamó, abrió un espacio a su lado y le indicó que se sentara, cosa que él hizo tímidamente. Los poetas no le prestaron mayor atención, hablaban a los gritos, escogían canciones en la rockola y cantaban desaforadamente. Lluvia intentó presentarlo a algunos de los asistentes. El primero fue un escritor que dijo producir poesía orgánica. No se trataba sólo del contenido (lo dejó claro desde el principio), sino también del soporte, el cuaderno que utilizaba estaba hecho con papel higiénico usado y reciclado por él mismo. “El soporte es fundamental”. “El soporte, es decisivo”, repetía, y enseñaba un cuaderno que olía pésimo. Luego leyó un par de poemas, que hablaban de excrementos, orines, sangre, savia, flujos energéticos, drogas, vidas espermáticas, degradación, germinación, alquimia y transustanciación. Le explicó que no usaba tinta, sino que todo (dijo “todo” mostrando el cuaderno) estaba escrito con el líquido menstrual de su novia que él mismo procesaba para que no coagulara y pudiera servir de repuesto para su pluma. Hasta ese momento el poeta no entendía el sentido de la reunión, se había imaginado una especie de taller donde poder leer, pero en ese lugar nadie se escuchaba, había un desorden de patio de escuela. Algunos declamaban parados sobre las mesas, pero las palabras se difuminaban bajo el ruido emitido por la rockola, las carcajadas y el inclemente clamor humano. Más allá había un grupo de música norteña tocando canciones a pedido para un grupo de comensales; mientras tanto, en otro rincón del antro, entre la concurrida mesa literaria y el baño, los poetas habían organizado una pista de baile cubierta de aserrín. El extranjero decidió desentenderse de las conversaciones y le hizo saber a su amiga que le había traído un presente. Sacó de su mochila la figurilla del Santo y se la pasó. Lluvia estaba sorprendida por el regalo; en un principio le extrañó, pero luego entendió el sentido y no pudo dejar de emocionarse. Se acercó al poeta y le agradeció con un beso. Volvió a cubrir la figura de yeso con su manto de colores y la dejó sobre la mesa. Yo también te traje un regalo, dijo ella, pero tienes que cuidarlo mucho, y quererlo, y apapacharlo. De su mochila sacó un pequeño gatito, completamente blanco. Es albino, y sordo, así que no le molesta para nada este desmadre, ni se entera. En pocos segundos el poeta sopesó todo lo que implicaba aquel obsequio, y decidió que quería asumirlo. Se sintió feliz con el indefenso animal palpitando entre sus manos. Volvieron a cobijar al gato dentro de la mochila y pidieron dos tarros más de pulque, uno de tomate para ella y uno de mango para él. La noche prometía ser larga y agitada, los poetas ya se habían dispersado por el lugar, uno de ellos recitaba sobre el mesón de expendio de pulque, otros andaban repartidos por el local, acomodándose en otras mesas, mientras los parroquianos habituales, en un movimiento recíproco, habían ido a parar a la larga mesa de los poetas. Dos tipos que dijeron trabajar como barqueros en las trajineras del embarcadero El Salitre se sentaron al lado de Lluvia y comenzaron a hacerle preguntas. Se reían de su cabello verde y de sus piercings. Ella trataba de ser amable, pero cada vez le costaba más trabajo. De vez en cuando le echaba una mirada al poeta, como pidiendo auxilio; él estaba en el dilema de no querer aparecer como el clásico machista que sale en defensa de su dama, ni dar a entender que ella no podía defenderse sola, así que optó por esperar a que la situación se tornara insostenible, cosa que no tardó en ocurrir: en algún punto de la conversación que él no alcanzaba a escuchar, Lluvia lanzó el contenido de su tarro de pulque a la cara de uno de los tipos, que salió eyectado de su silla, insultándola, tratándola de puta mugrosa y otros adjetivos. El poeta se interpuso entre los dos, intentando encontrar las palabras adecuadas y el tono que no lo delataran como forastero. De su aún exiguo léxico chilango sólo pudo conjugar breves vocablos: “¿Qué pedo, carnal? ¿Qué transa con la morra? ¡No te pases de lanza!”. Como respuesta recibió un “chinga tu madre, cabrón” y comenzaron los empujones. En menos de lo que tardó un paisano en orinar, ya estaba la mitad de la pulquería involucrada en la riña. Lluvia le advirtió al poeta que pronto llegarían los polis y que no convenía que lo detuvieran, siendo extranjero. Rescataron al gato y salieron del establecimiento justo en el momento en que las sirenas y las luces de colores se acercaban al lugar de los hechos. Fue entonces cuando la chica se acordó de la figurilla de yeso, quiso volver a buscarla, pero ya era tarde, los policías se disponían a entrar a la pulquería, garrote en mano, lo mejor sería alejarse sin llamar la atención. No te preocupes, le dijo él a la muchacha mientras caminaban hacia el tren ligero, de todos modos te va a ayudar con lo de la beca.

Los días pasaban lentos, el gato crecía, y la incertidumbre a ratos hacía mella en el joven poeta; se preguntaba qué carajo estaba haciendo ahí, cuál sería su destino, trataba de escribir, pero no lograba concentrarse. De tanto en tanto volvía a Efraín Huerta, como queriendo recuperar el hilo perdido, pero ya no lo podía ver con tanta claridad como en un principio. Una de esas tardes de extravío, en que intentaba extraer palabras de las vacías paredes, escuchó los ya consabidos golpes a la puerta. Era la vecina, quería comentarle la triste noticia de que la anciana del departamento ubicado al fondo del pasillo había muerto esa mañana. ¿De qué murió?, preguntó. Y le impresionó lo frío de la respuesta que recibió: Quién sabe, uno a esa edad muere de cualquier cosa, de enfermedad, de tristeza, de viejo, la cosa es morirse. Entendió que la mujer no quería hablar del tema, aunque se asomaba hacia el interior del departamento como buscando algo que justificara entablar una conversación. De pronto fijó la vista en el rincón donde estaba la estatuilla de yeso de San Judas Tadeo. ¿Y eso? ¿De dónde lo sacaste? El muchacho le explicó someramente su origen. La vieja, con el pretexto de inspeccionar la figura, se las arregló para entrar al departamento. ¿Sabías que detrás de este santo también hay un Orisha? En Cuba es bastante popular. El día del santo se pueden ver en La Habana hordas de personas que bajan en busca de la iglesia de San Judas. Ahí van los Iyabó, completamente vestidos de blanco; negros que van con sus Elekes y sus Idés, hechos con los colores distintivos de su deidad: los de Orulá, de Ochún, de Yemayá, de Changó. Y, mira como son curiosas la cosas que ocurren en este mundo, ese mismo día se puede ver también a los alumnos de los colegios, vestidos con sus uniformes y sus pañoletas rojas al cuello, caminando en dirección del Malecón, llevando flores en las manos para arrojarlas al mar como homenaje a Camilo Cienfuegos, que murió misteriosamente un veintiocho de octubre. Ese día se mezclan las gentes por allá, por las calles Monte, Reina y Belascoaín, llenitas de devotos cargando su santo. Sin ningún pudor andan las jineteras con sus yumas, los empleados estatales, los vendedores de pasteles de guayaba, los que venden llaveros contra el mal de ojo, los que llevan café mezclado con chícharo. La vecina observó la figura del santo como quien tiene presbicia, sosteniéndola en la mano con el brazo estirado, luego la dejó en su lugar. Algunos dicen que es Osanha (el que sabe los secretos de las plantas) el Orisha que está detrás de San Judas Tadeo; otros, entendidos en la Regla Osha, dicen que sería Orunla, por sus colores, el verde y el amarillo. Si te fijas en los que vienen a pedir al santo, por el metro Hidalgo, todos van con sus collares y pulseras de color verde y amarillo. La mayoría son gente desesperada: ladrones, prostitutas, vendedores ambulantes, delincuentes y mujeres solteras. Lo peor de la sociedad. Deberías tener cuidado con lo que traes a tu casa, reflexionó, estos fetiches tienen poder, te dan, pero también te quitan. San Judas Tadeo es el santo de las causas difíciles; si tú le pides, por lo general te va a cumplir, pero luego te va a cobrar caro los favores concedidos. Yo me desharía de él; pero allá tú.

El poeta ignoraba todo acerca de la santería; hizo un par de preguntas y a la mujer se le iluminaron los ojos, se acomodó en la silla y comenzó a contarle de las distintas variantes de la Osha, que viene en línea directa de las creencias de los esclavos yoruba que trajeron los europeos a América. La mujer no tenía una forma muy orgánica de hilar su relato, pasaba de una cosa a otra sin concluir las ideas, y pronto estuvo hablando pestes del Mercado de Sonora. Yo voy sólo porque ahí venden todo lo que pide el santo para quitarle a uno un mal o un daño. El poeta quiso saber más. Es que hay gente que le tiene envidia a una, o que lo hacen por maldad, gente que tiene poder y te desea mal. A mí hace un tiempo atrás me vino un dolor aquí en el costado, debajo de la última costilla, y no sabía que era, los médicos me dijeron que no tenía nada, entonces fui con mi babalawo, me vendó la vista y me leyó los caracoles: dijo que alguien me estaba deseando mal, y que tenía que ofrendar un gallo negro a Elegguá. Entonces fui al Mercado de Sonora, compré el gallo y se lo di al Orishá en sacrificio. No todos los animales se sacrifican, a veces sólo tienes que presentárselos al santo, pero no puede ser cualquier animal, cada Orishá pide un tipo de animal diferente. Por ejemplo, a Elegguá se le inmolan chivos, gallos, pollos, ratones, pero nunca palomas, porque no le gustan, lo debilitan. También te puede pedir plantas o árboles, como albahaca, ají, ceibo, verdolaga. En fin, las ofrendas deben ser precisas y específicas para cada caso, por eso deben ser ordenadas por un babalawo. No como lo hacen esos charlatanes del Mercado de Sonora, que te venden Elekes o Idés a mansalva, sin ningún acto ceremonial, sin que se les haya dado de comer ante el Orishá que representan. En ese momento, el minúsculo gato blanco salió del cuarto donde había estado durmiendo. ¡¿Y ese gato?!, exclamó la mujer. Me lo regalaron, así que lo adopté. Aquí no se puede tener mascotas, no debiste traerlo sin preguntar. Vas a tener que deshacerte de él, gruñó la vieja. Miró al animal negando con la cabeza, se paró y se fue. El poeta tomó al gato en brazos y se quedó mirando por la ventana, pensando en todo lo que acababa de escuchar.

Nunca había visitado el Mercado de Sonora, así que le propuso a Lluvia hacer una expedición. El día elegido estaba nublado, oscuro en plena tarde. La Avenida Fray Servando bullía de comercio ambulante, corría viento y los toldos de plástico se hinchaban como velas de navío. En la entrada del mercado, los primeros puestos no ofrecían nada muy distinto a lo que se puede encontrar en otros: productos chinos, copias de los juguetes de moda, cerámica de talavera, ranas para la suerte, máscaras de lucha libre, bolsas de canicas; sin embargo, a medida que se iban internando entre los changarros, la mercancía iba cambiando de carácter; después del segundo pasillo ya se podía encontrar herbolaria de todo tipo, veladoras para hacer limpias, para pedir o agradecer a un santo, o a la Virgen de Guadalupe, libros esotéricos, imágenes religiosas, estatuillas de la Santísima Muerte, fetiches, amuletos para conseguir novio, ojos de venado para protección, polvos para atraer al sexo opuesto, ungüentos afrodisíacos varios, restos óseos y, hacia los pasillos del fondo, en pequeñas jaulas, se amontonaban animales de distintas especies, algunos ofrecidos como mascotas (perros, gatos, conejos japoneses en miniatura, pericos, changos) y otros, evidentemente, para sacrificio. De esa visita, lo que más impresionó al poeta fueron las extrañas vibraciones que se podían percibir en el ambiente, las miradas, los olores y, especialmente, la figura del Santo Niño Cieguito, ubicada en el centro del mercado: un Niño Dios sentado sobre un pequeño taburete, con la corona de espinas incrustada sobre su dorada melena, una cruz en una mano, un báculo en la otra, y las cuencas de los ojos vacías, de las que brotaban, escurriendo por sus mejillas, lágrimas negras. A sus pies se podía leer una oración: “Niño Cieguito, Niño Cieguito, ¡mi andarieguito! Hoy te visito y te necesito, yo te suplico no me dejes solito”. Esto es absurdo, pensó él, y, sin embargo, aterrador. Al leer la oración sintió cómo se le erizaba el pelo de la nuca y de los brazos. Se miraron con Lluvia y, sin hacer comentarios, siguieron su recorrido hacia el final del mercado. El fuerte olor del excremento de los animales, la humareda de los sahumerios y el encierro hacían que la atmosfera se volviera más densa conforme avanzaban. Vieron la luz de una calle posterior y salieron a respirar. A lo largo de toda esa cuadra se disponían pequeños locales de venta de veladoras, hierbas y todo lo necesario para conjuros y trabajos; también se ofrecían limpias, despojos, amarres, lectura de manos y otras brujerías. Comenzaba a llover. Lluvia sugirió que buscaran una cantina, ya habían hecho suficiente turismo esotérico para su gusto. Caminaron en silencio, cruzaron sobre la avenida que lleva al barrio de La Merced. A un costado del puente, un local ofrecía en un letrero “bolsas”, en otro “volsas”, y en otro “bolzas”. A poco andar encontraron una pulquería, se sentaron en un rincón, seguían sin hablar. Pidieron uno de jitomate y otro de pistachos. ¿Sentiste el ambiente denso, enrarecido, como de mala vibra?, preguntó él. Sí, en un momento me dio una especie de ataque de pánico, dijo ella, especialmente en ese espacio donde estaba el Niño Cieguito, sentí una onda bien oscura, algo siniestra, me dio un miedo extraño. Lo que me pasa, explicó él, es que siento como si se abriera delante de mí la puerta de un mundo desconocido, en el que no sé a qué atenerme, donde no tengo control alguno. Me pongo a pensar que si entrara en ese mundo quedaría a merced de fuerzas que no sé cómo contrarrestar, porque ahí operan leyes que no conozco. Es otra lógica de vida, donde hay que estar permanentemente atento a la mala voluntad de tus vecinos, o de tus potenciales enemigos. Me da pavor esa paranoia, andar viendo signos amenazantes en el entorno y malas señales por todos lados. Pero, uno siempre está viendo señales en el ambiente, comentó la chica, miras el rostro de las personas, sus movimientos, sus gestos, su forma de vestir, la manera en que están dispuestas las cosas… Siempre estás interpretando signos. Sí, lo sé; en el fondo, lo que me da temor es que no estoy socializado en ese otro lenguaje, no tengo las herramientas, ni para interpretar ni para actuar correctamente en ese contexto. Es un problema hermenéutico o semiótico, entonces, intervino Lluvia, sarcástica. Sí, algo así, reflexionó él, es un mundo que me llama la atención, pero, la verdad, creo que preferiría desconocerlo por completo. Aunque no puedo, teniendo que convivir a diario con mi vecina, es imposible; ella se encarga de mostrarme esas señales que yo no puedo ver.

Ya era de noche cuando salieron de la pulquería. Caminaron por Calle San Pablo en dirección a la casa del poeta, observando a las prostitutas apostadas en los portales que se alineaban hacia la Avenida Pino Suarez; compraron cervezas en un Oxxo y en cuanto llegaron al departamento, tuvieron sexo de manera violenta, como nunca antes lo habían hecho; por primera vez ella le pidió que la estrangulara mientras lo hacían. Ambos quedaron con una sensación extraña después de haber terminado; esa vez no durmieron abrazados, sino cada uno en su lado del colchón, con el gato blanco entre ambos cuerpos, hasta que los despertó el ruido de la calle encendida por la mañana.

La vecina había comprado una estufa nueva y quería venderle la antigua al poeta. Es más grande que la tuya, le decía, está bien cuidada, es de cuatro platos y tiene horno, te la dejo barata. El muchacho accedió, un poco porque quería tener un horno para hacer pan y otro por no contrariar a la mujer. Una tarde sintió los característicos golpeteos a su puerta y supo que había llegado el momento de adquirir un nuevo bien. La mujer lo condujo hasta su departamento, explicándole que le había pedido a su hijo que le ayudara a mover el aparato de cocina, pero había sido imposible convencerlo, estaba encerrado en el cuarto y no quería ver a nadie. Al entrar en el departamento contiguo, el joven poeta quedó impresionado: todas las paredes de la sala estaban cubiertas de objetos, parecía una bodega abigarrada, había una mesa tachonada de objetos en el centro y, hacia el fondo, un desproporcionado altar dedicado a una figura tamaño natural del Niño de Atocha. Incrustada entre muebles, colchones y ropa, se podía apreciar una antigua máquina de coser, abierta. Le estoy haciendo ropita nueva al Niño, dijo la vieja, indicando hacia la figura que tenía puesto un vestido de satín azul que parecía recién hecho. Le cambio permanentemente su tenida, es una manera de agradecerle lo que hizo por nosotros, explicó mientras miraba de reojo hacia la puerta del dormitorio. El poeta buscó algo parecido a una cama entre las cosas arrumbadas en la sala, pero no la encontró, sabía que esos departamentos sólo tenían un dormitorio, concluyó entonces que la vieja y su hijo dormían en el mismo cuarto. No quiso darle más libertades a su imaginación y se concentró en la estufa. La vecina no se había dado la molestia de limpiarla siquiera, así que, durante el traslado, se manchó la ropa con grasa y aceite. La mujer lo siguió hasta su casa, dándole todo tipo de indicaciones respecto del aparato, luego cerró ella misma la puerta y se sentó a la mesa. Me tiene tan aburrida, dijo con amargura, no hace nada en la casa, se lo pasa sentado frente a la pantalla de la computadora, no sale, no ve a nadie, no tiene amigos, y está gordo como una vaca. Un día de estos va a reventar. Todo se lo come, no puedo comprar nada que quiera guardar, se lo traga todo de una vez, me gasto el sueldo casi exclusivamente en alimentarlo. El otro día me enojé con él. “Haz algo útil”, le dije. “Estudia, trabaja”, pero hizo como que no me escuchara y siguió pegado a la maldita pantalla. No sé qué tanto ve en ese aparato. Me indigné tanto que le desconecté el cable de la corriente y lo mandé a dormir a la sala. A veces me dan ganas de echarlo de la casa, o de irme yo. Pero no puedo abandonarlo así, a su suerte, es un inútil, no sabe hacer nada, no cocina, ni siquiera sabe hacerse un huevo.

En Japón ese comportamiento es considerado como el síntoma de una enfermedad, comentó el poeta, por lo general son adolescentes, y les llaman hikikomori. Pierden completamente las habilidades sociales, y se mantienen en contacto con el mundo exterior sólo a través del internet. Es un fenómeno reciente que aún no tiene un tratamiento muy claro; y es un dolor de cabeza para los padres. Así que hikikomori, dijo ella, como pensando en otra cosa. El único tratamiento que se me ocurre es remecerlo, darle unas buenas cachetadas y obligarlo a salir, ya me tiene harta. Lo mandaría a Japón o a donde fuera para que lo hagan volver a ser un niño normal. Quizá debería pedirle otra vez al Santo Niño de Atocha, para que me ayude a sacarlo de su cueva. Si él colaboró para traerlo a este mundo, que me ayude también a que sea una persona de bien, inserta en la sociedad como Dios manda, no a través de ese aparato del demonio. Ayúdame a sacarlo de su aislamiento, le dijo repentinamente la vecina al poeta, mirándolo con los ojos de quien implora misericordia. Pero, ¿cómo? Yo ni siquiera lo conozco. Debería ver a un especialista, a un psicólogo que sepa cómo tratar con jóvenes conflictivos. Sí, lo he pensado, pero él no quiere por nada del mundo escuchar hablar de eso. Invítalo a una de tus fiestas, o cuando hagas reuniones con amigos, yo sé que eres muy sociable y a lo mejor él se contagia un poco y se entusiasma de venir. El poeta vaciló, pero vio tan afligida a la mujer que finalmente decidió contarle que pronto estaría de cumpleaños, que podía decirle a su hijo que estaba invitado; de hecho, ambos podían considerarse invitados. ¿Van a venir chicas?, preguntó la vieja, oblicuamente. Supongo que sí, contestó el muchacho. Entonces mi hijo se va a entusiasmar, dice que tus amigas son muy guapas. El poeta se sorprendió, eso significaba que el gordo lo espiaba. No dijo nada, pero casi inmediatamente se arrepintió de haber hecho la invitación.

Pocos días antes de su cumpleaños, su pequeño compañero felino desapareció inexplicablemente. Lo buscó, pegó carteles en el barrio, preguntó en todos los departamentos, pero nada. Quedó muy triste y angustiado por ese suceso. Incluso consideró suspender la celebración. No era muy importante para él su aniversario, sin embargo Lluvia lo animó y se encargó de invitar a algunos amigos y amigas de los círculos de poesía que frecuentaban. Él aprovechó el nuevo horno para hacer pizzas, mientras ella elaboraba distintos tipos de salsas picantes. Descorcharon un vino y esperaron que llegaran los invitados. A la muchacha no le hizo gracia que el poeta hubiese invitado a su vecina, no le gustaba la mujer; mientras cocinaban ella le había dicho: “Esa bruja debe tener a tu gato en el congelador”. La imagen hizo que él sintiera el filo de una navaja recorriéndole la espalda.

La vecina llegó temprano, con un pastel entre las manos, pero sin su hijo, dijo que el hikikomori no quería salir. Esa noche hubo lectura de poesía, numerosas botellas de vino, variadas canciones al pulso de la guitarra y una performance de la vecina, que quiso regalar a los invitados con la interpretación de una salsa, al modo en que, supuestamente, lo hacía en su juventud, cuando salía en giras con su orquesta tropical. Salieron las pizzas. La vecina se sentó junto a Lluvia y le rogó que fuera a dejar un trozo a su hijo, y que lo animara a sumarse a la fiesta, que fuera a compartir un rato, que tal vez a ella la escucharía, siendo tan bonita y tan simpática. Lluvia miró al poeta, este sólo pudo encogerse de hombros. La muchacha se compadeció del hijo de la vecina, creyendo que tal vez podría sacarlo de su encierro. Tomó un trozo de pizza y se dirigió al departamento de enfrente, golpeo suave. ¡Francisco!, llamó un par de veces. Sintió la presencia del alguien del otro lado de la puerta. Hola, soy amiga de tu vecino, él está de cumpleaños, tu madre está allá y pensamos que te gustaría probar la pizza que hicimos. Sé quién eres, respondió el hikikomori, espera un momento. Lluvia escucho pasos que se alejaban y que luego volvían. Repiqueteo el mecanismo de la chapa y la puerta se abrió; Lluvia alcanzó a ver un cuerpo grande, que debía pesar unos ciento veinte kilos o más, casi tres veces más grande que ella, también vio una mano tumefacta que le arrebataba la pizza y se la llevaba velozmente a la boca, mientras la otra mano la asía a ella con fuerza por el antebrazo. Súbitamente, sintió que era arrastrada al interior del departamento. En un principio no quiso gritar, pensó que nada malo podía pasarle, que podía resolver el asunto sola. El muchacho la sentó bruscamente en una silla, la observó un momento, terminó de devorar el trozo de pizza y le dijo: Te conozco, eres de las que le gusta chuparlo, ¿verdad? Te gusta que te lo hagan por el culo. Sácate la ropa, ¿o sólo te laten los pitos extranjeros? Lluvia intentó ponerse de pie y protestar, pero recibió un empujón que la arrojó de vuelta a la silla, y cuando intentó gritar, el muchacho le aplastó la cara con su enorme mano embadurnada de queso. Comenzó así una batalla desigual; ella era más rápida pero frágil; él se movía lento, pero tenía cuatro veces más fuerza que la muchacha. Lluvia alcanzó la puerta, trató de abrirla, pero él la había cerrado con llave. La muchacha comprendió que estaba en evidente peligro y que debía pedir ayuda. Gritó mientras trataba de esquivar las embestidas de su obeso atacante. En la fiesta, la música estaba a un volumen muy alto, pero al poeta ya le había extrañado que Lluvia tardara tanto y comenzó a preocuparse, bajó el volumen y todos pudieron escuchar con claridad los gritos de auxilio. De inmediato se abalanzaron en su ayuda. La vecina perdió el color de las mejillas, conservó largo rato una risita estúpida en la cara y no supo qué decir; luego reaccionó y se sumó al grupo que golpeaba la puerta de su departamento. Comenzaron a embestirla con ánimos de derribarla, pero ella los interrumpió. Tengo las llaves, dijo, y se acercó temblorosa hasta la cerradura. Cuando pudieron entrar, encontraron a Lluvia tirada en el piso, con la ropa rasgada y un hilillo de sangre en la comisura de los labios. El agresor, rápidamente, se refugió en el cuarto, cerrando y trancando la puerta. Los amigos de la muchacha la quisieron derribar, para darle su merecido al agresor, pero fue ella misma la que los detuvo. Vámonos de aquí, pidió, descompuesta y encolerizada. Alguien sugirió llamar a la policía, pero la respuesta de Lluvia fue categórica: No quiero tener nada que ver con esos cerdos. El grupo fue abandonando el caótico departamento. Lo último que pudo ver el poeta antes de salir fue a la vieja vecina, arrodillada en medio de la sala, levantando la destartalada figura del Niño de Atocha, mientras las lágrimas hacían que el rímel le corriera por las mejillas, trayéndole inevitablemente a la mente la imagen aterradora del Niño Cieguito.

 

(continuará…)

 

El escritor chileno Laurence Maxwell, autor del volumen de cuentos que conforman «El gato en el congelador» (Ceibo Ediciones, Colección Narrativa, 2017)

 

Portada de «El gato en el congelador» (2017)

 

En su infancia, Laurence Maxwell (50), o Moro, fue condecorado con el título de “Niño de la Paz”. Posteriormente, estudió construcciones metálicas en el Liceo Industrial A-62. Desde hace años intenta traducir, sin éxito, el Ulises de Joyce al mapudungún. Es autor de dos míticos libros de poesía, que nadie ha leído, y de la novela Daño Estructural (Editorial Ayún). Ostenta el récord nacional de cantidad de veces rindiendo la P.A.A. Siempre  confunde el jab con el upper cut. Camina muy rápido cuando no tiene donde ir. Dice que los muertos le hablan. Ama a los gatos, pero todos los que ha tenido han muerto trágicamente. Actualmente, intenta crear una selva tropical en la Sexta Región y prepara una contundente crítica al concretismo brasileño y al pop-art, basada en sus teorías místicas del arte. Ha desarrollado un sistema eco tonal que aplica a sus “composiciones telúricas”. En términos ideológicos, se define como anarco-budista y practica la meditación contando series paralelas de números primos.