«Los poemas se dirigen a las redes de pesca», de Tito Manfred: La retórica del fin

El siguiente artículo corresponde a la presentación del último tiraje de versos publicado por el autor chileno, en las palabras introductorias (y asimismo líricas y doctas) de un académico nacional, escritor él mismo, dedicadas a su contemporáneo colega, en la mejor tradición crítica y ensayística.

Por Mario Verdugo

Publicado el 12.10.2018

“Cuando tuve la fortuna de conocer a Tito Manfred…”, no, eso no me sirve ahora. “Cuando me fue enviado este libro por correo electrónico…”, no, eso tampoco vale en el presente caso. “Cuando formulé mi teoría del nuevo poema organicista, o del poema-sin-órganos, o del poema sobre los órganos que de veras importan…”, no, eso sí que no. Aunque un famoso profesor de Ohio, extremando sus recursos para glosar a un colega argelino inclusive más famoso, haya insistido hace treinta y tantos años en la incapacidad de cualquier discurso para explicarse a sí mismo (de modo que la autorreferencia desembocara en perfecta autoposesión), y aunque un académico checo haya decretado ya a fines de los noventa que los juegos metaficcionales comenzaban a estar passé, y aunque estos mismos juegos consumen hoy su tránsito a la medianía cultural en forma de memes, el texto de Manfred (Arica, Chile, 1983) nos compele igualmente a revisar nuestras ideas recibidas en el ámbito de los lenguajes que hablan de los lenguajes, la recursividad, la especularidad, el desnudamiento y toda la gran familia de palabrejas que el checo de marras, sin duda un experto en la materia, veía avejentarse en 1998.

Nos encontramos, claro está, ante versos y prosas que entre otros elementos aluden a la institución literaria, o —siendo más gráficos— a ese recinto medio derruido, al parecer tan anacrónico y vituperable como el Zoológico de Santiago, en donde el poema (y en especial el poema chileno) se crea, se comunica, se postula, se premia y también se reproduce, se empaqueta y se compra. Ese recinto precario, uno de cuyos vicios es sin ir más lejos el modelo de presentación libresca restringido a lucir la propia poética del presentador de turno o las vicisitudes interesantísimas de su amistad con el autor, es asediado por Manfred mediante más de una estrategia. Para empezar, tanto el poema confesional como el poema político, tanto el poema popular como el amoroso, aun el lárico y hasta el neoconceptual, son reconducidos hacia (o sorprendidos en) una pragmática hipercodificada, banalizada y previsible, una suerte de packaging que lo abarca todo, convirtiendo a cada momento del circuito o de la institución en un mero objeto costumbrista. El costumbrismo sienta sus reales sobre las presuntas manifestaciones de avanzada, sobre lo misterioso y lo hermético, aquella preciada condición de ilegibilidad que Cernuda festinaba en el veredicto de Pedro Salinas: se entiende mucho, así que vaya cambiándolo, o como leemos aquí: un poema, o al menos uno que se respete, “debe ser como un manual de instalación de aire acondicionado en esloveno”. Desde las perspectivas líricas que acaso sean todavía hegemónicas entre nosotros, lo de Tito sonará parriano (como tiende a demostrarlo algún párrafo ya pergeñado al otro lado de la Cordillera), pero lo cierto es que circunscribirlo de esa manera no resultaría más perspicaz, por ejemplo, que considerar kafkianas a las novelas abogadiles de John Grisham o a algunas escenografías fantacientíficas de Philip Dick. Se diría que prima más bien el impulso de resaltar las prácticas materiales, epocales, históricas, concretas, burocráticas, ¡económicas!, allí donde sólo nos habituamos a ver espíritu. Si dichas prácticas van constituyendo a estas alturas la parodia de la parodia de la parodia, Scary Movie de Scary Movie, no es extraño que los nombres propios concurran al texto casi como sustantivos comunes: un muñeco llamado Teillier, un forúnculo llamado Verástegui, una diana llamada Pepe Cuevas, una jaula donde nerudas, huidobros, zuritas, derrokhas y lihnes se cortan las cabezas hombrunas en pose Highlander. Dentro de un campo infinitamente scarymoviezado, según se advierte por lo demás en otras reescrituras e historias recientes de la poesía nacional (aunque, obvio, con otras éticas y otros alcances), lo que quedaría por repartirse es pura onomástica, heráldica hueca, poco más que pequeños poderes rutinizados.

Pero de las redes de pesca manfredianas no se escapan ni sus mismas propuestas y ni siquiera él, Tito Manfred el poeta, enredado exprofeso en el costumbrismo omniabarcador. La retórica del fin es una costumbre, un hábito parodiable, y lo es también esta figura autoral que no deja de sabotearse, de imaginarse como una nada heroica empresa consultora, de envidiar a sus pares exitosos, de soñar con galardones y agrandar el valor de sus obras para enseguida caer en la estrepitosa cuenta de sus taras. No hay, a decir de aquel profesor nativo de Ohio, discurso capaz de autoposeerse por completo. La batalla, sin embargo, acá se torna sanguinaria. En primer término —y para seguir con la serie de anglicismos siúticos—, vemos actuar en vivo a la realeza de la metaliteratura, el shifter que pone en evidencia al acto de representación, sin descuento del yo que escribe y desescribe. Y, segundo, es el bullado apocalipsis de la poesía el que se transforma en exageración irónica, con llamamientos a limpiar las calles, arrasar con lacras y amputar miembros gangrenados, tal como hace un tiempo se convocaba, en la palestra de letras.s5, a “fumigar” el paisaje poético.

Muy errados estaríamos si creyéramos que esto sólo se trata de poesía y de sus tics y de sus plagas. El libro de Manfred sale a la sociedad, Manfred en efecto sale a la sociedad, y sobre todo a la parte de la sociedad que —en palabras de un sociólogo de la comuna de Ñuñoa— vive hoy estremecida por “la banalidad del bien”. Podrá el lector comprobar cómo esa parte de la sociedad se revela de lo más deconstruida por un lado o por varios, y a la vez lamentablemente binaria, conservadora o hipócrita en cuando menos un aspecto, por lo general el que viene a ser blanco de la risa. Precaverse de los buenos, con un celo similar al que antaño nos protegía de los malos, parece ser el lema de un enunciador enfrentado a las presiones identitarias del barrio Yungay, o a cierta inmaculada conciencia que no para de interpelarlo y a la que contragolpea con rotunda lucidez: “si me preguntaras qué significa para mí la escritura, te respondería: es lo que hago en lugar de aquello para que lo me pagan”. ¿Debemos entender entonces que la suya es una risa subversiva, refractaria a los poderes? ¿Hasta qué punto lo irónico termina atándose de por vida a su pretexto, la poesía chilena, ese fósil, o ese “paleonomio”, para citar de nuevo al filósofo oriundo de Argelia? Imposible saberlo antes de que se produzca un acontecimiento, una escena, la de la lectura amplia, única instancia para arbitrar ironías y risas en tanto signos ideológicos. Y por supuesto que eso no lo digo sólo yo, el presentador de turno. Lo dijo mejor que nadie una destacada profesora de Toronto, en 1994, justo cuando la compañía Miramax estrenaba, con pésimos resultados de crítica y público, la tercera entrega de Highlander.

 

Mario Verdugo (Talca, 1975) es doctor en literatura y periodista. Ha publicado La novela terrígena (Pequeño Dios Editores, 2011), Apología de la droga (Ed. Fuga, 2012; Libros del Pez Espiral, 2014), Canciones gringas (Ed. Inubicalistas, 2013) y Miss poesías (Alquimia, 2014). Ha sido becario del Consejo del Libro y la Lectura y de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología.

 

«Los poemas se dirigen a las redes de pesca», Editorial Barnacle, Argentina (2018)

 

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Crédito de la imagen destacada: Editorial Barnacle.