«High Flying Bird»: Steven Soderbergh y la democratización de la industria audiovisual

Grabada desde un iPhone 8 y distribuida por Netflix la textura fílmica del último largometraje del realizador estadounidense es la esperable de un celular con todas las limitaciones que esto conlleva. Los movimientos de cámara, si bien profesionales y cuidados, pueden desentonar con horizontes y ventanas donde la luz se quema y no permite ver más allá debido a las propiedades ópticas del medio: así, el espacio cinematográfico de la obra se mantiene plano por lo mismo y tampoco permite variar con desenfoques.

Por Felipe Stark Bittencourt

Publicado el 5.4.2019

En los últimos años, los teléfonos inteligentes han alcanzado características similares a las cámaras profesionales dando pie a que varios cineastas se sientan atraídos por este formato. Y si bien el hiato entre ambas tecnologías todavía es bastante amplio, parece innegable que aparatos como estos vienen a cambiar las reglas del juego. Eso es lo que nos parece proponer High Flying Bird (2019), la última película de Steven Soderbergh (1963) que fue filmada desde un iPhone 8. Distribuida por Netflix, cabe decir que no es el primer trabajo del director que se sirve de un celular; el año pasado, el cineasta estrenó Unsane, un thriller para el que utilizó un iPhone 7 Plus.

High Flying Bird exhibe una historia sencilla y cautivante: Ray Burke (André Holand) es un agente deportivo que aprovecha un paro de la NBA para posicionar al basquetbolista novato Erik Scott (Melvin Gregg) en las grandes ligas y, de paso, escalar él también en su carrera profesional. Burke es astuto, inquieto y con una agenda política clara. En su mente, las cosas son más que un juego, pero piensa como si estuviera en uno constantemente. Detrás de todo el aparato empresarial ligado al básquetbol, ve que hay un asunto racial y una lucha de poder en la que le es preciso cambiar su funcionamiento. Su habilidad es comparable a la de Soderbergh, porque al tiempo que el personaje quiere reivindicar el básquetbol como un deporte esencialmente afroamericano, el director estadounidense parece interesado en decirnos que el cine cambiará gracias a los dispositivos móviles y, también, gracias a la distribución digital. Que la película sea de Netflix ya anticipa algo.

No es ninguna novedad, de hecho, que con el internet, y luego con las plataformas digitales, la asimilación del cine haya cambiado paulatinamente durante estos años. Mucha gente se ha despedido de las salas y ha saludado a una nueva forma de ver películas, etiquetadas ahora como “contenido digital” junto a la distribución de series, música y libros. Se han transformado en simples categorías que están disponibles gracias a aplicaciones para smartphones y tablets. El mundo está al alcance de un clic o, en este caso, de un toque.

Grabar una película con un celular sí es más novedoso. Cineastas como Sean Baker, Soderbergh ahora, y Javier Aguirrézabal en Chile, le han mostrado a su público que es posible dar pie a un filme con un simple teléfono y con estándares de calidad bastante aceptables. Algunos claman que este fenómeno es una democratización del medio, porque disminuye drásticamente el coste de producción de una película y pone al alcance de la gente las herramientas para rodar sus propios proyectos. Sería comparable a la reivindicación de grupos que socialmente han sido desplazados y que actualmente están siendo escuchados. El cine se ha bajado del Olimpo y ha llegado a todos, como del mismo modo, en High Flying Bird el básquetbol debe ser arrebatado de los peces gordos, pues ellos, en palabras de Burke, no entienden sus reglas ni su poética. Probablemente, los peces gordos de Soderbergh tampoco se han percatado de este cambio inevitable que enfrenta la industria cinematográfica.

Aunque a este medio parece no quedarle claro que la brecha entre una cámara profesional y un iPhone todavía es notoria, lo cual, sin embargo, no necesariamente es una desventaja; la textura fílmica de High Flying Bird es la esperable de un celular con todas las limitaciones que conlleva. Los movimientos de cámara, si bien profesionales y bien cuidados, pueden desentonar con horizontes y ventanas donde la luz se quema y no permite ver más allá debido a las propiedades ópticas del medio; una cámara profesional no adolece de este problema, pero, de momento, un iPhone sí. El espacio cinematográfico de High Flying Bird se mantiene plano por lo mismo y no permite jugar con desenfoques. Soderbergh, sin embargo, se sirve de lentes especiales que acopla a su iPhone y con los que ensancha la imagen para volverla cinematográfica; pero no por eso puede evitar su falta de nitidez ni su tendencia al azul y a la desaturación cromática.

Pero precisamente estas limitaciones son las que adquieren valor político en la lucha de Burke. Soderbergh las utiliza a su favor para expresar la nueva dirección a la que tendería el cine al igual que su personaje vaticina las nuevas reglas que gobernarán el mundillo empresarial del básquetbol, el juego detrás del juego. La película teje ambos discursos y los presenta como uno solo a través de una historia interesante, pero a la que todavía le cuesta manejar la tensión entre uno y otro. A ratos, su ritmo es tedioso; su montaje, algo tosco; y adolece de las esperables distracciones visuales de una técnica que debe cuajar, pero que en su núcleo revela una propuesta notable y en la que vale la pena detenerse.

El largometraje no augura la muerte del cine ni tampoco su radical metamorfosis digital, sino la inevitable coexistencia que tienen y tendrán las salas con los servicios de streaming, un juego que las productoras cinematográficas ya empezaron sin que la gente se diera cuenta. High Flying Bird aprovecha y sufre las limitaciones de un iPhone 8 —cruel ironía para muchos bolsillos— para decirnos con una historia genial, una dirección precisa y un elenco de lujo que la producción cinematográfica se ha democratizado; quizás se trastabilla por sus limitaciones técnicas, pero la natural pericia de Soderbergh logra sacarla adelante y encestar su balón, pues ahora no son solo los peces gordos los que deciden quién juega básquetbol o quién realiza tal película, sino también usted.

 

Felipe Stark Bittencourt (1993) es licenciado en literatura por la Universidad de los Andes y magíster en estudios de cine por el Instituto de Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente, se dedica al fomento de la lectura en escolares y a la adaptación de guiones para teatro juvenil. Es, además, editor freelance. Sus áreas de interés son las aproximaciones interdisciplinarias entre la literatura y el cine, el guionismo y la ciencia ficción.

 

El actor Andre Holland en «High Flying Bird» (2019), de Steven Soderbergh

 

 

 

 

Felipe Stark Bittencourt

 

 

Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Los actores Andre Holland y Zazie Beetzin en un fotograma del filme High Flying Bird (2019), del realizador estadounidense Steven Soderbergh.